San Simón llevó la voz cantante en el Valle de Zamora. Benjamín González Oregel

San Simón llevó la voz cantante en el Valle de Zamora.

BENJAMÍN GONZÁLEZ OREGEL


San Simón, Mpio.  de Ixtlán, Mich.–   Es innegable que en el Estado, y en el país, la influencia que llegaron a tener los propietarios de la hacienda de Guaracha fue avasalladora. Considerada una de las 18 más extensas de la Nueva España y de la República, cuando ésta se decretó,  los señores llegaron a codearse –de tú a tú, con don Porfirio, por poner un ejemplo–  con muchos de los gobernantes que a lo largo de los siglos transcurridos desde la fundación del gigantesco latifundio, allá en lejano 1625, hasta pasada la etapa sangrienta de Doña Revolufia, el pasado siglo, siempre tuvieron acceso a los sitios del poder  político.

Pero si hablamos del impacto que tuvieron en la región conocida como el Bajío Michoacano, y más precisamente a la zona donde se asienta el Valle de Zamora, es indiscutible que la hacienda de San Simón llevó la voz cantante. Y sobre todo cuando dicha posesión perteneció a la familia Dávalos. A don Francisco Dávalos, para ser preciso.

Algo de historia

Sabemos que Alonso de Avalos vendió el 6 de abril de 1625 a  Pedro de Salceda Andrade la hacienda El Monte.  Con esa compra, el zamorano acaparó la parte oriental de la Ciénega de Chapala,  si tomamos como punto de partida el sitio  donde se ubicaba el casco de la hacienda de  Guaracha. Poseedor que era ya del sur de la Laguna de Chapala. Su dominio abarcaba desde Tizapán, Jucumatlán (hoy Cojumatlán), hasta Quitupan y Mazamitla. La nueva adquisición permitió a Pedro de Salceda cerrar en círculo una línea que tocaba Jiquilpan, Cojumatlán, La Palma, Cumuato, Buenavista (hoy Vista Hermosa), Ixtlán, Pajacuarán, Tangamandapio, Guaracha, Jaripo, Totolán y lo que se encontraba encerrado en dicha circunferencia.

Esta situación duró casi un siglo. Hasta que los herederos de la familia Salceda y Andrade  entregaron, venta de por medio, el vastísimo latifundio  a la familia del capitán Fernando Villar Villamil. Cuyos miembros tenían posesiones por más de 140 mil hectáreas en diversas propiedades en zonas de lo que es  hoy el estado de Michoacán, así como en terrenos del  Estado de México.

Guaracha, el enorme latifundio, comenzaba a desmembrarse hacia 1760, cuando se dividió el emporio en un par de inmensas extensiones, por la sucesión  testamentaria que dejara el capitán Fernando Villar Villamil a favor de sus dos únicas hijas: Guaracha que quedó como poseedora de las tierras del sur. Y, hacia el norte, la hacienda de Buenavista cuyo dueño fue don Gabriel Castro y Osores casado con una Villamil.

Con la muerte de don Victorino Jasso Dávalos, propietario de Guaracha, la hacienda sufrió una nueva fracción.  La propiedad se dividió en otro par de partes: una, conservó el nombre original: Hacienda de Guaracha. La otra, fue bautizada con el nombre de Hacienda de San Simón, misma que pasó  a ser propiedad de la hija mayor llamada María Josefa Jasso de Dávalos. La heredad constaba de unas 10 mil hectáreas de terreno. Y estaba formada, entre otras fincas, por las siguientes propiedades: Hacienda Valenciano, San Nicolás, Colongo, el Rincón del Mezquite, La Estanzuela, El Limón, La Plaza, La Mula, La Cuestita, La Higuera, y La Soledad. De esta forma, los vástagos del matrimonio Dávalos-Jasso  llegaron a ser dueños de  once haciendas. Y todos contentos, nada pasaba.

Sin embargo, esto seguiría así hasta el año de 1910 cuando las grandes propiedades de las élites porfiristas sufrieron su primer gran fraccionamiento. Y fue posible porque los grandes patriarcas quebraron, se retiraron del negocio, o pasaron a mejor vida. El comienzo  se dio a partir de que Arcadio Dávalos y Jasso, hermano de don Francisco, repartió unas 2 mil 100 hectáreas entre sus 7 hijos. Se acentuó  cuando la viuda de don Francisco, vendió, en 100 mil pesos, a don Tomás Sánchez, la hacienda de San simón. Todo, ante  el temor que había impuesto el grupo liderado por el zamorano Miguel Regalado, quien había iniciado los primeros repartos tras el estallido revolucionario y sobre todo  luego de la asamblea constitucionalista que habían llevado a cabo los revolucionarios, en Querétaro.

De almas a almas, y los comunistas

Y a pesar de que uno de los líderes agraristas de la región el reparto no fue fácil. Tanto que el ingeniero responsable de las medidas y linderos, fue atacado por miembros de la acordada. Estas guardias blancas, luego de torturarlo, destruyeron los aparatos y utensilios propios y que utilizaba para llevar a cabo sus funciones. A los jornaleros de la hacienda, no les fue mejor, cuando solicitaron trozos de tierra. Y si a esto le sumamos el papel jugado por la Iglesia, hizo dudar a muchos, a la hora de aceptar ser beneficiarios con el reparto. Porque, según el predicar de los clérigos, se debía ver con malos ojos, lo que los “comunistas hacían al patrón”. Salió caramba don Tomás. Los nuevos dueños de la hacienda no eran almas caritativas.  Nada que ver con el difunto don Francisco.

Escribió el maestro Jaime Ramos Méndez, en su blog, que contaba el recordado cronista llanense don Isaac Gallegos que, a la comunidad de El Llano, había llegado “un seminario, colegio de padre de la Compañía de Jesús. Este gran seminario fincó en El Llano una gran casa muy superior a lo fincado en una gran ciudad, con todas las comodidades y lujos que se merecía la Compañía de Jesús”. Esto había sucedido después que el hacendado iniciara la construcción de templo –1896 a 1901–.  Los jesuitas se hicieran cargo del convento y feligresía durante una década, comprendida esta entre los años 1904 y 1914. Las borrascas cimbraban las frondas y el católico mecenas estaba próximo a rendir cuentas.

¿Qué le hicieron a mi iglesia?

El último propietario del casco de lo que fue la hacienda, fue el presbítero santiagueño don Rafael Escobar Elías. Para cubrir el monto de la propiedad, el entonces párroco de esta comunidad, tuvo que desprenderse de parte de la misma finca. Este, donó la centenaria finca a una congregación  femenina. Sin embargo, según cuenta su sobrino Roberto Escobar Huerta, le confió estar decepcionado con las monjas porque no cumplieron lo acordado. El convenio había sido condicionado a que las religiosas debían  utilizar las renovadas instalaciones como noviciado de la orden. Nunca lo hicieron. Y si no se las quitó, fue porque había escrituras, o acta notarial.

Esto debió ser verdad, porque los fieles y vecinos entrevistados por el corresponsal, externaron que, años después de que el párroco Escobar Elías había sido removido para hacerse cargo de la Iglesia de Purépero –donde finalmente murió, y donde descansan sus restos–, por invitación de quien lo sustituyó, al ver las obras de que había sido objeto la iglesia de San Simón, no pudo contener sus sentimientos y exclamó: ¡Qué le hicieron a mi iglesia!, al ver que la habían hecho más chica. Sin embargo, justo es decir que esta situación se debió a que, un 12 de diciembre, seguramente en medio de las festividades propias del día, un incendio dio cuenta de la iglesia fundada por los hacendados.

Ni monjas, ni monjes

Y razón no le faltaba, de ser verdad lo que los habitantes de esta comunidad cuentan. Al parecer, las religiosas se han alejado del edificio. Este, visto de fuera, se encuentra muy desmejorado. La madera, ante la falta de cuidados, se ha desprendido y ha formado grandes huecos. Sobre el portal del frente, el piso no luce nada bien. Así se trate de la parte frontal de la iglesia. Aunque en este caso faltó, seguramente, efectivo a la hora de comprar el vitropiso. Ausentes  las hermanas en Cristo, estas dejaron la llave del edificio al cuidado de un joven lugareño.  Se dice que él, cuando alguien se lo solicita, permite el paso a quien tenga interés en conocer la casona que fue de don Francisco de Dávalos. Un hombre piadoso que, como pago de los diezmos, entregó la hacienda de La Soledad, en el vecino municipio de Chavinda, a la Iglesia –seguramente a los PP. Jesuitas.

Aspecto del pueblo

Dividida en barrios –La Manga, La Cuadrilla, La Pila y La colonia–, situada sobre una falda de un cerro, no muy alto, las calles de la población se deslizan, en serpenteantes trazos desde lo alto para terminar en uno de los caminos de acceso a la mancha urbana: la que llega de  La Estanzuela y va hacia  El Limón; o la que sale hacia El Colongo. Además, entre los jóvenes, existe la creencia de que es más bonito San Simón que La Estanzulea. “Hay más gente aquí, que allá”, precisa una agraciada jovencita, en medio de la algarabía de sus amigas. Y sin embargo la comunidad poca actividad ofrece.

