EN EL CAMINO ANDAMOS: MI CAMINAR (SMC)

EN EL CAMINO ANDAMOS: MI CAMINAR

Publicado el agosto 28, 2008 por silviano  | Editar

Martínez Campos, 5/XI/06; 19/I/07 Mi Ziquítaro

MI CAMINAR

SILVIANO MARTINEZ CAMPOS

(Ziquítaro, Mich., México, 5 de Enero de 1935)

I.- EL PASO POR LA ESCUELA

1944-1945 Primeros años de enseñanza, en la Escuela Primaria Rural Federal “General Lázaro Cárdenas”, en Ziquítaro, Mich.

1946-1947 Tercero y cuarto años de primaria, en el Colegio Vasco de Quiroga, Penjamillo, Mich.

1948-1949 Quinto y sexto años de primaria en la Escuela Apostólica, de la Arquidiócesis de Puebla, en la ciudad de Puebla, Pue.

1950-1951 Primero y segundo años de “Latín” (humanidades), Seminario Conciliar Palafoxino en su casa de seminario menor en San Pablo Apetatitlán, Tlaxcala.

1952-1953 Tercero y cuarto años de “Latín” (humanidades), en el Seminario Conciliar Palafoxiano, en su casa de seminario menor en Puebla, Pue.

1963-1967 Estudios de periodismo, en la Escuela de Periodismo “Carlos Septién García, ciudad de México.

1977-1978 Dos cursos intensivos (una introducción al estudio de La Biblia), equivalentes a dos años de estudio, denominados Seminario Bíblico, en el Instituto “Sedes Sapientiae” de la Arquidiócesis de México, ciudad de México. 1954 Curso introductorio, de un año, al idioma francés, en la Alianza Francesa, ciudad de México.

1967-68 Curso introductorio, de año y medio, al idioma inglés, en el Instituto Mexicano Norteamericano de Relaciones Culturales, ciudad de México.

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II.- CAMINAR EN EL PERIODISMO

1957 Paso efímero de 3 meses, por el Diario Zócalo, ciudad de México. Trabajos de reporteo en área cultural. Artículos.

1965-1967 Agencia Mexicana de Servicios Informativos (AMSI), reporteo.

1967 Breve temporada en el diario El Universal, ciudad de México, reporteo.

1967-1989 Diario Ovaciones, ciudad de México. Reporteo, mesa de redacción.

1968 Diario La Prensa, trabajo en mesa de redacción.(Actividad paralela a la de Ovaciones).

1969-1971 Instituto Nacional de Investigaciones Agrícolas (INIA), Chapingo, México, edición de material impreso. (Actividad paralela a la de Ovaciones).

1971-1972 Instituto Mexicano del Seguro Social, Orientación y Quejas, trabajos de redacción. (Actividad paralela a la de Ovaciones).

1971-1973 Artículos. (Actividad paralela a la de Ovaciones).

1989-1993 Diario La Voz de Michoacán, ciudad de Morelia, Mich., corresponsal en La Piedad, Mich. Reporteo, columna. Revista Comunicación del Centro Nacional de Comunicación Social (CENCOS), ciudad de México.

1994-1995 Diario Cambio de Michoacán, ciudad de Morelia, Mich., corresponsal en La Piedad, Mich. Reporteo.

1993-1996 Semanario Etcétera, La Piedad, Mich, colaborador. Reporteo, artículos, columna.

1994-2001 Semanario Por qué? de Michoacán, colaborador .Reporteo, columna.

1998-2000 Diario El Financiero, ciudad de México, corresponsal en La Piedad, Mich. Reporteo.

1993 a la fecha, Semanario Guia, de Zamora, Mich, corresponsal en La Piedad, Mich. Reporteo, columna, trabajos literarios.

2006 hasta este día, página web MI ZIQUITARO, impulsor, colaborador.

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III.- OTRAS VEREDAS

1954 Banco Nacional de México, casa matriz, ciudad de México, trabajo de intendencia, mozo.

1955-1956 Una escuelita, de iniciativa propia, en Ziquítaro, Mich.

