San José de Gracia. Benjamín González Oregel

Puebleando  San José de Gracia, donde sus habitantes han conservado el “Don y el Doña”

BENJAMÍN GONZÁLEZ OREGEL

Don Gregorio González Pulido, fundador de San José

San José de Gracia, Mich.–  Quizá los emprendedores espíritus de don Bernardo González Pulido y doña Herminia Cárdenas, “que se incorporaron a la construcción del pueblo de San José con buena fama, regular fortuna, juventud y deseo en él de consolidar el ‘don’ y en ella el ‘doña’, y no quedarse sólo con los apelativos de ‘cristiano’ y ‘cristiana’, ejerzan influencia entre  los moradores de esta ciudad. Los josefinos han consolidado el ‘Don’”.

Asegura el doctor don Luis González y González, en su magnífica obra, Pueblo en vilo,  que “vivir en el pueblo tenía sus recompensas de todo orden”, puesto que “a un pueblerino le era más fácil vender y comprar”.  Hoy en día, las condiciones en que viven los herederos de los fundadores de San José de Gracia, confirman tal aserto.

El doctor don Luis González y González

Porque si en el lejano año de 1885, los habitantes de la ranchería de El Llano de la Cruz sabían que el sitio en donde pensaron fundar el pueblo “no era el medio natural más adecuado, pero sí el medio humano más eficaz para realizar la idea”, también tuvieron la claridad  para escoger la ruta por la que había de transitar el devenir de las generaciones legatarias  de esa pléyade de hombres del campo que habitaba una de las tres rancherías que habían crecido en lo que fue parte de la hacienda de Cojumatlán, tras la disolución de ésta.

No por azar, quizá por los  naipes

Según nos heredó el fundador del Colegio de Michoacán en su magistral obra, los habitantes de la ranchería, la más poblada del trío de asentamientos humanos que se ubicaba  en lo que fue parte de la hacienda Ojo de Rana, El Sabino y El Llano, acicateados por las decisiones que habían adoptado los que ocupaban y  vivían El Valle, (La) Manzanilla y Concepción de Buenos Aires –todos en Jalisco–, que acababan de formar sus propios pueblos, decidieron  no quedarse atrás. A pesar del enojo de los ricos, quienes ya habían convencido a los habitantes de los primeros ranchos de que abandonaran la idea.

Seguramente, quienes se oponían eran algunos de los compradores originales –quizá no faltaban los retoños de los que habían hecho el viaje sin retorno durante los 22, 23 años que prosiguieron a la venta de los terrenos de una porción del latifundio de Guaracha–. De aquellos hombres que habían ahorrado y podido tratar y pagar a don Tirso Arregui, allá por los años de 1861 y 1862, una, o varias, de las “cincuenta y tantas porciones de desigual tamaño” y que alcanzaban la nada despreciable suma de “casi cincuenta mil hectáreas en las que se criaba “bien el ganado vacuno, de lana, caballar y de cerda”, donde algunas tierras “producían maíz, frijol, y otras, magueyes” y en donde los habitantes podían “pescar en el gran lago de Chapala”.

Todo lo anterior fue llevado a cabo por órdenes de la hija mayor y heredera de don Diego Moreno, Doña Antonia Moreno de Depeyre, quien había acudido, en la ciudad de México, ante el notario público don Ramón de la Cueva. Oficina en la que quedó asentado que  doña  “Antonia, en su propio nombre y en el de sus hermanos, plenamente facultada, concedió a don Tirso Arregui, honorable ciudadano de Sahuayo, un poder bastante para que obtuviese la devolución de la hacienda de Cojumatlán, de su arrendatario José Dolores Acuña, y “recogida procediera a su venta en fracciones”. Ha trascendido que una de las causas que forzaron a la señora Moreno Depeyre a deshacerse de la parte en cuestión, la fracción poniente del monstruo, fue su desmedida afición a las cartas, a los naipes (Pueblo en vilo, p. 17).

A pesar de las restricciones

Hoy,  124 marzos más tarde –la fundación y bautismo del núcleo urbano se verificaron  el 19 de marzo de 1888–,  el ambiente en que crece y luce la mancha urbana se ve muy  mejorado.  Las columpiantes calles surcan y enlazan  las breves colinas sobre las que se asienta la población. El tiempo y los esfuerzos de los josefinos rinden frutos en abundancia.