Entre los cultivos que realizan sus habitantes se encuentra, naturalmente, el maíz. Pero,  por la abundancia de aguas que les ofrece el paso del río Duero, así como las excelentes condiciones del suelo –son terrenos de los conocidos como de aluvión–  por las sedimentaciones que han dejado miles de corrientes, desde hace décadas, los campesinos se han dado a la tarea de cultivar fresa, principalmente. Además de no haber echado en el baúl de los recuerdos, no faltan quienes dedican tiempos, esfuerzos y parcelas a la producción de trigo y frijol. Aunque también suelen invertir el verduras como el jitomate, chile,…

Hoy, como desde la fundación del latifundio, allá abajo,  frente al casco de la hacienda, el río Duero corre bajo un ancestral puente, mientras su caudal –viscoso, pesado, turbio  y de verdoso color–  cubre el ambiente con insoportable hedor. La fetidez del caudal todo lo cubre. Lejos han quedado los días en que los habitantes de esta breve población solían acudir a pescar y hasta a bañarse en las cristalinas aguas que escurrían desde Carapan, pasaban por Chilchota, Tangancícuaro, Jacona, Zamora y Chavinda. Esto ha forzado a los campesinos a solicitar –y se han concedido los permisos–, les sean permitido perforar pozos profundos, “para regar con agua limpia las verduras, las fresas,… Aunque la producción de granos seguirá haciéndose con el agua del río”.

Don Martín Segura, un comerciante que atiende una miscelánea en lo que fue parte da la hacienda  recuerda que “cuando tenía como 30 años, el agua estaba bien clarita. En ese tiempo, toda la gente del lugar se bañaba allí.

Clandestina producción

Además del maíz y sorgo, los campesinos suelen dedicarse a la plantación y cultivo de la fresa. Aunque en tiempos de la Hacienda el cultivo que mayor mano de obra requería era la caña de azúcar. Era tal la cantidad de toneladas que las tierras sembradas con este endulzante que se contaba con un gran ingenio, del que aún quedan las enormes chimeneas por las que escapaba el humo que se producía durante la etapa del asado de la caña.

Esta actividad, la industrialización de la caña de azúcar, con frecuencia no se menciona, ya que, preponderantemente se producía alcohol. Y se hacía de manera clandestina, señala el cronista ixtlanense. El aguardiente extraído se vendía en Zamora, a precios muy redituables, dado el nivel de calidad  que alcanzaba el producto.

De fiestas y migración

En esta comunidad se celebran 2 grandes festividades, durante el año. Estas ocurren los días 28 de octubre, día dedicado al patrono del pueblo, San Simón. Afirman los fieles que esta celebración fue marco de un añorado novenario. La otra, el primero del año, en que se honra a la virgen de Guadalupe, no alcanza a cubrir el tiempo requerido para que tal cosa suceda, a partir de que las fiestas navideñas tienen un espacio propio. Cosa curiosa, ambas imágenes s encuentran en el retablo de la amplia iglesia, Sólo que su ubicación cambia, de acuerdo a la fecha en que se les ha de honrar.

Como sucede en toda la región, la sangría migratoria también deja sentir sus efectos. Según cuentan los vecinos entrevistados, el porcentaje de hijos que han emigrado puede alcanzar hasta un poco más del 50 por ciento de los hombres en edad productiva nacidos en este lugar. De allí que la fiesta mayor sea la del primero de enero, tiempo en que los emigrados regresan.

Desgraciadamente, entre los jóvenes, hay poca información acerca de la existencia de lo que fue una gran hacienda, desprendimiento del monstruo que fue Guaracha, aquella del zamorano Pedro de Salceda, y de los Villar Villamil. De la construcción que alguna vez albergó a los seminaristas de la diócesis de Zamora, y de la que no se olvidó el mismísimo Siervo de Dios, don Leonardo Castellanos y Castellanos.

¡Vale la pena conocerla! Además de asentarse a unos cuantos pasos de la carretera Zamora-La Barca, su gente es muy sencilla, comunicativa y amable.

P:D:–  Para información, previa disculpa, para quien le interese, San Ángel Zurumucapio se encuentra a un lado de la autopista Morelia-Uruapan, unos 40 kilómetros delante de la capital aguacatera.

Anuncios

San Angel Zurumucapio, 2 . Benjamín González Oregel

El agrarismo, el reparto agrario, en un Pueblo de Indios, no dio lo apetecido.

          BENJAMÍN GONZÁLEZ OREGEL

        (Segunda de 2 partes)

San Ángel Zurumucapio, opio. De Ziracuaretiro, Mich.–  Uno podría pensar que San Ángel Zurumucapio, parte como ha sido de lo que inicialmente fue conocido como Repúblicas o Pueblos de Indios –categoría territorial en la que puso especial atención fray Juan de San Miguel, para que les fuese otorgada a los centros repoblados por él–, no había tenido que pasar por las vicisitudes que el reparto agrario, pasada la Revolución, provocó. No fue así. Campesinos oriundos de este poblado fueron beneficiados por las resoluciones que tomaron, primero, don Francisco J. Múgica quien, apenas iniciada su gestión al frente del gobierno del Estado, creó la Defensoría de Oficio en asuntos Agrarios y el departamento de Promociones de Indígenas y Obreros. Y se cuenta que, según palabras de Jesús Corral, cuando se trataba, sobre todo de restituciones de tierras Comunales, Isaac Arriaga asistía personalmente a las audiencias ante los tribunales para enfrentar los amparos que los terratenientes afectados interponían, y no perdió ni un sólo juicio.

“Sin embargo, los resultados fueron limitados, dado el breve tiempo de que dispuso: sólo alcanzó a otorgar cuatro restituciones provisionales de tierras a los pueblos de Venustiano Carranza (San Pedro Caro), Contepec, San Ángel Zurumucapio y Timbireo, los dos últimos del municipio de Ziracuaretiro, alcanzando en su conjunto una superficie de 6,535 hectáreas. Y de ellas, la Comisión Nacional agraria sólo reconoció y ratificó la restitución a San Ángel Zurumucapio, con 1,128 hectáreas (dieumsnh.qfb.umich.mx/sin_título_11.htm”).

Años más tarde, con el general Lázaro Cárdenas del Río, como presidente de la República, y con el apoyo del zamorano Gildardo Magaña, que despachaba en Palacio, en Morelia, campesinos de esta población fueron objeto de dotaciones de tierras que pertenecieron a la hacienda de Taretan. Lo que marcó el fin de ese latifundio.

Estos huerteros

Los agraciados, empero, carentes de experiencia y conocimientos para la organización colectiva, no lograron mejoras sustantivas, en cuanto al nivel de vida de los sanangelinos. El fracaso económico nunca fue aceptado por los líderes agraristas. Hoy, los montes que rodean y protegen el caserío, sin perder el sempiterno verdor que los ha embellecido, han cambiado la tonalidad. En vez de pinos, hay huertas aguacateras. Pero los peones que viven del campo, oriundos de este lugar, tienen que salir a buscar las oportunidades que los huerteros, los usufructuarios de sus tierras, casi siempre fuereños, no les brindan en su tierra.

Con un dejo de amargura, don Rafael Rivera Arévalo dice que estos renteros, cuando se ven en problemas, “piden ayuda al pueblo, haciendo uso de los aparatos de sonido que hay en la localidad. Otras, tocando las campanas del templo diciendo: me están robando los aguacates. ¡Júntese, todo el pueblo, en general!”.

Curiosamente, los habitantes de esta población acuden para abastecerse de lo necesario a la vecina Uruapan, Capital Aguacatera del Mundo.

Sin olvidar que esta nueva actividad, la aguacatera, ha traído un nuevo problema, según cuenta un vecino: hay broncas por el agua, porque “el huertero la quiere toda para su aguacate”. La acarrean en grandes pipas. Otros, asegura, tienen pozos profundos, clandestinos, dentro de las plantaciones. “Y la gente del pueblo dice: es que se están secando los ojos de agua. Lo que no sabe es que allá, en las huertas, los aguacateros” la utilizan para su beneficio. El agua, asevera, hace 50 años, era lo que nos sobraba.

El entrevistado afirma que unos cuantos se ganan el pan diario mediante la extracción de la resina de pino. “Aunque el pino, el encino y el monte, casi se han acabado”. Como también ha sucedido con la fauna silvestre que existía: “venado, jabalí, guajolote, gallina del campo, codorniz, coyote, zorra y tlacuache”, poco se dejan ver, añade el entrevistado. Recuerda que, en cuanto a la flora, ahora poco se ven las orquídeas silvestres, el sirimo (té de tila), producto del uso indiscriminado de los herbicidas.

