Y Vosotros, ¿Quiénes decís que sois?. María Teresa Sánchez Carmona

(Tomado de http://www.eclesalia.wordpress.com )

Y VOSOTROS, ¿QUIÉNES DECÍS QUE SOIS?
MARÍA TERESA SÁNCHEZ CARMONA, teresa_sc@hotmail.com
SEVILLA.

ECLESALIA, 12/03/13.- «Iglesia» [del griego ὲκκλησία; del latín ecclesia] significa “convocación”. Dios convoca a su Pueblo desde todos los confines de la tierra.

Místicos, ascetas y ermitaños, sacerdotes con sotana, religiosas de vida activa, curas obreros de barriadas que luchan por la solidaridad y la justicia. Misioneros de los cinco continentes, monjas y monjes que en su clausura escuchan el clamor del mundo y sin cesar oran por ello. Pobres y ricos que en todos los países hallan el mismo consuelo al escuchar las Bienaventuranzas; trabajadores del Reino ya sea en su casa y su barrio o en lugares que jamás pensaron visitar un día. Voluntarios en Haití, el Congo y la India, médicos que en África ofrecen unos brazos donde se acurrucan para morir tantos niños y niñas desnutridos, hijos del hambre y la miseria.

Están los que en el primer mundo conciencian para erradicar la pobreza. Los que hacen brotar sonrisas en basureros, guetos y favelas; los defensores de derechos humanos que anhelan abrir caminos para la paz ya sea en campos de refugiados o en mitad del desierto, en las grandes ciudades, los más altos cerros o en lo profundo de la selva. Quienes abogan en favor de la causa indígena, los que condenan la esclavitud y la explotación tercermundista; creyentes también los presos hacinados en cárceles de condiciones insalubres (ésos que esperan la libertad, ésos que no han de alcanzarla, ésos que aguardan su final en el corredor de la muerte). Hay gente que participa en cursillos prematrimoniales y gente que atiende a mujeres víctimas de violación y maltrato. Los que se dedican a la enseñanza y dan clase en universidades, escuelitas, centros privados.

Quienes trabajan con emigrantes y esperan a pie de playa la llegada de pateras (unas alcanzan su destino, otras jamás llegan a la costa y dejan tras de sí un rastro de sueños ahogados, una familia que aguarda noticias, papeles mojados). Los que trabajan con menores (niños soldado en Sierra Leona, niños de la calle que esnifan cola, obligados a trabajar y explotados, víctimas de vejaciones, alcohol, drogas); los que asisten a refugiados políticos, presos de guerra, enfermos de sida, moribundos, mujeres prostituidas. Están los que se involucran en ONG’s y hacen proyectos para construir escuelas, pozos y hospitales; recogen ropa, alimentos y medicinas, juguetes y libros, gestionan becas de estudio y operaciones médicas. Están los que adoptan, los que apadrinan, los que no tienen dinero pero dan amor a manos llenas, los que acogen el dolor de viudas y madres que pierden a maridos e hijos en absurdas guerras.

Hay creyentes de procesión e incienso, los que leen vidas de santos y los que el mes de mayo llevan flores a María. Unos escriben encíclicas, otros no saben qué es eso; están los supersticiosos que piden a San Antonio un novio o encontrar algún objeto; y los que en las bodas siempre leen 1Corintios13. Estudiosos de la ley, teólogos de la liberación y teólogas que reivindican la igualdad de la mujer dentro y fuera de la Iglesia. Laicos y laicas, comprometidos y alejados cuyas obras –sin pretenderlo– son rito y testimonio de un Dios que ama y acoge, perdona y sana. Gente de misa diaria, gente de fin de semana, de “comunión-boda-y-bautizo”. Los de “en la orilla he dejado mi barca”, del “J.C.” de Mecano, de música sacra, misa góspel, canto gregoriano.

