Cotija. Benjamín González Oregel

Puebleando. Cotija, “donde la garganta está más ensanchada”

BENJAMÍN GONZÁLEZ OREGEL

Ha sido tierra de trotamundos y emigrantes

(Primera  parte)

Cotija de la Paz, Mich., —  Hay quien asegura que esta Cotija de la Paz  –que es ciudad tras una visita que realizó, el 23 de abril de 1896, el gobernador del Estado, Aristeo Mercado,  quien  decretó que a partir del 5 de mayo de ese año se le otorgara el título de ciudad, con  el apellido de la Paz–, ha pasado de ser “tierra de arrieros”, a “tierra de emigrantes”, comprobada la fama de “trotamundos” –como la definió el presbítero don José Romero Vargas–,  que con creces han ganado sus hijos, a lo largo de su historia.

Se afirma que el nombre Cotija se originó en el término chichimeca –sin poder comprobar que hayan existido y habitado en esta parte de Michoacán miembros de esta tribu–, cutixani, que quiere decir “lugar donde la garganta está más ensanchada”. Ignoro, como la mayoría de los que aquí habitan, si en el concepto tuvieron que ver las condiciones orográficas del valle, si éste es visto desde lo alto. Si se accede desde la comunidad de San Francisco, por ejemplo, se percibe la intención de que los primeros pobladores de lo que hoy es una próspera población, era la de protegerla, de esconderla; como si hubiesen pretendido conservarla para ellos solos.

De tendajón en tendajón

Con el paso de los años y el natural crecimiento de la comunidad, la palpable escasez  de terrenos fértiles en la cantidad  requerida, forzó a sus habitantes a ganarse la vida por esos pueblos y caminos de Dios. Se cuenta que los cotijenses recorrían comunidades, pueblos y ciudades del Estado y el país. Lo hacían de tendajón en tendajón y hasta de puerta en puerta, con tal de ofrecer sus mercancías. Llevaban, naturalmente,  los productos lácteos –quesos principalmente–, dada la demanda que tenían entre los habitantes de otras comunidades, en viajes tan intermitentes como los eventuales; que eventuales  clientes sugerían y trazaban. Además, recibían encargos y comisiones de parte de quienes requerían de sus servicios.  Esto los obligó a, mediante el cobro por los servicios que prestaban, actuar como mensajeros. Hicieron las veces de carteros. Hoy no son pocos los aquí nacidos que han emigrado, y emigran, a otras ciudades y al extranjero, a ganarse el pan de cada día.

Breve reseña histórica   

Ahora sabemos que durante los primeros años del dominio español, tras la llegada de los europeos al mando de Cristóbal de Olid, este territorio –sobresalía Tacátzcuaro– formó parte de la encomienda de Terecuato –Tepehuacán–, concedida a don Antonio de Caicedo. Y que, una vez concedidos, nombramiento y mercedes al esposo de doña Marina Montes de Oca –primero, y luego al morir don Antonio, de Chávez–, don Melchor Manzo consiguió merced real para la explotación de ganado mayor. Unos años más tarde, el Virrey de la Nueva España, don Luis de Velasco, padre, autorizó que familias españolas se asentaran en el valle, lo que dio origen a una congregación dentro del corregimiento de Tingüindín.

Esto ocurrió antes de  1575 y 1576 –de ser cierta la fecha aquí anotada, fue el virrey Martín Enríquez de Almanza quien otorgó las mercedes, pues gobernó del 5 de noviembre de 1568 al 4 de octubre de 1580–, en un sitio cercano a un cristalino riachuelo que después llamaron el río Claro. En el lugar escogido,  don Melchor Manzo de Corona construyó su casa. Con él llegaron, también, su esposa doña Juana Pérez, así como sus hijos Melchor y Leonor. Además de algunos indígenas, como Juan Alonso, nacido en Tacátzcuaro.

La ganadería, la fuente de vida

Unos años más tarde, entre 1581 y 1595, se establecieron alrededor de esta estancia otros once colonos españoles. Algunos edificaron sus casas y, con perseverancia,  se dedicaron, principalmente, a la ganadería. Al transcurrir  los años y atraídos por el buen clima y la belleza de la zona, se fueron avecindado otras familias españolas, previa concesión de mercedes reales para la explotación de ganado mayor. Para  entonces se le conocía como El Rincón de Cotixa y la estancia de don Melchor Manzo era considerada como la cabecera o centro de las demás. Por esta razón en ella se construyó una primitiva capilla a Nuestra Señora del Pópolo y se hacía los domingos el tianguis.

Como las visitas a la capilla y los domingos de mercado fueron una costumbre, la posición del Rincón cobró importancia. Tanta que, antes de 1730, la capilla de El Rincón de Cotija tenía sacerdote de pie, con sus peros: los bautismos, los casamientos y los entierros no se permitían  en este lugar. Era forzoso acudir a la sede parroquial en Tingüindín, a la realización de estos eventos.

La pureza de la estirpe

Por ese tiempo, los apellidos más abundantes en la nueva comunidad eran: Manzo de Corona, Manzo Pérez, Mendoza, Figueroa, Martínez, Ortiz de Luna, Del Castillo Vargas, Rodríguez, Vázquez, Bermejo, Herrera, Mejía de Figueroa, Oseguera, Torres, Preciado, Galván, Barragán, Zepeda, Valencia, Maldonado, Ochoa, Alcaraz, Barajas, Ceja, Garibay, Gutiérrez, Hernández, Magaña, Morales, Bravo, Díaz, Guízar, Madrigal, Valdovinos, Villanueva, Gaytán, Zaragoza, Degollado, Monroy y Robledo.

Y aunque fueron pocas las poblaciones fundadas por los conquistadores que conservaron en un cien por ciento la sangre española, en toda su pureza, Cotija, criolla desde su origen, luchó con pasión y denuedo por conservar su estirpe hispana.

La tenacidad y empeño de los habitantes de este lugar dieron frutos: en 1759 fue elevado a la categoría de congregación. Consumada la Independencia, pasadas las sorpresas de recibir tanto a insurgentes como a realistas, se instaló en la población, en 1828, un juzgado de primera instancia.  3 años más tarde, Cotija se constituyó en municipio por la Ley Territorial del 10 de diciembre de 1831, y fue adscrito al partido de Jiquilpan.  Más tarde, el desarrollo de su actividad comercial fue suficiente para que, el 30 de julio de 1878, el distrito rentístico de Jiquilpan se trasladara a este lugar. Se le adjudicó el nombre de distrito de Cotija.  Aunque, como cabecera de distrito, solamente duró cuatro meses y medio.

El primer periódico

Por este tiempo, apareció el primer periódico cotijense, El Pacífico, bajo la dirección de su fundador Fermín Mendoza Valencia.  Cuando la centuria número 19, de la era cristiana, llegaba a su fin, en 1896, con la visita del gobernador Aristeo Mercado –quien comprobó que los hijos de esta comunidad luchaban por conservar la paz, por vivir en paz, como Dios manda–, la fortuna volvió a tocar a la puerta de Cotija: el gobernante la decretó ciudad.

La llegada del ferrocarril a esta región –Tingüidín, Los Reyes y Moreno-Guaracha–, afectó la próspera economía de la nueva ciudad. Fue el primer revés en la historia cotijense.

La Revolución

La población vivió su mayor auge en 1910. Desde su fundación, los pobladores prefirieron, siempre, las autoridades civiles y eclesiásticas, por encima de los caudillos que hacían la guerra. Por lo que logró posicionarse como un lugar donde florecían toda clase de virtudes. Aquí se cultivaba y fomentaba la  sapiencia. Prueba de este aserto son el monumental edificio parroquial, que sobresalía en el cuadro donde aparecían las soberbias casonas de los acaudalados hacendados.

Derivado de la burguesía porfiriana palpable, en Cotija  la distinción de clases sociales era muy marcada, a inicios del siglo XX. Ello propició el  florecimiento de algunos de los grandes orgullos que enaltecen la historia de este rincón michoacano. Aunque fue también en ese siglo cuando varios sucesos golpearon a Cotija y dejaron improntas hondas e indelebles.

Cotija se había distinguido por el comercio que registraba la arriería, pero debido a la aparición del ferrocarril la economía de Cotija decayó. No obstante los fuertes capitales de sus habitantes, principalmente las antiguas familias Valencia y  González, lograron regalar a la humanidad un legado que laurea la historia del lugar.

Sin embargo, la historia es dura y cruel. Cotija de la Paz fue devastada por toda clase de atrocidades. La entrada destructora de las hordas revolucionarias del pseudo-villista Inés Chávez García, alias el “Indio”, en 1918 y poco tiempo después la Guerra Cristera en 1924, marcaron la vida de los cotijenses.

José Rubén Romero

Pero hubo gente de Cotija que desempeñó un papel importante en tiempo de la Revolución. José Rubén Romero González (1890-1952), durante su juventud, participó en el movimiento revolucionario de Francisco I. Madero. El joven Romero soñó con ser un héroe, un caudillo, un general invencible pero la realidad fue otra. Tuvo, como militar, pocos enfrentamientos. Sin embargo, su ánimo revolucionario era tan auténtico y legítimo que las tropas enemigas con frecuencia se convirtieron en sus aliados.

Al triunfo del Movimiento Antirreeleccionista, José Rubén es nombrado receptor de rentas de Santa Clara del Cobre. Sin embargo, con la usurpación de Victoriano Huerta, los maderistas fueron perseguidos. Él, huyó a la ciudad de México, donde sufrió la soledad, el hambre y la miseria.

Al regresar a  Michoacán, lo descubrieron y aprehendieron. Un piquete de soldados lo llevaba al paredón y, a punto de ser fusilado, su padre llegó con el indulto en la mano. El doctor  Miguel Silva, gobernador del Estado, lo llevó a Morelia como su secretario particular. Luego, José Rubén desempeñó cargos oficiales y trabajó en el servicio exterior mexicano.

Hoy, la tierra que  vio nacer, crecer, acudir a la escuela, que seguramente le escuchó leer sus primeros escritos, al autor de La Vida Inútil de Pito Pérez, no lo olvida. Una estatua, sobre el boulevard por el que se accede a la ciudad, lo recuerda. Pero es sólo uno de sus muchos hijos ilustres.

(Continuará)

San Simón llevó la voz cantante en el Valle de Zamora. Benjamín González Oregel

San Simón llevó la voz cantante en el Valle de Zamora.