La migración, por su parte, también tiene su qué ver: hay quien se va a los Estados Unidos. Otros a Guadalajara o el Distrito Federal. Pero todos van en busca de empleo.

Todo el tiempo alegre

Sin embargo, todo esto ha pasado a segundo plano. Porque San Ángel Zurumucapio “todo el tiempo está alegre”. Una mirada somera nos confirma el dicho: el 19 de marzo, se festeja a San José; el 13 de mayo, a la Virgen de Fátima; el 15 a San Isidro Labrador; el día del Corpus Christi; 29 de junio, San Pedro y San Pablo; 10 de julio, San Cristóbal; 8 de agosto, Santo Domingo de Guzmán; 11 de agosto, Santa Clara de Asís; 12 de diciembre, La Guadalupana.

Sin embargo, las fechas que más impacto causan  son las de los días: 25 de diciembre, y el 6 de enero. Durante la primera, se recuerda el nacimiento del Señor. Durante 3 días, vecinos y visitantes pueden disfrutar de las actuaciones de quienes forman las pastorelas –con sus grupos de danzantes–,  mezclados con los diálogos y coloquios que los actores recuerdan. Esta festividad corre a cargo de unos 40 ó 45 “cargueros”. Estos tienen la oportunidad de ser visitados por pastores y danzantes, los que pueden  actuar en las viviendas que visitan.

Para la fiesta del 6 de enero, en honor del Santo Niño Perdido, comisiones de los 4 barrios del pueblo –San Pedro y San Pablo, Santo Domingo de Guzmán, Virgen de Fátima y Nuestra Señora de Guadalupe–, unen esfuerzos. Son 9 días, a partir del 28 de diciembre, en los que el poblado no descansa. Durante el novenario, la feligresía entera, a partir de las 5 de la tarde, peregrina a través de las calles, antes de acudir a misa.

Los fieles, además, suelen entregar una “cuelga” –una ofrenda–, a la imagen venerada. Este año, hubo matrimonios colectivos, primeras comuniones y confirmaciones, como regalo a la imagen.  Esto último ocurrió, el 5 de enero, antes de la hora de la comida. Por la tarde, se dio uno de los eventos más esperados: la entrada de las bandas, que acompañaban la cera a la portada del templo. Con ellos caminaron los encargados de la fiesta, así como la pastorela y el grupo folclórico de Los Negros.

El mero día hubo alborada, con repique y quema de pólvora, antes de las mañanitas. A las 11 horas, fueron recibidos los peregrinos que, desde Los Charcos, del municipio de Tanhuato, hicieron el viaje para honrar al Niño; así como quienes residen en Guadalajara.

El momento cumbre, el momento central llegó con la celebración solemne de la misa, oficiada por el obispo auxiliar,   Jaime Calderón Calderón, quien, durante su fervorín, invitó a los fieles a seguir a Jesús, a través de la imagen del Santo Niño Perdido, como lo hicieron los Santos Reyes, que, guiados por una estrella, acudieron al Portal.

La música, fuente de vida

Luego, más tarde,  los festejos lúdicos.  Un grandioso baile, previa audición de música clásica, como combate, cerró esta edición. Y vaya si en San Ángel Zururmucapio hay con qué amenizarlos. Hoy, luego de que Jerónimo, Pedro y Jesús Acevedo, acompañados por  Domingo Rivera se dieron a la tarea de transmitir sus conocimientos en la materia, los sangelinos pueden presumir de contar con bandas musicales conocidas por los nombres de Melchor,  Perla Michoacana, Universo,  Joyita,  Aventurera,  Centellita, Juventino Rosas, Estrella, Paraiso, Lluvia, Montiel, Rumbera, Flor de Pino, Los Pollitos, San Ángel. Y las que vendrán. Más de uno de estos grupos ha viajado al extranjero a mostrar su destreza y habilidad musicales.

Porque el pueblo se “mantiene de la música”, asegura Rafael Rivera Arévalo. Hoy, para la mayoría de los jóvenes, el porvenir se encuentra en la música. Todo mundo estudia música. La juventud le tira a ser músico, recalca.

San Simón, municipio de Ixtlán. Benjamín González Oregel

Puebleando: San Simón llevó la voz cantante en el Valle de Zamora

BENJAMÍN GONZÁLEZ OREGEL

San Simón, Mpio.  de Ixtlán, Mich.–   Es innegable que en el Estado, y en el país, la influencia que llegaron a tener los propietarios de la hacienda de Guaracha fue avasalladora. Considerada una de las 18 más extensas de la Nueva España y de la República, cuando ésta se decretó,  los señores llegaron a codearse –de tú a tú, con don Porfirio, por poner un ejemplo–  con muchos de los gobernantes que a lo largo de los siglos transcurridos desde la fundación del gigantesco latifundio, allá en lejano 1625, hasta pasada la etapa sangrienta de Doña Revolufia, el pasado siglo, siempre tuvieron acceso a los sitios del poder  político.

Pero si hablamos del impacto que tuvieron en la región conocida como el Bajío Michoacano, y más precisamente a la zona donde se asienta el Valle de Zamora, es indiscutible que la hacienda de San Simón llevó la voz cantante. Y sobre todo cuando dicha posesión perteneció a la familia Dávalos. A don Francisco Dávalos, para ser preciso.

Algo de historia

Sabemos que Alonso de Avalos vendió el 6 de abril de 1625 a  Pedro de Salceda Andrade la hacienda El Monte.  Con esa compra, el zamorano acaparó la parte oriental de la Ciénega de Chapala,  si tomamos como punto de partida el sitio  donde se ubicaba el casco de la hacienda de  Guaracha. Poseedor que era ya del sur de la Laguna de Chapala. Su dominio abarcaba desde Tizapán, Jucumatlán (hoy Cojumatlán), hasta Quitupan y Mazamitla. La nueva adquisición permitió a Pedro de Salceda cerrar en círculo una línea que tocaba Jiquilpan, Cojumatlán, La Palma, Cumuato, Buenavista (hoy Vista Hermosa), Ixtlán, Pajacuarán, Tangamandapio, Guaracha, Jaripo, Totolán y lo que se encontraba encerrado en dicha circunferencia.

Esta situación duró casi un siglo. Hasta que los herederos de la familia Salceda y Andrade  entregaron, venta de por medio, el vastísimo latifundio  a la familia del capitán Fernando Villar Villamil. Cuyos miembros tenían posesiones por más de 140 mil hectáreas en diversas propiedades en zonas de lo que es  hoy el estado de Michoacán, así como en terrenos del  Estado de México.

Guaracha, el enorme latifundio, comenzaba a desmembrarse hacia 1760, cuando se dividió el emporio en un par de inmensas extensiones, por la sucesión  testamentaria que dejara el capitán Fernando Villar Villamil a favor de sus dos únicas hijas: Guaracha que quedó como poseedora de las tierras del sur. Y, hacia el norte, la hacienda de Buenavista cuyo dueño fue don Gabriel Castro y Osores casado con una Villamil.

Con la muerte de don Victorino Jasso Dávalos, propietario de Guaracha, la hacienda sufrió una nueva fracción.  La propiedad se dividió en otro par de partes: una, conservó el nombre original: Hacienda de Guaracha. La otra, fue bautizada con el nombre de Hacienda de San Simón, misma que pasó  a ser propiedad de la hija mayor llamada María Josefa Jasso de Dávalos. La heredad constaba de unas 10 mil hectáreas de terreno. Y estaba formada, entre otras fincas, por las siguientes propiedades: Hacienda Valenciano, San Nicolás, Colongo, el Rincón del Mezquite, La Estanzuela, El Limón, La Plaza, La Mula, La Cuestita, La Higuera, y La Soledad. De esta forma, los vástagos del matrimonio Dávalos-Jasso  llegaron a ser dueños de  once haciendas. Y todos contentos, nada pasaba.

Sin embargo, esto seguiría así hasta el año de 1910 cuando las grandes propiedades de las élites porfiristas sufrieron su primer gran fraccionamiento. Y fue posible porque los grandes patriarcas quebraron, se retiraron del negocio, o pasaron a mejor vida. El comienzo  se dio a partir de que Arcadio Dávalos y Jasso, hermano de don Francisco, repartió unas 2 mil 100 hectáreas entre sus 7 hijos. Se acentuó  cuando la viuda de don Francisco, vendió, en 100 mil pesos, a don Tomás Sánchez, la hacienda de San simón. Todo, ante  el temor que había impuesto el grupo liderado por el zamorano Miguel Regalado, quien había iniciado los primeros repartos tras el estallido revolucionario y sobre todo  luego de la asamblea constitucionalista que habían llevado a cabo los revolucionarios, en Querétaro.

