Santa Inés. Benjamín González Oregel

Puebleando. Santa Inés.Tierra de emigrantes, obispos e intelectuales.

BENJAMÍN GONZÁLEZ OREGEL

Santa Inés, municipio de Tocumbo, Mich.–   Los rayos del sol, a estas horas de la adulta tarde, mientras delinean con fuerza las oscuras siluetas de las montañas que rodean el valle, suman cierta dificultad al conductor del vehículo, puesto que el astro rey poco a poco se acerca más a su ocaso. Pero allí está, al fin, el bello pueblito: Santa Inés, tierra de emigrantes, obispos e intelectuales.

De encomiendas

Cristóbal de Olid y sus huestes se presentaron por estos lugares hacia el año de 1522. Tras la Conquista, sabemos que el propio Hernán Cortés dejó para sí mismo una buena porción de la Tierra Caliente, esa en donde ahora se unen Jalisco y Michoacán. Todo esto antes y después de su viaje a Las Higueras.

Es posible que hacia el 1565, cuando al encomendero Antonio de Caicedo, quien había aceptado cambiar la encomienda de Tescaltitán, que se ubicaba en el Arzobispado de México, por la de Tingüindín, los terrenos sobre los que hoy se asienta esta población hayan sido de su propiedad. Y más si se toma en cuenta que Cortés –posiblemente sus hijos–, había encargado la administración de los bienes que poseía en la Provincia Mayor de Michoacán al nuevo encomendero. Antonio de Caicedo, aprovechó que el tal Hernando había traído desde la lejana Indonesia caña de azúcar, la que había sembrado y cultivado en Oaxaca y lo ahora es Morelos para su explotación, hecho que le significaba excelentes resultados, él, Antonio, ni tardo ni perezoso se hizo de la planta para plantarla y cultivarla en toda la región.

Y si el extremeño conquistador, el mismo que, ahora se sabe, había intentado desligarse de la Corona para dar vida a un nuevo imperio –lo que le causó animadversión de parte del monarca de Castilla– sembró y cultivó trigo, y le fue bien; Antonio no podía quedarse atrás. Lo tiró sobre las tierras que administraba y en las de su propiedad, y ganó mucho dinero. No pasó mucho para que el Valle Esmeralda –así conocido ahora–: Peribán, Tocumbo, Los Reyes y parte de Tingüindín se convirtiera en el principal productor de azúcar en Michoacán. Mucho de este mérito se debe a Caicedo.

Sin embargo, mortal como era, Caicedo tuvo que hacer el viaje sin retorno y las tierras, en las que, escribió fray Alonso de Ponce, se “podían hazer yngenios de azúcar…  y sembrar trigo y hazer molinos…” pasaron, como herencia a ser de su viuda doña Marina de Montes de Oca.

Por lo que se conoce, Antonio no era de los que sólo daba órdenes. El mismo se mojaba, se tiraba al surco y mostraba cómo había que labrarse y cultivarse las fértiles tierras. Era un bicho raro, sabida la actitud de la inmensa mayoría de los europeos de aquellos tiempos. Doña Marina de Montes de Oca, rica y joven como quedaba, y débil como es la carne, no tardó en asegundar, y casó con Francisco de Chávez. La señora, de ambas uniones, sólo recogió un par de pimpollos.

Entre herencias y convulsiones

“Antonio de Luna casó con Isabel de Caicedo de Montes de Oca  –narran Vicente González Méndez y Héctor Ortiz Ybarra, en su obra Los Reyes, Tingüindín, Tancítaro, Tocumbo y Peribán, pág. 136–. Recibió como dote Tingüindín y las tierras de sus sujetos, pero con la advertencia de que “sobre ello hay un pleito…”, lo que no desanimó a don Antonio, quien aprovechó que el suegrastro hubiera abandonado esas tierras poco fértiles (¡) y que hubiera regresado a la “cabeza del rey” para –después de pleitos, gestiones, gritos y sombrerazos–, lograr que se le reconociera el derecho a convertirse en usufructuario de la encomienda, que contaba con 749 tributarios a quienes sacarles jugo”.

