La renovación de la Iglesia es tarea de todos. José Ma. Castillo

(Tomado de ATRIO.

http://www.atrio.org   )

La renovación de la iglesia es tarea de todos

José Mª Castillo, 31-Marzo-2013

CastilloEl papa Francisco, por las cosas que ha dicho desde el día que fue elegido y, más aún, por su llamativa forma humilde y sencilla de presentarse en público (ya desde que era arzobispo de Buenos Aires), ha despertado tales expectativas de renovación en la Iglesia, que, con razón, se ha visto en él una evocación de Juan XXIII. El reciente libro de José Manuel Vidal y Jesús Bastante dejan muy claro este aspecto del nuevo papa. Por no hablar de los interminables comentarios, en el mismo sentido, que los medios difunden a diario y que, en cantidades asombrosas, circulan por la red. Es evidente que son muchos los católicos que ven la renovación de la Iglesia, no sólo como una posibilidad, sino incluso como una probabilidad cercana.

Nadie va a poner en duda que esta posible (incluso probable) renovación de la Iglesia es una esperanza excelente, que se debe fomentar en todo cuanto esté a nuestro alcance. Pero, ¡atención!, que esta esperanza de renovación está erizada de amenazas y peligros, que no son ninguna tontería. Ni son, desde luego, problemas imaginarios.

Para empezar, lo más importante de todo es que la renovación de la Iglesia no depende sólo del papa. Por más genial que sea este hombre, por más evangélicamente que viva y por más original y firme que sea en la toma de sus decisiones, la Iglesia es tan enorme, tan compleja y, en no pocos e importantes asuntos, una institución tan complicada, que un solo hombre no puede (ni podrá) renovar la Iglesia como la Iglesia necesita ser renovada, en este momento y tal como están las cosas.

No nos hagamos, pues, falsas ilusiones. La renovación de la Iglesia depende, por supuesto y en medida destacada, de lo que diga y haga el papa. Como depende también lógicamente de la Curia Vaticana. Pero, si es que hablamos en serio de renovación de la Iglesia, no olvidemos nunca que la Iglesia somos todos. Y, por tanto, de todos depende la tan esperada y ansiada renovación.

Al decir esto, no soy tan ingenuo como para estar imaginando que los más de mil millones de creyentes, que formamos parte de la Iglesia, vamos a cambiar de la noche a la mañana. Y así “tendremos servida” la deseada renovación. Es seguro que, si el papa cambia – en su estilo de vida y en sus enseñanzas – la Iglesia cambia y se renueva. Pero, tan seguro como eso, es que, si lo que los católicos esperamos del papa es que diga y haga lo que a cada uno nos conviene o nos interesa, en ese caso el poder renovador del papa quedará limitado, en no pocos asuntos. Y en cosas muy importantes, nosotros seremos los primeros en anular los mejores intentos del nuevo papa.

Hablemos claro y concreto. Si, por ejemplo, los teólogos que hemos sido censurados o incluso apartados de nuestros cargos de enseñanza en seminarios o centros superiores de estudios eclesiásticos, lo que esperamos y queremos del nuevo papa es que nos restituya, en la “¡dignidad perdida!”, mal servicio le haremos a la Iglesia.

En la Iglesia llevamos décadas en las que ha sido difícil la convivencia. Nos hemos dividido, nos hemos enfrentado, nos hemos hecho daño unos a otros. Con frecuencia, los que hemos tenido algo de poder (aunque haya sido poco, como creo que es mi caso), seguramente hemos dicho o hecho cosas que han causado sufrimiento y han humillado a otras personas. Si ahora yo espero una renovación de la Iglesia, que consistiría en que el papa me dé a mí la razón y se la quite a los que no piensan como yo, con semejante esperanza no busco, desde luego, la renovación de la Iglesia. Lo que buscaría, en ese supuesto, sería mi propia promoción, mi triunfo sobre los demás. Con lo cual, lo que haría es el más repugnante servicio que se le puede hacer a la causa de Jesús y su Evangelio. Y eso es el peor servicio que se le puede hacer a la Iglesia.

Como es lógico, lo que estoy diciendo debería ser aplicado, con libertad, audacia y transparencia, lo mismo a los grupos progresistas que a los conservadores. Lo mismo a los que quieren más “observancia” que a los que luchan para que en la Iglesia haya más “libertad”. En unos y en otros, creo yo, es el respeto, la tolerancia y la bondad los comportamientos que harán posible una Iglesia que se vaya capacitando para bajar, descender, acercarse a los millones de criaturas que no pretenden estar por encima de nadie, sino sencillamente vivir en paz, con honradez, con apertura mental ante las ideas o proyectos de los otros y, sobre todo, una Iglesia cercana a los últimos, identificada con los que menos tienen, acogedora siempre y con todos, tengan las ideas que tengan y crean en las creencias que cada cual ha podido asumir en su vida. Casa día que pasa, veo esto más claro. Todos sabemos que, en los dos últimos papados, anteriores a Francisco, los grupos más conservadores, precisamente porque la mayoría de los obispos era con esos grupos con los que contaban de manera incondicional, tales grupos han gozados de la cercanía de Roma, de muchos e importantes cargos de la Curia y, por supuesto, del favor de tantos y tantos obispos. Al tiempo que otros grupos – pienso en las comunidades y teólogos afines a la Teología de la Liberación – se han sentido olvidados o, al menos, marginados. Pues bien, si ahora lo que esperamos del nuevo papa es que, en unos casos se mantengan los privilegios o, en otros, se organicen revanchas, más o menos disimuladas, lo que haremos es que, en lugar de colaborar activamente en la renovación de la Iglesia, nos dedicaremos a la indeseable tarea de poner palos en las ruedas del carro de esta Iglesia a la que decimos que amamos, pero a la que en realidad hemos amado mientras ella nos ha mantenido en el candelero.