Aquí, en términos generales,  se vive bien. Aunque es algo curioso, porque ha bajado muchísimo el empleo. Pero en cuestión de la economía, no se ve que la gente resienta, que sufra con las  fuertes limitaciones.  Se cuenta con lo necesario para vivir bien. Sin duda, debe haber gente con ciertos problemas, pero no se ha llegado al punto de la extrema pobreza. Por otra parte, en un sector fuerte de la población se observa un nivel de vida sobrada. No se nota que haya porciones poblacionales que carezcan de lo más necesario, que vivan  limitados, como en otras regiones donde hay pobreza extrema.

A pesar de las restricciones económicas con que se maneja el actual ayuntamiento, “porque del gobierno del Estado prácticamente no hemos recibido nada. Logramos bajar algunos programas, del ramo Federal: allí está la Unidad Deportiva para la que se lograron recursos y a la que se le dio una buena renovación. Pero todo el apoyo fue del gobierno Federal”, confía el maestro Sergio Mora Salcido, miembro del actual cabildo.

Migrantes, si la montaña no viene

La costumbre de viajar,  de los que habitaban El Llano de la Cruz, y de los herederos de éstos, data de los años que precedieron a la fundación de San José, según relató el historiador: “Cuando algunos fuereños dejaron de venir por los productos de esta región, don Gregorio (González Pulido) inició sus largos viajes a la capital a donde llevaba queso, puercos y lo que se ofrecía” (p. 43). En otro apartado, en el Esbozo biográfico de un cura de pueblo, el académico  remató esta característica, cuando recordó que el mismo don Gregorio, no solamente acudía mensualmente a la Capital. Sus viajes se extendían hasta las costas del Golfo, Veracruz y Tabasco, sitios en los que adquiría materias primas para el desarrollo de las labores cotidianas de los llaneros, más tarde josefinos. Si la montaña no viene a ti, hay que ir hacia ella.

A principios de la centuria pasada, don Gregorio González Púlido cada mes iba a la Capital, a llevar el queso que aquí consumía el 80 por ciento de la producción lechera. Pero no era, el queso, ni ha sido, el único producto salido del lácteo vacuno.  En menor escala el blanco líquido se convertía en jocoque, requesón, mantequilla batida y agria y quesillo. “El queso era transportado a lomo de mula a Tizapán; de allí iba por canoa a Ocotlán, donde el tren lo transportaba hasta México” (p.64, Pueblo en vilo).

Además, también esta población ha sufrido la sangría migratoria.  Podemos ubicar  grandes grupos de josefinos que radican en Guadalajara y la Ciudad de México; como también los hay en los Estados Unidos. Lo mismo que pasa en otros lados, aquí también sucede:  los que han tenido que salir del lugar que los vio nacer, cada que pueden  regresan a disfrutar de las fiestas de San José y las festividades guadalupanas, principalmente. Aunque, los retornos se han visto mermados de unos años a la fecha. Porque, si antes acudían durante la Fiesta, ahora distribuyen sus visitas durante el año.

Río de la Pasión

Por ejemplo, este tiempo, el decembrino, era una época en la que acudía bastante gente. Hoy en día, no  vemos –y se siente–  la misma presencia de emigrados y emigrantes. Hoy vienen, si es que pueden, unos  en marzo, otros  en Semana Santa y no han de faltar los que lo hagan en julio y agosto. Hay rumores, entre los que aquí habitan, que mucha gente ya no quiere venir en estos periodos vacacionales, porque espera que los hijos estén de vacaciones escolares. Un papel nada despreciable lo marcan los distintos calendarios educativos. No descartan que en la escasez de visitantes, el aspecto económico, también juegue un importante rol.

La leche, la industria, buena y cabal salud

La economía de los primeros habitantes de El Llano de la Cruz  giraba sobre  la crianza de ganado, primordialmente vacuno. “En el año de la venida del señor obispo se dio el caso de que en diciembre cayeran fuertes aguaceros” y todo el año de 1867 fue muy llovedor. Las mil quinientas vacas en ordeña engordaron y dieron en cada uno de esos años alrededor de 250 mil litros de leche, un poco más de un litro por vaca de ordeña. El precio de los vacunos se trepó hasta las nubes. Don José Guadalupe González vendió una partida de vaquillas a 13 pesos cada una. Entre todas las rancherías de lo que sería jurisdicción de San José se fabricaban mil grandes quesos anualmente” (Pueblo en vilo, p. 23).