De almas a almas, y los comunistas

Y a pesar de que uno de los líderes agraristas de la región el reparto no fue fácil. Tanto que el ingeniero responsable de las medidas y linderos, fue atacado por miembros de la acordada. Estas guardias blancas, luego de torturarlo, destruyeron los aparatos y utensilios propios y que utilizaba para llevar a cabo sus funciones. A los jornaleros de la hacienda, no les fue mejor, cuando solicitaron trozos de tierra. Y si a esto le sumamos el papel jugado por la Iglesia, hizo dudar a muchos, a la hora de aceptar ser beneficiarios con el reparto. Porque, según el predicar de los clérigos, se debía ver con malos ojos, lo que los “comunistas hacían al patrón”. Salió caramba don Tomás. Los nuevos dueños de la hacienda no eran almas caritativas.  Nada que ver con el difunto don Francisco.

Escribió el maestro Jaime Ramos Méndez, en su blog, que contaba el recordado cronista llanense don Isaac Gallegos que, a la comunidad de El Llano, había llegado “un seminario, colegio de padre de la Compañía de Jesús. Este gran seminario fincó en El Llano una gran casa muy superior a lo fincado en una gran ciudad, con todas las comodidades y lujos que se merecía la Compañía de Jesús”. Esto había sucedido después que el hacendado iniciara la construcción de templo –1896 a 1901–.  Los jesuitas se hicieran cargo del convento y feligresía durante una década, comprendida esta entre los años 1904 y 1914. Las borrascas cimbraban las frondas y el católico mecenas estaba próximo a rendir cuentas.

¿Qué le hicieron a mi iglesia?

El último propietario del casco de lo que fue la hacienda, fue el presbítero santiagueño don Rafael Escobar Elías. Para cubrir el monto de la propiedad, el entonces párroco de esta comunidad, tuvo que desprenderse de parte de la misma finca. Este, donó la centenaria finca a una congregación  femenina. Sin embargo, según cuenta su sobrino Roberto Escobar Huerta, le confió estar decepcionado con las monjas porque no cumplieron lo acordado. El convenio había sido condicionado a que las religiosas debían  utilizar las renovadas instalaciones como noviciado de la orden. Nunca lo hicieron. Y si no se las quitó, fue porque había escrituras, o acta notarial.

Esto debió ser verdad, porque los fieles y vecinos entrevistados por el corresponsal, externaron que, años después de que el párroco Escobar Elías había sido removido para hacerse cargo de la Iglesia de Purépero –donde finalmente murió, y donde descansan sus restos–, por invitación de quien lo sustituyó, al ver las obras de que había sido objeto la iglesia de San Simón, no pudo contener sus sentimientos y exclamó: ¡Qué le hicieron a mi iglesia!, al ver que la habían hecho más chica. Sin embargo, justo es decir que esta situación se debió a que, un 12 de diciembre, seguramente en medio de las festividades propias del día, un incendio dio cuenta de la iglesia fundada por los hacendados.

Ni monjas, ni monjes

Y razón no le faltaba, de ser verdad lo que los habitantes de esta comunidad cuentan. Al parecer, las religiosas se han alejado del edificio. Este, visto de fuera, se encuentra muy desmejorado. La madera, ante la falta de cuidados, se ha desprendido y ha formado grandes huecos. Sobre el portal del frente, el piso no luce nada bien. Así se trate de la parte frontal de la iglesia. Aunque en este caso faltó, seguramente, efectivo a la hora de comprar el vitropiso. Ausentes  las hermanas en Cristo, estas dejaron la llave del edificio al cuidado de un joven lugareño.  Se dice que él, cuando alguien se lo solicita, permite el paso a quien tenga interés en conocer la casona que fue de don Francisco de Dávalos. Un hombre piadoso que, como pago de los diezmos, entregó la hacienda de La Soledad, en el vecino municipio de Chavinda, a la Iglesia –seguramente a los PP. Jesuitas.

Aspecto del pueblo

Dividida en barrios –La Manga, La Cuadrilla, La Pila y La colonia–, situada sobre una falda de un cerro, no muy alto, las calles de la población se deslizan, en serpenteantes trazos desde lo alto para terminar en uno de los caminos de acceso a la mancha urbana: la que llega de  La Estanzuela y va hacia  El Limón; o la que sale hacia El Colongo. Además, entre los jóvenes, existe la creencia de que es más bonito San Simón que La Estanzulea. “Hay más gente aquí, que allá”, precisa una agraciada jovencita, en medio de la algarabía de sus amigas. Y sin embargo la comunidad poca actividad ofrece.

Entre los cultivos que realizan sus habitantes se encuentra, naturalmente, el maíz. Pero,  por la abundancia de aguas que les ofrece el paso del río Duero, así como las excelentes condiciones del suelo –son terrenos de los conocidos como de aluvión–  por las sedimentaciones que han dejado miles de corrientes, desde hace décadas, los campesinos se han dado a la tarea de cultivar fresa, principalmente. Además de no haber echado en el baúl de los recuerdos, no faltan quienes dedican tiempos, esfuerzos y parcelas a la producción de trigo y frijol. Aunque también suelen invertir el verduras como el jitomate, chile,…

Hoy, como desde la fundación del latifundio, allá abajo,  frente al casco de la hacienda, el río Duero corre bajo un ancestral puente, mientras su caudal –viscoso, pesado, turbio  y de verdoso color–  cubre el ambiente con insoportable hedor. La fetidez del caudal todo lo cubre. Lejos han quedado los días en que los habitantes de esta breve población solían acudir a pescar y hasta a bañarse en las cristalinas aguas que escurrían desde Carapan, pasaban por Chilchota, Tangancícuaro, Jacona, Zamora y Chavinda. Esto ha forzado a los campesinos a solicitar –y se han concedido los permisos–, les sean permitido perforar pozos profundos, “para regar con agua limpia las verduras, las fresas,… Aunque la producción de granos seguirá haciéndose con el agua del río”.

Don Martín Segura, un comerciante que atiende una miscelánea en lo que fue parte da la hacienda  recuerda que “cuando tenía como 30 años, el agua estaba bien clarita. En ese tiempo, toda la gente del lugar se bañaba allí.

Clandestina producción

Además del maíz y sorgo, los campesinos suelen dedicarse a la plantación y cultivo de la fresa. Aunque en tiempos de la Hacienda el cultivo que mayor mano de obra requería era la caña de azúcar. Era tal la cantidad de toneladas que las tierras sembradas con este endulzante que se contaba con un gran ingenio, del que aún quedan las enormes chimeneas por las que escapaba el humo que se producía durante la etapa del asado de la caña.

Esta actividad, la industrialización de la caña de azúcar, con frecuencia no se menciona, ya que, preponderantemente se producía alcohol. Y se hacía de manera clandestina, señala el cronista ixtlanense. El aguardiente extraído se vendía en Zamora, a precios muy redituables, dado el nivel de calidad  que alcanzaba el producto.

De fiestas y migración

En esta comunidad se celebran 2 grandes festividades, durante el año. Estas ocurren los días 28 de octubre, día dedicado al patrono del pueblo, San Simón. Afirman los fieles que esta celebración fue marco de un añorado novenario. La otra, el primero del año, en que se honra a la virgen de Guadalupe, no alcanza a cubrir el tiempo requerido para que tal cosa suceda, a partir de que las fiestas navideñas tienen un espacio propio. Cosa curiosa, ambas imágenes s encuentran en el retablo de la amplia iglesia, Sólo que su ubicación cambia, de acuerdo a la fecha en que se les ha de honrar.

Como sucede en toda la región, la sangría migratoria también deja sentir sus efectos. Según cuentan los vecinos entrevistados, el porcentaje de hijos que han emigrado puede alcanzar hasta un poco más del 50 por ciento de los hombres en edad productiva nacidos en este lugar. De allí que la fiesta mayor sea la del primero de enero, tiempo en que los emigrados regresan.

Desgraciadamente, entre los jóvenes, hay poca información acerca de la existencia de lo que fue una gran hacienda, desprendimiento del monstruo que fue Guaracha, aquella del zamorano Pedro de Salceda, y de los Villar Villamil. De la construcción que alguna vez albergó a los seminaristas de la diócesis de Zamora, y de la que no se olvidó el mismísimo Siervo de Dios, don Leonardo Castellanos y Castellanos.

¡Vale la pena conocerla! Además de asentarse a unos cuantos pasos de la carretera Zamora-La Barca, su gente es muy sencilla, comunicativa y amable.

P:D:–  Para información, previa disculpa, para quien le interese, San Ángel Zurumucapio se encuentra a un lado de la autopista Morelia-Uruapan, unos 40 kilómetros delante de la capital aguacatera.

POR UN HERMANO. Alfonso Sahagún De la Parra

Enviado por epadif en Dom, 02/24/2013 – 14:00
Padre Alfonso Sahagún

Julio Sahagún de la Parra nació en Cotija, el 20 de noviembre de 1923 y murió en la ciudad de México, su sitio de residencia, el 14 de febrero pasado.

Cuando ocurre la muerte de una persona conocida y, más en especial, si es cercana por sangre, amor o amistad, experimento la sensación de que yo también he muerto en parte con ella. En el caso, me queda la gran satisfacción de tratarse de una persona cuya vida fue novedosa, creativa y, creo, plena.