El fondo del problema está en que la “lógica de la renovación” de la Iglesia no es la “lógica de la razón”, sino la “lógica del Evangelio”, que es paradójicamente la “lógica del caos”. El “desorden” que Jesús provocó con su conducta, con sus conflictos frente al Templo y los dirigentes religiosos de su tiempo. La conducta evangélica que se tradujo en el “miedo a la bondad” y el “miedo a la ternura” que el papa Francisco les dijo a los Jefes de Estado (en la misa de su nombramiento oficial) que tenían que superar.

Por supuesto, que sólo con bondad no se gobierna ni se arreglan las cosas. A veces, hay que tomar decisiones dolorosas. Pero que las tome quien las tiene que tomar. Si cada cual pretende “tomarse la justicia por su mano” y que el papa le dé la razón a él, a sus ideas y a sus intereses, entre todos haremos fracasar a este papa y a todos los “franciscos” que se nos interpongan en el torpe y desorientado camino de nuestros fanatismos. El camino que muchos hemos llevado, incluso con estúpido orgullo, hasta este momento.

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Francisco de Asís y Francisco de Roma. Leonardo Boff

Francisco de Asís y Francisco de Roma

2013-03-29


Desde que el obispo de Roma electo, y por eso Papa, asumió el nombre de Francisco, se hace inevitable la comparación entre los dos Franciscos, el de Asís y el de Roma. Además, el Francisco de Roma se remitió explícitamente a Francisco de Asís. Evidentemente no se trata de mimetismo, sino de constatar puntos de inspiración que nos indiquen el estilo que el Francisco de Roma quiere conferir a la dirección de la Iglesia universal.

Hay un punto común innegable: la crisis de la institución eclesiástica. El joven Francisco dice haber oído una voz venida del Crucifijo de San Damián que le decía: “Francisco repara mi Iglesia porque está en ruinas”. Giotto lo representó bien, mostrando a Francisco soportando sobre sus hombros el pesado edificio de la Iglesia.

Nosotros vivimos también una grave crisis por causa de los escándalos internos de la propia institución eclesiástica. Se ha oído el clamor universal («la voz del pueblo es la voz de Dios»): «reparen la Iglesia que se encuentra en ruinas en su moralidad y su credibilidad». Y se ha confiado a un cardenal de la periferia del mundo, a Bergoglio, de Buenos Aires, la misión de restaurar, como Papa, la Iglesia a la luz de Francisco de Asís.

En el tiempo de san Francisco de Asís triunfaba el Papa Inocencio III (1198-1216) que se presentaba como «el representante de Cristo». Con él se alcanzó el grado supremo de secularización de la institución eclesiástica con intereses explícitos de «dominium mundi», de dominación del mundo. Efectivamente, por un momento, prácticamente toda Europa hasta Rusia estaba sometida al Papa. Se vivía en la mayor pompa y gloria. En 1210, con muchas dudas, Inocencio III reconoció el camino de pobreza de Francisco de Asís. La crisis era teológica, pues una Iglesia-imperio temporal y sacral contradecía todo lo que Jesús quería.

Francisco vivió la antítesis del proyecto imperial de Iglesia. Al evangelio del poder, presentó el poder del evangelio: en el despojamiento total, en la pobreza radical y en la extrema sencillez. No se situó en el marco clerical ni monacal, sino que como laico se orientó por el evangelio vivido al pie de la letra en las periferias de las ciudades, donde están los pobres y los leprosos, y en medio de la naturaleza, viviendo una hermandad cósmica con todos los seres. Desde la periferia habló al centro, pidiendo conversión. Sin hacer una crítica explícita, inició una gran reforma a partir de abajo pero sin romper con Roma. Nos encontramos ante un genio cristiano de seductora humanidad y de fascinante ternura y cuidado que puso al descubierto lo mejor de nuestra humanidad.

Estimo que esta estrategia debe haber impresionado a Francisco de Roma. Hay que reformar la Curia y los hábitos clericales de toda la Iglesia. Pero no hay que crear una ruptura que desgarraría el cuerpo de la cristiandad.

Otro punto que seguramente habrá inspirado a Francisco de Roma: la centralidad que Francisco de Asís otorgó a los pobres. No organizó ninguna obra para los pobres, sino que vivió con los pobres y como los pobres. Francisco de Roma, desde que lo conocemos, vive repitiendo que el problema de los pobres no se resuelve sin la participación de los pobres, no por la filantropía sino por la justicia social. Ésta disminuye las desigualdades que castigan a América Latina y, en general, al mundo entero.

El tercer punto de inspiración es de gran actualidad: cómo relacionarnos con la Madre Tierra y con los bienes y servicios escasos. En la alocución inaugural de su entronización, Francisco de Roma usó más de 8 veces la palabra cuidado. Es la ética del cuidado, como yo mismo he insistido fuertemente, la que va a salvar la vida humana y garantizar la vitalidad de los ecosistemas. Francisco de Asís, patrono de la ecología, será el paradigma de una relación respetuosa y fraterna hacia todos los seres, no encima sino al pie de la naturaleza.

Francisco de Asís mantuvo con Clara una relación de gran amistad y de verdadero amor. Exaltó a la mujer y a las virtudes considerándolas «damas». Ojalá inspire a Francisco de Roma una relación con las mujeres, que son la mayoría de la Iglesia, no sólo de respeto, sino también dándoles protagonismo en la toma de decisiones sobre los caminos de la fe y de la espiritualidad en el nuevo milenio.