Gente de ermita y de romería, nazarenos y costaleros, hermanos de cofradías. Los fervorosos, los del “quiero y no puedo” creer, los Manuel Bueno Mártir que pierden la fe y viven con el alma en eterna noche oscura. De rosario y letanías, Liturgia de las horas y oración establecida; los que toman “de acá y allá” y rezan según el espíritu inspira. Los habituales de Ejercicios y quienes no han hecho en su vida. Los que dan consuelo en hospitales y tanatorios. Quienes velan por los ancianos y les dan amor en sus últimos días; los de comedores sociales, quienes enfrentan la violencia y asesinatos de lugares como Ciudad Juárez. Los que ofrecen su trabajo para que la sociedad progrese. Familias numerosas, pequeñas familias; solteros y casados; creyentes “free-lance” y miembros de comunidades: los se reúnen abiertamente, quienes lo hacen a escondidas porque son perseguidos a causa de su fe (en países que no la aceptan) o por su orientación sexual, su identidad y su opción de vida incluso dentro de la Iglesia: divorciados, travestis, homosexuales que no dejan que ciertas críticas les separen de un Dios que –saben– les ama infinitamente.

Madres y padres que dan catequesis y enseñan a rezar a sus hijos. Gente que cree pese a la oposición de su familia. Abuelas que llevan en su parroquia toda la vida. Amanuenses, copistas, dibujantes de miniaturas, escritores y artistas portavoces de la causa de Jesús. Gente de Cáritas y personas que han perdido cuanto tenían. “Sin techo” que en el bolsillo llevan una estampita, y espontáneos que van a su encuentro y lo hacen “no por Dios sino porque me sale de dentro”. Los que participan en macro-reuniones con el Papa y quienes no pueden ni verlo… pero encuentran en Jesús un modelo de vida coherente. Acompañantes espirituales. Curas que hacen soñar y curas que dan sueño.

Santos en altares, gente de pueblo que no piensa en santidad pero le da un vuelco el corazón si ven a alguien que sufre. Los que twittean mensajes de Dios-2.0. y quienes dan buenas noticias sin notar que también eso es Evangelio. Los que están tristes y aguardan, los que están enfermos y confían, los que tienen más amor que esperanza y más esperanza que fe, los del “algo debe haber” y los que creen a pies juntillas. Quienes se visten “de domingo” y van a imponentes iglesias, y los que celebran a campo abierto bajo un techo de caña o un cielo estrellado. Están los que al rezar el Credo callan algunas partes porque no lo ven claro, y los que viven convencidos de que ese trozo de pan es Jesús-Eucaristía. Hay censores y hay censurados que al plantear su lectura de la Biblia dejan a un lado lo divino… y se centran en lo humano.

Están los que viven relajadamente su fe y los que se agobian con los “mandatos” de un Dios-Juez; quienes se sienten “hijos”, “peregrinos”, “legionarios”. Los que se mortifican, los que (se) abandonan, los anawim, bufones de Dios, gusanitos de Jacob. Viejitas que se reúnen para rezar juntas el breviario y jóvenes que les da sueño sólo de pensarlo. Hay monjas con velo y religiosas en vaqueros; niños que son niños y niños-marineros. Hay cristianos del pesebre y cristianos del madero, los “más papistas que el Papa” y los devotos de la Guadalupana. Hay creyentes pasotas, “sui generis”, de ayuno y voto de silencio, y otros que están tan hartos ya de algunos planteamientos que no dejan de alzar la voz para renovar la Iglesia desde dentro.

TODOS son Iglesia: los de infinitas dudas, los que lo tienen claro, los que han encontrado su sitio, los que siguen buscando, quienes aprenden de la vida y quienes van a seminarios, los que creen a su manera y los sin fe… que siguen esperando. Gente muy normalita con sus circunstancias, su idioma, su cultura, su vida… Iglesia que todo comprende (o debería), en la que todos tienen cabida. Piensen lo que piensen algunos, digan lo que digan, TODOS somos Iglesia: la de errores garrafales, la que nos duele y anima con un mismo Espíritu. Pueblo de Dios y pan de cada día, esta Iglesia nuestra: reunión de hermanos y familia tan extensa que… ¡ah sí!… también al Vaticano da cabida.

(Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia)

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