1956-1962 (por temporadas) Obrero en la Aceitera Ejidal, Mexicali, Baja California. Esporádicamente, también, algunos turnos en la Despepitadora Ejidal, en las inmediaciones de Mexicali

1958-1959, trabajos del campo en el Sur de California, USA

1957-1961, Trabajos esporádicos en el campo, en el Valle de Mexicali, y en Ejido Eréndira, B.C.

1962 (Una temporada ,auxiliar de maestro en la Escuela Primaria Federal “Lázaro Cárdenas”, Ziquítaro, Mich.

1962 -1965 Almacenista de herramientas en la Fábrica de Dulces Bremen, ciudad de México.

1975 Clases en la Escuela de Periodismo “Carlos Septién García”, ciudad de México.

Década de los noventa, clases en la Academia Comercial México, La Piedad, Mich.

1999—2000; y 2002—2003, Consejero Electoral del Instituto Federal Electoral (IFE), Distrito 01 con cabecera en La Piedad, Mich.

2007– Consejero Electoral Suplente del Instituto Electoral de Michoacán (IEM), Distrito 01, La Piedad, Mich.

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Nota: A la siguiente sección de MI CAMINAR, le he puesto una barrera, una tercia de paréntesis. No es que esté prohibido el paso. Lo que pasa es que es provocativa, pro-voca, o sea que llama, invita, a ver la otra cara de la Luna, la otra cara de la moneda, la otra faz, pues, de quien escribe. Lo invito, la invito, a que traspase la barrera y me haga el gran honor de leerme.

((( IV.- EN LA ESCUELA DE LA VIDA

En realidad, luego de MI CAMINAR, allá arriba, debí agregarle: A TROPEZONES, pero se hubiera embrollado la cosa. Mejor me reservo la apostilla, el agregado, para esta sección, con la advertencia de que es sólo un esbozo, una aproximación, porque desde luego quedan pendientes aspectos, muchos subjetivos, incluidas también las metidas de pata en baches, hoyos y a veces hasta barrancos, del caminar. Pero esos detallitos los reservo, si acaso, para el juicio final. De momento van, mi paciente y entretenido lector, lectora, unas pinceladas por si acaso le sirvan para situar sobre todo mis trabajos de fantasía, que yo he llamado, creo que con toda propiedad, literarios y, desde luego, si he de tener el honor de que los visite.

¿Consideraría usted relevante, importante, en mi autoconsideración tan alrevesada, tan rimbombantemente llamada biografía, pero que viéndolo bien conforme a lo que significa el término, en buena parte lo es, consideraría importante, digo, que comenzara mi caminar platicando un poco sobre mis primeras andanzas de vaquerillo, cuidando las vacas de papá Chon?.

Creo que no, ni yo tampoco. Sin embargo, creo pertinente hacerlo, por lo que le voy a contar. Esas correrías, además de ser los primeros pasos en la exploración de mi tierra, fueron el principio para mis investigaciones sobre la Tierra en cuestiones de geología, orografía, hidrografía, botánica y zoología. Desde luego también, y no al último, en relaciones humanas.

Estas pretensiones de hombre universal, requieren desde luego su explicación, porque lo primero que pudiera pensar usted, es que había en aquellos primeros pininos (pinitos) en el camino de la vida, una gran tendencia a la megalomanía, al delirio de grandeza. Y tendría usted razón, y así lo considero yo también: la había.

Lo que sucede, es que en mi niñez la ciencia —mi conocer—, estaba integrada y me falta, a ese propósito, la astronomía, motivo para mí de tantos pesares; pero considero más bien oportuno, por la misma razón, dejarla para un análisis posterior.

Debo estar obligado, por mi método de exposición, o sea de prioridad, o sea porque enumeré, mencioné en primer lugar la geología, de referirme desde luego a ella. Lo que tal vez a usted desconcierte, sea el método para explorarla y la herramienta utilizada.

Porque no creo sea muy ortodoxo, no muy apegado a las prácticas comunes, inspeccionar un paredón, de sentaderas, ni mucho menos con pantalón nuevo de mezclilla, resultado de lo cual podría poner en aprietos a la economía familiar y dar más trabajo a la sobrecargada del mismo, mamá Benita.