Por último, Francisco de Asís es, según el filósofo Max Scheler, el prototipo occidental de la razón cordial y emocional. Ella nos hace sensibles a la pasión de los que sufren y a los gritos de la Tierra. Francisco de Roma, a diferencia de Benedicto XVI, expresión de la razón intelectual, es un claro ejemplo de la inteligencia cordial que ama al pueblo, abraza a las personas, besa a los niños y mira amorosamente a las multitudes. Si la razón moderna se amalgama con la sensibilidad del corazón, no será tan difícil cuidar la Casa Común y a los hijos e hijas desheredados, y alimentaremos la convicción muy franciscana de que abrazando cariñosamente al mundo, estamos abrazando a Dios.

Leonardo Boff

El Papa que paga sus cuentas. Leonardo Boff

(Tomado de ATRIO. http://www.atrio.org . Con comentarios )

El Papa que paga sus cuentas

Leonardo Boff, 25-Marzo-2013

BoffLo que convence a las personas no son las prédicas sino las prácticas. Las ideas pueden iluminar, pero los ejemplos son los que atraen y nos ponen en marcha. Los ejemplos los entiende todo el mundo. Muchas explicaciones confunden más que aclaran. Las prácticas hablan por sí solas.

Lo que ha marcado al nuevo Papa Francisco, ese «que viene del fin del mundo», es decir, fuera de los marcos europeos tan cargados de tradiciones, palacios, espectáculos principescos y disputas internas de poder, son gestos simples, populares, obvios para quien da valor al buen sentido común de la vida. Él está rompiendo los protocolos y mostrando que el poder es siempre una máscara y un teatro, como bien puntualizó el sociólogo Peter Berger, aunque se trate de un poder pretendidamente de origen divino.

El Papa Francisco simplemente obedece al mandato de Jesús que explícitamente dijo que los grandes de este mundo mandan y dominan pero “con vosotros no debe ser así; quien quiera ser grande, que sea servidor; quien quiera ser el primero, que sea siervo de todos; pues el Hijo del Hombre no vino para ser servido sino para servir” (Mc 10-43-45). Bien, si Jesús dijo eso, ¿cómo puede el Papa, garante de su mensaje, obrar de otra manera?

Ciertamente con el establecimiento de la monarquía absoluta de los papas, especialmente a partir del segundo milenio, la institución eclesiástica heredó los símbolos del poder imperial romano y de la nobleza feudal: ropas vistosas (como las de los cardenales), oropeles, cruces y anillos de oro y plata y hábitos de palacio. En los grandes conventos religiosos que vienen de la Edad Media se vivía en espacios palaciegos.

En el cuarto en el que me hospedaba, como estudiante, en el convento franciscano de Múnich, que remonta al tiempo de Guillermo de Ockham (siglo XIV), un solo cuadro renacentista de la pared valía algunos miles de euros. ¿Cómo conjugar la pobreza del Nazareno que no tenía donde reposar su cabeza con las mitras, los báculos dorados y las estolas y ropas principescas de los prelados actuales? Honestamente no es posible. Y el pueblo que no es ignorante, sino fino observador, nota esta contradicción. Todo este aparato no tiene nada que ver con la Tradición de Jesús y de los Apóstoles.

Según algunos periódicos, cuando el secretario del Cónclave quiso poner sobre los hombros del Papa Francisco la «muceta», esa capita ricamente adornada, símbolo del poder papal, se limitó a decir: “El carnaval  acabó, guarde esta ropa”. Y apareció  vestido de blanco, como también acostumbraba a vestir dom Helder Câmara, que dejó el palacio colonial de Olinda y fue a vivir bajo un tejado de media agua en la iglesia de las Candelas, en la periferia; como también hizo el cardenal dom Paulo Evaristo Arns, por no hablar de dom Pedro Casaldáliga que vive en una casita pobre, compartiendo el cuarto con algún huésped.

Para mí el gesto más simple, honesto y popular del Papa Francisco fue ir a la residencia donde se había alojado (nunca se alojaba en la grande casa central de los jesuitas en Roma) a pagar la cuenta a razón de 90 euros por día. Entró y él mismo fue a buscar su ropa, hizo su maleta, saludó al personal y se fue. ¿Qué potentado civil, qué opulento millonario, qué famoso artista haría tal cosa? Sería falsear la intención del obispo de Roma querer ver en este gesto, normal para todos nosotros mortales, una intención populista.

¿No hacía lo mismo cuando era cardenal de Buenos Aires e iba a buscar el periódico, hacia la compra, viajaba en metro o en autobús y prefería presentarse como «padre Bergoglio»?

Frei Betto acuñó una expresión que es una gran verdad: «la cabeza piensa desde donde pisan los pies». Efectivamente, si alguien pisa siempre palacios y  suntuosas catedrales, acaba pensando según la lógica de los palacios y de las catedrales. Por esta razón, el domingo celebró misa en la capilla de Santa Ana, dentro del Vaticano, que es considerada la parroquia romana del Papa. Y después salió a saludar a los fieles a la puerta.

Cosa notable y cargada de contenido teológico: no se presentó como Papa, sino como «obispo de Roma». Pidió oraciones no para el Papa emérito Benedicto XVI, sino para el obispo emérito de Roma, Joseph Ratzinger. Con esto retomó la más primordial tradición de la Iglesia, la de considerar al obispo de Roma «el primero entre sus pares». Por estar Pedro y Pablo sepultados en ella, adquirió especial preeminencia. Pero ese poder simbólico y espiritual era ejercido en el estilo de la caridad  y no en forma de poder jurídico sobre las demás Iglesias, como predominó en el segundo milenio. No me admiraría en absoluto si, como quería Juan Pablo I, resolviese abandonar el Vaticano y fuera a vivir a un sitio sencillo, con un amplio espacio exterior para recibir la visita de los fieles. Los tiempos están maduros para este tipo de revolución en las costumbres papales. Y qué desafío está representando para los demás prelados de la Iglesia vivir la sencillez voluntaria y la sobriedad compartida.