Tuvo una preparación académica envidiable, ya que obtuvo licenciaturas en Letras Castellanas, en Filosofía y Sociología Familiar, más una maestría en Ciencias Sociales.

Después de cursar la secundaria y la preparatoria en colegios de jesuitas, entró como religioso de la Compañía de Jesús. Una vez ordenado presbítero, su vida se dividió en dos partes: la primera como religioso jesuita y la segunda como laico, católico ilustrado y activo.

Fueron15 años los que ejerció su ministerio presbiteral. De ellos se puede destacar su labor magisterial en instituciones de su Congregación, su desempeño como asesor nacional del Movimiento Familiar Cristiano y viceprovincial de la Provincia de los jesuitas en México.

En su segunda etapa, ya secularizado, trabajó en una empresa grande de la que llegó a ser el director.

Una vez jubilado, se propuso llevar una vida sencilla y de cierta austeridad. Además, surgió en él su espíritu de jesuita. Comenzó a ser invitado por elementos de congregaciones femeninas a impartirles  pláticas, retiros y aun ejercicios, todo conforme al método ignaciano.  Tal cosa ocurrió con elementos de las Congregaciones zamoranas de las Hermanas de los Pobres y Siervas del Sgo. Corazón y con las de la Sgda. Familia, cuyas dirigencias lo invitaron también a ayudarles a reestructurar, a actualizar sus Constituciones fundantes, labor ésta a la que le dedicó mucho tiempo y esfuerzo. A partir de entonces comenzó a ser llamado por religiosas de varias Congregaciones en la ciudad de México para que les diera pláticas, retiros y ejercicios espirituales. Tal labor la desarrolló también en Chiapas. Una vez fue también a un pueblo de misiones, en Ecuador, donde trabaja un grupo de hermanas de la citada Congregación de la Sgda. Familia, a impartir sus conocimientos sobre la vida espiritual. Al menos en una ocasión, dio los ejercicios espirituales a presbíteros en el D.F.

Al mismo tiempo, se dio tiempo para instalar en su casa lo que llamó “entrenamientos”, no cursos, especie de talleres, “camino hacia la libertad y paz interior”. Se trataba de un estudio e intercambio durante una mañana, una vez al mes, durante 13 meses; les dejaba tarea, entre otras cosas, la de leer determinados libros. Así, fueron desfilando, durante años, grupos y grupos. Entre 1986 y 2001 formuló una síntesis de sus conocimientos y experiencias y, como resultado, escribió el libro PLENITUD DE VIVIR, que ha tenido varias ediciones. También aparece en Internet:semanarioguia. com.mx

En la misa de exequias, alguien comentó que la casa de Julio era una Betania, siempre abierta a la amistad y a la sabiduría.

Los Reyes. Benjamín González Oregel.

Puebleando. Los Reyes, Capital Mundial de la Zarzamora


Los Reyes de Salgado, Michoacán.–   Hoy, los habitantes de esta ciudad dicen y la tratan como la Capital Mundial de la Zarzamora. Y razones no les faltan para sostener tal aserto. El eterno verde de su valle, conocido también como el Valle Esmeralda, tal vez haya cambiado de tonalidad, como ha sucedido con la variedad de cultivos que casi han terminado con la tradicional siembra y explotación cañera.

Historia, entre dudas

La ciudad de Los Reyes fue fundada según cédula real el 12 de mayo de 1594. Con esta versión se trata de echar abajo la dicciones de que el origen de esta población se debió a la iniciativa fundacional de fray Juan de San Miguel que, en su eterno afán de repoblar los caseríos que los nativos habían construido y abandonado ante la llegada de los conquistadores, legaron estudiosos como don José Guadalupe Romero, Antonio García Cubas, el licenciado Mariano de Jesús Torres, fray Manuel R. Rojas y Eduardo Enrique Ríos en el sentido de que el franciscano, como una excepción, había fundado el pueblo de Los Reyes.

“Nada podría ser más grato que estar de acuerdo con estos investigadores, pero en ninguna fuente de información, ni tan siquiera en las de respetables cronistas franciscanos de la época, se menciona tal hecho y mucho menos se atribuye a ese hombre santo, a pesar de que se menciona específicamente su labor en lugares tan cercanos como San Juan, San Francisco Peribán y Tingüindín. La carencia de pruebas anula esa suposición.

“Tampoco debe olvidarse que Los Reyes no se fundó en San Gabriel, sino junto a él, y que mismo San Gabriel era uno de los núcleos de población que debió congregarse en Los Reyes”, indican los cronistas Vicente González Méndez y Héctor Ortiz Ybarra.

“Pedro de Llaca, en la obra Michoacán, a más de refutar la versión dada por los historiógrafos antes mencionados –continúan–, afirmó que en el lugar existía la tradición de que tres hermanos españoles, Mechor, Gaspar y Baltazar, establecieron en el sitio un paradero, pulpería o mesón, que la clientela, por apocopación llamaron el Paradero de Los Reyes, y que, al fundarse el pueblo, por extensión, se le aplicó el nombre. Se hizo partícipe de esta teoría el reyense por adopción don Luis Velázquez García, quien publicó un artículo en tal sentido en la revista Renovación. Sin embargo, el señor Velázquez fue lo suficientemente honesto para manifestar en la parte final de su exposición que, hasta ese momento, no se había encontrado documento alguno que permitiera asegurar quienes fueron los fundadores de la población”.

A confesión, …  relevo

Hay una tercera versión, firmada por el doctor Gonzalo Aguirre Beltrán en la que señala que “siendo San Gabriel un pequeño poblado, debido a la importación de esclavos negros traídos del Congo africano para trabajar en los trapiches e ingenios del Valle, importaciones efectuadas en 1595 y 1640, la necesidad de dar un lugar de radicación al contingente de raza negra, había dado origen al pueblo de Los Reyes, que posteriormente absorbió a San Gabriel”.

Sin embargo, advierten los escritores, con las pruebas documentales firmadas por Luis de Velasco en 1593 y 1594, “se ha demostrado que Los Reyes se fundó en este último año, y si el doctor Aguirre Beltrán funda su afirmación en las importaciones de negros, la primera de ellas efectuada en 1595, o sea un año después de la expedición del mandato virreinal de fundación, la incompatibilidad de fechas desvirtúa su tesis”.

Hoy en día, este municipio que limita al Norte con Tingüindín, al Este con Charapan y Uruapan, al Sur con Peribán y el Estado de Jalisco y al Oeste con Tocumbo, y que adquirió la categoría de cabecera del distrito poniente del estado de Michoacán, rezuma, como en aquellos tiempos, dulzura, merced a la fertilidad de sus tierras y, sobre todo, al empeño de sus moradores. No hay que olvidar que hasta el año de 1930, el ingenio de Santa Clara le pertenecía, aunque no era el único sitio en el que se procesaba la caña de azúcar. Es, además, un importante centro agroindustrial y enclave comercial de la región. Desde el reyense territorio, la parte noroccidental del Estado puede comunicarse con la Tierra Caliente, vía Buenavista, o por la ruta de Uruapan.

Aunque para que esto fuera posible, fue necesario el paso de mucha agua y

La llegada del tren

Agonizaba el siglo XIX, cuando el tren unía a La Piedad, Yurécuaro, Zamora, Chavinda y terminaba, como era obligado, en la Estación Moreno, en la hacienda Guaracha. La obra se había dado por terminada. La población era gobernada por don Sabás Valladares Rentería. Y éste, al saber que la vía no continuaría, se hizo acompañar de algunos terratenientes productores de azúcar del Valle, quienes además producían piloncillo, alcohol, para solicitar al gobernador don Aristeo Mercado sus influencias para que el gusano de hierro pudiese llegar hasta Los Reyes. El transporte de sus productos, en ferrocarril, era requerido para suplir el uso de bestias de carga. Don Sabás logró que el ramal se extendiera hasta donde lo requerían los cresos reyenses.

Ha trascendido que el primero de junio de 1902, mucha gente de Tingüidín, Tocumbo, Santa Clara y las rancherías circunvecinas, formó largas filas para ver la llegada del gusano de fierro.  En Los Reyes, largas hileras de curiosos, hacían lo propio. Los importantes del pueblo, elegantemente vestidos, esperaban  atestiguar el hecho.

“La voz corrió. El ferrocarril llegaba a Tingüindín. Un estremecimiento sacudió a la multitud. La orquesta de Los Reyes y las afamadas bandas de Zacán y Tzicuicho le dieron una calada a los trebejos de viento y una templada a los cuerdas”, cuentan las crónicas.

“El tren pasaba, entonces, por entre las casas de Santa Clara. Las miradas estaban prendidas en las 2 cintas de acero que a lo lejos parecían unirse”.

De pronto, la humareda, unos largos silbatazos y las nubes de vapor  en cada espasmo como de tos cubrían los árboles y matas  de los costados, y un ojo redondo y brillante.

