Sahuayo, 1. Benjamín González Oregel

Puebleando  Sahuayo, una ciudad “que se añora y que se quiere; que se conoce y se teme”

BENJAMÍN GONZÁLEZ OREGEL

Primer de 2 partes

Sahuayo, Mich.–  Quien visita esta ciudad no hace viaje en vano, en balde. Ni sale con las manos vacías. En su costal, imaginario o real, algo se lleva de aquí. Y, por regla general, casi siempre regresa. Porque Sahuayo tiene ese algo que cautiva y atrae. Algo parecido a lo que canta Joan Manuel Serrat en su precioso canto, Mediterráneo, cuando afirma que  se trata de un mar al “que se añora y que se quiere; que se conoce y se teme”.

La palabra Sahuayo, procede del idioma náhuatl, y es interpretada de diversas maneras. Según el filólogo y licenciado  Cecilio A. Róbelo, quiere decir “en donde da la sarna”; según el doctor don. Antonio Peñafiel, la palabra se compone de dos elementos: tzacual-ayotl, donde tzacual es una vasija formada por la mitad de un coco y ayotl que quiere decir tortuga, “vasija que tiene el aspecto de una tortuga”.

Los  primeros habitantes de esta región –lo mismo sucedió en  muchos lugares de las márgenes del Lago de Chápala–, fueron de origen azteca. Se cree que en la peregrinación de esta raza desde Aztlán, rumbo a la región de los grandes valles, se dividieron en varias fracciones y,  en los lugares donde se asentaron, fundaron pueblos con nombres. A los que llamaron, naturalmente, con nombres propios de su lengua. Como fue el caso de Sahuayo.

Sin embargo, como ahora podemos recordar, la región fue sometida por al imperio tarascó, por Tzitzispandácuare; cuando los purhépecha adquirieron fuerte predominio y los aztecas se concentraron en el Valle de México.

Buena simiente

A la llegada de los españoles, bajo el mando de Alonso de Avalos,  estas tierras formaron  parte  de la provincia de Avalos. Segmento que  abarcó Tuxpan, Tuzantla, Sayula y Sahuayo. Además, pasó a formar parte de la encomienda de Hernán Cortés. Este la cedió  a Gonzalo de Galván.  Con  la conquista  del territorio, llegó la seducción  espiritual. Ésta corrió a cargo de los frailes de la orden de San Francisco y se atribuyó a Fray Juan de Badia.

Esta victoria sembró tan buena simiente, al caer en terreno fértil,  que enraizó con tal profundidad que, hoy día, una de las características que distingue, y de la que hacen gala  los actuales moradores de esta ciudad, es su acendrado catolicismo.  Al menos así lo exteriorizan, en cuanta ocasión consideran necesario hacerlo. Para 1540 Sahuayo dependía eclesiásticamente de Jiquilpan. En 1555  formó parte de la parroquia de  Jacona. Pero esto duró poco. En 1570, al convertirse Ixtlán en parroquia secular, dependió de ella,  junto con San Pedro Caro, Guarachita y Cojumatlán. En lo civil, acudía a la autoridad de Zamora.

Guaracha, no podía ser de otra manera

En  1545, en la región se dio una expansión y explosión de españoles. Estos se establecieron en las  tierras  de los naturales.  Los despojaron de sus terrenos.  Las Repúblicas de Indios dejaban de cumplir con el cometido para el que habían sido creadas. En 1567, el Marqués de Folces repartió  esta región para estancias ganaderas de los peninsulares.

Lo peor llegó cuando, a finales del siglo XVI, la región noroccidental de Michoacán vio el nacimiento y crecimiento del latifundio de la hacienda de Guaracha. Ignorada la disposición legal que protegía a los indígenas, mediante compraventas ilegales, pero sobre todo a través de despojos los terratenientes sumaron tierra y poder, como nunca antes –ni después se vería–, se había visto. Cuentan los historiadores que el zamorano Pedro de Salada, en 1643, encontró la oportunidad de legalizar los muchos fraudes, los despojos que había fraguado. Y no dejó pasar la oportunidad, lo hizo. Con estos actos  legalizó la propiedad de la Hacienda.