Las convulsiones que azotaron al territorio nacional, luego de la consumación de la Independencia, obligaron a latifundistas y hacendados a desprenderse, si no de todo, de algunas porciones de sus tierras. Como sucedió en la hacienda de Cojumatlán,  –el Llano de la Cruz y sus vecindades son ejemplo–, donde medieros que sembraban en tales predios, con ahorro y mucho sacrificio, aquí también pagaron a sus antiguos patrones y se quedaron con la tierra. Aunque, en el caso específico, quienes compraron  el Potrero de Herrera,  a media legua de Tacátzcuaro, no hayan nacido en el rumbo, sino en lo que ahora pertenece al municipio de Tangancícuaro, en lo que fue Taramécuaro, luego Puentecillas y ahora Gómez Farías –por cierto, otra comunidad que brilla por la ausencia de sus hijos, han emigrado.

La fundación

Seguramente, en la raíz fundadora de esta tranquila población, influyeron las vivencias, las pláticas que pudo haber tenido, o escuchado, y conocidos los resultados por don Silverio de Jesús Fernández Barragán –fue el nombre original del hijo primogénito del matrimonio formado por don José Anacleto Fernández Andrade y doña María Cesárea Barragán Barragán–, sobre la reciente fundación de lo que ahora se conoce como San José de Gracia, cabecera municipal de Marcos Castellanos, durante sus años en el Seminario de Zamora. Sitio en que se alentó la idea. Además, para los habitantes de esta región del Valle, no debía ser desconocido lo que había pasado, y pasaba, en el caserío ideado y levantado gracias a los empeños de don Gregorio González Pulido, apoyado y auxiliado por los sacerdotes sahuayenses que los atendían espiritualmente. Con los que, seguramente tuvo acercamiento, el futuro obispo.

José de Jesús, quien había sido bautizado 5 días después de haber venido al mundo, en la parroquia de Tingüindín, realizó sus primeros estudios en Tacátzcuaro  -distante unos kilómetros de lo que ahora enorgullece a todos los santainesianos, y de cuya presencia da cuenta la torre de su iglesia que se alza retadora–, antes de ser conducido por los preceptores, Francisco Chávez y Pascual Huerta, en Santa Inés. Luego, acudió a Cotija, con don Fermín Mendoza. Con una beca, ingresó al Seminario de Zamora. En Peribán, el 20 de septiembre de 1890, el bien recordado obispo, don José María Cázares, tuvo a bien ordenarlo sacerdote. 9 días más tarde, en la misma población, en Peribán, cantó su primera misa. Por órdenes del mismo pastor diocesano, el nuevo presbítero fue enviado, como vicario, a Uruapan.

Se sabe que, cuando podía, se escurría al terruño, para ver, visitar y recorrer los solares paternos. Y que fue allí donde se incrementaron sus ideales unificadores, puesto que, se acostumbraba, como en las tierras de la hacienda de Cojumatlán, que las familias vivían en breves grupos, dentro de sus propiedades, pero separados de sus vecinos. El nuevo clérigo se dio entonces a la tarea de erigir un templo.

La idea no disgustó a los rancheros; ya que, infatigables como eran, siguieron a quien los lideraba. Se habla que, entre los fundadores de la iglesia, se contaron, los apellidados:

Fernández: con Miguel, Antonio, Cirilo, Octaviano, Fermín, Félix, Lorenzo, Manuel, Filomeno, Simón, Victoriano y José María.

Barragán: Severiano, José y Jesús.

Arteaga: Francisco, Arcadio y José María.

Además, Pablo Orozco, Martín Orozco –este nativo de La Laguneta, José María Gutiérrez, Felipe Ochoa y Agapito Espinosa, de Los Cerritos.

Todos ellos aportaron en efectivo, eligieron el lugar para la edificación del templo y trazaron las calles del poblado. Como en San José.

La primera piedra, y la argamasa

En 1896, con el testimonio del párroco de Nahuatzen, don J. Trinidad Arteaga, de don Nicolás Méndez pastor de Tacátzcuaro, a cuya parroquia pertenecía la grey local, y el del P. José María Espinosa, don José de Jesús colocó la primera piedra. Así inició la edificación de la nueva iglesia.

Se ha dicho que, a falta de cemento, las mujeres molían la cantera, en metates, para, mezclada con cal, hacer la argamasa. Lo hicieron durante 4 años. La construcción, con todo y sus altares, fue dedicada a la imagen del Sagrado Corazón, patrono del pueblo.

Con la edificación, en 1900, nació, también, Santa Inés. En lo político, fue adjudicada a Tingüindín, con la categoría de congregación. En lo religioso, fue decretada en calidad de capellanía de la parroquia de Tacátzcuaro. El 31 de diciembre de 1901, mediante la Ley de División Territorial le fue otorgada la categoría de ranchería.

La importancia de llamarse Inés

Durante La Revolución, cuando las fuerzas villistas se encontraban en desbandada luego de la derrota de Celaya, la región occidental del Estado sufrió con las tropelías y abusos de Inés Chávez García y su banda de forajidos. En una de esas correrías, Inés Chávez, tras su fracasado intento de extorsión a los propietarios de la hacienda de San Sebastián, en Los Reyes, tuvo la ocurrencia de irrumpir en el nuevo caserío. Allí se encontraba el ya entonces obispo don José de Jesús Fernández. Este, hombre de a caballo, sin temor alguno, se apersonó ante el cabecilla. Le recordó que estaba en el sitio en donde la patrona era la santa bajo cuya advocación había sido bautizado el bandido. Mientras, había ordenado, el prelado, que se sirviera comida a los hombres y forraje a las bestias. Ofreció, además, que, cuantas veces pasara por allí, podía contar con tales servicios.

La serenidad y gentileza del obispo, que había sido Obispo Coadjutor de quien lo había ordenado sacerdote, el bien recordado Señor Cázares,  salvaron a su tierra en varias ocasiones de los ataques chavistas.

Gran historial

Nos contó don Jorge Moreno Méndez, en estas páginas, que don José de Jesús “fue nombrado Canónigo de la Catedral y, a los 34 años de edad, Vice Rector del Seminario, teniendo en cuenta que, aunque el Señor Obispo se decía el Rector, era el Señor Fernández quien llevaba todo el peso de aquel cargo, hasta que el mismo Señor Cázares lo pidió como Obispo Coadjutor. El dinamismo del Señor Fernández (Reglamento del Seminario, envío de estudiantes al Pío Latino y, más tarde, la construcción del Palacio Episcopal –hoy Palacio Federal–, la fundación de la Revistas Eclesiástica, la institución de las Conferencias Eclesiásticas y 100 cosas más), su acendrada piedad y entrega total a su sacerdocio fueron sin duda factores que influyeron en la formación de los jóvenes a él encomendados en el Seminario (Guía, Jorge Moreno Méndez)”.

Además, en su historial, este preclaro santainesino, en 1907 fue nombrado Abad de la Basílica de Guadalupe, sin olvidar sus raíces. Así, en 1911 fundó el Colegio del Sagrado Corazón de Jesús, en esta tierra. Institución que continúa con la función educativa para la que fue creada.

Otro prelado, también Fernández

Pero aquí vio la luz otro Fernández, sobrino de aquel. Con el nombre de Celestino Fernández y Fernández, también ingresó al Seminario de Zamora y, al igual que su tío, fue parte fundamental para la consolidación de la obra diocesana, sobre todo tras las vicisitudes por las que atravesó la diócesis. Máxime  si del Seminario se habla. Había, entre algunos sectores políticos, la idea de no permitir la existencia de planteles en manos de sacerdotes. Colgaba sobre estos centros educativos la espada de Damocles.  El pastor diocesano era el señor Fulcheri. Este creyó necesario y “prudente que el Seminario las desocupase (las instalaciones donde se ubicaba), pero advirtiendo que el Seminario de Zamora no se volvería a cerrar y que “si no se podía tenerlo en casas de particulares, nos iríamos a los anexos de los templos y, si ni en éstos se podía, se darían las clases en los templos mismos.

“Por las mismas circunstancias adversas, los Colegios Auxiliares establecidos en Cojumatlán, Purépero, Yurécuaro, etc., habían casi desaparecido o, por lo menos, ya no funcionaban con las mismas facilidades de antes. Pero, ahora, no se trataba de la subsistencia de esos Colegios, sino de la subsistencia del mismo Seminario y, después de buscar soluciones al problema, se decidió que el Seminario se dividiera en varios grupos y llevar algunos de ellos a otras poblaciones de la Diócesis, señalándose a Uruapan, Cotija, Los Reyes y Santa Inés, teniendo en cuenta la disponibilidad de los párrocos de dichos lugares (a quienes se consultó sobre el particular) y la posibilidad del funcionamiento de tales grupos sin los problemas y peligros que en Zamora existían. El Señor Cura de San Francisco, en Uruapan, Don Francisco Garnica, aceptó de muy buena gana, así como el de Cotija, Don Clemente García; en cambio el Señor Cura de Los Reyes, Don Jesús Pimentel y el Padre Celestino Fernández, entonces encargado de la Vicaría de Santa Inés, aunque personalmente querían al Seminario y estaban dispuestos a ayudarlo, sin embargo, el primero dijo que veía muy difícil colocar seminaristas en casas particulares, debido a las circunstancias de la población; el segundo hizo ver que, por la pequeñez de Santa Inés y su pobreza, veía problemático el establecimiento de una parte de los alumnos del Seminario por lo que esto significaría, así como por el abastecimiento de personal docente (GUIA, Jorge Moreno Méndez).

Ungido Obispo, don Celestino pastoreó la feligresía diocesana de Huajuapan de León, Oaxaca, de cuya diócesis es patrono San Juan Bautista. A quien, según nota periodística, los fieles poco aprecio tenían, cuando llegó el nuevo Obispo.

Y, de acuerdo con lo publicado, don Hilario de Jesús Ramírez, aceptó que tanto la mayordomía como la veneración a San Juan Bautista, quedó interrumpida en Huajuapan durante 16 años, sin que nadie se preocupara por volverla a revivir. No fue sino hasta la llegada de Celestino Fernández y Fernández, obispo de Huajuapan, que un día, caminando por la calle, se encontró a don Ricardo Carrizosa, a quien le encargó: “Aunque sea cada mes háganle una misa a ese ‘encuerado’ que está en la Catedral.”

Don Ricardo Carrizosa entendió que se refería al santo patrono San Juan Bautista y religiosamente se entregó a su veneración, encabezando la lista de devotos que año con año hacen posible, hasta nuestros días, su fiesta patronal. Lamentablemente, don Ricardo Carrizosa murió el 27 de febrero de 2006, y su esposa, doña Manuela Cedillo Flores y don Hilario Ramírez continúan con esta tarea. Este año llevarán a cabo una calenda de luces con la presencia de la Danza de los Diablos, que ahora han decidido llamarse “Los Diablos de San Juan”. Asimismo, las actividades estarán amenizadas por La Cruceña, una de las bandas más destacadas de Santa Cruz Papalutla. Además contarán con Toritos de Luces y otros fuegos artificiales durante los días 23 y 24 de junio.

Un par de esculturas, una a cada lado de la entrada al atrio, hablan del cariño con que aquí se les recuerda. Sendas placas dan cuenta de esto.

Santa Inés, hoy día

El caserío, en este tiempo, luce el mismo rostro que ha mostrado desde hace 50 años. Aunque en cuanto a las construcciones, dominan las casas de adobe, con tejados de dos aguas, las nuevas edificaciones tratan de conservar el estilo. La soledad de las calles no quita belleza a las mismas. Barridos los frentes de las casas, se siente la tranquilidad que reina. Habitada por gente dedicada a la crianza de ganado para la carne, con  producción marginal de leche como un añadido más, aquí se procesa el lácteo producto y se obtienen: crema, jocoque, mantequilla agria y batida, y quesos del tipo Cotija –pueden usar la marca colectiva, Tocumbo es uno de los municipios enmarcados en el acuerdo.

De su campo, los santainesinos obtienen maíz, principalmente. La caña de azúcar, su verdor y dulzura, lo enmarcan, por el norte, allá cerca de Tacátzcuaro. Digno es mencionar que aquí no hay ejidos. La única forma de tenencia de la tierra es la de Pequeña Propiedad.

Cuando los hijos ausentes regresan, el colorido cambia. Lo hacen en diciembre y durante la fiesta del pueblo, el día del Sagrado Corazón. Y hay quien asegura que en cuanto a cantidades, estas se igualan. Por lo que se ve, entre los que aquí habitan, el juego del dominó es el pasatiempo favorito –como creo que lo sea en toda esta parte del Estado.

En lo comercial, la influencia zamorana es palpable, aunque también se dejan sentir la reyense y la cotijense.

El recorrer sus calles, el disfrutar con la belleza de sus casas, el paladear los lácteos que aquí se producen, valen el viaje.

Una respuesta

  1. Reblogged this on Desde mi ronco pecho.

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