No es pues muy adecuado explorar las diversas capas de la tierra ni sentado, ni mucho menos de sentaderas, posaderas o cualquiera otra denominación que se quiera considerar para esa parte del cuerpo de la anatomía infantil. Hubiera estado mejor contentarse con observar los paredones en sus cortes transversales, con sus capas sobrepuestas de tierras, de sales, de piedritas, expuestas por el arroyo para la admiración infantil y en algunas barranquillas, para nidales del desaparecido cuiname.

O contentarse con admirarse por los yacimientos de tizate, las formas que tomaba el tepetate antes de convertirse en piso, o en enjarre de la vivienda rústica; explorar las concavidades de la cueva en la mina de arena; recorrer cual chiva los peñascales formados por lo siglos en la barranca o percibir la diferencia y hurgar en el porqué de la tierra blanca, la tierra negra, la tierra roja. Y por qué una es buena para el garbanzo, otra para el maíz y otra casi para nada.

Ha de disculpar el lector me aparte de mi propio esquema y trate en seguida la ciencia hidrográfica, de mayor interés y ocupación, tanto en mis exploraciones como en mis vivencias. De allí mi admiración por los manantiales, las fuentes, las ojodeaguas. Y los arroyos.

Por las barrancas no tanto, pero sólo en estos menesteres del agua, porque en lo demás, había y hay aún interés en esas exploraciones al interior de las cosas, aun cuando fallen métodos y haya, además, resistencias a aceptar lo que en ellas se encuentra. Y eso, lo sé por experiencia y vivencia, lo comprueba uno por sí mismo cuando adulto; pero estamos con la ciencia, la conocencia, la exploración infantil de la vida.

Soy consciente de mi indisposición contra las barrancas, pero sólo por una de ellas y en determinadas circunstancias. He de ser claro en esto y platicar por qué y cómo. Porque cuando no da uno razones razonables (¡mire usted qué redundancia tan razonada!), vienen los malos entendimientos, o sea los malos entendidos. Pero no es el caso aquí, desde luego.

Así es de que debo comenzar por situarme, en uno de esos días de secas, detrás de La Loma, antes llamada Pelona, pero ahora no tanto, gracias a la reforestación que hizo en ella el anterior propietario, don J. Trinidad Campos Silva, dejando la repoblación silvestre a su ritmo natural, con lo cual se recuperó de manera espontánea, en pocos años, el hábitat para el tepame, el nopal y la huizachera. No digamos de la liebre, aun cuando de esto no estoy tan seguro.

Ya sea por imprevisión de no llevar suficiente agua en la botella o en el guaje, ya sea por alguna tragazón imprevista con consecuencias indigestas, el caso es que durante las correrías de vaquerillo tras esa protuberancia (lo digo para no repetir loma) ya me andaba de sed. Tal vez el trance me condicionó para olvidar si andaba solo, o con mi compañerito de correrías, Chame, Samuel Ojeda, con quien me ligó el afecto antes y aún después de que lo matara el rayo, él ya en el cielo, yo todavía caminando hacia él.

El caso es que ante aquel acoso estomacal, ardiendo la panza de sed, lo primero que se me ocurrió fue ir a buscar agua a la barranca cercana, en vez de regresar a casa por ella, pocos kilómetros hacia el poblado, Ziquítaro, el ombligo del mundo, dicho sea de paso.

Acepto que fue un error de cálculo, ir a buscar agua donde no la puede haber dado lo avanzado de la temporada de sequía, cuando por allí sólo corre, o corría el líquido durante las aguas y pocos meses después, mientras los manantiales del área alimentan el arroyo.

Son lecciones de la vida, pero entonces no lo percibía, eso de buscar la satisfacción donde no se puede encontrar, trátese de las relaciones personales, o trátese de satisfactores tan elementales como el comer, beber, habitar y, a fin de cuentas, de todo el vivir.

Porque el bajar sediento, ardiendo la panza, por la pendiente peñascosa de la barranca, no encontrar agua y tener qué subir de nuevo, no pasa de ser una tarugada, si se ven las cosas desde el sentido práctico. Pero es difícil se tenga sentido práctico, de ese que da sentido a las cosas, no sólo en la infancia, sino además en el curso de la vida. Genio y figura, hasta la sepultura, podría recordarlo cualquiera.