La industria lechera josefina goza de buena y cabal salud, tiene mucha presencia en los mercados nacionales. Hay empresas que han crecido muchísimo. Siguen con vida los talleres domésticos, aunque han visto disminuir su número. Esto es malo, porque se los han comido las empresas grandes. Sin embargo, sabedores, los josefinos,  por fortuna, que es allí donde se ha conservado la calidad de los productos lácteos, los mantienen en servicio. Las empresas grandes han seguido la tendencia a la producción industrial-comercial. De éstas, de las industrias grandes, podríamos hablar de entre 8 a 10. En ellas, unos 300 ó 400 vecinos encuentran sustento diario.

La ganadería es la actividad primordial entre los habitantes del municipio y cabecera. Es la actividad por excelencia, todavía. Sí hay ganaderos que han vendido sus hatos originales; pero lo han hecho con la finalidad de mejorarlos. Porque es palpable que ahora,  los hijos de aquellos  ganaderos mayores ven con una perspectiva diferente el negocio ganadero. Tienden a mejorar, a escudriñar alternativas para optimizar la producción lechera. Buscan, además, perfeccionar la atención de los vacunos, en cuanto al aspecto de la atención alimenticia del ganado. Lo bueno, en las vacas, entra por el hocico, dice un viejo dicho  ranchero.

Además, desde aquellos primeros días, entre los miembros de esta comunidad, la confección y conservación de frutas como la guayaba, el durazno, la pera, el membrillo, en almíbar, ha sido otra manera y costumbre de emplearse  y modo de vida para los moradores del municipio. Estos manjares se encuentran en buna parte de los comercios de la región y el país. Aunque buena parte de las materias básicas,  las frutas, los compren en lugares tan distantes como Aguascalientes, o tan cercanos como la vecina Mazamitla.

Un apoyo, el CBTA

Complementariamente, en esta ciudad, desde hace años, existe un plantel educativo muy ligado a las necesidades propias del  municipio y región.  Se conoce como el CBTA (Centro de Bachillerato Tecnológico Agropecuario). En sus aulas se enseñan las ramas agrícola y ganadera, que fueron los motivos de su creación. Ahora, además, se ofrece la oportunidad de estudiar matemáticas y física, por lo que sus egresados pueden obtener los títulos en estas materias. A más de que quien así lo prefiera, puede aprender la conservación e industrialización de alimentos; la industrialización de productos agropecuarios.

Los egresados de este centro, son aprovechados por empresas instaladas en la cabecera y en comunidades como el Ojo de Rana –que se ha desarrollado, ha crecido mucho, aseguran los josefinos–  y San Miguel.

La agricultura es un sector muy desprotegido, lo afirma un funcionario público. Como bien lo expresó el doctor en historia, “el cultivo del maíz y el frijol nunca fue negocio. El suelo de la meseta no es a propósito para vegetales de este tipo”.  No hay agricultura, como forma de hacer fortuna en el municipio, asegura el regidor. Lo poco que se siembra tiene como fin ser convertido en alimento forrajero para el ganado. Generalmente lo ensilan, para aprovechar al máximo el producto de la tierra.

Don Luis González, no aparece

Se sorprenden, mis interlocutores,  cuando les advierto que en la información oficial del municipio, la que se encuentra en La Red, no aparece el nombre del que ha sido, indudablemente, el más grande de sus hijos: don Luis González y González. Como tampoco se hallan los de monseñor Rogelio Sánchez, ni los de los famosos médicos: Rosendo y Antonio Oseguera. Los habitantes del lugar, al escucharlos, reconocen que se trató y trata de gente, que ha sido reconocida públicamente, por el lustre que han dado al nombre de San José. A todos, cuentan, se les han organizado reconocimientos públicos. Todos han sido reconocidos como hijos ilustres y predilectos de la comunidad, en actos abiertos, en asambleas ciudadanas, por los trabajos que han realizado en beneficio de comunidades y ciudadanía.

La Tirolesa, tan de moda

Por esos viajes de la Red, encontré que, hace años, en Xalapa, Veracruz, durante una velada literaria el personaje principal de la noche. En una nota firmada por Concepción Moreno, y publicada en El Economista, se cuenta que el personaje central de la mesa “no fue uno sacado de los libros de Le Clézio. Fue otro: un estimado, reverenciado, don Luis. Don Luis, que les enseñó a los dos francesitos –Le Clézio y Jean Meyer–  sobre este país. Don Luis, de quien ambos hablaron como quien habla de un padre.