BENJAMÍN GONZÁLEZ OREGEL


San Simón, Mpio.  de Ixtlán, Mich.–   Es innegable que en el Estado, y en el país, la influencia que llegaron a tener los propietarios de la hacienda de Guaracha fue avasalladora. Considerada una de las 18 más extensas de la Nueva España y de la República, cuando ésta se decretó,  los señores llegaron a codearse –de tú a tú, con don Porfirio, por poner un ejemplo–  con muchos de los gobernantes que a lo largo de los siglos transcurridos desde la fundación del gigantesco latifundio, allá en lejano 1625, hasta pasada la etapa sangrienta de Doña Revolufia, el pasado siglo, siempre tuvieron acceso a los sitios del poder  político.

Pero si hablamos del impacto que tuvieron en la región conocida como el Bajío Michoacano, y más precisamente a la zona donde se asienta el Valle de Zamora, es indiscutible que la hacienda de San Simón llevó la voz cantante. Y sobre todo cuando dicha posesión perteneció a la familia Dávalos. A don Francisco Dávalos, para ser preciso.

Algo de historia

Sabemos que Alonso de Avalos vendió el 6 de abril de 1625 a  Pedro de Salceda Andrade la hacienda El Monte.  Con esa compra, el zamorano acaparó la parte oriental de la Ciénega de Chapala,  si tomamos como punto de partida el sitio  donde se ubicaba el casco de la hacienda de  Guaracha. Poseedor que era ya del sur de la Laguna de Chapala. Su dominio abarcaba desde Tizapán, Jucumatlán (hoy Cojumatlán), hasta Quitupan y Mazamitla. La nueva adquisición permitió a Pedro de Salceda cerrar en círculo una línea que tocaba Jiquilpan, Cojumatlán, La Palma, Cumuato, Buenavista (hoy Vista Hermosa), Ixtlán, Pajacuarán, Tangamandapio, Guaracha, Jaripo, Totolán y lo que se encontraba encerrado en dicha circunferencia.

Esta situación duró casi un siglo. Hasta que los herederos de la familia Salceda y Andrade  entregaron, venta de por medio, el vastísimo latifundio  a la familia del capitán Fernando Villar Villamil. Cuyos miembros tenían posesiones por más de 140 mil hectáreas en diversas propiedades en zonas de lo que es  hoy el estado de Michoacán, así como en terrenos del  Estado de México.

Guaracha, el enorme latifundio, comenzaba a desmembrarse hacia 1760, cuando se dividió el emporio en un par de inmensas extensiones, por la sucesión  testamentaria que dejara el capitán Fernando Villar Villamil a favor de sus dos únicas hijas: Guaracha que quedó como poseedora de las tierras del sur. Y, hacia el norte, la hacienda de Buenavista cuyo dueño fue don Gabriel Castro y Osores casado con una Villamil.

Con la muerte de don Victorino Jasso Dávalos, propietario de Guaracha, la hacienda sufrió una nueva fracción.  La propiedad se dividió en otro par de partes: una, conservó el nombre original: Hacienda de Guaracha. La otra, fue bautizada con el nombre de Hacienda de San Simón, misma que pasó  a ser propiedad de la hija mayor llamada María Josefa Jasso de Dávalos. La heredad constaba de unas 10 mil hectáreas de terreno. Y estaba formada, entre otras fincas, por las siguientes propiedades: Hacienda Valenciano, San Nicolás, Colongo, el Rincón del Mezquite, La Estanzuela, El Limón, La Plaza, La Mula, La Cuestita, La Higuera, y La Soledad. De esta forma, los vástagos del matrimonio Dávalos-Jasso  llegaron a ser dueños de  once haciendas. Y todos contentos, nada pasaba.

Sin embargo, esto seguiría así hasta el año de 1910 cuando las grandes propiedades de las élites porfiristas sufrieron su primer gran fraccionamiento. Y fue posible porque los grandes patriarcas quebraron, se retiraron del negocio, o pasaron a mejor vida. El comienzo  se dio a partir de que Arcadio Dávalos y Jasso, hermano de don Francisco, repartió unas 2 mil 100 hectáreas entre sus 7 hijos. Se acentuó  cuando la viuda de don Francisco, vendió, en 100 mil pesos, a don Tomás Sánchez, la hacienda de San simón. Todo, ante  el temor que había impuesto el grupo liderado por el zamorano Miguel Regalado, quien había iniciado los primeros repartos tras el estallido revolucionario y sobre todo  luego de la asamblea constitucionalista que habían llevado a cabo los revolucionarios, en Querétaro.

De almas a almas, y los comunistas

Y a pesar de que uno de los líderes agraristas de la región el reparto no fue fácil. Tanto que el ingeniero responsable de las medidas y linderos, fue atacado por miembros de la acordada. Estas guardias blancas, luego de torturarlo, destruyeron los aparatos y utensilios propios y que utilizaba para llevar a cabo sus funciones. A los jornaleros de la hacienda, no les fue mejor, cuando solicitaron trozos de tierra. Y si a esto le sumamos el papel jugado por la Iglesia, hizo dudar a muchos, a la hora de aceptar ser beneficiarios con el reparto. Porque, según el predicar de los clérigos, se debía ver con malos ojos, lo que los “comunistas hacían al patrón”. Salió caramba don Tomás. Los nuevos dueños de la hacienda no eran almas caritativas.  Nada que ver con el difunto don Francisco.

Escribió el maestro Jaime Ramos Méndez, en su blog, que contaba el recordado cronista llanense don Isaac Gallegos que, a la comunidad de El Llano, había llegado “un seminario, colegio de padre de la Compañía de Jesús. Este gran seminario fincó en El Llano una gran casa muy superior a lo fincado en una gran ciudad, con todas las comodidades y lujos que se merecía la Compañía de Jesús”. Esto había sucedido después que el hacendado iniciara la construcción de templo –1896 a 1901–.  Los jesuitas se hicieran cargo del convento y feligresía durante una década, comprendida esta entre los años 1904 y 1914. Las borrascas cimbraban las frondas y el católico mecenas estaba próximo a rendir cuentas.

¿Qué le hicieron a mi iglesia?

El último propietario del casco de lo que fue la hacienda, fue el presbítero santiagueño don Rafael Escobar Elías. Para cubrir el monto de la propiedad, el entonces párroco de esta comunidad, tuvo que desprenderse de parte de la misma finca. Este, donó la centenaria finca a una congregación  femenina. Sin embargo, según cuenta su sobrino Roberto Escobar Huerta, le confió estar decepcionado con las monjas porque no cumplieron lo acordado. El convenio había sido condicionado a que las religiosas debían  utilizar las renovadas instalaciones como noviciado de la orden. Nunca lo hicieron. Y si no se las quitó, fue porque había escrituras, o acta notarial.

Esto debió ser verdad, porque los fieles y vecinos entrevistados por el corresponsal, externaron que, años después de que el párroco Escobar Elías había sido removido para hacerse cargo de la Iglesia de Purépero –donde finalmente murió, y donde descansan sus restos–, por invitación de quien lo sustituyó, al ver las obras de que había sido objeto la iglesia de San Simón, no pudo contener sus sentimientos y exclamó: ¡Qué le hicieron a mi iglesia!, al ver que la habían hecho más chica. Sin embargo, justo es decir que esta situación se debió a que, un 12 de diciembre, seguramente en medio de las festividades propias del día, un incendio dio cuenta de la iglesia fundada por los hacendados.

Ni monjas, ni monjes

Y razón no le faltaba, de ser verdad lo que los habitantes de esta comunidad cuentan. Al parecer, las religiosas se han alejado del edificio. Este, visto de fuera, se encuentra muy desmejorado. La madera, ante la falta de cuidados, se ha desprendido y ha formado grandes huecos. Sobre el portal del frente, el piso no luce nada bien. Así se trate de la parte frontal de la iglesia. Aunque en este caso faltó, seguramente, efectivo a la hora de comprar el vitropiso. Ausentes  las hermanas en Cristo, estas dejaron la llave del edificio al cuidado de un joven lugareño.  Se dice que él, cuando alguien se lo solicita, permite el paso a quien tenga interés en conocer la casona que fue de don Francisco de Dávalos. Un hombre piadoso que, como pago de los diezmos, entregó la hacienda de La Soledad, en el vecino municipio de Chavinda, a la Iglesia –seguramente a los PP. Jesuitas.

Aspecto del pueblo

Dividida en barrios –La Manga, La Cuadrilla, La Pila y La colonia–, situada sobre una falda de un cerro, no muy alto, las calles de la población se deslizan, en serpenteantes trazos desde lo alto para terminar en uno de los caminos de acceso a la mancha urbana: la que llega de  La Estanzuela y va hacia  El Limón; o la que sale hacia El Colongo. Además, entre los jóvenes, existe la creencia de que es más bonito San Simón que La Estanzulea. “Hay más gente aquí, que allá”, precisa una agraciada jovencita, en medio de la algarabía de sus amigas. Y sin embargo la comunidad poca actividad ofrece.

Entre los cultivos que realizan sus habitantes se encuentra, naturalmente, el maíz. Pero,  por la abundancia de aguas que les ofrece el paso del río Duero, así como las excelentes condiciones del suelo –son terrenos de los conocidos como de aluvión–  por las sedimentaciones que han dejado miles de corrientes, desde hace décadas, los campesinos se han dado a la tarea de cultivar fresa, principalmente. Además de no haber echado en el baúl de los recuerdos, no faltan quienes dedican tiempos, esfuerzos y parcelas a la producción de trigo y frijol. Aunque también suelen invertir el verduras como el jitomate, chile,…

Hoy, como desde la fundación del latifundio, allá abajo,  frente al casco de la hacienda, el río Duero corre bajo un ancestral puente, mientras su caudal –viscoso, pesado, turbio  y de verdoso color–  cubre el ambiente con insoportable hedor. La fetidez del caudal todo lo cubre. Lejos han quedado los días en que los habitantes de esta breve población solían acudir a pescar y hasta a bañarse en las cristalinas aguas que escurrían desde Carapan, pasaban por Chilchota, Tangancícuaro, Jacona, Zamora y Chavinda. Esto ha forzado a los campesinos a solicitar –y se han concedido los permisos–, les sean permitido perforar pozos profundos, “para regar con agua limpia las verduras, las fresas,… Aunque la producción de granos seguirá haciéndose con el agua del río”.