“Las bandas y la orquesta atronaron  el aire con dianas y marchas marciales que, de vez en cuando, eran apagadas por los agudos silbatazos y el tañer de la campana.

“El monstruo de acero llegó y pareció exhalar el último suspiro, envolviendo en una blanca nube a quienes esperaban en el edificio de la estación”.

“Un simpático hombrón, vestido de mezclilla, con el gorro clásico del ferrocarrilero, saludó desde lo alto. El señor Hamilton, operador de la locomotora 123, cumplía su misión entre aplausos y vivas. Discursos: el progreso abría los brazos a Los Reyes; los reyenses abrían los brazos al progreso…  Como en todo lo bueno de la vida, el festejo acabó, o pareció acabar muy pronto. Cada quien a su casa…”

Se cuenta que don Vicente González Valladares se encontraba el Los Limones, hacienda que administraba, cuando uno de sus peones, quien había estado en la estación, llegó y le contó:

–A´ijo de, don Vicente. ¡Qué animalote! Está re-feo. Bufa como toro. Echa unos resoplidos recalientes. Nomás tiene un ojo… ¡Y caga lumbre!

Hijos ilustres

Para entonces, Los Reyes ostentaba el título de villa, y el apellido de Salgado. Esto, en memoria de José Trinidad Salgado Rentería, un patriota nacido en este lugar,  el 24 de julio de 1787, hijo de José Francisco Salgado y  Bárbara Rentería, quien murió al día siguiente del parto. Arriero en sus años mozos, trajinaba desde Peribán hasta  los pueblos del  sur de la Laguna de Chápala, a los 23 años de edad se unió al movimiento  insurgente a finales  de 1810. Obtuvo los  grados  de capitán, teniente y coronel  sucesivamente. Y combatió en la batalla del puente de Calderón, donde fueron derrotados  y dispersos los contingentes revolucionarios.

De regreso a Michoacán, encabezó a un grupo de “guerrilleros” para tratar de liberar a los pueblos del sur de Nueva Galicia. Dotado de un natural ingenio, formó pequeñas cuadrillas, que actuaban bajo el sistema de guerra de guerrillas, que no implicaba ningún conocimiento teórico sobre asuntos bélicos, con la ventaja de replegarse rápidamente y dispersarse, confundiéndose con cualquier campesino.

Amante de la lectura y tras la firma del pacto Trigarante, el 13 de agosto de 1825 Salgado es nombrado Vice-gobernador, mientras actuaba como diputado  en la legislatura. Desempeñó, además, el  papel de fundador, de la” Junta Patriótica de Valladolid”  con la finalidad  de exigirle al gobierno la expulsión de los españoles del territorio michoacano. Tras la renuncia de Castro, como sucesor natural, José Salgado ocupó la gubernatura del estado  el 8 de noviembre  de 1827. Fue el primer gobernador electo en el Estado. El 12 de septiembre  de 1828, Salgado decreta “Desde la celebridad del 16 del corriente, quedará suprimido el nombre de Valladolid para siempre sustituyéndolo por el nombre de Morelia, en honor al Benemérito de la Patria, ciudadano José María Morelos”.

Entre los preclaros hijos de Los Reyes hay que anotar los nombres de Clemente de Jesús Munguía, filósofo y arzobispo de Michoacán, Martín Barragán Carranza, Genaro y José María González García yel médico Ramón Macías Zepeda.

Desde hace décadas, en el territorio reyense se cultiva la zarzamora, gracias a las condiciones excepcionales condiciones de su clima y su suelo. Con más de 2 mil hectáreas de la frutilla, el cultivo y cuidado de las espinosas enredaderas  son fuente de empleo para muchos de los habitantes de la región. Los peones acuden desde lugares tan lejanos como Tarecuato, La Cantera, Los Ucuares, Tingüidín, y algunas comunidades próximas a Cotija.

La caña de azúcar, sin desaparecer totalmente, dada la cercanía del ingenio de Santa Clara, a pesar de que la tierra es  propia para su cultivo –desde hace más de cuatro siglos se ha hecho–, ha cedido el sitio de honor ante el auge de la fruticultura, que ha destacado en primer lugar con la zarzamora, arándano y frambuesa. También se producen el aguacate, el durazno, la fresa, el jitomate, la guayaba, el plátano, el durazno, la granada roja, el maíz, fresa, el arrayàn, el camichín, el pinzán, el limón y el frijol.

En el ramo ganadero, en el municipio hay ganados bovino, porcino, lanar, caballar y caprino.

Los Chorros del Varal

Ciudad, desde el 20 de junio de 1950 cuando se le otorgó dicha categoría,  muy activa, en Los Reyes se encuentran los productos y servicios de las ciudades medias. En lo comercial, los compradores suelen acudir a sitios como Uruapan y Zamora, cuando se hace necesario. Ellos, en cambio, proveen de muchos de los menesteres requeridos por quienes habitan en los pueblos vecinos: Peribán, Apo, Buenavista, Tocumbo,…

Sin duda alguna, las cascadas conocidas como Los Chorros del Varal, son el sitio más asediado y visitado en el municipio.

Vale la pena visitar Los Reyes, la Capital Mundial de la Zarzamora.

San José de Gracia. Benjamín González Oregel

Puebleando  San José de Gracia, donde sus habitantes han conservado el “Don y el Doña”

BENJAMÍN GONZÁLEZ OREGEL

Don Gregorio González Pulido, fundador de San José

San José de Gracia, Mich.–  Quizá los emprendedores espíritus de don Bernardo González Pulido y doña Herminia Cárdenas, “que se incorporaron a la construcción del pueblo de San José con buena fama, regular fortuna, juventud y deseo en él de consolidar el ‘don’ y en ella el ‘doña’, y no quedarse sólo con los apelativos de ‘cristiano’ y ‘cristiana’, ejerzan influencia entre  los moradores de esta ciudad. Los josefinos han consolidado el ‘Don’”.

Asegura el doctor don Luis González y González, en su magnífica obra, Pueblo en vilo,  que “vivir en el pueblo tenía sus recompensas de todo orden”, puesto que “a un pueblerino le era más fácil vender y comprar”.  Hoy en día, las condiciones en que viven los herederos de los fundadores de San José de Gracia, confirman tal aserto.

El doctor don Luis González y González

Porque si en el lejano año de 1885, los habitantes de la ranchería de El Llano de la Cruz sabían que el sitio en donde pensaron fundar el pueblo “no era el medio natural más adecuado, pero sí el medio humano más eficaz para realizar la idea”, también tuvieron la claridad  para escoger la ruta por la que había de transitar el devenir de las generaciones legatarias  de esa pléyade de hombres del campo que habitaba una de las tres rancherías que habían crecido en lo que fue parte de la hacienda de Cojumatlán, tras la disolución de ésta.

No por azar, quizá por los  naipes

Según nos heredó el fundador del Colegio de Michoacán en su magistral obra, los habitantes de la ranchería, la más poblada del trío de asentamientos humanos que se ubicaba  en lo que fue parte de la hacienda Ojo de Rana, El Sabino y El Llano, acicateados por las decisiones que habían adoptado los que ocupaban y  vivían El Valle, (La) Manzanilla y Concepción de Buenos Aires –todos en Jalisco–, que acababan de formar sus propios pueblos, decidieron  no quedarse atrás. A pesar del enojo de los ricos, quienes ya habían convencido a los habitantes de los primeros ranchos de que abandonaran la idea.

Seguramente, quienes se oponían eran algunos de los compradores originales –quizá no faltaban los retoños de los que habían hecho el viaje sin retorno durante los 22, 23 años que prosiguieron a la venta de los terrenos de una porción del latifundio de Guaracha–. De aquellos hombres que habían ahorrado y podido tratar y pagar a don Tirso Arregui, allá por los años de 1861 y 1862, una, o varias, de las “cincuenta y tantas porciones de desigual tamaño” y que alcanzaban la nada despreciable suma de “casi cincuenta mil hectáreas en las que se criaba “bien el ganado vacuno, de lana, caballar y de cerda”, donde algunas tierras “producían maíz, frijol, y otras, magueyes” y en donde los habitantes podían “pescar en el gran lago de Chapala”.

Todo lo anterior fue llevado a cabo por órdenes de la hija mayor y heredera de don Diego Moreno, Doña Antonia Moreno de Depeyre, quien había acudido, en la ciudad de México, ante el notario público don Ramón de la Cueva. Oficina en la que quedó asentado que  doña  “Antonia, en su propio nombre y en el de sus hermanos, plenamente facultada, concedió a don Tirso Arregui, honorable ciudadano de Sahuayo, un poder bastante para que obtuviese la devolución de la hacienda de Cojumatlán, de su arrendatario José Dolores Acuña, y “recogida procediera a su venta en fracciones”. Ha trascendido que una de las causas que forzaron a la señora Moreno Depeyre a deshacerse de la parte en cuestión, la fracción poniente del monstruo, fue su desmedida afición a las cartas, a los naipes (Pueblo en vilo, p. 17).