Traducción de Mª José Gavito Milano

6 comments to El Papa que paga sus cuentas

  • Javier Renobales Scheifler

    Me temo que sería lo mismo Pepe Blanco. Siempre será un cardenal del dictador católico del Vaticano.
    El sistema lo tiene todo atado y bien atado. Los progresistas católicos son primero católicos, y luego, sólo en lo que el catolicismo les deje, son progresisitas
    ¿Qué queda de tu pobre margarita?

  • pepe blanco

    No sabía en cuál de los veintiún artículos sobre el papa Francisco colgados en Atrio hacer este comentario. Lo pongo aquí, simplemente porque es el último.

    Hay un aspecto preocupante en la elección del jesuita Bergoglio como papa. Y es que podemos pensar que su elección facilita el que, en el futuro, sea elegido un cardenal del Opus Dei, por ejemplo.

  • Antonio Vicedo

    Muy bueno el que todos estos signos que el hermano Francisco (Por lo de Jesús: A nadie llaméis padre sobre la tierra) empezó a dar y continúa dando que sorprenden porque vienen al ambiente que vienen y se incluyen  en el ambiente actual de la espectacularidad y la pompa del poder vaticanos y eclesiales.

    Cierto que pueden significar, o significan expresión decidida de un compromiso real de prácticas apostólicas (por lo de enviados a proclamar la Buena Noticia a los pobres y, en ellos, a toda la Humanidad) acorde con ese: COMO el Padre me envió (Y hoy, agradecidos, conmemoramos la Encarnación) ASÍ os envío yo a vosotros, pero estos signos aún no comprometen la ruta, si no se percibe de inmediato el avance hacia lo que su autenticidad debe significar y exige.

    Lógico que, para quienes observamos el cambio de orientación, signifique esto un motivo de esperanza y confianza en que, con esta orientación de la ruta,  se puede ir aproximando la llegada a buen puerto, si no se interpone algún desvío, pero es precisamente esta posibilidad, tan convertida en realidad a lo largo de la historia de la Iglesia, después de los inicios de movimientos renovadores, incluido el  del Poverello de Asís con signos y orientaciones evangélicos tan especiales, que conviene estar atentos para que no cunda la infección de culto infantilista a la personalidad del papa

    Los gestos o frutos por los que se va a calificar el carisma petrino de Francisco, están por llegar y el valor de su coherencia les vendrá del parecido con los  más decisivos, permanentes y claros de Jesús.

    La Iglesia y la Humanidad necesitan ir comprobando cada día la respuesta práctica que Francisco dé a esta sencilla pregunta cada mañana al despertar:
    ¿Qué harías, Jesús, y cómo te comportarías hoy,  si tuvieras que vivir en mis circunstancias?

    Y como, las circunstancias estructurales y ambientales generales, no han cambiado tanto como para que Jesús se tenga que cuestionar modos nuevos y diferentes de reaccionar ante ella, la respuesta ya está dada a poco que se la quiera escuchar, respecto a: lo religioso,  lo político;  lo concreto socio-cultural,  lo económico y a  lo interpersonal próximo, o general.

    ¿Nos ha de servir a tod*s de algo ese:-“Buscad primero el Reino del Padre en y para TOD*S sus hij*s human*s aquí en la tierra y SU Justicia, porque todo lo demás vendrá por añadidura?
    Pues eso esperamos, mientras intentamos poner lo que nos corresponde de nuestra parte.

  • Rodrigo Olvera

    p.d
    Digo que es significativo que retome las distinciones de la Dominus Iesus, negándoles el carácter de iglesias a las iglesias reformadas, porque ahí sí que se muestra una continuidad ideológica, más allá de las “rupturas” de estilo, con Ratzinger.

  • Rodrigo Olvera

    Bueno, pues para profundizar en análisis de discurso:
    Yo por supuesto noté y me agradó, que el 13 de marzo se presentara desde el balcón frente a la Plaza de San Pedro como Obispo de Roma y no como Papa. Utilizó cinco veces la expresión Obispo en referencia al Obsipo de Roma  (sea el emérito o él mismo) y ni una vez la expresión Papa
    También noté , que el 15 de marzo dentro de la Sala Clementina ante los Cardenales se presentó como Papa y no como Obispo de Roma. Utilizó tres veces la expresión Papa y ni una vez la expresión Obispo de Roma.
    Luego, el 16 de marzo en la Sala Pablo VI ante los periodistas utilizó una vez la expresión Papa y una vez la expresión  Obispo de Roma.
    El 20 de marzo en la Sala Clementina ante representantes de iglesias, comunidades eclesiales y otras religiones, utilizó una vez “Obispo de Roma y Sucesor de Pedro” y una vez la expresión Papa para referirse a Juan XXIII . [Significativo que retoma las distinciones de Ratzinger en la Dominus Iesus para referirse a las distintas delegaciones]
    El 22 de marzo en la Sala Regia ante el cuerpo diplomático, utiliza dos veces la expresión Papa, dos veces la expresión Obispo de Roma y una vez la expresión Pontífice

    Así que sí, por supuesto que es significativo que en su primer discurso ante el pueblo usara Obispo de Roma y no Papa. Pero parece que no tiene tanta importancia como la que se le ha dado en ciertos ambientes. Usa ambas expresiones. Parece que las usa dependiendo los destinatarios. Lo cual por supuesto no es reprochable. Toda buena comunicadora y todo buen comunicador ha de saber adaptarse a su auditorio. Pero debe prevenirnos de que le demos demasiada importancia a lo que escuchamos adpatado a lo que queremos escuchar.

  • José Ignacio Ardid

    ¡Paz a todos!

    Una vez más el artículo de Leonardo Boff está lleno de sabiduría y me ha ayudado a reflexionar sobre el valor de los gestos como símbolos de aquello que estamos fraguando muy dentro de nosotros mismos. De ahí, también, la importancia de todos los gestos que está haciendo el Papa y que nos hace mirar la vida y la de la Iglesia con algo más de esperanza.