Don Martín Segura, un comerciante que atiende una miscelánea en lo que fue parte da la hacienda  recuerda que “cuando tenía como 30 años, el agua estaba bien clarita. En ese tiempo, toda la gente del lugar se bañaba allí.

Clandestina producción

Además del maíz y sorgo, los campesinos suelen dedicarse a la plantación y cultivo de la fresa. Aunque en tiempos de la Hacienda el cultivo que mayor mano de obra requería era la caña de azúcar. Era tal la cantidad de toneladas que las tierras sembradas con este endulzante que se contaba con un gran ingenio, del que aún quedan las enormes chimeneas por las que escapaba el humo que se producía durante la etapa del asado de la caña.

Esta actividad, la industrialización de la caña de azúcar, con frecuencia no se menciona, ya que, preponderantemente se producía alcohol. Y se hacía de manera clandestina, señala el cronista ixtlanense. El aguardiente extraído se vendía en Zamora, a precios muy redituables, dado el nivel de calidad  que alcanzaba el producto.

De fiestas y migración

En esta comunidad se celebran 2 grandes festividades, durante el año. Estas ocurren los días 28 de octubre, día dedicado al patrono del pueblo, San Simón. Afirman los fieles que esta celebración fue marco de un añorado novenario. La otra, el primero del año, en que se honra a la virgen de Guadalupe, no alcanza a cubrir el tiempo requerido para que tal cosa suceda, a partir de que las fiestas navideñas tienen un espacio propio. Cosa curiosa, ambas imágenes s encuentran en el retablo de la amplia iglesia, Sólo que su ubicación cambia, de acuerdo a la fecha en que se les ha de honrar.

Como sucede en toda la región, la sangría migratoria también deja sentir sus efectos. Según cuentan los vecinos entrevistados, el porcentaje de hijos que han emigrado puede alcanzar hasta un poco más del 50 por ciento de los hombres en edad productiva nacidos en este lugar. De allí que la fiesta mayor sea la del primero de enero, tiempo en que los emigrados regresan.

Desgraciadamente, entre los jóvenes, hay poca información acerca de la existencia de lo que fue una gran hacienda, desprendimiento del monstruo que fue Guaracha, aquella del zamorano Pedro de Salceda, y de los Villar Villamil. De la construcción que alguna vez albergó a los seminaristas de la diócesis de Zamora, y de la que no se olvidó el mismísimo Siervo de Dios, don Leonardo Castellanos y Castellanos.

¡Vale la pena conocerla! Además de asentarse a unos cuantos pasos de la carretera Zamora-La Barca, su gente es muy sencilla, comunicativa y amable.

P:D:–  Para información, previa disculpa, para quien le interese, San Ángel Zurumucapio se encuentra a un lado de la autopista Morelia-Uruapan, unos 40 kilómetros delante de la capital aguacatera.

San Angel Zurumucapio, 2 . Benjamín González Oregel

El agrarismo, el reparto agrario, en un Pueblo de Indios, no dio lo apetecido.

          BENJAMÍN GONZÁLEZ OREGEL

        (Segunda de 2 partes)

San Ángel Zurumucapio, opio. De Ziracuaretiro, Mich.–  Uno podría pensar que San Ángel Zurumucapio, parte como ha sido de lo que inicialmente fue conocido como Repúblicas o Pueblos de Indios –categoría territorial en la que puso especial atención fray Juan de San Miguel, para que les fuese otorgada a los centros repoblados por él–, no había tenido que pasar por las vicisitudes que el reparto agrario, pasada la Revolución, provocó. No fue así. Campesinos oriundos de este poblado fueron beneficiados por las resoluciones que tomaron, primero, don Francisco J. Múgica quien, apenas iniciada su gestión al frente del gobierno del Estado, creó la Defensoría de Oficio en asuntos Agrarios y el departamento de Promociones de Indígenas y Obreros. Y se cuenta que, según palabras de Jesús Corral, cuando se trataba, sobre todo de restituciones de tierras Comunales, Isaac Arriaga asistía personalmente a las audiencias ante los tribunales para enfrentar los amparos que los terratenientes afectados interponían, y no perdió ni un sólo juicio.

“Sin embargo, los resultados fueron limitados, dado el breve tiempo de que dispuso: sólo alcanzó a otorgar cuatro restituciones provisionales de tierras a los pueblos de Venustiano Carranza (San Pedro Caro), Contepec, San Ángel Zurumucapio y Timbireo, los dos últimos del municipio de Ziracuaretiro, alcanzando en su conjunto una superficie de 6,535 hectáreas. Y de ellas, la Comisión Nacional agraria sólo reconoció y ratificó la restitución a San Ángel Zurumucapio, con 1,128 hectáreas (dieumsnh.qfb.umich.mx/sin_título_11.htm”).

Años más tarde, con el general Lázaro Cárdenas del Río, como presidente de la República, y con el apoyo del zamorano Gildardo Magaña, que despachaba en Palacio, en Morelia, campesinos de esta población fueron objeto de dotaciones de tierras que pertenecieron a la hacienda de Taretan. Lo que marcó el fin de ese latifundio.

Estos huerteros

Los agraciados, empero, carentes de experiencia y conocimientos para la organización colectiva, no lograron mejoras sustantivas, en cuanto al nivel de vida de los sanangelinos. El fracaso económico nunca fue aceptado por los líderes agraristas. Hoy, los montes que rodean y protegen el caserío, sin perder el sempiterno verdor que los ha embellecido, han cambiado la tonalidad. En vez de pinos, hay huertas aguacateras. Pero los peones que viven del campo, oriundos de este lugar, tienen que salir a buscar las oportunidades que los huerteros, los usufructuarios de sus tierras, casi siempre fuereños, no les brindan en su tierra.

Con un dejo de amargura, don Rafael Rivera Arévalo dice que estos renteros, cuando se ven en problemas, “piden ayuda al pueblo, haciendo uso de los aparatos de sonido que hay en la localidad. Otras, tocando las campanas del templo diciendo: me están robando los aguacates. ¡Júntese, todo el pueblo, en general!”.

Curiosamente, los habitantes de esta población acuden para abastecerse de lo necesario a la vecina Uruapan, Capital Aguacatera del Mundo.

Sin olvidar que esta nueva actividad, la aguacatera, ha traído un nuevo problema, según cuenta un vecino: hay broncas por el agua, porque “el huertero la quiere toda para su aguacate”. La acarrean en grandes pipas. Otros, asegura, tienen pozos profundos, clandestinos, dentro de las plantaciones. “Y la gente del pueblo dice: es que se están secando los ojos de agua. Lo que no sabe es que allá, en las huertas, los aguacateros” la utilizan para su beneficio. El agua, asevera, hace 50 años, era lo que nos sobraba.

El entrevistado afirma que unos cuantos se ganan el pan diario mediante la extracción de la resina de pino. “Aunque el pino, el encino y el monte, casi se han acabado”. Como también ha sucedido con la fauna silvestre que existía: “venado, jabalí, guajolote, gallina del campo, codorniz, coyote, zorra y tlacuache”, poco se dejan ver, añade el entrevistado. Recuerda que, en cuanto a la flora, ahora poco se ven las orquídeas silvestres, el sirimo (té de tila), producto del uso indiscriminado de los herbicidas.

La migración, por su parte, también tiene su qué ver: hay quien se va a los Estados Unidos. Otros a Guadalajara o el Distrito Federal. Pero todos van en busca de empleo.

Todo el tiempo alegre

Sin embargo, todo esto ha pasado a segundo plano. Porque San Ángel Zurumucapio “todo el tiempo está alegre”. Una mirada somera nos confirma el dicho: el 19 de marzo, se festeja a San José; el 13 de mayo, a la Virgen de Fátima; el 15 a San Isidro Labrador; el día del Corpus Christi; 29 de junio, San Pedro y San Pablo; 10 de julio, San Cristóbal; 8 de agosto, Santo Domingo de Guzmán; 11 de agosto, Santa Clara de Asís; 12 de diciembre, La Guadalupana.

Sin embargo, las fechas que más impacto causan  son las de los días: 25 de diciembre, y el 6 de enero. Durante la primera, se recuerda el nacimiento del Señor. Durante 3 días, vecinos y visitantes pueden disfrutar de las actuaciones de quienes forman las pastorelas –con sus grupos de danzantes–,  mezclados con los diálogos y coloquios que los actores recuerdan. Esta festividad corre a cargo de unos 40 ó 45 “cargueros”. Estos tienen la oportunidad de ser visitados por pastores y danzantes, los que pueden  actuar en las viviendas que visitan.

Para la fiesta del 6 de enero, en honor del Santo Niño Perdido, comisiones de los 4 barrios del pueblo –San Pedro y San Pablo, Santo Domingo de Guzmán, Virgen de Fátima y Nuestra Señora de Guadalupe–, unen esfuerzos. Son 9 días, a partir del 28 de diciembre, en los que el poblado no descansa. Durante el novenario, la feligresía entera, a partir de las 5 de la tarde, peregrina a través de las calles, antes de acudir a misa.

Los fieles, además, suelen entregar una “cuelga” –una ofrenda–, a la imagen venerada. Este año, hubo matrimonios colectivos, primeras comuniones y confirmaciones, como regalo a la imagen.  Esto último ocurrió, el 5 de enero, antes de la hora de la comida. Por la tarde, se dio uno de los eventos más esperados: la entrada de las bandas, que acompañaban la cera a la portada del templo. Con ellos caminaron los encargados de la fiesta, así como la pastorela y el grupo folclórico de Los Negros.

El mero día hubo alborada, con repique y quema de pólvora, antes de las mañanitas. A las 11 horas, fueron recibidos los peregrinos que, desde Los Charcos, del municipio de Tanhuato, hicieron el viaje para honrar al Niño; así como quienes residen en Guadalajara.

El momento cumbre, el momento central llegó con la celebración solemne de la misa, oficiada por el obispo auxiliar,   Jaime Calderón Calderón, quien, durante su fervorín, invitó a los fieles a seguir a Jesús, a través de la imagen del Santo Niño Perdido, como lo hicieron los Santos Reyes, que, guiados por una estrella, acudieron al Portal.