A pesar de las restricciones

Hoy,  124 marzos más tarde –la fundación y bautismo del núcleo urbano se verificaron  el 19 de marzo de 1888–,  el ambiente en que crece y luce la mancha urbana se ve muy  mejorado.  Las columpiantes calles surcan y enlazan  las breves colinas sobre las que se asienta la población. El tiempo y los esfuerzos de los josefinos rinden frutos en abundancia.

Aquí, en términos generales,  se vive bien. Aunque es algo curioso, porque ha bajado muchísimo el empleo. Pero en cuestión de la economía, no se ve que la gente resienta, que sufra con las  fuertes limitaciones.  Se cuenta con lo necesario para vivir bien. Sin duda, debe haber gente con ciertos problemas, pero no se ha llegado al punto de la extrema pobreza. Por otra parte, en un sector fuerte de la población se observa un nivel de vida sobrada. No se nota que haya porciones poblacionales que carezcan de lo más necesario, que vivan  limitados, como en otras regiones donde hay pobreza extrema.

A pesar de las restricciones económicas con que se maneja el actual ayuntamiento, “porque del gobierno del Estado prácticamente no hemos recibido nada. Logramos bajar algunos programas, del ramo Federal: allí está la Unidad Deportiva para la que se lograron recursos y a la que se le dio una buena renovación. Pero todo el apoyo fue del gobierno Federal”, confía el maestro Sergio Mora Salcido, miembro del actual cabildo.

Migrantes, si la montaña no viene

La costumbre de viajar,  de los que habitaban El Llano de la Cruz, y de los herederos de éstos, data de los años que precedieron a la fundación de San José, según relató el historiador: “Cuando algunos fuereños dejaron de venir por los productos de esta región, don Gregorio (González Pulido) inició sus largos viajes a la capital a donde llevaba queso, puercos y lo que se ofrecía” (p. 43). En otro apartado, en el Esbozo biográfico de un cura de pueblo, el académico  remató esta característica, cuando recordó que el mismo don Gregorio, no solamente acudía mensualmente a la Capital. Sus viajes se extendían hasta las costas del Golfo, Veracruz y Tabasco, sitios en los que adquiría materias primas para el desarrollo de las labores cotidianas de los llaneros, más tarde josefinos. Si la montaña no viene a ti, hay que ir hacia ella.

A principios de la centuria pasada, don Gregorio González Púlido cada mes iba a la Capital, a llevar el queso que aquí consumía el 80 por ciento de la producción lechera. Pero no era, el queso, ni ha sido, el único producto salido del lácteo vacuno.  En menor escala el blanco líquido se convertía en jocoque, requesón, mantequilla batida y agria y quesillo. “El queso era transportado a lomo de mula a Tizapán; de allí iba por canoa a Ocotlán, donde el tren lo transportaba hasta México” (p.64, Pueblo en vilo).

Además, también esta población ha sufrido la sangría migratoria.  Podemos ubicar  grandes grupos de josefinos que radican en Guadalajara y la Ciudad de México; como también los hay en los Estados Unidos. Lo mismo que pasa en otros lados, aquí también sucede:  los que han tenido que salir del lugar que los vio nacer, cada que pueden  regresan a disfrutar de las fiestas de San José y las festividades guadalupanas, principalmente. Aunque, los retornos se han visto mermados de unos años a la fecha. Porque, si antes acudían durante la Fiesta, ahora distribuyen sus visitas durante el año.

Río de la Pasión

Por ejemplo, este tiempo, el decembrino, era una época en la que acudía bastante gente. Hoy en día, no  vemos –y se siente–  la misma presencia de emigrados y emigrantes. Hoy vienen, si es que pueden, unos  en marzo, otros  en Semana Santa y no han de faltar los que lo hagan en julio y agosto. Hay rumores, entre los que aquí habitan, que mucha gente ya no quiere venir en estos periodos vacacionales, porque espera que los hijos estén de vacaciones escolares. Un papel nada despreciable lo marcan los distintos calendarios educativos. No descartan que en la escasez de visitantes, el aspecto económico, también juegue un importante rol.

La leche, la industria, buena y cabal salud

La economía de los primeros habitantes de El Llano de la Cruz  giraba sobre  la crianza de ganado, primordialmente vacuno. “En el año de la venida del señor obispo se dio el caso de que en diciembre cayeran fuertes aguaceros” y todo el año de 1867 fue muy llovedor. Las mil quinientas vacas en ordeña engordaron y dieron en cada uno de esos años alrededor de 250 mil litros de leche, un poco más de un litro por vaca de ordeña. El precio de los vacunos se trepó hasta las nubes. Don José Guadalupe González vendió una partida de vaquillas a 13 pesos cada una. Entre todas las rancherías de lo que sería jurisdicción de San José se fabricaban mil grandes quesos anualmente” (Pueblo en vilo, p. 23).

La industria lechera josefina goza de buena y cabal salud, tiene mucha presencia en los mercados nacionales. Hay empresas que han crecido muchísimo. Siguen con vida los talleres domésticos, aunque han visto disminuir su número. Esto es malo, porque se los han comido las empresas grandes. Sin embargo, sabedores, los josefinos,  por fortuna, que es allí donde se ha conservado la calidad de los productos lácteos, los mantienen en servicio. Las empresas grandes han seguido la tendencia a la producción industrial-comercial. De éstas, de las industrias grandes, podríamos hablar de entre 8 a 10. En ellas, unos 300 ó 400 vecinos encuentran sustento diario.

La ganadería es la actividad primordial entre los habitantes del municipio y cabecera. Es la actividad por excelencia, todavía. Sí hay ganaderos que han vendido sus hatos originales; pero lo han hecho con la finalidad de mejorarlos. Porque es palpable que ahora,  los hijos de aquellos  ganaderos mayores ven con una perspectiva diferente el negocio ganadero. Tienden a mejorar, a escudriñar alternativas para optimizar la producción lechera. Buscan, además, perfeccionar la atención de los vacunos, en cuanto al aspecto de la atención alimenticia del ganado. Lo bueno, en las vacas, entra por el hocico, dice un viejo dicho  ranchero.

Además, desde aquellos primeros días, entre los miembros de esta comunidad, la confección y conservación de frutas como la guayaba, el durazno, la pera, el membrillo, en almíbar, ha sido otra manera y costumbre de emplearse  y modo de vida para los moradores del municipio. Estos manjares se encuentran en buna parte de los comercios de la región y el país. Aunque buena parte de las materias básicas,  las frutas, los compren en lugares tan distantes como Aguascalientes, o tan cercanos como la vecina Mazamitla.

Un apoyo, el CBTA

Complementariamente, en esta ciudad, desde hace años, existe un plantel educativo muy ligado a las necesidades propias del  municipio y región.  Se conoce como el CBTA (Centro de Bachillerato Tecnológico Agropecuario). En sus aulas se enseñan las ramas agrícola y ganadera, que fueron los motivos de su creación. Ahora, además, se ofrece la oportunidad de estudiar matemáticas y física, por lo que sus egresados pueden obtener los títulos en estas materias. A más de que quien así lo prefiera, puede aprender la conservación e industrialización de alimentos; la industrialización de productos agropecuarios.

Los egresados de este centro, son aprovechados por empresas instaladas en la cabecera y en comunidades como el Ojo de Rana –que se ha desarrollado, ha crecido mucho, aseguran los josefinos–  y San Miguel.

La agricultura es un sector muy desprotegido, lo afirma un funcionario público. Como bien lo expresó el doctor en historia, “el cultivo del maíz y el frijol nunca fue negocio. El suelo de la meseta no es a propósito para vegetales de este tipo”.  No hay agricultura, como forma de hacer fortuna en el municipio, asegura el regidor. Lo poco que se siembra tiene como fin ser convertido en alimento forrajero para el ganado. Generalmente lo ensilan, para aprovechar al máximo el producto de la tierra.

Don Luis González, no aparece

Se sorprenden, mis interlocutores,  cuando les advierto que en la información oficial del municipio, la que se encuentra en La Red, no aparece el nombre del que ha sido, indudablemente, el más grande de sus hijos: don Luis González y González. Como tampoco se hallan los de monseñor Rogelio Sánchez, ni los de los famosos médicos: Rosendo y Antonio Oseguera. Los habitantes del lugar, al escucharlos, reconocen que se trató y trata de gente, que ha sido reconocida públicamente, por el lustre que han dado al nombre de San José. A todos, cuentan, se les han organizado reconocimientos públicos. Todos han sido reconocidos como hijos ilustres y predilectos de la comunidad, en actos abiertos, en asambleas ciudadanas, por los trabajos que han realizado en beneficio de comunidades y ciudadanía.