    Saludos,

Pueda ser él. Koldo Aldai. Artaza (Navarra)

(Tomado de Eclesalia

PUEDA SER ÉL
KOLDO ALDAI, coordinacion@foroespiritual.org
ARTAZA (NAVARRA).

ECLESALIA, 21/03/13.- ¿Quién dijo que estaba todo perdido? Seguramente nos equivocamos al pensar que dentro de la vetusta institución no había nada que hacer, que bajo las sotanas de la Jerarquía no podía medrar ninguna esperanza, que entre tanto anciano purpurado elegido a dedo, no había posibilidad de renovación alguna… Y sin embargo estos días hemos podido comprobar que sí se abría rendija para el aire fresco, que había mármol para esos humildes zapatos negros, margen para un Papa argentino y además jesuita. Al día de hoy, el mayor cambio posible, sereno y tranquilo, en el seno de la Iglesia católica está en marcha y no podemos por menos que saludarlo. Un antiguo escepticismo se va rindiendo felizmente día a día ante el monitor de la televisión. Cierta e inocente generosidad llama a nuestra percepción desconcertada. Hemos visto, los estamos viendo en cada una de las comparecencias públicas de Francisco y estamos comenzando a creer…

Cuando salió a la luz la biografía del nuevo Papa, en tantos aspectos marcando una positiva diferencia, algo me transportó a la orilla del mar. Se abalanzó sobre mi mente el recuerdo de tantos amigos cristianos de Donosti, ligados a la familia y al Foro espiritual de Estella. Me acordé de toda esa buena gente que merece en Roma alguien con toda la fuerza del amor que ellos/as llevan dentro. Esos cristianos que han devorado durante años el Jesús de Pagola casi a escondidas, que añoran las libertades que siempre gozaron con Uriarte y Setién, todos esos cristianos cuyo desbordado anhelo no termina de entrar en los sermones oficiales, entre los párrafos siempre estrechos de los catecismos, esos cristianos genuinos que se han ajustado a lo impuesto, cuyo espíritu se ve encarcelado en el dogma establecido y que por lealtad no dieron un paso fuera del perímetro eclesiástico…, necesitaban un Papa, como todo apunta, puede ser Francisco. Su sencillez, cordialidad y voluntad de cambio abre cuanto menos una ventana a la esperanza.

Todos esos cristianos que cargaban con tanto “amén” a lo que les llegaba desde arriba, que ya no sabían dónde buscar brisa renovada, que esperaban de la jerarquía una apertura, una inclusividad, una flexibilidad que no terminaban de llegar, que querían ver en el Papa un reflejo auténtico del Nazareno…, pueden estar en vísperas de su hora.

Lo llevaban toda su vida buscando, por supuesto mereciendo. Lo habían llamado en tantas cerradas noches, en la hondura de tantas crisis, en tantas fervientes oraciones… y hay más que evidencias de que puede haber llegado. El Papa que rechazaba limusinas y viajaba en “colectivo”, que vivía en un sencillo apartamento y se hacía su propia comida, que frecuentaba a los pobres y lavaba los pies a los enfermos…, puede ser el Papa por el que ha suspirado toda esta buena gente de fe.

Ojalá final feliz en esta larga historia, en la recta final de demasiadas frustraciones… No hablamos de saltos al vacío, de rupturas incomprensibles con el pasado, nos referimos a gestos cargados de significado como los que ya ha protagonizado el nuevo Papa. Se trata de ese toque de sano humor, de alejarse del dogma y volver al corazón, se trata de bajar a la calle y caminar a pie y compartir fe, de guiños sinceros de encuentro para con los líderes de las otras religiones… Hoy leemos la buena nueva en los periódicos de que llegó a Roma viajando en clase económica, con los zapatos que le regaló la viuda de un sindicalista. ¿Será que las ganas tan grandes de cambios que abrigamos redactan ya su historia? ¿Será que no sabemos dónde volcar toda la esperanza acumulada, dónde saciar toda la sed de cambio que no cabe en nuestras gargantas…?

Nos han terminado de contagiar esos cristianos del mañana soportando durante tanto tiempo la asfixia de lo caduco, esos incondicionales del evangelio y su apuesta silente de a largo plazo, esos seguidores de un tal Jesús que piden liderazgo de incondicional amor, de celeste talla. A fuerza de ejemplaridad han hecho nuestras sus esperanzas. Pueda estar Francisco a la altura de tanta sincera aspiración despertada, a la par de tan irrefrenable expectativa. Pueda estar al nivel de lo que el mundo y la cristiandad necesitan. Quiera el Cielo que suponga el inicio de una profunda renovación, de una nueva era en la Iglesia. Por esa Iglesia abierta, hermana, solidaria, sencilla, con rostro también de mujer, fiel al legado eterno del Nazareno…, que esos entrañables católicos y tantos otros también deseamos. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

Una Iglesia pobre. Tomas Maza Ruíz, Madrid

(Tomado de http://www.eclesalia.wordpress.com/ )

UNA IGLESIA POBRE
TOMÁS MAZA RUIZ, tomasmaza@telefonica.net
MADRID.

ECLESALIA, 18/03/13.- El nombramiento del nuevo papa, Francisco, ha despertado en millones de personas de todo el mundo esperanzas e ilusiones sobre la posible reforma de la Iglesia. Por otra parte estamos celebrando el cincuentenario del Concilio Vaticano II, donde a pesar del deseo de Juan XXIII y aunque la idea se trató de forma tangencial en varios documentos, no se expresó de forma explícita el tema de una Iglesia pobre y al servicio de los pobres. Por ello al final del Concilio un grupo de padres conciliares reunidos en la Catacumba de Santa Domitila suscribió lo que se llamó el Pacto de las Catacumbas. Creo que es útil recordar este documento que nos puede servir tanto para recordar el Concilio como para abrir nuevas expectativas para la renovación de la Iglesia.