La música, fuente de vida

Luego, más tarde,  los festejos lúdicos.  Un grandioso baile, previa audición de música clásica, como combate, cerró esta edición. Y vaya si en San Ángel Zururmucapio hay con qué amenizarlos. Hoy, luego de que Jerónimo, Pedro y Jesús Acevedo, acompañados por  Domingo Rivera se dieron a la tarea de transmitir sus conocimientos en la materia, los sangelinos pueden presumir de contar con bandas musicales conocidas por los nombres de Melchor,  Perla Michoacana, Universo,  Joyita,  Aventurera,  Centellita, Juventino Rosas, Estrella, Paraiso, Lluvia, Montiel, Rumbera, Flor de Pino, Los Pollitos, San Ángel. Y las que vendrán. Más de uno de estos grupos ha viajado al extranjero a mostrar su destreza y habilidad musicales.

Porque el pueblo se “mantiene de la música”, asegura Rafael Rivera Arévalo. Hoy, para la mayoría de los jóvenes, el porvenir se encuentra en la música. Todo mundo estudia música. La juventud le tira a ser músico, recalca.

San Angel Zurumucapio, 1. Benjamín González Oregel

“todo el tiempo está alegre”


 BENJAMÍN GONZÁLEZ OREGEL

(Primera de 2 partes)

San Ángel Zurumucapio, Mpio. de Ziracuaretiro, Mich.,–  San Ángel Zurumucapio “todo el tiempo está alegre”, dice, con aplomo, Rafael Rivera Arévalo, vecino de esta localidad.

Por lo que se ve, antes de internarse en sus calles, parece que sus fundadores intentaron protegerla, ayudados por la naturaleza.  Acunada por el eje neovolcánico mexicano, al centro-occidente del Estado, sabedores de que todo lo que se plante o siembre se da, gracias a su agradable clima.

Los habitantes de esta  población,  San Ángel Zurumucapio –del purhépecha tsurumu, que significa espina, y ucupio, abundancia; por lo que nos habla del lugar donde abundan las espinas, donde abundan los huizaches–, acaban de terminar, por todo lo alto,  las festividades anuales en honor del Santo Niño Perdido, y ya han comenzado los preparativos para celebrar, el 19 de marzo, el día de San José.

La leyenda

Aquí, desde tiempos inmemoriales, los ancianos se han dado  a la tarea de transmitir una leyenda en la que se afirma que el primer ser que habitó esta parte de este primoroso jardín que antecede y divide, si se va desde la parte norte del noroccidente de Michoacán, hacia  la Tierra Caliente, llevó por nombre Tarecho –en español se traduce como gallo–. Y quien  oficiaba como brujo. Tal vez allí estaba el secreto para enamorar a tanta mujer. Tenía 13. Y debió ser muy delicado, porque a la fémina que no acataba sus órdenes, que no le obedecía, la castigaba y le hacía  Mal de Ojo.  La desobediente terminaba sus días en medio de espumarajos que arrojaba por su boca. Justo es señalar que este mítico personaje, para defenderse de las inclemencias del tiempo y para proteger a sus esposas, se las ingeniaba en un sitio conocido como La Mina, un lugar situado a unos 3 kilómetros del poblado.

Tarecho debió ser muy delicado, cuidadoso, acostumbraba  que sus mujeres acudieran a bañarse a las aguas del manantial conocido como Canintzio, conocido como el primero de todos los ojos de agua y manantiales que hay en San Ángel. Hoy, se considera que Canintzio fue el primer sitio ocupado por los Purhépecha. Los hallazgos encontrados en este sitio, ocasionalmente –sobre todo cuando los pobladores escarban, al juntar Tierra de Encino, para las plantas–, dan pie a tal hipótesis. Han aparecido metates –según cuentan los ahora propietarios–,  en los que seguramente las mujeres molían los granos del maíz que cultivaban los primeros moradores.

Para los historiadores, la abundancia de agua obligó a los primeros habitantes –tal vez los Tziranbanecha, durante la etapa pre-clásica de Mesoamérica–  de estas tierras, a poner fin al incesante nomadeo que los había caracterizado. Aquí, lo mismo que ocurrió con los mayas y con los aztecas, que se lanzaron a la conquista de tierras para someter y cobrar tributos, los purhépecha también lo hicieron, sobre todo durante los tiempos de Tariácuri,  el último rey nativo. Aunque fue una expansión que buscaba la unificación de los grupos dispersos, a los vencidos los quería para que proporcionaran los recursos para la guerra y para la satisfacción de las necesidades de los suyos; con lo que aumentaba el poder económico de su pueblo.

De esta manera, cada pueblo, cada individuo, tenía la obligación de aportar su esfuerzo para que el poblado pudiese cubrir al Caltzontzin el tributo que le había sido asignado, mediante trabajo de interés público. Y, ¿por qué no?, para empuñar las armas y engrosar las filas del imperio.

Cuenta don Rafael Rivas que aquí, el gran conquistador y guerrero purhépecha, Tariácuri, solía entrenar a sus guerreros.  Y seguramente  la ubicación del lugar jugó a favor de los por él mandados. San Ángel se encuentra a mil 600 metros, sobre el nivel del mar.

La actual tenencia pertenece al municipio de Ziracuaretiro. Sin embargo, según cuentan sus pobladores, antes y después de la Conquista, se conoció con el nombre de Puruátiro. Esta comunidad  tuvo la fortuna de ser evangelizada, como casi la totalidad de la región que hoy ocupa la región Uruapan, por ese apóstol llamado  fray Juan de San Miguel. El mismo que dedicó, como  parte de su apostolado, buena porción de sus esfuerzos para repoblar  los sitios que habían abandonado los naturales ante el embate de los españoles.  Lo hizo, cuentan las crónicas, convencidos los nativos de que sus tierras serían repartidas en forma equitativa. Con el recurso formidable del agua, que en la zona abundaba. Una vez logrado el regreso, ese hombre de Dios se preocupó porque los catequizados aprendieran el cultivo y cuidado  de los árboles frutales. A más de las existentes técnicas de  la agricultura, ya que, desde siempre, los naturales  sembraban  maíz y chile, principalmente.

Cierto, el franciscano promovió la edificación de iglesias y cruces, pero también se dio a la tarea de la erección de hospitales donde los indígenas curaban sus heridas o trataban sus males. La Guatápera, es sólo una muestra viviente de esas acciones.

Cristo roto

Como era preceptivo y se acostumbraba, los frailes, tras las primeras conquistas espirituales, solían imponer nombres a los lugares en los que habitaban los nuevos cristianos. A Puruátiro, le llegó la hora de mudar de nombre, al decir de algunos lugareños, el 11 de febrero de 1523. Por un breve periodo la comunidad fue conocida como San Miguel Zurumucapio.  Para, años más tarde, cambiar por San Ángel. Nombre que conserva.

Aquí, en un espacio, hoy en día es posible apreciar los restos de un Cristo, tallado en piedra, sin sus extremidades  ni la cabeza. Se trata de un Cristo Roto. Para los fieles, la obra fue donada por el que consideran fue el último rey tarasco, Tariácuri, quien supuestamente recibió las aguas bautismales y se convirtió a la nueva fe.  Se cuenta que la escultura, que se encontraba dentro de la nave de la primera iglesia del lugar, sufrió tales daños debido a que la construcción, de piedra, se vino abajo –seguramente por la fuerza de algún temblor de tierra, hecho muy frecuente en esta región–. Además, esta obra se caracteriza porque, en la cruz, tiene tallado el recuerdo de la Pasión.

(Tomado de GUIA de Zamora. http://www.semanarioguia.com.mx)

Santa Inés. Benjamín González Oregel

Puebleando. Santa Inés.Tierra de emigrantes, obispos e intelectuales.

BENJAMÍN GONZÁLEZ OREGEL

Santa Inés, municipio de Tocumbo, Mich.–   Los rayos del sol, a estas horas de la adulta tarde, mientras delinean con fuerza las oscuras siluetas de las montañas que rodean el valle, suman cierta dificultad al conductor del vehículo, puesto que el astro rey poco a poco se acerca más a su ocaso. Pero allí está, al fin, el bello pueblito: Santa Inés, tierra de emigrantes, obispos e intelectuales.

De encomiendas

Cristóbal de Olid y sus huestes se presentaron por estos lugares hacia el año de 1522. Tras la Conquista, sabemos que el propio Hernán Cortés dejó para sí mismo una buena porción de la Tierra Caliente, esa en donde ahora se unen Jalisco y Michoacán. Todo esto antes y después de su viaje a Las Higueras.

Es posible que hacia el 1565, cuando al encomendero Antonio de Caicedo, quien había aceptado cambiar la encomienda de Tescaltitán, que se ubicaba en el Arzobispado de México, por la de Tingüindín, los terrenos sobre los que hoy se asienta esta población hayan sido de su propiedad. Y más si se toma en cuenta que Cortés –posiblemente sus hijos–, había encargado la administración de los bienes que poseía en la Provincia Mayor de Michoacán al nuevo encomendero. Antonio de Caicedo, aprovechó que el tal Hernando había traído desde la lejana Indonesia caña de azúcar, la que había sembrado y cultivado en Oaxaca y lo ahora es Morelos para su explotación, hecho que le significaba excelentes resultados, él, Antonio, ni tardo ni perezoso se hizo de la planta para plantarla y cultivarla en toda la región.

Y si el extremeño conquistador, el mismo que, ahora se sabe, había intentado desligarse de la Corona para dar vida a un nuevo imperio –lo que le causó animadversión de parte del monarca de Castilla– sembró y cultivó trigo, y le fue bien; Antonio no podía quedarse atrás. Lo tiró sobre las tierras que administraba y en las de su propiedad, y ganó mucho dinero. No pasó mucho para que el Valle Esmeralda –así conocido ahora–: Peribán, Tocumbo, Los Reyes y parte de Tingüindín se convirtiera en el principal productor de azúcar en Michoacán. Mucho de este mérito se debe a Caicedo.

Sin embargo, mortal como era, Caicedo tuvo que hacer el viaje sin retorno y las tierras, en las que, escribió fray Alonso de Ponce, se “podían hazer yngenios de azúcar…  y sembrar trigo y hazer molinos…” pasaron, como herencia a ser de su viuda doña Marina de Montes de Oca.

Por lo que se conoce, Antonio no era de los que sólo daba órdenes. El mismo se mojaba, se tiraba al surco y mostraba cómo había que labrarse y cultivarse las fértiles tierras. Era un bicho raro, sabida la actitud de la inmensa mayoría de los europeos de aquellos tiempos. Doña Marina de Montes de Oca, rica y joven como quedaba, y débil como es la carne, no tardó en asegundar, y casó con Francisco de Chávez. La señora, de ambas uniones, sólo recogió un par de pimpollos.