Por otro lado, la población que habitaba esta parte fue azotada por las pestes, lo que ocasionó una sensible disminución en cuanto a número de habitantes. Esto trajo, consecuencia lógica, una baja en la mano de obra que los jornaleros brindaban a los latifundistas. Estos, ni tardos ni perezosos, no dudaron, compraron  y repoblaron los centros de concentración con esclavos negros. Las páginas más obscuras y negras de Guaracha, estaban próximas a escribirse. Esto se dio con los cambios de propietarios y administradores. Corrían los primeros calendarios del siglo XVIII.  Vicisitudes que no terminarían hasta que el monstruo fue dividido, disuelto, mediante la ley agraria de 1917. Misma que tomó forma, a plenitud, durante el gobierno del general Lázaro Cárdenas del Río.

Las vacilaciones, entre uno y otro bando

Los vecinos que habitaban esta población, como la mayoría de los que vivían en la Ciénega, durante la guerra de Independencia, se unieron al contingente comandado por el cura don Marcos Castellanos, un sacerdote nacido en La Palma. Los dueños de Guaracha, como era de esperarse, lo hicieron al lado de los realistas. Esta fue la razón por la que varias veces los insurgentes de Sahuayo asaltaran la fortaleza que se ubicaba  en lo ahora es parte del  vecino municipio, ahora llamado Villamar. Tal vez estas acciones tuvieron que ver para que Sahuayo se constituyera  en municipio, por Ley, el 10 de diciembre de 1831.  Sólo para volver a colocarse del otro lado, durante la época de La Reforma. Cuando se convirtió, el centro urbano, en  refugio de los conservadores.

Entonces ocurrió otro  gran cambio, cuando, en 1861, fue vendida la mitad de la hacienda de Guaracha, a más de 50 compradores, por su dueña, Doña Antonia Moreno de Depayre. La parte vendida fue la del occidente de la Laguna y Cojumatlán. Surgieron así nuevos propietarios, dueños de grandes capitales. Durante la intervención francesa, la población fue escenario de encuentros entre franceses y republicanos. La población fue tomada y saqueada por uno y otro bando. El 13 de abril de 1891, la cabecera fue elevada al rango de Villa con el nombre de Sahuayo de Porfirio Díaz.

En la época porfirista, Sahuayo padeció nuevamente por las pestes, mientras se introducían mejoras materiales tanto en la población como en la infraestructura agrícola. El dueño de la hacienda de Guaracha construyó la presa de San Agustín, un ingenio moderno –el de San Ignacio–  y consiguió que el  ferrocarril llegara a la hacienda en 1901. Entonces surgieron grupos de arrieros, artesanos y comerciantes.

El  fin del monstruo

En  1905 se inició la desecación de la laguna de Chápala, mediante la construcción del Bordo de Cuesta. Este hecho  incrementó la riqueza de los terratenientes de la zona, que obtuvieron más tierras y aprovecharon para terminar de despojar a los campesinos de los pocos terrenos que poseían. A quien se resistía, lo dominaban mediante el control del agua. Para 1912 la población sufrió la ruptura del bordo que desecó la región. Esto, además de otros estragos naturales, impidió la participación inmediata de los desposeídos en La Revolución. Fue hasta el año de 1916 y 1920  en que la gente se involucró en el movimiento. Cosa que también hizo durante el conflicto religioso de los cristeros.

Como era de esperarse, una comunidad con las raíces cristianas tan profundas, tenía que contar con un cura como cabeza contra el agrarismo, cuando los campesinos intentaban recuperar sus tierras. Tocó al General, cuando despachaba en Morelia, otorgar la primera resolución para repartir parte de la hacienda a sahuayenses. Una vez sentado sobre la Presidencial, se fundó el ejido Emiliano Zapata. Se partió el corazón del monstruo y éste rodó hecho pedazos.

Debido al desarrollo alcanzado, en lo económico, el congreso local tuvo a bien otorgarle el título de ciudad, el 28 de noviembre de 1952. 15 años más tarde, la ciudad estrenó apellido. Dejó de ser de Díaz, para convertirse en Sahuayo de José María Morelos.

