San Simón llevó la voz cantante en el Valle de Zamora. Benjamín González Oregel

San Simón llevó la voz cantante en el Valle de Zamora.

BENJAMÍN GONZÁLEZ OREGEL


San Simón, Mpio.  de Ixtlán, Mich.–   Es innegable que en el Estado, y en el país, la influencia que llegaron a tener los propietarios de la hacienda de Guaracha fue avasalladora. Considerada una de las 18 más extensas de la Nueva España y de la República, cuando ésta se decretó,  los señores llegaron a codearse –de tú a tú, con don Porfirio, por poner un ejemplo–  con muchos de los gobernantes que a lo largo de los siglos transcurridos desde la fundación del gigantesco latifundio, allá en lejano 1625, hasta pasada la etapa sangrienta de Doña Revolufia, el pasado siglo, siempre tuvieron acceso a los sitios del poder  político.

Pero si hablamos del impacto que tuvieron en la región conocida como el Bajío Michoacano, y más precisamente a la zona donde se asienta el Valle de Zamora, es indiscutible que la hacienda de San Simón llevó la voz cantante. Y sobre todo cuando dicha posesión perteneció a la familia Dávalos. A don Francisco Dávalos, para ser preciso.

Algo de historia

Sabemos que Alonso de Avalos vendió el 6 de abril de 1625 a  Pedro de Salceda Andrade la hacienda El Monte.  Con esa compra, el zamorano acaparó la parte oriental de la Ciénega de Chapala,  si tomamos como punto de partida el sitio  donde se ubicaba el casco de la hacienda de  Guaracha. Poseedor que era ya del sur de la Laguna de Chapala. Su dominio abarcaba desde Tizapán, Jucumatlán (hoy Cojumatlán), hasta Quitupan y Mazamitla. La nueva adquisición permitió a Pedro de Salceda cerrar en círculo una línea que tocaba Jiquilpan, Cojumatlán, La Palma, Cumuato, Buenavista (hoy Vista Hermosa), Ixtlán, Pajacuarán, Tangamandapio, Guaracha, Jaripo, Totolán y lo que se encontraba encerrado en dicha circunferencia.

Esta situación duró casi un siglo. Hasta que los herederos de la familia Salceda y Andrade  entregaron, venta de por medio, el vastísimo latifundio  a la familia del capitán Fernando Villar Villamil. Cuyos miembros tenían posesiones por más de 140 mil hectáreas en diversas propiedades en zonas de lo que es  hoy el estado de Michoacán, así como en terrenos del  Estado de México.

Guaracha, el enorme latifundio, comenzaba a desmembrarse hacia 1760, cuando se dividió el emporio en un par de inmensas extensiones, por la sucesión  testamentaria que dejara el capitán Fernando Villar Villamil a favor de sus dos únicas hijas: Guaracha que quedó como poseedora de las tierras del sur. Y, hacia el norte, la hacienda de Buenavista cuyo dueño fue don Gabriel Castro y Osores casado con una Villamil.

Con la muerte de don Victorino Jasso Dávalos, propietario de Guaracha, la hacienda sufrió una nueva fracción.  La propiedad se dividió en otro par de partes: una, conservó el nombre original: Hacienda de Guaracha. La otra, fue bautizada con el nombre de Hacienda de San Simón, misma que pasó  a ser propiedad de la hija mayor llamada María Josefa Jasso de Dávalos. La heredad constaba de unas 10 mil hectáreas de terreno. Y estaba formada, entre otras fincas, por las siguientes propiedades: Hacienda Valenciano, San Nicolás, Colongo, el Rincón del Mezquite, La Estanzuela, El Limón, La Plaza, La Mula, La Cuestita, La Higuera, y La Soledad. De esta forma, los vástagos del matrimonio Dávalos-Jasso  llegaron a ser dueños de  once haciendas. Y todos contentos, nada pasaba.

Sin embargo, esto seguiría así hasta el año de 1910 cuando las grandes propiedades de las élites porfiristas sufrieron su primer gran fraccionamiento. Y fue posible porque los grandes patriarcas quebraron, se retiraron del negocio, o pasaron a mejor vida. El comienzo  se dio a partir de que Arcadio Dávalos y Jasso, hermano de don Francisco, repartió unas 2 mil 100 hectáreas entre sus 7 hijos. Se acentuó  cuando la viuda de don Francisco, vendió, en 100 mil pesos, a don Tomás Sánchez, la hacienda de San simón. Todo, ante  el temor que había impuesto el grupo liderado por el zamorano Miguel Regalado, quien había iniciado los primeros repartos tras el estallido revolucionario y sobre todo  luego de la asamblea constitucionalista que habían llevado a cabo los revolucionarios, en Querétaro.