El pacto de las catacumbas: una Iglesia servidora y pobre*

“Nosotros, obispos, reunidos en el Concilio Vaticano II, conscientes de las deficiencias de nuestra vida de pobreza según el evangelio; motivados los unos por los otros en una iniciativa en la que cada uno de nosotros ha evitado el sobresalir y la presunción; unidos a todos nuestros hermanos en el episcopado; contando, sobre todo, con la gracia y la fuerza de nuestro Señor Jesucristo, con la oración de los fieles y de los sacerdotes de nuestras respectivas diócesis; poniéndonos con el pensamiento y con la oración ante la Trinidad, ante la Iglesia de Cristo y ante los sacerdotes y los fieles de nuestras diócesis, con humildad y con conciencia de nuestra flaqueza, pero también con toda la determinación y toda la fuerza que Dios nos quiere dar como gracia suya, nos comprometemos a lo que sigue:

1. Procuraremos vivir según el modo ordinario de nuestra población en lo que toca a casa, comida, medios de locomoción, y a todo lo que de ahí se desprende. Cfr. Mt 5, 3; 6, 33s; 8-20.

2. Renunciamos para siempre a la apariencia y la realidad de la riqueza, especialmente en el vestir (ricas vestimentas, colores llamativos) y en símbolos de metales preciosos (esos signos deben ser, ciertamente, evangélicos). Cfr. Mc 6, 9; Mt 10, 9s; Hech 3, 6. Ni oro ni plata.

3. No poseeremos bienes muebles ni inmuebles, ni tendremos cuentas en el banco, etc., a nombre propio; y, si es necesario poseer algo, pondremos todo a nombre de la diócesis, o de las obras sociales o caritativas. Cfr. Mt 6, 19-21; Lc 12, 33s.

4. En cuanto sea posible confiaremos la gestión financiera y material de nuestra diócesis a una comisión de laicos competentes y conscientes de su papel apostólico, para ser menos administradores y más pastores y apóstoles. Cfr. Mt 10, 8; Hech 6, 1-7.

5. Rechazamos que verbalmente o por escrito nos llamen con nombres y títulos que expresen grandeza y poder (Eminencia, Excelencia, Monseñor…). Preferimos que nos llamen con el nombre evangélico de Padre. Cfr. Mt 20, 25-28; 23, 6-11; Jn 13, 12-15.

6. En nuestro comportamiento y relaciones sociales evitaremos todo lo que pueda parecer concesión de privilegios, primacía o incluso preferencia a los ricos y a los poderosos (por ejemplo en banquetes ofrecidos o aceptados, en servicios religiosos). Cfr. Lc 13, 12-14; 1 Cor 9, 14-19.

7. Igualmente evitaremos propiciar o adular la vanidad de quien quiera que sea, al recompensar o solicitar ayudas, o por cualquier otra razón. Invitaremos a nuestros fieles a que consideren sus dádivas como una participación normal en el culto, en el apostolado y en la acción social. Cfr. Mt 6, 2-4; Lc 15, 9-13; 2 Cor 12, 4.

8. Daremos todo lo que sea necesario de nuestro tiempo, reflexión, corazón, medios, etc. al servicio apostólico y pastoral de las personas y de los grupos trabajadores y económicamente débiles y subdesarrollados, sin que eso perjudique a otras personas y grupos de la diócesis. Apoyaremos a los laicos, religiosos, diáconos o sacerdotes que el Señor llama a evangelizar a los pobres y trabajadores, compartiendo su vida y el trabajo. Cfr. Lc 4, 18s; Mc 6, 4; Mt 11, 4s; Hech 18, 3s; 20, 33-35; 1 Cor 4, 12 y 9, 1-27.

9. Conscientes de las exigencias de la justicia y de la caridad, y de sus mutuas relaciones, procuraremos transformar las obras de beneficencia en obras sociales basadas en la caridad y en la justicia, que tengan en cuenta a todos y a todas, como un humilde servicio a los organismos públicos competentes. Cfr. Mt 25, 31-46; Lc 13, 12-14 y 33s.

10. Haremos todo lo posible para que los responsables de nuestro gobierno y de nuestros servicios públicos decidan y pongan en práctica las leyes, estructuras e instituciones sociales que son necesarias para la justicia, la igualdad y el desarrollo armónico y total de todo el hombre y de todos los hombres, y, así, para el advenimiento de un orden social, nuevo, digno de hijos de hombres y de hijos de Dios. Cfr. Hech 2, 44s; 4, 32-35; 5, 4; 2 Cor 8 y 9; 1 Tim 5, 16.

11. Porque la colegialidad de los obispos encuentra su más plena realización evangélica en el servicio en común a las mayorías en miseria física cultural y moral -dos tercios de la humanidad- nos comprometemos:

  • a compartir, según nuestras posibilidades, en los proyectos urgentes de los episcopados de las naciones pobres;
  • a pedir juntos, al nivel de organismos internacionales, dando siempre testimonio del evangelio, como lo hizo el papa Pablo VI en las Naciones Unidas, la adopción de estructuras económicas y culturales que no fabriquen naciones pobres en un mundo cada vez más rico, sino que permitan que las mayorías pobres salgan de su miseria.

12. Nos comprometemos a compartir nuestra vida, en caridad pastoral, con nuestros hermanos en Cristo, sacerdotes, religiosos y laicos, para que nuestro ministerio constituya un verdadero servicio. Así,

  • nos esforzaremos para “revisar nuestra vida” con ellos;
  • buscaremos colaboradores para poder ser más animadores según el Espíritu que jefes según el mundo;
  • procuraremos hacernos lo más humanamente posible presentes, ser acogedores;
  • nos mostraremos abiertos a todos, sea cual fuere su religión. Cfr. Mc 8, 34s; Hech 6, 1-7; 1 Tim 3, 8-10.