Entre herencias y convulsiones

“Antonio de Luna casó con Isabel de Caicedo de Montes de Oca  –narran Vicente González Méndez y Héctor Ortiz Ybarra, en su obra Los Reyes, Tingüindín, Tancítaro, Tocumbo y Peribán, pág. 136–. Recibió como dote Tingüindín y las tierras de sus sujetos, pero con la advertencia de que “sobre ello hay un pleito…”, lo que no desanimó a don Antonio, quien aprovechó que el suegrastro hubiera abandonado esas tierras poco fértiles (¡) y que hubiera regresado a la “cabeza del rey” para –después de pleitos, gestiones, gritos y sombrerazos–, lograr que se le reconociera el derecho a convertirse en usufructuario de la encomienda, que contaba con 749 tributarios a quienes sacarles jugo”.

Las convulsiones que azotaron al territorio nacional, luego de la consumación de la Independencia, obligaron a latifundistas y hacendados a desprenderse, si no de todo, de algunas porciones de sus tierras. Como sucedió en la hacienda de Cojumatlán,  –el Llano de la Cruz y sus vecindades son ejemplo–, donde medieros que sembraban en tales predios, con ahorro y mucho sacrificio, aquí también pagaron a sus antiguos patrones y se quedaron con la tierra. Aunque, en el caso específico, quienes compraron  el Potrero de Herrera,  a media legua de Tacátzcuaro, no hayan nacido en el rumbo, sino en lo que ahora pertenece al municipio de Tangancícuaro, en lo que fue Taramécuaro, luego Puentecillas y ahora Gómez Farías –por cierto, otra comunidad que brilla por la ausencia de sus hijos, han emigrado.

La fundación

Seguramente, en la raíz fundadora de esta tranquila población, influyeron las vivencias, las pláticas que pudo haber tenido, o escuchado, y conocidos los resultados por don Silverio de Jesús Fernández Barragán –fue el nombre original del hijo primogénito del matrimonio formado por don José Anacleto Fernández Andrade y doña María Cesárea Barragán Barragán–, sobre la reciente fundación de lo que ahora se conoce como San José de Gracia, cabecera municipal de Marcos Castellanos, durante sus años en el Seminario de Zamora. Sitio en que se alentó la idea. Además, para los habitantes de esta región del Valle, no debía ser desconocido lo que había pasado, y pasaba, en el caserío ideado y levantado gracias a los empeños de don Gregorio González Pulido, apoyado y auxiliado por los sacerdotes sahuayenses que los atendían espiritualmente. Con los que, seguramente tuvo acercamiento, el futuro obispo.

José de Jesús, quien había sido bautizado 5 días después de haber venido al mundo, en la parroquia de Tingüindín, realizó sus primeros estudios en Tacátzcuaro  -distante unos kilómetros de lo que ahora enorgullece a todos los santainesianos, y de cuya presencia da cuenta la torre de su iglesia que se alza retadora–, antes de ser conducido por los preceptores, Francisco Chávez y Pascual Huerta, en Santa Inés. Luego, acudió a Cotija, con don Fermín Mendoza. Con una beca, ingresó al Seminario de Zamora. En Peribán, el 20 de septiembre de 1890, el bien recordado obispo, don José María Cázares, tuvo a bien ordenarlo sacerdote. 9 días más tarde, en la misma población, en Peribán, cantó su primera misa. Por órdenes del mismo pastor diocesano, el nuevo presbítero fue enviado, como vicario, a Uruapan.

Se sabe que, cuando podía, se escurría al terruño, para ver, visitar y recorrer los solares paternos. Y que fue allí donde se incrementaron sus ideales unificadores, puesto que, se acostumbraba, como en las tierras de la hacienda de Cojumatlán, que las familias vivían en breves grupos, dentro de sus propiedades, pero separados de sus vecinos. El nuevo clérigo se dio entonces a la tarea de erigir un templo.

La idea no disgustó a los rancheros; ya que, infatigables como eran, siguieron a quien los lideraba. Se habla que, entre los fundadores de la iglesia, se contaron, los apellidados:

Fernández: con Miguel, Antonio, Cirilo, Octaviano, Fermín, Félix, Lorenzo, Manuel, Filomeno, Simón, Victoriano y José María.

Barragán: Severiano, José y Jesús.

Arteaga: Francisco, Arcadio y José María.

Además, Pablo Orozco, Martín Orozco –este nativo de La Laguneta, José María Gutiérrez, Felipe Ochoa y Agapito Espinosa, de Los Cerritos.

Todos ellos aportaron en efectivo, eligieron el lugar para la edificación del templo y trazaron las calles del poblado. Como en San José.

La primera piedra, y la argamasa

En 1896, con el testimonio del párroco de Nahuatzen, don J. Trinidad Arteaga, de don Nicolás Méndez pastor de Tacátzcuaro, a cuya parroquia pertenecía la grey local, y el del P. José María Espinosa, don José de Jesús colocó la primera piedra. Así inició la edificación de la nueva iglesia.

Se ha dicho que, a falta de cemento, las mujeres molían la cantera, en metates, para, mezclada con cal, hacer la argamasa. Lo hicieron durante 4 años. La construcción, con todo y sus altares, fue dedicada a la imagen del Sagrado Corazón, patrono del pueblo.

Con la edificación, en 1900, nació, también, Santa Inés. En lo político, fue adjudicada a Tingüindín, con la categoría de congregación. En lo religioso, fue decretada en calidad de capellanía de la parroquia de Tacátzcuaro. El 31 de diciembre de 1901, mediante la Ley de División Territorial le fue otorgada la categoría de ranchería.

La importancia de llamarse Inés

Durante La Revolución, cuando las fuerzas villistas se encontraban en desbandada luego de la derrota de Celaya, la región occidental del Estado sufrió con las tropelías y abusos de Inés Chávez García y su banda de forajidos. En una de esas correrías, Inés Chávez, tras su fracasado intento de extorsión a los propietarios de la hacienda de San Sebastián, en Los Reyes, tuvo la ocurrencia de irrumpir en el nuevo caserío. Allí se encontraba el ya entonces obispo don José de Jesús Fernández. Este, hombre de a caballo, sin temor alguno, se apersonó ante el cabecilla. Le recordó que estaba en el sitio en donde la patrona era la santa bajo cuya advocación había sido bautizado el bandido. Mientras, había ordenado, el prelado, que se sirviera comida a los hombres y forraje a las bestias. Ofreció, además, que, cuantas veces pasara por allí, podía contar con tales servicios.

La serenidad y gentileza del obispo, que había sido Obispo Coadjutor de quien lo había ordenado sacerdote, el bien recordado Señor Cázares,  salvaron a su tierra en varias ocasiones de los ataques chavistas.

Gran historial

Nos contó don Jorge Moreno Méndez, en estas páginas, que don José de Jesús “fue nombrado Canónigo de la Catedral y, a los 34 años de edad, Vice Rector del Seminario, teniendo en cuenta que, aunque el Señor Obispo se decía el Rector, era el Señor Fernández quien llevaba todo el peso de aquel cargo, hasta que el mismo Señor Cázares lo pidió como Obispo Coadjutor. El dinamismo del Señor Fernández (Reglamento del Seminario, envío de estudiantes al Pío Latino y, más tarde, la construcción del Palacio Episcopal –hoy Palacio Federal–, la fundación de la Revistas Eclesiástica, la institución de las Conferencias Eclesiásticas y 100 cosas más), su acendrada piedad y entrega total a su sacerdocio fueron sin duda factores que influyeron en la formación de los jóvenes a él encomendados en el Seminario (Guía, Jorge Moreno Méndez)”.

Además, en su historial, este preclaro santainesino, en 1907 fue nombrado Abad de la Basílica de Guadalupe, sin olvidar sus raíces. Así, en 1911 fundó el Colegio del Sagrado Corazón de Jesús, en esta tierra. Institución que continúa con la función educativa para la que fue creada.

Otro prelado, también Fernández

Pero aquí vio la luz otro Fernández, sobrino de aquel. Con el nombre de Celestino Fernández y Fernández, también ingresó al Seminario de Zamora y, al igual que su tío, fue parte fundamental para la consolidación de la obra diocesana, sobre todo tras las vicisitudes por las que atravesó la diócesis. Máxime  si del Seminario se habla. Había, entre algunos sectores políticos, la idea de no permitir la existencia de planteles en manos de sacerdotes. Colgaba sobre estos centros educativos la espada de Damocles.  El pastor diocesano era el señor Fulcheri. Este creyó necesario y “prudente que el Seminario las desocupase (las instalaciones donde se ubicaba), pero advirtiendo que el Seminario de Zamora no se volvería a cerrar y que “si no se podía tenerlo en casas de particulares, nos iríamos a los anexos de los templos y, si ni en éstos se podía, se darían las clases en los templos mismos.

“Por las mismas circunstancias adversas, los Colegios Auxiliares establecidos en Cojumatlán, Purépero, Yurécuaro, etc., habían casi desaparecido o, por lo menos, ya no funcionaban con las mismas facilidades de antes. Pero, ahora, no se trataba de la subsistencia de esos Colegios, sino de la subsistencia del mismo Seminario y, después de buscar soluciones al problema, se decidió que el Seminario se dividiera en varios grupos y llevar algunos de ellos a otras poblaciones de la Diócesis, señalándose a Uruapan, Cotija, Los Reyes y Santa Inés, teniendo en cuenta la disponibilidad de los párrocos de dichos lugares (a quienes se consultó sobre el particular) y la posibilidad del funcionamiento de tales grupos sin los problemas y peligros que en Zamora existían. El Señor Cura de San Francisco, en Uruapan, Don Francisco Garnica, aceptó de muy buena gana, así como el de Cotija, Don Clemente García; en cambio el Señor Cura de Los Reyes, Don Jesús Pimentel y el Padre Celestino Fernández, entonces encargado de la Vicaría de Santa Inés, aunque personalmente querían al Seminario y estaban dispuestos a ayudarlo, sin embargo, el primero dijo que veía muy difícil colocar seminaristas en casas particulares, debido a las circunstancias de la población; el segundo hizo ver que, por la pequeñez de Santa Inés y su pobreza, veía problemático el establecimiento de una parte de los alumnos del Seminario por lo que esto significaría, así como por el abastecimiento de personal docente (GUIA, Jorge Moreno Méndez).