La Tirolesa, tan de moda

Por esos viajes de la Red, encontré que, hace años, en Xalapa, Veracruz, durante una velada literaria el personaje principal de la noche. En una nota firmada por Concepción Moreno, y publicada en El Economista, se cuenta que el personaje central de la mesa “no fue uno sacado de los libros de Le Clézio. Fue otro: un estimado, reverenciado, don Luis. Don Luis, que les enseñó a los dos francesitos –Le Clézio y Jean Meyer–  sobre este país. Don Luis, de quien ambos hablaron como quien habla de un padre.

“Don Luis, que se atrevió a desafiar a la academia y a contar la historia a su modo, al modo de las personas de a pie, de la vida de la gente en un pueblito que casi no aparece en el mapa pero que en sí mismo guarda toda la historia de una nación. Don Luis no es otro que el historiador Luis González y González, maestro de Meyer y de Le Clézio, un hombre que tuvo con ellos gestos generosísimos, los acogió en su casa, los hizo de algún modo sus ahijados intelectuales.

“Jean Meyer nos contó cómo en su pequeño pueblo natal de San José de Gracia, Michoacán, Luis González y González se tomó un año sabático para reconstruir, gracias a largas pláticas con la gente del pueblo, la historia de esa tierra. Y cada vez que acababa de escribir un capítulo iba y lo leía en la plaza principal.

“Y la gente le corregía, le cambiaba palabras, le decían ‘No, Luisito, eso no pasó así’”, contó Meyer (quien, por cierto, es un gran conversador, de esos que hacen voces y tienen buen timing cómico).

“Al final Luis González y González escribió un libro en la lengua autóctona de San José de Gracia, Pueblo en vilo, que hizo que la academia se rasgara las vestiduras pero que descubrió lo que a esa academia altanera se le estaba escapando: la microhistoria”.

Al hablar del doctor en historia, por acuerdo de  los miembros del actual Cabildo, se ha tomado la determinación de no celebrar, por respeto, el día en que don Luis partió. “Se va a festejar el aniversario de su nacimiento”.

El padre Federico González

Un lugar muy especial, en el ánimo de los vecinos lo ocupa el padre Federico González Cárdenas, debido a su dedicación en beneficio de sus coterráneos. Nacido en El Llano de la Cruz, estudió en el seminario de Zamora. Luego de una larga estadía en Tingüindín, estaba de regreso a su pueblo, cuando se le ocurrió a la bestia llamada Inés Chávez García y sus animaladas fieras, visitar el caserío. Se cuenta que, gracias a la intervención del “valiente padre”, el chacal no atropelló, al pueblo y sus gentes, con la voracidad  y bestialidades que le han sido reconocidas. Por otra parte, se sabe que, en 1925, de acuerdo con la propietaria de las tierras de El Sabino, ante la amenaza de ser repartidas entre los solicitantes, organizó la venta de 218 porciones de tierra, entre otros tantos compradores. Además de dar vida a la ACJM, logró formar un breve ejército en contra de “los torturadores de curas”. Y a pesar de que se trató de 3 acciones antirrevolucionarias, hoy, el pueblo, considera que tales actos son dignos de recuerdo.

Y si cuando el general Lázaro Cárdenas gobernaba el Estado, hacia el año de 1930, le pidió que no se parara en el pueblo ni en ningún otro sitio de Michoacán, una vez en La Silla,  jiquilpenese y josefino juntaron ideales y esfuerzos y lograron beneficios para los descendientes de los primeros pobladores. La carretera Jiquilpan.Manzanillo, pasa por esta ciudad, gracias a esta conjunción.

Pero también hay espacios para: don Gregorio González Pulido, fundador del pueblo; el Padre Othón Sánchez, sacerdote sumamente activo, quien además de llevar bien su ministerio se dedicó a enseñar a la gente a vivir bien en cuanto a higiene, salud, sin olvidar el campo de la moral.  Se afirma que don Anatolio Partida Pulido participó activamente en la Revolución  Cristera y en la defensa del pueblo, cuando fue tomado por el bandolero Inés Chávez García.   A don Apolinar Partida Arias se le considera uno de los héroes mártires de la defensa.

En lo político, entre los josefinos que han logrado levantar el vuelo, se recuerdan los nombres del ingeniero Abraham González Negrete, quien además de presidente municipal, fue legislador local, y director de Ganadería y Pesca del Estado. Así como el del también ingeniero Luis Mejía Guzmán. Este alcanzó la subsecretaría de Desarrollo Social y Humano, luego de haberse desempeñado como delegado de la misma dependencia en Michoacán, tras haber ocupado  una curul local.

Festividades, rumbosas  

Las principales festividades de la ciudad son las del mes de marzo. El cénit de las fiestas ocurre el día 19. Se trata de fiestas por todo lo alto, con presencia de grandes artistas y reconocidos grupos folclóricos. Los ha habido con fama internacional. Habitantes de la región se dan cita en la plaza, o en los otros espacios propios para los que fueron creados. Se dio, desde tiempos del padre Federico, cada 19 de marzo, una corrida de toros. Pero una tarde marceña –con los diestros Alfredo Lomelí y Alfredo Ríos, El Conde, con sus cuadrillas listas y a las puertas de cuadrillas–,  sin decir agua va, terminó esta tradición. Lo sustituyeron con tardeadas con música de banda, de esa ahora conocida como grupera.

Comidas, platillos

San José de Gracia se localiza al noroeste del Estado. Limita al norte con  Cojumatlán de Regules, al este con Jiquilpan, y al Sur y oeste con el Estado de Jalisco. Uno de los platillos favoritos de los josefinos, es El Bote. Un caldo de verduras, carnes de puerco, res y pollo, pero cocido con pulque o cerveza. Toma su nombre porque, inicialmente, la cocción se hacía en un bote alcoholero, de lámina. Se servía en las temporadas de cosechas y en algunas festividades familiares. Se puede, si la suerte le acompaña, paladear el Menguiche, cuyo ingrediente principal es la mantequilla agria. En la ciudad, desde que existen las carnicerías, se pueden degustar las clásicas carnitas, sobre todo en los cazos. Esto suele aparecer  cada mañana, allá por el rumbo de la Capilla, por la salida camino al sur.

Turismo y comercio

Pero si la tierra  y la topografía no han permitido el crecimiento de la actividad  básica del hombre, sí ofrecen, y los vecinos las  toman, las facilidades y condiciones para el fomento del turismo. Desde hace años, el municipio cuenta con un balneario, el Agua Caliente, abierto a todo público. San José, en lo turístico, se beneficia de los tapatíos que acuden, los fines de semana, desde la zona metropolitana de Guadalajara.

Por tradición, desde los tiempos primeros de la comunidad, los josefinos hacen sus compras en Sahuayo, principalmente; aunque no les resulta incómodo hacerlo en Jiquilpan o Zamora. Sin embargo, las grandes transacciones se verifican en las ciudades de Guadalajara, Monterrey y el Distrito Federal.

Cuando uno visita esta fresca y alegre población, es recomendable, si se quiere, acudir y disfrutar de las acariciantes aguas del balneario Agua Caliente, que es el lugar de recreo  municipal. Si se quiere y busca algo distinto, hay que acudir al balneario del Río de la Pasión, que es de particulares. Este grupo  espera, en un tiempo nada lejano, abrir al público el parque Ecoturismo Rio de la Pasión.  El fin es la promoción y el desarrollo económico, turístico, ecológico, cultural  del área en que construye.

Se construyen las cabañas en los que podrán  habitar quienes así lo decidan, previo pago de una renta. Además de que los huéspedes podrán disfrutar  del senderismo, o la tirolesa –tan de moda como está–.  Aunque también se podrá acampar en el parque. Habrá servicio de restaurante. Sin embargo, lo primordial, será, a través de una variedad de actividades, recuperar espacios para conservar y disfrutar la belleza natural de la barranca de Las  Yeguas, donde se encuentra la cuna, el arrullo y la esperanza del Rio de la Pasión, afirma José María González, un eficaz y diligente empleado municipal.

Entre los sitios interesantes, se cuenta con el centro de la ciudad. Las vistas que ofrecen las casas viejas, como ellos las llaman, aquellas que construyeron los coetáneos de don Gregorio González y toda aquella pléyade de visionarios,  con sus altos tejados a dos aguas, nos ayudarán a comprender mejor la idea que movió a los fundadores del pueblo. Por si no bastara, en la casa de don Luis González y González, abre sus puertas una biblioteca, al público que guste visitarla.

Los josefinos están dispuestos a recibir, con los brazos abiertos, a quienes decidan visitarlos. Tendrían la oportunidad de conocer lo que es la industrialización de la leche y, sobre todo, la producción del yogurt, que ha tomado un gran auge. “Las ventas se han incrementado mucho”.

Hoy, desgraciadamente, como acontecía entre los años 14 y 20 del siglo pasado, los habitantes de San José padecen con las zozobras, quemazones, robos y asesinatos. Y es que una ciudad pujante será, siempre, un atractivo difícil de rechazar para los malvivientes.