Pero aquí lo inconcebible, es que a pesar de estas desilusiones y fracasos, cierto que pasajeros, vuelva uno a cometer los mismos errores y sea muy cierto que los seres humanos no sólo tropezamos dos veces en la misma piedra, sino cientos.

Digo esto porque llegué a cometer un segundo error y en la misma barranca, esa que conduce aguas con aguas, quiero decir cada temporada de lluvias, el agua a la Presa de la Luz, en las inmediaciones de Tirímacuaro, o más allá, hacia el Río Lerma, cuando el gran boquete de los cuarenta que facilitó, por cierto, que en su caja se cultivara el garbanzo por años.

Aquí he de mencionar, aunque no venga mucho al caso, porque no era lo mismo la caja de La Luz, ahora presa, que la caja, el terreno, también perteneciente a Ziquítaro (dicho sea de paso el ombligo del mundo), junto a la compuerta blanca, camino a la comunidad de La Luz.

Todo sea por buscar las fuentes de la vida, en el caso que mencioné, como es el agua. O pedir que el guayabo dé frutos entre peñascales y en tierra árida.

Pero de eso, ahora, no estoy tan seguro, porque a lo mejor le exigía que diera fruto a mi satisfacción , en tiempo y forma como se dice, cuando el ritmo del árbol era otro. En otras palabras, como si hubiese pretendido que tuviera las frutas disponibles en el momento en que yo lo deseara. Así es la vida, considero, pero en aquel trance no lo entendí.

No, desde luego no había abundancia de golosinas en mi tiempo y a decir verdad, tampoco en las secas había mucho dónde pepenar durante las correrías de vaquerillo. En las aguas, sí, desde luego, por lo menos tunas.

Aunque a este respecto, en el asunto de las tunas, he de decir que había una reserva, ante el abuso tuneril, por aquello que decían sobre el taparse con ellas. No tanto porque no fuera cierto, sino porque había de por medio la amenaza de que, si sucedía tal percance, el recurso supremo consistiría en hacer la operación de destape auxiliados con una aguja de arria, de esas de coser costales; o de plano encomendarle la tarea a un cúcuno.

Regreso, después de aquel breviario médico-anatómico, al asunto de las golosinas y he de decir que, en las secas, habrá de ser justos, también había nopales; pero no se estilaba entonces, ni creo que ahora, arrancar la penca, pelarla, ponerle su sal, limón y chile, y dar cuenta de ella a manera de pepino.

No quiero extenderme mucho en esto, ni mucho menos a costa del guayabo. El error fue mío y también el desenfoque, no del árbol. Pero sí he de decir que mis servicios informativos indicaban que en el fondo de la barranca, había un guayabo y que tal vez pudiera pepenarse de él una que otra guayaba. Era grande la tentación — no tanto como las que se presentan cuando adulto y no sólo en el plano erótico, que han sido las más famosas en la historia, sino las de otros órdenes derivados del tener, poder y gozar–, de ir a buscar guayabas y lo mas natural era buscarlas en el guayabo.

Así es de que emprendí la excursión pendiente abajo, y todo sudoroso me encontré con el guayabo de tan verde follaje, plantado en el fondo de la barranca, en medio de las peñas. ¡Con cuánta avidez hurgué en su follaje, en busca del tesoro oculto, de la piedra filosofal, en busca de la guayaba madura! ¡Y creo que ni las había verdes!.

No hay peor frustración, considero, que desandar lo andado luego de verificar, in situ, quiero decir en el mero lugar de los hechos, que las cosas no eran como uno las creía. Sin embargo, y a pesar de los contratiempos, como el hecho de subir la pendiente sin guayabas y con sed redoblada, siempre hay manera de comenzar de nuevo y de manera más plena.

Porque en este caso no le pedía peras al olmo, como dice el dicho, ni tunas al guayabo, sino guayabas. Y la falla estuvo en que las busqué donde no y cuando no era oportuno. Esto me lleva a considerar que las frustraciones traen a veces su desquite, si sabe uno aprovecharlas.

Y bien que las aproveché, en el caso de las guayabas. Y fue tiempo después, al llegar la ocasión de pasar al tercero de primaria, porque en mi Ziquítaro en esas cuestiones no andaba la cosa tan regular. Por influencia, positiva desde luego, de mi abuelo paterno don Vicente Martínez del Río, mis padres decidieron enviarme a continuar el estudio en Penjamillo, en este caso en el Colegio Vasco de Quiroga.