Ungido Obispo, don Celestino pastoreó la feligresía diocesana de Huajuapan de León, Oaxaca, de cuya diócesis es patrono San Juan Bautista. A quien, según nota periodística, los fieles poco aprecio tenían, cuando llegó el nuevo Obispo.

Y, de acuerdo con lo publicado, don Hilario de Jesús Ramírez, aceptó que tanto la mayordomía como la veneración a San Juan Bautista, quedó interrumpida en Huajuapan durante 16 años, sin que nadie se preocupara por volverla a revivir. No fue sino hasta la llegada de Celestino Fernández y Fernández, obispo de Huajuapan, que un día, caminando por la calle, se encontró a don Ricardo Carrizosa, a quien le encargó: “Aunque sea cada mes háganle una misa a ese ‘encuerado’ que está en la Catedral.”

Don Ricardo Carrizosa entendió que se refería al santo patrono San Juan Bautista y religiosamente se entregó a su veneración, encabezando la lista de devotos que año con año hacen posible, hasta nuestros días, su fiesta patronal. Lamentablemente, don Ricardo Carrizosa murió el 27 de febrero de 2006, y su esposa, doña Manuela Cedillo Flores y don Hilario Ramírez continúan con esta tarea. Este año llevarán a cabo una calenda de luces con la presencia de la Danza de los Diablos, que ahora han decidido llamarse “Los Diablos de San Juan”. Asimismo, las actividades estarán amenizadas por La Cruceña, una de las bandas más destacadas de Santa Cruz Papalutla. Además contarán con Toritos de Luces y otros fuegos artificiales durante los días 23 y 24 de junio.

Un par de esculturas, una a cada lado de la entrada al atrio, hablan del cariño con que aquí se les recuerda. Sendas placas dan cuenta de esto.

Santa Inés, hoy día

El caserío, en este tiempo, luce el mismo rostro que ha mostrado desde hace 50 años. Aunque en cuanto a las construcciones, dominan las casas de adobe, con tejados de dos aguas, las nuevas edificaciones tratan de conservar el estilo. La soledad de las calles no quita belleza a las mismas. Barridos los frentes de las casas, se siente la tranquilidad que reina. Habitada por gente dedicada a la crianza de ganado para la carne, con  producción marginal de leche como un añadido más, aquí se procesa el lácteo producto y se obtienen: crema, jocoque, mantequilla agria y batida, y quesos del tipo Cotija –pueden usar la marca colectiva, Tocumbo es uno de los municipios enmarcados en el acuerdo.

De su campo, los santainesinos obtienen maíz, principalmente. La caña de azúcar, su verdor y dulzura, lo enmarcan, por el norte, allá cerca de Tacátzcuaro. Digno es mencionar que aquí no hay ejidos. La única forma de tenencia de la tierra es la de Pequeña Propiedad.

Cuando los hijos ausentes regresan, el colorido cambia. Lo hacen en diciembre y durante la fiesta del pueblo, el día del Sagrado Corazón. Y hay quien asegura que en cuanto a cantidades, estas se igualan. Por lo que se ve, entre los que aquí habitan, el juego del dominó es el pasatiempo favorito –como creo que lo sea en toda esta parte del Estado.

En lo comercial, la influencia zamorana es palpable, aunque también se dejan sentir la reyense y la cotijense.

El recorrer sus calles, el disfrutar con la belleza de sus casas, el paladear los lácteos que aquí se producen, valen el viaje.

Jacona, II. Benjamín González Oregel

(Segunda y última parte)

Jacona de Plancarte, Mich.– Pero el auge agrícola de Jacona comenzó a manifestarse a partir de la segunda mitad de la pasada centuria. Cuando, a más de producir maíz, trigo, frijol y garbanzo, cultivos como la papa, la cebolla, el jitomate, y sobre todo la fresa –a los que se ha sumado otra variedad de hortalizas y frutillas–,  han traído riqueza y bienestar a quienes en el campo  invierten. Condiciones de las  que se han beneficiado residentes y  miles de migrantes que cada año acuden en busca de una fuente de empleo. Y de los que no son pocos los que han de hecho de la ciudad, su lugar de residencia.

El Duero, el Celio

En un estudio sobre su natal Jacona, el doctor Martín Sánchez Rodríguez nos cuenta que “hasta mediados del siglo XX, los habitantes de Jacona, antiguo pueblo de indios tarascos situado en la cuenca del río Lerma, tuvieron una estrecha y productiva relación con las corrientes de agua superficial que han cruzado por su territorio: los ríos Duero y Celio. Por 400 años, el agua de estos ríos fue un elemento clave para el desarrollo de las actividades económicas de los habitantes de Jacona”.

Mediante el ensayo, titulado “Historia de un Pueblo y su Desencuentro con el Agua”, el presidente del COLMICH nos refiere que esto ha sucedido aun en las temporadas de estío. La horticultura y el florecimiento de las huertas urbanas de la ciudad fueron posibles gracias a los canales de riego que atravesaron parcelas y mancha urbana, desde el Celio, primordialmente, cuyas corrientes permitieron, además, la instalación de molinos; así como  la puesta en marcha de una planta hidroeléctrica. Esto ocurrió a finales del siglo XIX. Pero no sólo esos beneficios fueron posibles gracias a las corrientes del  Celio. El agua para abastecer las casas y hogares de quienes aquí vivían, procedía, y lo hace en buena medida, de los manantiales donde nace el afluente del Duero.

Los indios de Jacona, se sabe, hasta antes de la llegada de los españoles, dominaban la parte media de la cuenca del Duero, y estaban considerados entre los principales defensores de la frontera tarasca. Tanto que eran parte de la élite del reino. Ellos habían contenido a los contingentes seminómadas de de guamares y pames. La ubicación del caserío era punto de convergencia de los caminos que unían a quienes habitaban en la región de los lagos y la meseta tarasca, vías Tarecuato y Chilchota.

     Agricultores desde el principio

Pero la actividad principal de los pobladores era la agricultura, por lo que se preocupaban por sacar el mayor provecho de los tesoros con que contaban: el agua y la tierra. Esta, fértil como pocas. Se ha comprobado que, en ese afán, se dedicaban a nivelar los terrenos sobre los que sembrarían.

Para ello utilizaban la piedra y daban forma a las ahora conocidas terrazas, cuya utilidad no admite dudas. Según el estudioso, este modelo de preparación de la tierra superó, con mucho, en cuanto a superficie, a la que lograron los primeros pobladores del Valle, mediante chinampas. Estas son una especie de islotes, hechos a mano, allí donde la tierra sobresalía cuando el agua bajaba en cuanto al nivel. Y se realizaban sobre todo en terrenos pantanosos y lacustres de poca profundidad.

Esto no fue obstáculo para que el propio conquistador, Hernán Cortés, la encomendara a Juan de Albornoz, el 24 de agosto de 1524. Sin embargo, un par de calendarios más tarde, cuando el Extremeño regresó de Las Hibueras, consideró necesario retroceder en cuando al beneficiario de la encomienda, y tuvo a bien conceder tal merced a Gonzalo de Sandoval –un paisano de Cortés, extremeño nacido en Medellín, lo mismo que Hernán, con quien desde 1519 participó en la conquista de México. Y a quien permaneció leal–.  Aunque éste, lo mismo que Juan, sólo duró 2 años, porque regresó a España. Sin embargo, antes de hacer el viaje, cedió los derechos a favor de su sobrino Juan de Sandoval. Este poco empeño puso. Por lo que el Gobernador de Justicia Mayor se vio obligado a entregar la encomienda a Peralmínidez Chirinos, el 4 de agosto de 1528, según relata el doctor Sánchez Rodríguez.

Vaya carga impositiva

Y si Chirinos no la tenía fácil, los indios no le iban a la zaga, en cuanto a obligaciones con La Corona. Cada 30 días debían entregar 360 cargas de maíz, 30 de frijol, 5 de ají (pimiento, chile), 15 panes de sal, 25 “xiquipilcos” de pinol, 60 pares de cutaras, 100 jícaras, 3 cargas de pescado y la loza que fuese menester. Mas han de dar cada día: 10 cargas de maíz para los puercos de las dichas

sementeras. Y cada 120 días, 60 tejuelos de oro de 4 para 5 pesos. Y 4 gallinas cada día, para el calpixque, el  porquero y el minero. Además de tamales, pescado, ají y huevos “los días que no son de carne y gallinas”. Cada 120 días, además, tenían que entregar 120 piezas de ropa, y mantas y camisas para los esclavos. Se sabe que en 1537 el oro y la ropa fueron conmutados por 40 indios para las minas de plata.

Al parecer, los problemas que aquí se dieron durante el reparto agrario no fueron lo difícil y costosos que en otros pueblos. Seguramente Juan Gutiérrez Flores y José Garibay Romero, con sus seguidores por delante, causaron algún desaguisado que el tiempo y la educación se han encargado de borrar.

Personajes ilustres

Si nos atenemos a la información “oficial”, cuando uno habla de personajes ilustres encontramos que hay una característica que los une: ninguno de los enlistados nació en esta población. Ni fray Sebastián de Trasierra, ni el insigne poeta Amado Nervo, ni el benefactor por antonomasia, el ahora Siervo de Dios, don José Antonio Plancarte y Labastida. Justo es mencionar que  el trío dejó huellas tan hondas en el lugar, que hubiese sido pecaminoso y criticable que los actuales habitantes de la ciudad, encabezados por sus autoridades, se hubiesen olvidado de ellos. Merecimientos más que suficientes acumularon –ellos no pensaron en eso, naturalmente—para ocupar los tronos en que los tiene la gente.

De don José Antonio Plancarte Labastida –cuyo apelativo también lleva la ciudad–, el ilustre historiador don Luis González y González afirmó que “nació en Zamora 1735 (la mayoría de sus biógrafos difieren en sitio y año: ciudad de México, en 1740) y allí recibió la crianza de sus padres. La educación escolar la obtuvo en Celaya, en el convento franciscano. En éste vistió el sayal de San Francisco y profesó la cátedra de filosofía. Como quiera, no representó el papel de filósofo en la generación de los filósofos. Él figuró como poeta y como propulsor de las artes plásticas. A principios del siglo XIX y a finales de su vida, Plancarte se volvió ciego y santo, condiciones que se le acentuaron en 1815, con motivo de su muerte (Zamora, pág. 50)”.