Hijos ilustres

En esta bulliciosa ciudad, en la actualidad, el personaje más conocido y admirado, es el Niño Mártir: José Sánchez del Río. En  la comunidad se perciben tanto el arrojo y atrevimiento de sus comerciantes, como el conservadurismo de sus fieles cristianos.  Y  a este pequeño sahuayense, todo mundo lo trata con respeto y veneración. Quien sea interrogado acerca del futuro del ahora beato, dirá que todos han  emprendido una lucha para su pronta canonización. Saben de la dificultad que encierra dar este paso, pero se trata de su paisano.

Sobre esta  idea –a José Sánchez del Río todos  lo llaman Joselito–, entienden que esto va para largo, porque “apenas lo acaban de beatificar. Sabemos que hace milagros. Queremos que lo conozcan –más fieles y el Tribunal encargado del caso–, porque fue una persona nacida en Sahuayo. Tiene, aquí, todavía familia, y debemos de fomentar su devoción. Recordemos que fue martirizado y sacrificado durante la Cristiada”. Niegan que lograr llevar a un santo a los altares, sea una cuestión de dinero.  “Invitamos a la gente, lo invito, para que vea una procesión en honor de Joselito.  Para que vean el fervor y devoción que provoca. En febrero va a ser la fiesta”.

Por otra parte,  se prepara otra celebración en honor del Niño: el año venidero, se habrán de cumplir  cien años del nacimiento del beato. “Pero, a los fieles del lugar les interesa, sobremanera, el impulso a favor de la canonización de Joselito, un pequeño mártir, nacido en este lugar, sacrificado por amor a Cristo”. Además, también se recuerda a san Felipe de Jesús, el primer mártir mexicano, el 5 de febrero, subraya una enterada, y entregada a la causa del paisanito,  dama que responde al nombre de  Martha Muratalla.

Sin suerte, poco conocido

No corre, empero, con similar suerte el reconocido pintor don Luis Sahagún Cortés. Otro hijo de este rincón michoacano que nació el 20 de mayo de 1900, y que falleció a los 77 años, el 24 de febrero de 1978 en éste, su pueblo natal. Fue hijo del matrimonio formado por el doctor Pascual Sahagún y la señora doña Petra Cortes.

Si en este Sahuayo se conocieron  sus primeras aficiones, fue en Guadalajara, con  estudios más profesionales, con más técnica, cuando, a  los 26 años, mostró ser  dueño de un estilo definido. Pero este distintivo requería  perfeccionamiento. Y lo logró. Fue pintor oficial de la Presidencia de la República y embajador cultural de México en diferentes países. Además de haber sido director de la Academia de San Carlos, en la ciudad de México. Por si fuera poco, fue el padre de la técnica de “la espátula mexicana”. Con una beca, otorgada por el gobierno mexicano, una beca del gobierno del general Lázaro Cárdenas, estudió en Roma. Luego de ingresar a la Academia Libre de Desnudo, se incorporó al Círculo de Bellas Artes, donde conoció a Rómulo Bernaldi.

De regreso a su tierra, fundó la primera Casa de la Cultura en Michoacán llamada “Petrita Cortes de Sahagún”. Cosa que ocurrió  en la tierra que lo vio nacer. Aquí mismo dio vida a la primera pinacoteca del Estado.  Además donó terrenos para la construcción del Instituto Sahuayense. La biblioteca del Instituto Salesiano de Sahuayo, es recinto de muchas de sus pinturas.

La investigadora del Colegio de Michoacán, Nelly Sigaut, dijo, durante la presentación del libro Luis Sahagún Cortés, Pincel del equilibrio, que  “el centralismo en el país no ha permitido que tengamos todavía la gran exposición que se espera de Luis Sahagún con su obra catalogada”, y externó su deseo de que con el paso de los años se valore la obra del pintor originario de Sahuayo, para que en lugar de tener las magnas exposiciones de Frida o Diego, se tenga una de Luis Sahagún (La Jornada, domingo 19 de agosto del 2007). Continuará.

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