Era desde luego importante encontrar dónde hospedar al tal Silviano, durante los cinco días de clase. Porque sábado y domingo eran buenos para regresar a casa y entonces siete y medio kilómetros de recorrido a pie, entre los terrones o el lodo, según temporada, no eran gran cosa ni trastorno para quien estaba acostumbrado a las andanzas vaqueriles.

Y qué mejor lugar al encontrado por la solicitud paterna, que la casa de unas magníficas personas, amistades, con ligas al Ziquítaro vecino, que las de la familia González- Díaz. Sí, la de don Ciro González y la de doña Luisa (Luisita) Díaz. Él carpintero de oficio, ella maestra de profesión.

Y sus hijitas Raquel, Guadalupe, Etelvina. Otra, la Paz, la Pacita, en el estudio en Morelia. El niño montaraz conviviendo con niñas. Para mí “ranchero”, ellas pueblerinas y, en fin, con una familia a la que, si en aquel tiempo y luego de joven y por razones que no vienen al caso, tal vez retraimiento e intensa lucha por la vida (por la papa, para ser claro), no pude agradecer lo debido, ahora les rindo agradecido homenaje.

Sé que nunca es tarde para reconocerlo, pero vuelvo al tema central, en este caso las guayabas. Porque en aquella casa de Penjamillo, no podía faltar la pequeña huerta de naranjales, limonares y mangos pero ¡Oh sorpresa!, poblada de guayabos.

De alguna manera debí entender que había huerta libre, porque sin pedir permiso la hice mía y no había quién me bajara de los guayabos, donde la única competencia para mí, eran los pájaros. Debe ser bueno el desquite, aunque en este caso saludando con sombrero ajeno, tanto la huerta como el guayabo, mientras el de la barranca era comunitario.

Claro, en aquellos tiempos mi cabecita, aunque ya los captaba, no se hacía la vida problemática ni pesada en cuanto a las teorías sobre la propiedad privada. Cuantimás que durante las correrías por terrenos ejidales, cuando más o menos funcionaba el ejido, permitían a uno libremente agarrar de lo que se podía, y había. El recuerdo, pues, del solitario y austero guayabo barranqueño, había quedado en el pasado.

Compensación, dirían los entendidos; pero en aquellos dos años de abundancia de frutas, entre ellas las guayabas ¡quién iba a interesarse en las cambiantes teorías en torno al comportamiento humano! Lo que sí sé decir es que a pesar de mis tragazones personales, el viernes por la tarde la benevolente familia me invitaba a que llenara la arganita para surtir de limas, naranjas y guayabas, a mis hermanas y hermano de mi Ziquítaro, el ombligo del mundo, dicho sea de paso.

¡Cómo poder olvidar las bromas de don Ciro!, encaminadas siempre, ahora detecto muy bien su intención, a que mi vida fuera encausada, si no hacia las altas esferas eclesiásticas, por lo menos a cura rural. Claro que no faltaba el recurso a la vanidad latente del niño campesino, al asegurar don Ciro que al regreso del seminario, estarían recibiendo al padre Martínez a repique tendido de campanas. Y esto, lo decía el bondadoso hombre, acompañado de una sonrisa, transformada en carcajada, que de momento desconcertaba, pero que pude interpretar después como amorosa.

No fue así, es cierto. Pero con todo y todo, guardo un grato recuerdo de dicha familia. Mi agradecimiento a don Ciro, porque a petición mía me hizo una pequeña alcancía de madera. No, no nací para banquero, porque nunca logre llenarla. Más bien tuve el descaro de desclavarla cuando llevaba unos cuantos centavos, monedas, para sacarlos. Y fue a dar la alcancía a manos más previsoras y prácticas, como las de Mariquita, mi abuelita materna.

Del cura frustrado, tal vez lo supo don Ciro. Pero de ahorrador fracasado, de seguro no. Porque ninguna alcancía, de madera, de metal o electrónica, pudo lograr de mí el hábito del ahorro.