En esta ciudad, se le recuerda como el incansable benefactor que, durante su ministerio sacerdotal, se dio tiempo para fundar el Colegio San Luis Gonzaga –hoy Colegio Plancarte–, en 1873; el asilo de San Antonio, para los niños pobres, en 1876; para la creación de la congregación que llevó por nombre Hijas de María Inmaculada de Guadalupe, en 1878; y para la construcción del ferrocarril (tranvía), tirado por bestias, que unía Zamora con Jacona. Una placa y una estatua, frente al colegio por él edificado, levantados durante el gobierno de Ramón Puga Torres, mientras la parroquia estaba a cargo del presbítero Rubén Godínez, dan fe de la gratitud del pueblo jaconense.

Del laureado poeta nayarita, Amado Nervo, no se olvida su estancia en las aulas del propio colegio Plancarte, de donde pasó a las aulas del Seminario de Zamora, y en cuya memoria hoy en día existe interés de consolidar y afianzar una hermandad entre las ciudades de Tepic –sitio en donde vio la primera luz–, y Jacona. Una de las calles principales de la ciudad lleva su nombre.

Del trío, el que ha sido tratado con más dejadez es el fundador  Fray Sebastián de Trasierra. En su memoria, una calle lleva su nombre.

Y ya que andamos por esos vericuetos, ¿no considera, estimado lector, que en este exclusivo círculo, bien podría caber el nombre del expresidente Ramón Puga Torres?  El tangamandapense de nacimiento, jaconense por adopción y convicción, dedicó toda su vida al impulso del deporte, en Jacona, principalmente el Beisbol. De los Rojos de Jacona han salido varios integrantes de la selección estatal que nos ha representado en el país. La influencia y afición de don Ramón es reconocida en buena parte de la región y ciudades vecinas a Michoacán.

Refugio seguro, en épocas difíciles

Pero no solamente Amado Nervo y el siervo de Dios, don José Antonio Plancarte han sido acogidos por la hospitalidad de los habitantes de esta población. Durante los años de la Revolución, La Cristiada y lo que siguió durante el reparto agrario, Jacona fue seguro refugio para familias enteras que, oriundas o habitantes de pueblos cercanos, ante la inseguridad que privaba en sus lugares de origen, buscaban un ambiente más favorable y tranquilo. Así ocurrió con muchos santiagueños, que tuvieron que dejar casi todo, en tanto los vientos y ánimos mejoraban.

La danesa Fiona Wilson, en su libro “De la Casa al Taller”, editado por el Colmich, asegura, luego de advertir que “las generaciones más viejas recuerdan años de pesadillas, hambre y depravación que siguieron tras la Revolución. El año 1917 es recordado con claridad especial, debido a la mortandad y el hambre cuando muchos niños perecieron. Sin embargo, las privaciones de esos años palidecen, en la memoria de la gente, en comparación con los recuerdos de los bandidos. El más infame era José Inés Chávez, quien organizó sus primeras fuerzas rebeldes durante la Revolución  e incursionaba bajo la bandera de Pancho Villa. Después de la Revolución, él y su banda (entre dos y tres mil hombres) adoptaron el lema de “sangre y dinero”, fueron el azote en un área extensa en el centro-occidente, amenazando sobre todo los asentamientos más aislados de la sierra donde saqueaban y mataban, violaban mujeres y cometían toda clase de tropelías.

“La gente de Santiago vivía en el temor constante de los bandidos. Cuando estos andaban por el rumbo, los que podían escapar se iban a las ciudades más grandes y seguras o huían al cerro. Los que quedaban atrapados en sus localidades, se escondían en los techos de sus casas (Pág. 50)”.

Las ferias de la ciudad

Los jaconenses son muy dados a la buena vida y a la alegría. Para ellos, las mejores fiestas son las que se organizan en honor de la Virgen de la Esperanza, en febrero y septiembre de cada año. Algunos dicen desconocer si los políticos y los agricultores se han cobijado con el manto de la Patrona para la instauración de la Feria de la Fresa que, casualidad o oportunismo, inicia y se ofrece durante el segundo mes del calendario. Puede ocurrir que dicho producto, base de la economía del municipio y alguna parte de la región, se encuentre en la fase más productiva –en cuanto a cantidad, que no en relación al precio en que se tasa, ya que al parecer esto ocurre en los últimos meses del año, cuando la planta madura la primera de sus floraciones–,  haya impulsado a los directivos del ramo para la realización de la feria.

En ese tiempo, los visitantes pueden encontrar muestras y marcas de cada una de las empacadoras que en el municipio operan. Se ofrecen los distintos tipos de procesos con que conservan y empacan la frutilla. Lo que se traduce  en oportunidades de empleo para una importante cantidad de habitantes, no sólo de esta ciudad, sino de otros lugares de la región.

A más de los productos procesados por las empacadoras, la gente que acude a los terrenos de la feria  puede disfrutar con las delicias de la gastronomía jaconense. Además de los juegos mecánicos y verbenas populares que enmarcan el ambiente de fiesta que se vive cada día de la Feria.

     Misticismo y romería

Sin la misma brillantez –tal vez por lo incierto del clima, ya que la época de lluvias no termina de hacer el viaje–,  pero es innegable que con mayor misticismo el novenario septembrino no pasa de puntitas. Durante esos días, como ocurre durante las fiestas de febrero, los católicos se unifican y acuden, en peregrinaciones, en romerías, por barrios y comunidades, a rendir tributo a la Patrona Diocesana, la Virgen de la Raíz. Tradicionales son las romerías que algunas de las parroquias de la Vicaría de Jacona, han realizado y realizan cada septiembre. Las había tan llenas de fervor mariano, que los romeros cubrían las distancias desde sus lugares de origen a pie.

Desde siempre gran productor y criador de ganado, a Jacona le fueron concedidas mercedes para estancias ganaderas desde 1540. Aunque Gaspar de Villadiego y Pedro Moreno que fueron  recipiendarios de estas prebendas reales las recibieron en 1542 y 43 –sin reparar en los daños que causaban los bovinos en las sementeras de los nativos–. En esta actividad, en estos tiempos, los actuales habitantes de la ciudad y municipio  se dedican a la crianza y engorda de vacunos, principalmente. Sin dejar de lado la explotación lechera. Así, al igual que durante los tiempos de los colonizadores, los ganaderos han sabido sacar merecido provecho a sus esfuerzos.

No son raros quienes se dedican a la actividad porcina, y van tras las huellas del que fue veedor en aquellos lejanos tiempos, Pedro Luis, que estableció una estancia de puercos a la vera del camino que unía y comunicaba a Jacona con Jiquilpan. Aquí también existe quien se dedique, con ahínco y esmero, a la crianza y educación de caballos –sobre todo para la fiesta charra y las carreras parejeras–, conocida la afición y gusto que para tales espectáculos hay entre sus vecinos.

Turismo, un corredor en ciernes

Desde hace años, en las cercanías de la ciudad, quien quiera, puede acudir con su familia a la presa de Verduzco, a La Estancia, a Orandino, y disfrutar de la frescura de sus aguas. Las instalaciones, año con año, se mejoran en bien de la comunidad.

En este campo, como bien lo anunció el maestro Jaime Ramos Méndez, en estas páginas, Zamora, Tanganacícuaro y esta Jacona, han comenzado a caminar con la finalidad de formar un corredor turístico. En el proyecto están incluidos tanto la iniciativa privada, como –de momento—los gobiernos municipales y el del Estado.

De comidas y exquisiteces

Jacona ha sido un sitio muy concurrido por los habitantes de los pueblos y ciudades vecinas que gustan de la buena comida. Los restaurantes y centros botaneros, así como las cenadurías, han logrado gran aceptación y fama. Sobresalen, por el número de comensales, los lugares en que se ofrecen mariscos y carnes para la comida del medio día. Por las tardes y noches, las cenadurías llegan a ser insuficientes para atender a los que, desde Zamora, Santiago, Chavinda y otros pueblos vecinos hacen el viaje para gozar y disfrutar con los platillos que aquí se cocinan y venden. Cuentan, los nativos de la ciudad, que por las mañanas, los puestos en los que se ofrecen uchepos también se ven concurridos.

Sitio especial lo ocupa, en este aspecto, la visita al monasterio cisterciense. Construido sobre una falda de la montaña, ofrece, a más de paz, luego de asistir a la hermosa capilla y la experiencia de ver parte del Valle desde lo alto, una variedad de productos procesados y hechos por los frailes. Los lácteos son exquisitos. Y sus conservas y mermeladas, únicas. El pan, en su punto.

Por la  hospitalidad de la gente, la gastronomía y la belleza de sus lagos, Jacona tiene atractivos que nadie, en la región puede perderse. ¡Venga! Jacona, como bien afirma la joven funcionaria del municipio, es una ciudad para disfrutarse, en paz, sin prisa, con tranquilidad.

Jacona. Benjamín González Oregel

Jacona

Puebleando  “Lugar de flores y hortalizas”, o La Villa de las Flores

(Primera parte)

Jacona de Plancarte, Mich.– Jacona es una palabra de origen chichimeca que quiere decir “lugar de hortalizas”. Otra acepción proviene de Xucunan, “lugar de flores y hortalizas”. Sin embargo, para algunos locos y empedernidos, como este corresponsal, dichos significados lejos están de competir con la frase aquella que hicieron famosa hombres del micrófono  como don Roberto Guerrero Ayala y el maestro y poeta don Francisco Elizalde García, quienes al hablar de  esta población la llamaban  la Villa de las Flores.

Puede ser que estos gigantes de la radio, al referirse a lo que hoy es una joven ciudad –fue declarada como tal en 1988–, además de aceptar la abundancia de las flores, también reconocían la exuberante belleza de la mujer jaconense.

Discrepancias, sobre el asentamiento inicial

El maestro Jaime Ramos Méndez escribió el 15 de mayo de 2011, en su página electrónica (jaimeramosmendez.blogspot.mx) que  “Jacona de Plancarte, Michoacán, es una población con profundas y misteriosas raíces prehispánicas. Profundas, porque su origen puede definirse desde Jacona la Vieja, población indígena precolombina de una antigüedad que ha sido difícil de precisar, pero que podría ser tan antigua como la de El Opeño. Misteriosas, porque tampoco hay precisiones respecto al lugar exacto en que se localizó esa población.

Se han encontrado vestigios arqueológicos en el rumbo de Santiago Tangamandapio, pasando la ranchería de Puerto de Lucas, en un vallecito como de cinco kilómetros de largo por tres de ancho, en un potrero conocido con el nombre de ’Las Iglesias Viejas’ que de acuerdo con la tradición era el sitio en que los indios se reunían para rendirle adoración a sus ídolos.

En las cercanías de estos lugares, se encontraron semiderruidas varias yácatas. Dos de ellas miden de largo cerca de veinticinco metros y las otras son muy pequeñas. Junto a ellas se encontraron un sinnúmero de esqueletos humanos. A ese sitio se le conoció, por ello, como ‘Potrero de los Panteones’. También entre Puerto de Lucas y el Cerro Blanco existe la ‘barranca de los monos’, designada así por las figurillas de barro que se encontraron en ese lugar.

Xhucunán o Xucunan, nombre prehispánico de la actual Jacona, significa, en lengua Náhuatl, «lugar de encuentro», quizás por la referencia de que en ese lugar, precisamente, se encontraban los diversos pobladores de toda la región para realizar sus cultos religiosos.

La actual Jacona, ‘la nueva’ tiene un origen bien preciso y definido: el padre agustino Fray Sebastián de Trasierra promovió, entre los habitantes de la Vieja Jacona, su traslado al sitio en que se encuentra actualmente esa población.

Su argumento para tal mudanza fue sencillo y contundente: pasar de la aridez de unas tierras de nula riqueza agrícola a un sitio privilegiado en recursos naturales: buenas tierras para la agricultura, huertos de frutales espléndidos, agua en abundancia y un microclima cálido y bondadoso.

Así, el 5 de noviembre de 1555, con pleno acuerdo entre el Virrey y los indios, se fundó Jacona, la Villa de las Flores, al iniciarse las obras para la iglesia parroquial y el convento y repartirse los solares entre sus primeros habitantes”.

A la anterior versión sobre la ubicación de Jacona La Vieja, hay que agregar la que  contaban –y cuentan–, algunos de los ancianos que vivieron y viven en Santiago. Ellos han sostenido que el terreno en donde se asentó esa comunidad  estaba por el rumbo de Las Lajas, cercana al sitio donde se encuentra la comunidad de El Nopalito.  Un camino de herradura,  por tramos transitable para vehículos automotores, que todavía es utilizado por los santiagueños, confirma esta teoría: era la ruta por la que se iba a Jacona y Zamora.  Bordear por El Puerto de Lucas, era más largo y tardado.  Y El Nopalito es una ranchería vecina de La Palma, ambas en el municipio de Tangamandapio. Sitio en donde se han encontrado yácatas, cerca de un breve manantial, en donde aún abrevan  vacunos y humanos.

Hay que decir  que las pétreas construcciones, situadas en lo que fue una comunidad del municipio de Tangamandapio –quedan algunas construcciones de adobe y tejados de dos aguas, abandonadas, y a las que casi a diario acuden sus dueños–,  han sido víctimas de la negligencia de autoridades y de la rapiña de saqueadores de monumentos arqueológicos.

Y a pesar de todo, las haciendas

Como Pueblo de Indios que fue, Jacona, empero, no pudo sustraerse a la creación y crecimiento de las haciendas, aunque sin llegar a mencionarlas con esta denominación, y tal vez con un poder nimio si se compara con el que ejercieron otros hierros y dueños, en terrenos no lejanos a los mencionados.  Se ha sabido que con la fundación del nuevo centro poblacional, también llegó una merced de ganado mayor, a favor de la iglesia y convento agustinos.

De estos hechos nos  dio cuenta el licenciado don Arturo Rodríguez Zetina,  a través de un documento que dio  a conocer  el doctor Martín Sánchez Rodríguez, presidente del COLMICH, cuando menciona que “entre los documentos que transcribe este autor destaca uno fechado el 30 de septiembre de 1710 que tiene que ver con la medición de las propiedades del convento de San Agustín. En lo relativo al sitio de ganado mayor nombrado Orandino se lee: “Desde la orilla de ese Ojo de Agua se fue midiendo por el oriente y alcanzando con la medida debajo de unos corrales de Piedra, y con esta diferencia en derecho de la casa en que vivió Pedro López (Tardio). Y habiendo venido al centro por la parte del Norte donde están unas ciénegas, no se pudo medir a caballo por lo pantanoso de ellas, y para poderse medir fue necesario hacerlo a pié…” Rodríguez Zetina, 1956:48”.

La Merced Real

Y es que, de acuerdo con la ley española del siglo XVI, el rey era el propietario de todas las tierras que integraban su imperio, en todas las partes del mundo. Los conquistadores contribuían, al someter un territorio, a incrementar las propiedades del monarca. Y éste, como no era un molusco del que brotaran infinidad de tentáculos, y tampoco acostumbraba entrarle al trabajo, daba permisos a sus súbditos para que hicieran producir los territorios sometidos y conquistados. Ese permiso, o licencia para trabajar los terrenos, se conocía como Merced Real o Merced de Tierras.

Recordemos que esto fue una costumbre entre los europeos llegados a este lado del Atlántico. Pocas dificultades tenían los frailes, como rectores que eran de las almas, para verse beneficiados con tales mercedes. La construcción de Santa Clara, en Tocumbo, es un ejemplo que confirma este dicho.

Aunque, se ha sabido, correspondía a La Corona,  por acuerdos  a los que había llegado con los papas Alejandro VI y  Julio II, proponer y decir quién y cuándo enviar  misioneros al Nuevo Mundo. De esta forma, La Corona decidía la construcción de templos, basílicas, catedrales; así como el cobrar a los fieles los diezmos y tributos. Era facultad de La Corona, además, como contraprestación, cubrir los gastos de la Iglesia, en todo el imperio español. –Con razón Serrat nos dice que “con las sotanas me entiendo de perlas,… les paso un tanto al mes, por mis pecados, y ellos tramitan mi salvación eterna”.

Iglesia y convento

Respecto a la construcción de la iglesia, el propio maestro Ramos Méndez, en su página, relata  que “la historia de la parroquia de San Agustín –patrono de la ciudad–  se remonta hasta los tiempos mismos de la fundación de Jacona, cuando en 1555 el padre agustino fray Sebastián de Trasierra convenció a los pobladores de la antigua Jacona de trasladarse a un lugar más adecuado que les garantizara un mejor nivel de vida y desarrollo, pues el lugar en donde se encontraban se caracteriza por la aridez de su suelo, de poca productividad agrícola por falta de agua. Convencidos, los moradores se trasladaron al hermoso lugar en que se encuentra la actual Jacona, caracterizado por sus abundantes recursos naturales que han hecho de sus tierras una rica posibilidad para hacer florecer la vida.

Paralelamente a la fundación de la nueva Jacona, el padre Trasierra inició la construcción del convento y templo de San Agustín, obras que no pudo concluir pues fue cambiado al poblado de Zirosto, dejando en fray Nicolás de la Cueva la responsabilidad de su terminación, realizada en 1626.

El templo de San Agustín cuenta con una distribución arquitectónica en forma de cruz latina”.

Lugar de la vida y la muerte, símbolo de la humanidad

Jacona era la simbolización de la vida y la muerte, el símbolo de la humanidad.  Se cuenta que aquí se inició la práctica del juego de pelota Purhépecha –distinto al que practicaban los pueblos del Altiplano, puesto que en su práctica se utilizaba el fuego, dedicado como era a Curicáveri–,  y que el sitio en donde se llevaba a cabo era el cerro del Curutarán.  Coincidencia o no, pero hoy día, en la ciudad se asientan 2 seminarios: el Seminario Mayor de la diócesis de Zamora y el que los monjes cistercienses tuvieron a bien construir en México. Por si no bastara,  por esas cosas de la vida, aquí se encuentra la imagen de la patrona de la Diócesis, la Virgen de la Esperanza, conocida también como la Virgen de la Raíz. Imagen encontrada en la Ciénega de Chapala.

Se sabe que muchas cosas pasaron en su trayecto a Jacona que hicieron que el superior del Convento de San Agustín, Fray Jerónimo Sáenz y pobladores acudieran a admirar la imagen, que después la conocieron cono Nuestra Señora de la Raíz. Se trata de una  imagen diminuta coronada el 14 de febrero de 1886 como la Virgen de la Esperanza, y a la que se denominó como patrona de la Diócesis. Una imagen con historia, cuyos milagros atribuidos a su aparición, es del año de 1685, cuando dos indígenas (Juan y Mateo), que pescaban en la laguna de Chapala, sacaron y pusieron en su canoa una raíz de camichín que flotaba en el agua y en la que aparecía como una figura de mujer con un niño en el brazo.

Sin embargo, la iglesia que le fue construida fue derrumbada por la fuerza de un temblor. En el mismo sitio, empero, se ha levantado un nuevo edificio, con ribetes modernos y en el que, mediante un vitral, se narra la historia de su aparición.

Tranquilidad y confianza

Hoy, Jacona, según dicen algunos de sus moradores, es una ciudad pequeña donde se puede vivir con tranquilidad. Los traslados, por otra parte, de un punto a otro de la ciudad no son muy largos. Se siente la calidez de la gente, pues todavía nos conocemos los que vivimos aquí; sobre todo entre las familias que llegaron desde hace tiempo. Entre todos nos identificamos y esto nos da un ambiente de confianza. Con lo que creamos un clima de mayor seguridad. Además, contamos con un clima excelente.

Se sienten afortunados porque “todavía vivimos sin prisas, sin la rutina de las grades urbes. Esta ciudad es muy tranquila, muy, muy tranquila”, remacha una joven funcionaria del municipio. Sobre todo cuando de hacer las compras para el hogar y la casa se trata. Todo lo hace, ella, en el mercado municipal. Si de precios se habla, a lo mejor los aumentos son tan pobres, con relación a los que se ofrecen en la vecina Zamora, que resultaría contraproducente trasladarse a esa ciudad.  El mayor ahorro, tal vez lo sea el tiempo. Aunque dice que también se aprecia en el bolsillo. “Es más fácil caminar 3 cuadras, que pagar  transporte público, o utilizar el vehículo propio”.

El campo, fuente de ingresos

En el territorio jaconense, actualmente,  la principal fuente de ingresos  radica en su campo. De él, depende la vida de la agroindustria y el comercio. Los cultivos de la fresa, la zarzamora, el maíz, el trigo, la papa, así como las hortalizas, algunas frutas  y las flores, son los soportes  de  un elevado porcentaje  de la vida económica de la ciudad y sus alrededores.

(Continuará)