De almas a almas, y los comunistas

Y a pesar de que uno de los líderes agraristas de la región el reparto no fue fácil. Tanto que el ingeniero responsable de las medidas y linderos, fue atacado por miembros de la acordada. Estas guardias blancas, luego de torturarlo, destruyeron los aparatos y utensilios propios y que utilizaba para llevar a cabo sus funciones. A los jornaleros de la hacienda, no les fue mejor, cuando solicitaron trozos de tierra. Y si a esto le sumamos el papel jugado por la Iglesia, hizo dudar a muchos, a la hora de aceptar ser beneficiarios con el reparto. Porque, según el predicar de los clérigos, se debía ver con malos ojos, lo que los “comunistas hacían al patrón”. Salió caramba don Tomás. Los nuevos dueños de la hacienda no eran almas caritativas.  Nada que ver con el difunto don Francisco.

Escribió el maestro Jaime Ramos Méndez, en su blog, que contaba el recordado cronista llanense don Isaac Gallegos que, a la comunidad de El Llano, había llegado “un seminario, colegio de padre de la Compañía de Jesús. Este gran seminario fincó en El Llano una gran casa muy superior a lo fincado en una gran ciudad, con todas las comodidades y lujos que se merecía la Compañía de Jesús”. Esto había sucedido después que el hacendado iniciara la construcción de templo –1896 a 1901–.  Los jesuitas se hicieran cargo del convento y feligresía durante una década, comprendida esta entre los años 1904 y 1914. Las borrascas cimbraban las frondas y el católico mecenas estaba próximo a rendir cuentas.

¿Qué le hicieron a mi iglesia?

El último propietario del casco de lo que fue la hacienda, fue el presbítero santiagueño don Rafael Escobar Elías. Para cubrir el monto de la propiedad, el entonces párroco de esta comunidad, tuvo que desprenderse de parte de la misma finca. Este, donó la centenaria finca a una congregación  femenina. Sin embargo, según cuenta su sobrino Roberto Escobar Huerta, le confió estar decepcionado con las monjas porque no cumplieron lo acordado. El convenio había sido condicionado a que las religiosas debían  utilizar las renovadas instalaciones como noviciado de la orden. Nunca lo hicieron. Y si no se las quitó, fue porque había escrituras, o acta notarial.

Esto debió ser verdad, porque los fieles y vecinos entrevistados por el corresponsal, externaron que, años después de que el párroco Escobar Elías había sido removido para hacerse cargo de la Iglesia de Purépero –donde finalmente murió, y donde descansan sus restos–, por invitación de quien lo sustituyó, al ver las obras de que había sido objeto la iglesia de San Simón, no pudo contener sus sentimientos y exclamó: ¡Qué le hicieron a mi iglesia!, al ver que la habían hecho más chica. Sin embargo, justo es decir que esta situación se debió a que, un 12 de diciembre, seguramente en medio de las festividades propias del día, un incendio dio cuenta de la iglesia fundada por los hacendados.

Ni monjas, ni monjes

Y razón no le faltaba, de ser verdad lo que los habitantes de esta comunidad cuentan. Al parecer, las religiosas se han alejado del edificio. Este, visto de fuera, se encuentra muy desmejorado. La madera, ante la falta de cuidados, se ha desprendido y ha formado grandes huecos. Sobre el portal del frente, el piso no luce nada bien. Así se trate de la parte frontal de la iglesia. Aunque en este caso faltó, seguramente, efectivo a la hora de comprar el vitropiso. Ausentes  las hermanas en Cristo, estas dejaron la llave del edificio al cuidado de un joven lugareño.  Se dice que él, cuando alguien se lo solicita, permite el paso a quien tenga interés en conocer la casona que fue de don Francisco de Dávalos. Un hombre piadoso que, como pago de los diezmos, entregó la hacienda de La Soledad, en el vecino municipio de Chavinda, a la Iglesia –seguramente a los PP. Jesuitas.

Aspecto del pueblo

Dividida en barrios –La Manga, La Cuadrilla, La Pila y La colonia–, situada sobre una falda de un cerro, no muy alto, las calles de la población se deslizan, en serpenteantes trazos desde lo alto para terminar en uno de los caminos de acceso a la mancha urbana: la que llega de  La Estanzuela y va hacia  El Limón; o la que sale hacia El Colongo. Además, entre los jóvenes, existe la creencia de que es más bonito San Simón que La Estanzulea. “Hay más gente aquí, que allá”, precisa una agraciada jovencita, en medio de la algarabía de sus amigas. Y sin embargo la comunidad poca actividad ofrece.