“Don Luis, que se atrevió a desafiar a la academia y a contar la historia a su modo, al modo de las personas de a pie, de la vida de la gente en un pueblito que casi no aparece en el mapa pero que en sí mismo guarda toda la historia de una nación. Don Luis no es otro que el historiador Luis González y González, maestro de Meyer y de Le Clézio, un hombre que tuvo con ellos gestos generosísimos, los acogió en su casa, los hizo de algún modo sus ahijados intelectuales.

“Jean Meyer nos contó cómo en su pequeño pueblo natal de San José de Gracia, Michoacán, Luis González y González se tomó un año sabático para reconstruir, gracias a largas pláticas con la gente del pueblo, la historia de esa tierra. Y cada vez que acababa de escribir un capítulo iba y lo leía en la plaza principal.

“Y la gente le corregía, le cambiaba palabras, le decían ‘No, Luisito, eso no pasó así’”, contó Meyer (quien, por cierto, es un gran conversador, de esos que hacen voces y tienen buen timing cómico).

“Al final Luis González y González escribió un libro en la lengua autóctona de San José de Gracia, Pueblo en vilo, que hizo que la academia se rasgara las vestiduras pero que descubrió lo que a esa academia altanera se le estaba escapando: la microhistoria”.

Al hablar del doctor en historia, por acuerdo de  los miembros del actual Cabildo, se ha tomado la determinación de no celebrar, por respeto, el día en que don Luis partió. “Se va a festejar el aniversario de su nacimiento”.

El padre Federico González

Un lugar muy especial, en el ánimo de los vecinos lo ocupa el padre Federico González Cárdenas, debido a su dedicación en beneficio de sus coterráneos. Nacido en El Llano de la Cruz, estudió en el seminario de Zamora. Luego de una larga estadía en Tingüindín, estaba de regreso a su pueblo, cuando se le ocurrió a la bestia llamada Inés Chávez García y sus animaladas fieras, visitar el caserío. Se cuenta que, gracias a la intervención del “valiente padre”, el chacal no atropelló, al pueblo y sus gentes, con la voracidad  y bestialidades que le han sido reconocidas. Por otra parte, se sabe que, en 1925, de acuerdo con la propietaria de las tierras de El Sabino, ante la amenaza de ser repartidas entre los solicitantes, organizó la venta de 218 porciones de tierra, entre otros tantos compradores. Además de dar vida a la ACJM, logró formar un breve ejército en contra de “los torturadores de curas”. Y a pesar de que se trató de 3 acciones antirrevolucionarias, hoy, el pueblo, considera que tales actos son dignos de recuerdo.

Y si cuando el general Lázaro Cárdenas gobernaba el Estado, hacia el año de 1930, le pidió que no se parara en el pueblo ni en ningún otro sitio de Michoacán, una vez en La Silla,  jiquilpenese y josefino juntaron ideales y esfuerzos y lograron beneficios para los descendientes de los primeros pobladores. La carretera Jiquilpan.Manzanillo, pasa por esta ciudad, gracias a esta conjunción.

Pero también hay espacios para: don Gregorio González Pulido, fundador del pueblo; el Padre Othón Sánchez, sacerdote sumamente activo, quien además de llevar bien su ministerio se dedicó a enseñar a la gente a vivir bien en cuanto a higiene, salud, sin olvidar el campo de la moral.  Se afirma que don Anatolio Partida Pulido participó activamente en la Revolución  Cristera y en la defensa del pueblo, cuando fue tomado por el bandolero Inés Chávez García.   A don Apolinar Partida Arias se le considera uno de los héroes mártires de la defensa.

En lo político, entre los josefinos que han logrado levantar el vuelo, se recuerdan los nombres del ingeniero Abraham González Negrete, quien además de presidente municipal, fue legislador local, y director de Ganadería y Pesca del Estado. Así como el del también ingeniero Luis Mejía Guzmán. Este alcanzó la subsecretaría de Desarrollo Social y Humano, luego de haberse desempeñado como delegado de la misma dependencia en Michoacán, tras haber ocupado  una curul local.

