Cotija. Benjamín González Oregel

Puebleando. Cotija, “donde la garganta está más ensanchada”

BENJAMÍN GONZÁLEZ OREGEL

Ha sido tierra de trotamundos y emigrantes

(Primera  parte)

Cotija de la Paz, Mich., —  Hay quien asegura que esta Cotija de la Paz  –que es ciudad tras una visita que realizó, el 23 de abril de 1896, el gobernador del Estado, Aristeo Mercado,  quien  decretó que a partir del 5 de mayo de ese año se le otorgara el título de ciudad, con  el apellido de la Paz–, ha pasado de ser “tierra de arrieros”, a “tierra de emigrantes”, comprobada la fama de “trotamundos” –como la definió el presbítero don José Romero Vargas–,  que con creces han ganado sus hijos, a lo largo de su historia.

Se afirma que el nombre Cotija se originó en el término chichimeca –sin poder comprobar que hayan existido y habitado en esta parte de Michoacán miembros de esta tribu–, cutixani, que quiere decir “lugar donde la garganta está más ensanchada”. Ignoro, como la mayoría de los que aquí habitan, si en el concepto tuvieron que ver las condiciones orográficas del valle, si éste es visto desde lo alto. Si se accede desde la comunidad de San Francisco, por ejemplo, se percibe la intención de que los primeros pobladores de lo que hoy es una próspera población, era la de protegerla, de esconderla; como si hubiesen pretendido conservarla para ellos solos.

De tendajón en tendajón

Con el paso de los años y el natural crecimiento de la comunidad, la palpable escasez  de terrenos fértiles en la cantidad  requerida, forzó a sus habitantes a ganarse la vida por esos pueblos y caminos de Dios. Se cuenta que los cotijenses recorrían comunidades, pueblos y ciudades del Estado y el país. Lo hacían de tendajón en tendajón y hasta de puerta en puerta, con tal de ofrecer sus mercancías. Llevaban, naturalmente,  los productos lácteos –quesos principalmente–, dada la demanda que tenían entre los habitantes de otras comunidades, en viajes tan intermitentes como los eventuales; que eventuales  clientes sugerían y trazaban. Además, recibían encargos y comisiones de parte de quienes requerían de sus servicios.  Esto los obligó a, mediante el cobro por los servicios que prestaban, actuar como mensajeros. Hicieron las veces de carteros. Hoy no son pocos los aquí nacidos que han emigrado, y emigran, a otras ciudades y al extranjero, a ganarse el pan de cada día.

Breve reseña histórica   

Ahora sabemos que durante los primeros años del dominio español, tras la llegada de los europeos al mando de Cristóbal de Olid, este territorio –sobresalía Tacátzcuaro– formó parte de la encomienda de Terecuato –Tepehuacán–, concedida a don Antonio de Caicedo. Y que, una vez concedidos, nombramiento y mercedes al esposo de doña Marina Montes de Oca –primero, y luego al morir don Antonio, de Chávez–, don Melchor Manzo consiguió merced real para la explotación de ganado mayor. Unos años más tarde, el Virrey de la Nueva España, don Luis de Velasco, padre, autorizó que familias españolas se asentaran en el valle, lo que dio origen a una congregación dentro del corregimiento de Tingüindín.

Esto ocurrió antes de  1575 y 1576 –de ser cierta la fecha aquí anotada, fue el virrey Martín Enríquez de Almanza quien otorgó las mercedes, pues gobernó del 5 de noviembre de 1568 al 4 de octubre de 1580–, en un sitio cercano a un cristalino riachuelo que después llamaron el río Claro. En el lugar escogido,  don Melchor Manzo de Corona construyó su casa. Con él llegaron, también, su esposa doña Juana Pérez, así como sus hijos Melchor y Leonor. Además de algunos indígenas, como Juan Alonso, nacido en Tacátzcuaro.

La ganadería, la fuente de vida

Unos años más tarde, entre 1581 y 1595, se establecieron alrededor de esta estancia otros once colonos españoles. Algunos edificaron sus casas y, con perseverancia,  se dedicaron, principalmente, a la ganadería. Al transcurrir  los años y atraídos por el buen clima y la belleza de la zona, se fueron avecindado otras familias españolas, previa concesión de mercedes reales para la explotación de ganado mayor. Para  entonces se le conocía como El Rincón de Cotixa y la estancia de don Melchor Manzo era considerada como la cabecera o centro de las demás. Por esta razón en ella se construyó una primitiva capilla a Nuestra Señora del Pópolo y se hacía los domingos el tianguis.

Como las visitas a la capilla y los domingos de mercado fueron una costumbre, la posición del Rincón cobró importancia. Tanta que, antes de 1730, la capilla de El Rincón de Cotija tenía sacerdote de pie, con sus peros: los bautismos, los casamientos y los entierros no se permitían  en este lugar. Era forzoso acudir a la sede parroquial en Tingüindín, a la realización de estos eventos.

