La renovación de la Iglesia es tarea de todos. José Ma. Castillo

(Tomado de ATRIO.

http://www.atrio.org   )

La renovación de la iglesia es tarea de todos

José Mª Castillo, 31-Marzo-2013

CastilloEl papa Francisco, por las cosas que ha dicho desde el día que fue elegido y, más aún, por su llamativa forma humilde y sencilla de presentarse en público (ya desde que era arzobispo de Buenos Aires), ha despertado tales expectativas de renovación en la Iglesia, que, con razón, se ha visto en él una evocación de Juan XXIII. El reciente libro de José Manuel Vidal y Jesús Bastante dejan muy claro este aspecto del nuevo papa. Por no hablar de los interminables comentarios, en el mismo sentido, que los medios difunden a diario y que, en cantidades asombrosas, circulan por la red. Es evidente que son muchos los católicos que ven la renovación de la Iglesia, no sólo como una posibilidad, sino incluso como una probabilidad cercana.

Nadie va a poner en duda que esta posible (incluso probable) renovación de la Iglesia es una esperanza excelente, que se debe fomentar en todo cuanto esté a nuestro alcance. Pero, ¡atención!, que esta esperanza de renovación está erizada de amenazas y peligros, que no son ninguna tontería. Ni son, desde luego, problemas imaginarios.

Para empezar, lo más importante de todo es que la renovación de la Iglesia no depende sólo del papa. Por más genial que sea este hombre, por más evangélicamente que viva y por más original y firme que sea en la toma de sus decisiones, la Iglesia es tan enorme, tan compleja y, en no pocos e importantes asuntos, una institución tan complicada, que un solo hombre no puede (ni podrá) renovar la Iglesia como la Iglesia necesita ser renovada, en este momento y tal como están las cosas.

No nos hagamos, pues, falsas ilusiones. La renovación de la Iglesia depende, por supuesto y en medida destacada, de lo que diga y haga el papa. Como depende también lógicamente de la Curia Vaticana. Pero, si es que hablamos en serio de renovación de la Iglesia, no olvidemos nunca que la Iglesia somos todos. Y, por tanto, de todos depende la tan esperada y ansiada renovación.

Al decir esto, no soy tan ingenuo como para estar imaginando que los más de mil millones de creyentes, que formamos parte de la Iglesia, vamos a cambiar de la noche a la mañana. Y así “tendremos servida” la deseada renovación. Es seguro que, si el papa cambia – en su estilo de vida y en sus enseñanzas – la Iglesia cambia y se renueva. Pero, tan seguro como eso, es que, si lo que los católicos esperamos del papa es que diga y haga lo que a cada uno nos conviene o nos interesa, en ese caso el poder renovador del papa quedará limitado, en no pocos asuntos. Y en cosas muy importantes, nosotros seremos los primeros en anular los mejores intentos del nuevo papa.

Hablemos claro y concreto. Si, por ejemplo, los teólogos que hemos sido censurados o incluso apartados de nuestros cargos de enseñanza en seminarios o centros superiores de estudios eclesiásticos, lo que esperamos y queremos del nuevo papa es que nos restituya, en la “¡dignidad perdida!”, mal servicio le haremos a la Iglesia.

En la Iglesia llevamos décadas en las que ha sido difícil la convivencia. Nos hemos dividido, nos hemos enfrentado, nos hemos hecho daño unos a otros. Con frecuencia, los que hemos tenido algo de poder (aunque haya sido poco, como creo que es mi caso), seguramente hemos dicho o hecho cosas que han causado sufrimiento y han humillado a otras personas. Si ahora yo espero una renovación de la Iglesia, que consistiría en que el papa me dé a mí la razón y se la quite a los que no piensan como yo, con semejante esperanza no busco, desde luego, la renovación de la Iglesia. Lo que buscaría, en ese supuesto, sería mi propia promoción, mi triunfo sobre los demás. Con lo cual, lo que haría es el más repugnante servicio que se le puede hacer a la causa de Jesús y su Evangelio. Y eso es el peor servicio que se le puede hacer a la Iglesia.