13. Cuando regresemos a nuestras diócesis daremos a conocer estas resoluciones a nuestros diocesanos, pidiéndoles que nos ayuden con su comprensión, su colaboración y sus oraciones.

Que Dios nos ayude a ser fieles” (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

*Pacto suscrito pocos días antes de la finalización del Concilio Vaticano II -Diciembre de 1965- por cuarenta Padres Conciliares encabezados por Dom Helder Camara, obispo de Olinda Recife en la eucaristía celebrada en la Catacumba de Santa Domitila, Roma.

La elección de un nuevo Papa y el Espíritu Santo. Ivone GEBARA

La elección de un nuevo papa y el Espíritu Santo

Ivone GEBARA


Después de la encomiable actitud del anciano Benedicto XVI renunciando al gobierno de la Iglesia Católica Romana han aparecido entrevistas con algunos obispos y sacerdotes en estaciones de radio y televisión en todo el Brasil. Sin duda, un evento de tanta importancia para la Iglesia Católica Romana es noticia y conduce a predicciones, elucubraciones de todo tipo, principalmente de sospechas, intrigas y conflictos dentro de los muros del Vaticano, que habrían acelerado la decisión del Papa.

En el contexto de las primeras noticias, lo que me llamó la atención fue algo a primera vista pequeño e insignificante para los analistas que tratan asuntos del Vaticano. Se trata de la forma como algunos sacerdotes entrevistados, o sacerdotes conductores de programas de televisión, respondieron cuando se les preguntó sobre quién sería el nuevo Papa, saliendo por la tangente. Se referían a la inspiración del Espíritu Santo, o a su voluntad, como si fuera el elemento del que dependería la elección del nuevo romano pontífice. Nada de pensar en personas específicas para responder a las situaciones mundiales desafiantes, nada para despertar una reflexión en la comunidad, nada de hablar de los problemas actuales de la Iglesia que la han llevado a un significativo marasmo, nada de escuchar los clamores de la comunidad católica por la democratización de las estructuras anacrónicas que sostienen a la iglesia institucional.

La formación teológica de estos sacerdotes comunicadores no les permite salir de un discurso trivial y abstracto, ya bien conocido, que continúa recurriendo, como explicación, a fuerzas ocultas, y así, en cierta forma, confirman su propio poder. La continua referencia al Espíritu Santo a partir de un misterioso modelo jerárquico es una forma de camuflar los verdaderos problemas de la Iglesia y una forma de retórica religiosa para no revelar conflictos internos que ha vivido la institución.

La teología del Espíritu Santo continúa siendo para ellos mágica; expresa explicaciones que ya no pueden hablar a los corazones y a las conciencias de muchas personas que valoran el legado del Movimiento de Jesús de Nazaret. Es una teología que sigue provocando la pasividad del pueblo creyente ante las múltiples dominaciones, incluída la manipulación religiosa. Continúan repitiendo fórmulas… como si éstas satisficiesen a la mayoría de la gente.

Me entristece el hecho de comprobar una vez más que los religiosos y algunos laicos que trabajan en los medios de comunicación no perciben que estamos en un mundo en el que los discursos tienen que ser más asertivos, y que tienen que basrse en referencias filosóficas consistentes, más allá de la tradicional escolástica. Un referencial humanista los haría mucho más comprensibles para el común de las personas, incluidos los no católicos y no religiosos. La responsabilidad de los medios de comunicación religiosos es enorme e incluye la importancia de mostrar cómo la historia de la Iglesia depende de las relaciones e interferencias de todas las historias de los países y de las personas individuales.

Ya es tiempo de abandonar ese lenguaje metafísico y abstracto, como si un Dios fuese a ocuparse especialmente de elegir al nuevo Papa, independientemente de los conflictos, desafíos, iniquidades y cualidades humanas. Ya es hora de afrontar un cristianismo que admita el conflicto de las voluntades humanas. Es hora de reconocer que, al final de un proceso electivo, no siempre la elección realizada puede ser considerada como la mejor para el conjunto. Hay que afrontar la historia de la Iglesia como una historia construida por nosotros, todos y todas, y de testimoniar respeto para nosotros mismos/as mostrando la responsabilidad que tenemos todas/os los que nos consideramos miembros de la comunidad católica.

La elección de un nuevo Papa es algo que tiene que ver con el conjunto de las comunidades católicas esparcidas por todo el mundo y no sólo con una élite de edad avanzada, minoritaria y masculina. Por lo tanto, es necesario ir más allá de un discurso justificativo del poder papal, y enfrentarse a los problemas y desafíos reales que estamos viviendo. Sin duda, para esto las dificultades son muchas, y abordarlas requiere nuevas convicciones y un deseo real de promover cambios que favorezcan la convivencia humana.

Me preocupa, una vez más, que no se discuta más abiertamente el hecho de que el gobierno de la Iglesia institucional sea entregado a personas ancianas que, a pesar de sus cualidades y sabiduría, ya no son capaces de hacer frente con vigor y desenvoltura los desafíos que estas funciones demandan. ¿Hasta cuando la gerontocracia masculina papal será como un doble de la imagen de un Dios, blanco, anciano y de barbas blancas? ¿Habría alguna posibilidad de salir de este esquema, o al menos de iniciar una discusión de cara a una futura organización diferente? ¿Habría alguna posibilidad de abrir esta discusión en las comunidades cristianas populares que tienen derecho a la información y a una formación cristiana más ajustada a nuestros tiempos?