Entre los cultivos que realizan sus habitantes se encuentra, naturalmente, el maíz. Pero,  por la abundancia de aguas que les ofrece el paso del río Duero, así como las excelentes condiciones del suelo –son terrenos de los conocidos como de aluvión–  por las sedimentaciones que han dejado miles de corrientes, desde hace décadas, los campesinos se han dado a la tarea de cultivar fresa, principalmente. Además de no haber echado en el baúl de los recuerdos, no faltan quienes dedican tiempos, esfuerzos y parcelas a la producción de trigo y frijol. Aunque también suelen invertir el verduras como el jitomate, chile,…

Hoy, como desde la fundación del latifundio, allá abajo,  frente al casco de la hacienda, el río Duero corre bajo un ancestral puente, mientras su caudal –viscoso, pesado, turbio  y de verdoso color–  cubre el ambiente con insoportable hedor. La fetidez del caudal todo lo cubre. Lejos han quedado los días en que los habitantes de esta breve población solían acudir a pescar y hasta a bañarse en las cristalinas aguas que escurrían desde Carapan, pasaban por Chilchota, Tangancícuaro, Jacona, Zamora y Chavinda. Esto ha forzado a los campesinos a solicitar –y se han concedido los permisos–, les sean permitido perforar pozos profundos, “para regar con agua limpia las verduras, las fresas,… Aunque la producción de granos seguirá haciéndose con el agua del río”.

Don Martín Segura, un comerciante que atiende una miscelánea en lo que fue parte da la hacienda  recuerda que “cuando tenía como 30 años, el agua estaba bien clarita. En ese tiempo, toda la gente del lugar se bañaba allí.

Clandestina producción

Además del maíz y sorgo, los campesinos suelen dedicarse a la plantación y cultivo de la fresa. Aunque en tiempos de la Hacienda el cultivo que mayor mano de obra requería era la caña de azúcar. Era tal la cantidad de toneladas que las tierras sembradas con este endulzante que se contaba con un gran ingenio, del que aún quedan las enormes chimeneas por las que escapaba el humo que se producía durante la etapa del asado de la caña.

Esta actividad, la industrialización de la caña de azúcar, con frecuencia no se menciona, ya que, preponderantemente se producía alcohol. Y se hacía de manera clandestina, señala el cronista ixtlanense. El aguardiente extraído se vendía en Zamora, a precios muy redituables, dado el nivel de calidad  que alcanzaba el producto.

De fiestas y migración

En esta comunidad se celebran 2 grandes festividades, durante el año. Estas ocurren los días 28 de octubre, día dedicado al patrono del pueblo, San Simón. Afirman los fieles que esta celebración fue marco de un añorado novenario. La otra, el primero del año, en que se honra a la virgen de Guadalupe, no alcanza a cubrir el tiempo requerido para que tal cosa suceda, a partir de que las fiestas navideñas tienen un espacio propio. Cosa curiosa, ambas imágenes s encuentran en el retablo de la amplia iglesia, Sólo que su ubicación cambia, de acuerdo a la fecha en que se les ha de honrar.

Como sucede en toda la región, la sangría migratoria también deja sentir sus efectos. Según cuentan los vecinos entrevistados, el porcentaje de hijos que han emigrado puede alcanzar hasta un poco más del 50 por ciento de los hombres en edad productiva nacidos en este lugar. De allí que la fiesta mayor sea la del primero de enero, tiempo en que los emigrados regresan.

Desgraciadamente, entre los jóvenes, hay poca información acerca de la existencia de lo que fue una gran hacienda, desprendimiento del monstruo que fue Guaracha, aquella del zamorano Pedro de Salceda, y de los Villar Villamil. De la construcción que alguna vez albergó a los seminaristas de la diócesis de Zamora, y de la que no se olvidó el mismísimo Siervo de Dios, don Leonardo Castellanos y Castellanos.

¡Vale la pena conocerla! Además de asentarse a unos cuantos pasos de la carretera Zamora-La Barca, su gente es muy sencilla, comunicativa y amable.

P:D:–  Para información, previa disculpa, para quien le interese, San Ángel Zurumucapio se encuentra a un lado de la autopista Morelia-Uruapan, unos 40 kilómetros delante de la capital aguacatera.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: