Jacona, II. Benjamín González Oregel

(Segunda y última parte)

Jacona de Plancarte, Mich.– Pero el auge agrícola de Jacona comenzó a manifestarse a partir de la segunda mitad de la pasada centuria. Cuando, a más de producir maíz, trigo, frijol y garbanzo, cultivos como la papa, la cebolla, el jitomate, y sobre todo la fresa –a los que se ha sumado otra variedad de hortalizas y frutillas–,  han traído riqueza y bienestar a quienes en el campo  invierten. Condiciones de las  que se han beneficiado residentes y  miles de migrantes que cada año acuden en busca de una fuente de empleo. Y de los que no son pocos los que han de hecho de la ciudad, su lugar de residencia.

El Duero, el Celio

En un estudio sobre su natal Jacona, el doctor Martín Sánchez Rodríguez nos cuenta que “hasta mediados del siglo XX, los habitantes de Jacona, antiguo pueblo de indios tarascos situado en la cuenca del río Lerma, tuvieron una estrecha y productiva relación con las corrientes de agua superficial que han cruzado por su territorio: los ríos Duero y Celio. Por 400 años, el agua de estos ríos fue un elemento clave para el desarrollo de las actividades económicas de los habitantes de Jacona”.

Mediante el ensayo, titulado “Historia de un Pueblo y su Desencuentro con el Agua”, el presidente del COLMICH nos refiere que esto ha sucedido aun en las temporadas de estío. La horticultura y el florecimiento de las huertas urbanas de la ciudad fueron posibles gracias a los canales de riego que atravesaron parcelas y mancha urbana, desde el Celio, primordialmente, cuyas corrientes permitieron, además, la instalación de molinos; así como  la puesta en marcha de una planta hidroeléctrica. Esto ocurrió a finales del siglo XIX. Pero no sólo esos beneficios fueron posibles gracias a las corrientes del  Celio. El agua para abastecer las casas y hogares de quienes aquí vivían, procedía, y lo hace en buena medida, de los manantiales donde nace el afluente del Duero.

Los indios de Jacona, se sabe, hasta antes de la llegada de los españoles, dominaban la parte media de la cuenca del Duero, y estaban considerados entre los principales defensores de la frontera tarasca. Tanto que eran parte de la élite del reino. Ellos habían contenido a los contingentes seminómadas de de guamares y pames. La ubicación del caserío era punto de convergencia de los caminos que unían a quienes habitaban en la región de los lagos y la meseta tarasca, vías Tarecuato y Chilchota.

     Agricultores desde el principio

Pero la actividad principal de los pobladores era la agricultura, por lo que se preocupaban por sacar el mayor provecho de los tesoros con que contaban: el agua y la tierra. Esta, fértil como pocas. Se ha comprobado que, en ese afán, se dedicaban a nivelar los terrenos sobre los que sembrarían.

Para ello utilizaban la piedra y daban forma a las ahora conocidas terrazas, cuya utilidad no admite dudas. Según el estudioso, este modelo de preparación de la tierra superó, con mucho, en cuanto a superficie, a la que lograron los primeros pobladores del Valle, mediante chinampas. Estas son una especie de islotes, hechos a mano, allí donde la tierra sobresalía cuando el agua bajaba en cuanto al nivel. Y se realizaban sobre todo en terrenos pantanosos y lacustres de poca profundidad.

Esto no fue obstáculo para que el propio conquistador, Hernán Cortés, la encomendara a Juan de Albornoz, el 24 de agosto de 1524. Sin embargo, un par de calendarios más tarde, cuando el Extremeño regresó de Las Hibueras, consideró necesario retroceder en cuando al beneficiario de la encomienda, y tuvo a bien conceder tal merced a Gonzalo de Sandoval –un paisano de Cortés, extremeño nacido en Medellín, lo mismo que Hernán, con quien desde 1519 participó en la conquista de México. Y a quien permaneció leal–.  Aunque éste, lo mismo que Juan, sólo duró 2 años, porque regresó a España. Sin embargo, antes de hacer el viaje, cedió los derechos a favor de su sobrino Juan de Sandoval. Este poco empeño puso. Por lo que el Gobernador de Justicia Mayor se vio obligado a entregar la encomienda a Peralmínidez Chirinos, el 4 de agosto de 1528, según relata el doctor Sánchez Rodríguez.

Vaya carga impositiva

Y si Chirinos no la tenía fácil, los indios no le iban a la zaga, en cuanto a obligaciones con La Corona. Cada 30 días debían entregar 360 cargas de maíz, 30 de frijol, 5 de ají (pimiento, chile), 15 panes de sal, 25 “xiquipilcos” de pinol, 60 pares de cutaras, 100 jícaras, 3 cargas de pescado y la loza que fuese menester. Mas han de dar cada día: 10 cargas de maíz para los puercos de las dichas

sementeras. Y cada 120 días, 60 tejuelos de oro de 4 para 5 pesos. Y 4 gallinas cada día, para el calpixque, el  porquero y el minero. Además de tamales, pescado, ají y huevos “los días que no son de carne y gallinas”. Cada 120 días, además, tenían que entregar 120 piezas de ropa, y mantas y camisas para los esclavos. Se sabe que en 1537 el oro y la ropa fueron conmutados por 40 indios para las minas de plata.

Al parecer, los problemas que aquí se dieron durante el reparto agrario no fueron lo difícil y costosos que en otros pueblos. Seguramente Juan Gutiérrez Flores y José Garibay Romero, con sus seguidores por delante, causaron algún desaguisado que el tiempo y la educación se han encargado de borrar.

Personajes ilustres

Si nos atenemos a la información “oficial”, cuando uno habla de personajes ilustres encontramos que hay una característica que los une: ninguno de los enlistados nació en esta población. Ni fray Sebastián de Trasierra, ni el insigne poeta Amado Nervo, ni el benefactor por antonomasia, el ahora Siervo de Dios, don José Antonio Plancarte y Labastida. Justo es mencionar que  el trío dejó huellas tan hondas en el lugar, que hubiese sido pecaminoso y criticable que los actuales habitantes de la ciudad, encabezados por sus autoridades, se hubiesen olvidado de ellos. Merecimientos más que suficientes acumularon –ellos no pensaron en eso, naturalmente—para ocupar los tronos en que los tiene la gente.

De don José Antonio Plancarte Labastida –cuyo apelativo también lleva la ciudad–, el ilustre historiador don Luis González y González afirmó que “nació en Zamora 1735 (la mayoría de sus biógrafos difieren en sitio y año: ciudad de México, en 1740) y allí recibió la crianza de sus padres. La educación escolar la obtuvo en Celaya, en el convento franciscano. En éste vistió el sayal de San Francisco y profesó la cátedra de filosofía. Como quiera, no representó el papel de filósofo en la generación de los filósofos. Él figuró como poeta y como propulsor de las artes plásticas. A principios del siglo XIX y a finales de su vida, Plancarte se volvió ciego y santo, condiciones que se le acentuaron en 1815, con motivo de su muerte (Zamora, pág. 50)”.

En esta ciudad, se le recuerda como el incansable benefactor que, durante su ministerio sacerdotal, se dio tiempo para fundar el Colegio San Luis Gonzaga –hoy Colegio Plancarte–, en 1873; el asilo de San Antonio, para los niños pobres, en 1876; para la creación de la congregación que llevó por nombre Hijas de María Inmaculada de Guadalupe, en 1878; y para la construcción del ferrocarril (tranvía), tirado por bestias, que unía Zamora con Jacona. Una placa y una estatua, frente al colegio por él edificado, levantados durante el gobierno de Ramón Puga Torres, mientras la parroquia estaba a cargo del presbítero Rubén Godínez, dan fe de la gratitud del pueblo jaconense.

Del laureado poeta nayarita, Amado Nervo, no se olvida su estancia en las aulas del propio colegio Plancarte, de donde pasó a las aulas del Seminario de Zamora, y en cuya memoria hoy en día existe interés de consolidar y afianzar una hermandad entre las ciudades de Tepic –sitio en donde vio la primera luz–, y Jacona. Una de las calles principales de la ciudad lleva su nombre.

Del trío, el que ha sido tratado con más dejadez es el fundador  Fray Sebastián de Trasierra. En su memoria, una calle lleva su nombre.

Y ya que andamos por esos vericuetos, ¿no considera, estimado lector, que en este exclusivo círculo, bien podría caber el nombre del expresidente Ramón Puga Torres?  El tangamandapense de nacimiento, jaconense por adopción y convicción, dedicó toda su vida al impulso del deporte, en Jacona, principalmente el Beisbol. De los Rojos de Jacona han salido varios integrantes de la selección estatal que nos ha representado en el país. La influencia y afición de don Ramón es reconocida en buena parte de la región y ciudades vecinas a Michoacán.

Refugio seguro, en épocas difíciles

Pero no solamente Amado Nervo y el siervo de Dios, don José Antonio Plancarte han sido acogidos por la hospitalidad de los habitantes de esta población. Durante los años de la Revolución, La Cristiada y lo que siguió durante el reparto agrario, Jacona fue seguro refugio para familias enteras que, oriundas o habitantes de pueblos cercanos, ante la inseguridad que privaba en sus lugares de origen, buscaban un ambiente más favorable y tranquilo. Así ocurrió con muchos santiagueños, que tuvieron que dejar casi todo, en tanto los vientos y ánimos mejoraban.

La danesa Fiona Wilson, en su libro “De la Casa al Taller”, editado por el Colmich, asegura, luego de advertir que “las generaciones más viejas recuerdan años de pesadillas, hambre y depravación que siguieron tras la Revolución. El año 1917 es recordado con claridad especial, debido a la mortandad y el hambre cuando muchos niños perecieron. Sin embargo, las privaciones de esos años palidecen, en la memoria de la gente, en comparación con los recuerdos de los bandidos. El más infame era José Inés Chávez, quien organizó sus primeras fuerzas rebeldes durante la Revolución  e incursionaba bajo la bandera de Pancho Villa. Después de la Revolución, él y su banda (entre dos y tres mil hombres) adoptaron el lema de “sangre y dinero”, fueron el azote en un área extensa en el centro-occidente, amenazando sobre todo los asentamientos más aislados de la sierra donde saqueaban y mataban, violaban mujeres y cometían toda clase de tropelías.

“La gente de Santiago vivía en el temor constante de los bandidos. Cuando estos andaban por el rumbo, los que podían escapar se iban a las ciudades más grandes y seguras o huían al cerro. Los que quedaban atrapados en sus localidades, se escondían en los techos de sus casas (Pág. 50)”.

Las ferias de la ciudad

Los jaconenses son muy dados a la buena vida y a la alegría. Para ellos, las mejores fiestas son las que se organizan en honor de la Virgen de la Esperanza, en febrero y septiembre de cada año. Algunos dicen desconocer si los políticos y los agricultores se han cobijado con el manto de la Patrona para la instauración de la Feria de la Fresa que, casualidad o oportunismo, inicia y se ofrece durante el segundo mes del calendario. Puede ocurrir que dicho producto, base de la economía del municipio y alguna parte de la región, se encuentre en la fase más productiva –en cuanto a cantidad, que no en relación al precio en que se tasa, ya que al parecer esto ocurre en los últimos meses del año, cuando la planta madura la primera de sus floraciones–,  haya impulsado a los directivos del ramo para la realización de la feria.

En ese tiempo, los visitantes pueden encontrar muestras y marcas de cada una de las empacadoras que en el municipio operan. Se ofrecen los distintos tipos de procesos con que conservan y empacan la frutilla. Lo que se traduce  en oportunidades de empleo para una importante cantidad de habitantes, no sólo de esta ciudad, sino de otros lugares de la región.

A más de los productos procesados por las empacadoras, la gente que acude a los terrenos de la feria  puede disfrutar con las delicias de la gastronomía jaconense. Además de los juegos mecánicos y verbenas populares que enmarcan el ambiente de fiesta que se vive cada día de la Feria.

     Misticismo y romería

Sin la misma brillantez –tal vez por lo incierto del clima, ya que la época de lluvias no termina de hacer el viaje–,  pero es innegable que con mayor misticismo el novenario septembrino no pasa de puntitas. Durante esos días, como ocurre durante las fiestas de febrero, los católicos se unifican y acuden, en peregrinaciones, en romerías, por barrios y comunidades, a rendir tributo a la Patrona Diocesana, la Virgen de la Raíz. Tradicionales son las romerías que algunas de las parroquias de la Vicaría de Jacona, han realizado y realizan cada septiembre. Las había tan llenas de fervor mariano, que los romeros cubrían las distancias desde sus lugares de origen a pie.

Desde siempre gran productor y criador de ganado, a Jacona le fueron concedidas mercedes para estancias ganaderas desde 1540. Aunque Gaspar de Villadiego y Pedro Moreno que fueron  recipiendarios de estas prebendas reales las recibieron en 1542 y 43 –sin reparar en los daños que causaban los bovinos en las sementeras de los nativos–. En esta actividad, en estos tiempos, los actuales habitantes de la ciudad y municipio  se dedican a la crianza y engorda de vacunos, principalmente. Sin dejar de lado la explotación lechera. Así, al igual que durante los tiempos de los colonizadores, los ganaderos han sabido sacar merecido provecho a sus esfuerzos.

No son raros quienes se dedican a la actividad porcina, y van tras las huellas del que fue veedor en aquellos lejanos tiempos, Pedro Luis, que estableció una estancia de puercos a la vera del camino que unía y comunicaba a Jacona con Jiquilpan. Aquí también existe quien se dedique, con ahínco y esmero, a la crianza y educación de caballos –sobre todo para la fiesta charra y las carreras parejeras–, conocida la afición y gusto que para tales espectáculos hay entre sus vecinos.

Turismo, un corredor en ciernes

Desde hace años, en las cercanías de la ciudad, quien quiera, puede acudir con su familia a la presa de Verduzco, a La Estancia, a Orandino, y disfrutar de la frescura de sus aguas. Las instalaciones, año con año, se mejoran en bien de la comunidad.

En este campo, como bien lo anunció el maestro Jaime Ramos Méndez, en estas páginas, Zamora, Tanganacícuaro y esta Jacona, han comenzado a caminar con la finalidad de formar un corredor turístico. En el proyecto están incluidos tanto la iniciativa privada, como –de momento—los gobiernos municipales y el del Estado.

De comidas y exquisiteces

Jacona ha sido un sitio muy concurrido por los habitantes de los pueblos y ciudades vecinas que gustan de la buena comida. Los restaurantes y centros botaneros, así como las cenadurías, han logrado gran aceptación y fama. Sobresalen, por el número de comensales, los lugares en que se ofrecen mariscos y carnes para la comida del medio día. Por las tardes y noches, las cenadurías llegan a ser insuficientes para atender a los que, desde Zamora, Santiago, Chavinda y otros pueblos vecinos hacen el viaje para gozar y disfrutar con los platillos que aquí se cocinan y venden. Cuentan, los nativos de la ciudad, que por las mañanas, los puestos en los que se ofrecen uchepos también se ven concurridos.

Sitio especial lo ocupa, en este aspecto, la visita al monasterio cisterciense. Construido sobre una falda de la montaña, ofrece, a más de paz, luego de asistir a la hermosa capilla y la experiencia de ver parte del Valle desde lo alto, una variedad de productos procesados y hechos por los frailes. Los lácteos son exquisitos. Y sus conservas y mermeladas, únicas. El pan, en su punto.

Por la  hospitalidad de la gente, la gastronomía y la belleza de sus lagos, Jacona tiene atractivos que nadie, en la región puede perderse. ¡Venga! Jacona, como bien afirma la joven funcionaria del municipio, es una ciudad para disfrutarse, en paz, sin prisa, con tranquilidad.

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