La pureza de la estirpe

Por ese tiempo, los apellidos más abundantes en la nueva comunidad eran: Manzo de Corona, Manzo Pérez, Mendoza, Figueroa, Martínez, Ortiz de Luna, Del Castillo Vargas, Rodríguez, Vázquez, Bermejo, Herrera, Mejía de Figueroa, Oseguera, Torres, Preciado, Galván, Barragán, Zepeda, Valencia, Maldonado, Ochoa, Alcaraz, Barajas, Ceja, Garibay, Gutiérrez, Hernández, Magaña, Morales, Bravo, Díaz, Guízar, Madrigal, Valdovinos, Villanueva, Gaytán, Zaragoza, Degollado, Monroy y Robledo.

Y aunque fueron pocas las poblaciones fundadas por los conquistadores que conservaron en un cien por ciento la sangre española, en toda su pureza, Cotija, criolla desde su origen, luchó con pasión y denuedo por conservar su estirpe hispana.

La tenacidad y empeño de los habitantes de este lugar dieron frutos: en 1759 fue elevado a la categoría de congregación. Consumada la Independencia, pasadas las sorpresas de recibir tanto a insurgentes como a realistas, se instaló en la población, en 1828, un juzgado de primera instancia.  3 años más tarde, Cotija se constituyó en municipio por la Ley Territorial del 10 de diciembre de 1831, y fue adscrito al partido de Jiquilpan.  Más tarde, el desarrollo de su actividad comercial fue suficiente para que, el 30 de julio de 1878, el distrito rentístico de Jiquilpan se trasladara a este lugar. Se le adjudicó el nombre de distrito de Cotija.  Aunque, como cabecera de distrito, solamente duró cuatro meses y medio.

El primer periódico

Por este tiempo, apareció el primer periódico cotijense, El Pacífico, bajo la dirección de su fundador Fermín Mendoza Valencia.  Cuando la centuria número 19, de la era cristiana, llegaba a su fin, en 1896, con la visita del gobernador Aristeo Mercado –quien comprobó que los hijos de esta comunidad luchaban por conservar la paz, por vivir en paz, como Dios manda–, la fortuna volvió a tocar a la puerta de Cotija: el gobernante la decretó ciudad.

La llegada del ferrocarril a esta región –Tingüidín, Los Reyes y Moreno-Guaracha–, afectó la próspera economía de la nueva ciudad. Fue el primer revés en la historia cotijense.

La Revolución

La población vivió su mayor auge en 1910. Desde su fundación, los pobladores prefirieron, siempre, las autoridades civiles y eclesiásticas, por encima de los caudillos que hacían la guerra. Por lo que logró posicionarse como un lugar donde florecían toda clase de virtudes. Aquí se cultivaba y fomentaba la  sapiencia. Prueba de este aserto son el monumental edificio parroquial, que sobresalía en el cuadro donde aparecían las soberbias casonas de los acaudalados hacendados.

Derivado de la burguesía porfiriana palpable, en Cotija  la distinción de clases sociales era muy marcada, a inicios del siglo XX. Ello propició el  florecimiento de algunos de los grandes orgullos que enaltecen la historia de este rincón michoacano. Aunque fue también en ese siglo cuando varios sucesos golpearon a Cotija y dejaron improntas hondas e indelebles.

Cotija se había distinguido por el comercio que registraba la arriería, pero debido a la aparición del ferrocarril la economía de Cotija decayó. No obstante los fuertes capitales de sus habitantes, principalmente las antiguas familias Valencia y  González, lograron regalar a la humanidad un legado que laurea la historia del lugar.

Sin embargo, la historia es dura y cruel. Cotija de la Paz fue devastada por toda clase de atrocidades. La entrada destructora de las hordas revolucionarias del pseudo-villista Inés Chávez García, alias el “Indio”, en 1918 y poco tiempo después la Guerra Cristera en 1924, marcaron la vida de los cotijenses.

José Rubén Romero

Pero hubo gente de Cotija que desempeñó un papel importante en tiempo de la Revolución. José Rubén Romero González (1890-1952), durante su juventud, participó en el movimiento revolucionario de Francisco I. Madero. El joven Romero soñó con ser un héroe, un caudillo, un general invencible pero la realidad fue otra. Tuvo, como militar, pocos enfrentamientos. Sin embargo, su ánimo revolucionario era tan auténtico y legítimo que las tropas enemigas con frecuencia se convirtieron en sus aliados.

Al triunfo del Movimiento Antirreeleccionista, José Rubén es nombrado receptor de rentas de Santa Clara del Cobre. Sin embargo, con la usurpación de Victoriano Huerta, los maderistas fueron perseguidos. Él, huyó a la ciudad de México, donde sufrió la soledad, el hambre y la miseria.

Al regresar a  Michoacán, lo descubrieron y aprehendieron. Un piquete de soldados lo llevaba al paredón y, a punto de ser fusilado, su padre llegó con el indulto en la mano. El doctor  Miguel Silva, gobernador del Estado, lo llevó a Morelia como su secretario particular. Luego, José Rubén desempeñó cargos oficiales y trabajó en el servicio exterior mexicano.

Hoy, la tierra que  vio nacer, crecer, acudir a la escuela, que seguramente le escuchó leer sus primeros escritos, al autor de La Vida Inútil de Pito Pérez, no lo olvida. Una estatua, sobre el boulevard por el que se accede a la ciudad, lo recuerda. Pero es sólo uno de sus muchos hijos ilustres.

(Continuará)

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