Como es lógico, lo que estoy diciendo debería ser aplicado, con libertad, audacia y transparencia, lo mismo a los grupos progresistas que a los conservadores. Lo mismo a los que quieren más “observancia” que a los que luchan para que en la Iglesia haya más “libertad”. En unos y en otros, creo yo, es el respeto, la tolerancia y la bondad los comportamientos que harán posible una Iglesia que se vaya capacitando para bajar, descender, acercarse a los millones de criaturas que no pretenden estar por encima de nadie, sino sencillamente vivir en paz, con honradez, con apertura mental ante las ideas o proyectos de los otros y, sobre todo, una Iglesia cercana a los últimos, identificada con los que menos tienen, acogedora siempre y con todos, tengan las ideas que tengan y crean en las creencias que cada cual ha podido asumir en su vida. Casa día que pasa, veo esto más claro. Todos sabemos que, en los dos últimos papados, anteriores a Francisco, los grupos más conservadores, precisamente porque la mayoría de los obispos era con esos grupos con los que contaban de manera incondicional, tales grupos han gozados de la cercanía de Roma, de muchos e importantes cargos de la Curia y, por supuesto, del favor de tantos y tantos obispos. Al tiempo que otros grupos – pienso en las comunidades y teólogos afines a la Teología de la Liberación – se han sentido olvidados o, al menos, marginados. Pues bien, si ahora lo que esperamos del nuevo papa es que, en unos casos se mantengan los privilegios o, en otros, se organicen revanchas, más o menos disimuladas, lo que haremos es que, en lugar de colaborar activamente en la renovación de la Iglesia, nos dedicaremos a la indeseable tarea de poner palos en las ruedas del carro de esta Iglesia a la que decimos que amamos, pero a la que en realidad hemos amado mientras ella nos ha mantenido en el candelero.

El fondo del problema está en que la “lógica de la renovación” de la Iglesia no es la “lógica de la razón”, sino la “lógica del Evangelio”, que es paradójicamente la “lógica del caos”. El “desorden” que Jesús provocó con su conducta, con sus conflictos frente al Templo y los dirigentes religiosos de su tiempo. La conducta evangélica que se tradujo en el “miedo a la bondad” y el “miedo a la ternura” que el papa Francisco les dijo a los Jefes de Estado (en la misa de su nombramiento oficial) que tenían que superar.

Por supuesto, que sólo con bondad no se gobierna ni se arreglan las cosas. A veces, hay que tomar decisiones dolorosas. Pero que las tome quien las tiene que tomar. Si cada cual pretende “tomarse la justicia por su mano” y que el papa le dé la razón a él, a sus ideas y a sus intereses, entre todos haremos fracasar a este papa y a todos los “franciscos” que se nos interpongan en el torpe y desorientado camino de nuestros fanatismos. El camino que muchos hemos llevado, incluso con estúpido orgullo, hasta este momento.

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PERSPECTIVE 001 – EDWIN DELAROSA

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Papa Francisco. Homilía en la Misa Crismal

SANTA MISA CRISMAL

HOMILÍA DEL SANTO PADRE FRANCISCO

Basílica Vaticana
Jueves Santo 28 de marzo de 2013

 

Queridos hermanos y hermanas

Celebro con alegría la primera Misa Crismal como Obispo de Roma. Os saludo a todos con afecto, especialmente a vosotros, queridos sacerdotes, que hoy recordáis, como yo, el día de la ordenación.

Las Lecturas, también el Salmo, nos hablan de los «Ungidos»: el siervo de Yahvé de Isaías, David y Jesús, nuestro Señor. Los tres tienen en común que la unción que reciben es para ungir al pueblo fiel de Dios al que sirven; su unción es para los pobres, para los cautivos, para los oprimidos… Una imagen muy bella de este «ser para» del santo crisma es la del Salmo 133: «Es como óleo perfumado sobre la cabeza, que se derrama sobre la barba, la barba de Aarón, hasta la franja de su ornamento» (v. 2). La imagen del óleo que se derrama, que desciende por la barba de Aarón hasta la orla de sus vestidos sagrados, es imagen de la unción sacerdotal que, a través del ungido, llega hasta los confines del universo representado mediante las vestiduras.

La vestimenta sagrada del sumo sacerdote es rica en simbolismos; uno de ellos, es el de los nombres de los hijos de Israel grabados sobre las piedras de ónix que adornaban las hombreras del efod, del que proviene nuestra casulla actual, seis sobre la piedra del hombro derecho y seis sobre la del hombro izquierdo (cf. Ex 28,6-14). También en el pectoral estaban grabados los nombres de las doce tribus de Israel (cf. Ex 28,21). Esto significa que el sacerdote celebra cargando sobre sus hombros al pueblo que se le ha confiado y llevando sus nombres grabados en el corazón. Al revestirnos con nuestra humilde casulla, puede hacernos bien sentir sobre los hombros y en el corazón el peso y el rostro de nuestro pueblo fiel, de nuestros santos y de nuestros mártires, que en este tiempo son tantos.

De la belleza de lo litúrgico, que no es puro adorno y gusto por los trapos, sino presencia de la gloria de nuestro Dios resplandeciente en su pueblo vivo y consolado, pasamos ahora a fijarnos en la acción. El óleo precioso que unge la cabeza de Aarón no se queda perfumando su persona sino que se derrama y alcanza «las periferias». El Señor lo dirá claramente: su unción es para los pobres, para los cautivos, para los enfermos, para los que están tristes y solos. La unción, queridos hermanos, no es para perfumarnos a nosotros mismos, ni mucho menos para que la guardemos en un frasco, ya que se pondría rancio el aceite… y amargo el corazón.