Sabemos en qué medida la fuerza de la religión depende de desafíos y comportamientos que son fruto de convicciones capaces de sostener la vida de muchos grupos. Sin embargo, las convicciones religiosas no pueden reducirse a una visión estática de las tradiciones, ni a una visión deliberadamente ingenua de las relaciones humanas. Las convicciones religiosas, igualmente, no pueden reducirse a la ola de las más variadas devociones que se propagan a través de los medios de comunicación. Es más, no podemos seguir tratando al pueblo como ignorante e incapaz de formular preguntas inteligentes y astutas en relación con la Iglesia. Sin embargo, estos sacerdotes comunicadores creen estar tratando con personas pasivas, entre ellas muchos jóvenes que mantienen un culto romántico alrededor de la figura del papa. Los religiosos mantienen esta situación, a menudo cómoda, por ignorancia o avidez de poder. Probar la interferencia divina en decisiones que la Iglesia Católica Jerárquica, prescindiendo de la voluntad de las comunidades cristianas esparcidas por todo el mundo es un ejemplo flagrante de esta situación. Es como si quisieran reafirmar erróneamente que la Iglesia es, en primer lugar, el clero y las autoridades cardenalicias a las cuales habría conferido el poder de elegir un nuevo papa, y que ésa es la voluntad de Dios. A los millones de fieles les corresponde sólo orar para que el Espíritu Santo escoja al mejor, y esperar a que el humo blanco anuncie una vez más el habemus papam.

De manera hábil, por el recurso a fuerzas superiores que dirigirían la historia y, la Iglesia siempre están tratando de hacer que los fieles ignoren la verdadera historia, y que no puedan plantearse su responsabilidad colectiva. Es una lástima que estos formadores de opinión pública estén viviendo todavía en un mundo que es teológicamente, y tal vez incluso históricamente, pre-moderno, donde lo sagrado parece separarse del mundo real y situarse en una esfera superior de poderes a la que sólo unos pocos tienen acceso directo. Es desolador ver cómo la conciencia crítica en relación a sus propias creencias infantiles no haya sido despertada, para su bien personal y en beneficio de la comunidad cristiana. Parece que hasta rescatamos los muchos obscurantismos religiosos de épocas pasadas, mientras que el Evangelio de Jesús, por el contrario, continuamente convoca a la responsabilidad común de unos con los otros.

Conociendo las muchas dificultades afrentadas por el Papa Benedicto XVI durante su corto ministerio papal, las empresas de comunicación católica sólo destacan sus cualidades, su entrega a la Iglesia, su inteligencia teológica, su pensamiento vigoroso, como si quisieran, una vez más, ocultar los límites de su personalidad y de su postura política, no sólo como Pontífice, sino también, como presidente por muchos años de la Congregación para la Doctrina de la Fe, el ex Santo Oficio. No permiten que las contradicciones humanas del hombre Joseph Ratzinger aparezcan, y que su intransigencia legalista o el trato castigdor que caracterizaron parcialmente su persona sean recordadas. Hablan desde su elección, principalmente como un papado de transición. No hay duda que es así. Pero, ¿transición hacia dónde?

Me gustaría que la encomiable actitud de renuncia de Benedicto XVI pudiese ser vivida como un momento privilegiado para convidar a las comunidades católicas a repensar sus estructuras de gobierno y los privilegios medievales que esta estructura conlleva. Estos privilegios, tanto del punto de vista económico, como político y socio-cultural, hacen aparecer al papado y al Vaticano como un Estado masculino aparte. Pero un Estado masculino con representación diplomática influyente y servido por miles de mujeres en todo el mundo, en las diferentes instancias de su organización. Este hecho nos invita también a reflexionar sobre el tipo de relaciones sociales de género que este Estado continua manteniendo en la historia social y política actual.

Las estructuras pre-modernas que todavía conserva este poder religioso necesitan ser confrontadas con los anhelos democráticos de nuestros pueblos en la búsqueda de nuevas formas de organización que se correspondan mejor con los tiempos y grupos plurales de hoy. Ess estructuras deben ser confrontadas con las luchas de las mujeres, de las minorías y las mayorías raciales, de personas de diversas orientaciones sexuales y opciones, de pensadores, científicos y trabajadores de las más variadas profesiones. Necesitan ser reelaboradas en la perspectiva de un mayor y más fructífero diálogo con otros credos religiosos y con las sabidurías esparcidas por todo el mundo.

Y, para terminar, quiero volver al Espíritu Santo, a este Viento que sopla en cada una/o de nosotros. Este aliento en nosotros es más grande que nosotros. Nos aproxima y nos hace interdependientes con todos los vivientes. Un soplo de muchas formas, colores, sabores e intensidades. Soplo de compasión y de ternura, soplo de igualdad y de diferencia. Este aliento o soplo no puede ser utilizado para justificar y mantener estructuras privilegiadas de poder y tradiciones antiguas o medievales, como si se tratara de una ley o una norma indiscutible e inmutable.

El viento, el aire, el espíritu sopla donde quiere y nadie debe atreverse a querer ser ni por una sola vez su dueño. El espíritu es la fuerza que nos acerca a unos con otros, es la atracción que permite nos reconozcamos como semejantes y diferentes, como amigas y amigos, y que juntos/as busquemos caminos de convivencia, de paz y de justicia.

Estos caminos del espíritu son los que nos permiten reaccionar ante las fuerzas opresivas que nacen de nuestra propia humanidad, los que nos llevan a denunciar a las fuerzas que impiden la circulación de la savia de la vida, quienes nos llevan a des-cubrir los secretos ocultos de los poderosos. Por tanto, el espíritu se muestra en las acciones de misericordia, en el pan compartido, en el poder compartido, en la cura de las heridas, en la reforma agraria, en el comercio justo, en las armas transformadas en arados, en fin, en la vida en abundancia para todas/os. Éste parece ser el poder del espíritu en nosotros, poder que necesita ser despertado en cada nuevo momento de nuestra historia, y ser despertado en nosotros/as, entre nosotros/as y para nosotros/as.