Festividades, rumbosas  

Las principales festividades de la ciudad son las del mes de marzo. El cénit de las fiestas ocurre el día 19. Se trata de fiestas por todo lo alto, con presencia de grandes artistas y reconocidos grupos folclóricos. Los ha habido con fama internacional. Habitantes de la región se dan cita en la plaza, o en los otros espacios propios para los que fueron creados. Se dio, desde tiempos del padre Federico, cada 19 de marzo, una corrida de toros. Pero una tarde marceña –con los diestros Alfredo Lomelí y Alfredo Ríos, El Conde, con sus cuadrillas listas y a las puertas de cuadrillas–,  sin decir agua va, terminó esta tradición. Lo sustituyeron con tardeadas con música de banda, de esa ahora conocida como grupera.

Comidas, platillos

San José de Gracia se localiza al noroeste del Estado. Limita al norte con  Cojumatlán de Regules, al este con Jiquilpan, y al Sur y oeste con el Estado de Jalisco. Uno de los platillos favoritos de los josefinos, es El Bote. Un caldo de verduras, carnes de puerco, res y pollo, pero cocido con pulque o cerveza. Toma su nombre porque, inicialmente, la cocción se hacía en un bote alcoholero, de lámina. Se servía en las temporadas de cosechas y en algunas festividades familiares. Se puede, si la suerte le acompaña, paladear el Menguiche, cuyo ingrediente principal es la mantequilla agria. En la ciudad, desde que existen las carnicerías, se pueden degustar las clásicas carnitas, sobre todo en los cazos. Esto suele aparecer  cada mañana, allá por el rumbo de la Capilla, por la salida camino al sur.

Turismo y comercio

Pero si la tierra  y la topografía no han permitido el crecimiento de la actividad  básica del hombre, sí ofrecen, y los vecinos las  toman, las facilidades y condiciones para el fomento del turismo. Desde hace años, el municipio cuenta con un balneario, el Agua Caliente, abierto a todo público. San José, en lo turístico, se beneficia de los tapatíos que acuden, los fines de semana, desde la zona metropolitana de Guadalajara.

Por tradición, desde los tiempos primeros de la comunidad, los josefinos hacen sus compras en Sahuayo, principalmente; aunque no les resulta incómodo hacerlo en Jiquilpan o Zamora. Sin embargo, las grandes transacciones se verifican en las ciudades de Guadalajara, Monterrey y el Distrito Federal.

Cuando uno visita esta fresca y alegre población, es recomendable, si se quiere, acudir y disfrutar de las acariciantes aguas del balneario Agua Caliente, que es el lugar de recreo  municipal. Si se quiere y busca algo distinto, hay que acudir al balneario del Río de la Pasión, que es de particulares. Este grupo  espera, en un tiempo nada lejano, abrir al público el parque Ecoturismo Rio de la Pasión.  El fin es la promoción y el desarrollo económico, turístico, ecológico, cultural  del área en que construye.

Se construyen las cabañas en los que podrán  habitar quienes así lo decidan, previo pago de una renta. Además de que los huéspedes podrán disfrutar  del senderismo, o la tirolesa –tan de moda como está–.  Aunque también se podrá acampar en el parque. Habrá servicio de restaurante. Sin embargo, lo primordial, será, a través de una variedad de actividades, recuperar espacios para conservar y disfrutar la belleza natural de la barranca de Las  Yeguas, donde se encuentra la cuna, el arrullo y la esperanza del Rio de la Pasión, afirma José María González, un eficaz y diligente empleado municipal.

Entre los sitios interesantes, se cuenta con el centro de la ciudad. Las vistas que ofrecen las casas viejas, como ellos las llaman, aquellas que construyeron los coetáneos de don Gregorio González y toda aquella pléyade de visionarios,  con sus altos tejados a dos aguas, nos ayudarán a comprender mejor la idea que movió a los fundadores del pueblo. Por si no bastara, en la casa de don Luis González y González, abre sus puertas una biblioteca, al público que guste visitarla.

Los josefinos están dispuestos a recibir, con los brazos abiertos, a quienes decidan visitarlos. Tendrían la oportunidad de conocer lo que es la industrialización de la leche y, sobre todo, la producción del yogurt, que ha tomado un gran auge. “Las ventas se han incrementado mucho”.

Hoy, desgraciadamente, como acontecía entre los años 14 y 20 del siglo pasado, los habitantes de San José padecen con las zozobras, quemazones, robos y asesinatos. Y es que una ciudad pujante será, siempre, un atractivo difícil de rechazar para los malvivientes.

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