Al buen sacerdote se lo reconoce por cómo anda ungido su pueblo; esta es una prueba clara. Cuando la gente nuestra anda ungida con óleo de alegría se le nota: por ejemplo, cuando sale de la misa con cara de haber recibido una buena noticia. Nuestra gente agradece el evangelio predicado con unción, agradece cuando el evangelio que predicamos llega a su vida cotidiana, cuando baja como el óleo de Aarón hasta los bordes de la realidad, cuando ilumina las situaciones límites, «las periferias» donde el pueblo fiel está más expuesto a la invasión de los que quieren saquear su fe. Nos lo agradece porque siente que hemos rezado con las cosas de su vida cotidiana, con sus penas y alegrías, con sus angustias y sus esperanzas. Y cuando siente que el perfume del Ungido, de Cristo, llega a través nuestro, se anima a confiarnos todo lo que quieren que le llegue al Señor: «Rece por mí, padre, que tengo este problema…». «Bendígame, padre», y «rece por mí» son la señal de que la unción llegó a la orla del manto, porque vuelve convertida en súplica, súplica del Pueblo de Dios. Cuando estamos en esta relación con Dios y con su Pueblo, y la gracia pasa a través de nosotros, somos sacerdotes, mediadores entre Dios y los hombres. Lo que quiero señalar es que siempre tenemos que reavivar la gracia e intuir en toda petición, a veces inoportunas, a veces puramente materiales, incluso banales – pero lo son sólo en apariencia – el deseo de nuestra gente de ser ungidos con el óleo perfumado, porque sabe que lo tenemos. Intuir y sentir como sintió el Señor la angustia esperanzada de la hemorroisa cuando tocó el borde de su manto. Ese momento de Jesús, metido en medio de la gente que lo rodeaba por todos lados, encarna toda la belleza de Aarón revestido sacerdotalmente y con el óleo que desciende sobre sus vestidos. Es una belleza oculta que resplandece sólo para los ojos llenos de fe de la mujer que padecía derrames de sangre. Los mismos discípulos – futuros sacerdotes – todavía no son capaces de ver, no comprenden: en la «periferia existencial» sólo ven la superficialidad de la multitud que aprieta por todos lados hasta sofocarlo (cf. Lc 8,42). El Señor en cambio siente la fuerza de la unción divina en los bordes de su manto.

Así hay que salir a experimentar nuestra unción, su poder y su eficacia redentora: en las «periferias» donde hay sufrimiento, hay sangre derramada, ceguera que desea ver, donde hay cautivos de tantos malos patrones. No es precisamente en autoexperiencias ni en introspecciones reiteradas que vamos a encontrar al Señor: los cursos de autoayuda en la vida pueden ser útiles, pero vivir nuestra vida sacerdotal pasando de un curso a otro, de método en método, lleva a hacernos pelagianos, a minimizar el poder de la gracia que se activa y crece en la medida en que salimos con fe a darnos y a dar el Evangelio a los demás; a dar la poca unción que tengamos a los que no tienen nada de nada.

El sacerdote que sale poco de sí, que unge poco – no digo «nada» porque, gracias a Dios, la gente nos roba la unción – se pierde lo mejor de nuestro pueblo, eso que es capaz de activar lo más hondo de su corazón presbiteral. El que no sale de sí, en vez de mediador, se va convirtiendo poco a poco en intermediario, en gestor. Todos conocemos la diferencia: el intermediario y el gestor «ya tienen su paga», y puesto que no ponen en juego la propia piel ni el corazón, tampoco reciben un agradecimiento afectuoso que nace del corazón. De aquí proviene precisamente la insatisfacción de algunos, que terminan tristes, sacerdotes tristes, y convertidos en una especie de coleccionistas de antigüedades o bien de novedades, en vez de ser pastores con «olor a oveja» – esto os pido: sed pastores con «olor a oveja», que eso se note –; en vez de ser pastores en medio al propio rebaño, y pescadores de hombres. Es verdad que la así llamada crisis de identidad sacerdotal nos amenaza a todos y se suma a una crisis de civilización; pero si sabemos barrenar su ola, podremos meternos mar adentro en nombre del Señor y echar las redes. Es bueno que la realidad misma nos lleve a ir allí donde lo que somos por gracia se muestra claramente como pura gracia, en ese mar del mundo actual donde sólo vale la unción – y no la función – y resultan fecundas las redes echadas únicamente en el nombre de Aquél de quien nos hemos fiado: Jesús.

Queridos fieles, acompañad a vuestros sacerdotes con el afecto y la oración, para que sean siempre Pastores según el corazón de Dios.

Queridos sacerdotes, que Dios Padre renueve en nosotros el Espíritu de Santidad con que hemos sido ungidos, que lo renueve en nuestro corazón de tal manera que la unción llegue a todos, también a las «periferias», allí donde nuestro pueblo fiel más lo espera y valora. Que nuestra gente nos sienta discípulos del Señor, sienta que estamos revestidos con sus nombres, que no buscamos otra identidad; y pueda recibir a través de nuestras palabras y obras ese óleo de alegría que les vino a traer Jesús, el Ungido.

Amén.

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