Si usted, amable lector, benevolente lectora, me ha seguido hasta aquí, lleva un diez y mención honorífica, en mi consideración, por lo que se refiere al interés y a la paciencia. He de ofrecerle disculpas, sin embargo, porque el asunto de las guayabas desvió un poco las consideraciones de tipo hidráulico que me había prometido abordar, a propósito del interés por manantiales y arroyos.

Sin embargo, es de justicia un par de menciones más a las guayabas, que dicho sea de paso, tienen fama de ser tan nutritivas como el limón en eso de la vitamina C, en la cual lo aventajan. Pero aquí no hay recriminaciones, nada sobra en la creación y todo salió bueno de Sus manos: debe reconocerse la versatilidad del limón en cuanto aderezo tanto de moles en su rica variedad, como de carnes, pozoles, menudos o “pancitas”, hasta la proletaria botana.

Ni qué escoger, pero en eso de lo sabroso, me quedo con la guayaba como fiel compañera en su aromática crudeza, o en la dulzura de su postre después de haber pasado por el sacrificio del fuego para convertirse en guayabate. Igual que el alma, dicen, después de los desarraigos a que obliga la vida o tanto mejor cuando son voluntariamente buscados.

Dije dos menciones, pero en realidad son tres porque no puedo ni debo terminar el ciclo de la guayaba sin dar cuenta de la vez en que tal vez esa frutita sacó de apuros a mamá Benita y a papá Chon y a mí me dejó medio frustrado. Pero ni a ellos ni a ella les guardo sentimiento, aunque me acuerdo y tal vez venga a ser lo mismo.

El caso es que sí me acuerdo de don Lencho, don Lorenzo y basta el nombre aunque falten apellidos. En los archivos profundos , habrá muchos Martínez o López o Molina, pero cada Silviano, o José o Melesio en sí es original y será llamado desde el disco duro por su nombre, no apellido, mientras, en tanto al final reciba el nombre nuevo prometido.

Don Lencho llegaba encaramado en su burrito, con dos chundes o cestos de carrizo atravesados con el sabroso pan, creo de El Guayabo, con aquellas semas de granillo, endulzadas con piloncillo que hacían buena pero muy buena compañía con la tibia leche. Pero más que todo, en los chundes iban también las aromáticas guayabas. Y era un peregrinar por conseguir el cinco, o el centavo, para abordar al viejo bondadoso y mercadear con él pan o guayaba.

¡Y quién podrá olvidar La Jamacua, surtidora de caña o de guayabas!. Era toda una aventura montarle al burro y emprender la marcha familiar por La Mesa, bajar la barranca en burro o en caballo, llegar al manantial tan generoso y recorrer la huerta de guayabas. Y en aquel calorón de temporada, volver cargados de caña y de guayabas frescas, de corazón rosa o amarillo, robustas, aromáticas, como una mujer en plenitud creativa.

Nadie lo tome a mal, no es mi intención desfogar sentimientos soterrados, sino sólo hacer mención de algo muy chistoso, si ha de verse ahora en tiempos de abundancia, tiempos de consumismo y de derroche cuando de complacer a los críos se trata, en tiempos de fin de año, o de Los Santos Reyes.

Porque no era uso común que los Reyes Magos, tan ocupados en las ciudades, pasaron por los pueblitos. Pero algo se sabía de su llegada, por lo que se atrevía uno a dejar el zapato, o el guarache, si de niño campesino de entonces se trata, por allí, por si acaso ellos los vieran. Pero esos reyes, agotados, habían vaciado ya sus bolsas en las ciudades y al rancho llegaban, si llegaban, con bastante retraso y ya sin nada.

Por eso es que aquella vez por la mañana, acudí a donde el zapato, más bien el guarache, por si acaso y ¡Oh sorpresa!, encontré dentro de él ¡una guayaba! Pero eso no es nada, en otra ocasión encontré sólo un piloncillo. ¿Tendrán esas dos circunstancias algo qué ver en mi gusto por el guayabate?. No alcanzo a entenderlo, porque no hurgué en ello cuando me aficioné a leer sicología, buscando explicaciones más bien en torno al erotismo, o al sentido profundo de la vida.

Vuelvo pues a los manantiales, aun cuando los arroyos mantengan su atractivo, ya sean crecidos o secos. Mi desfortuna, en este caso, es que mi inclinación es igualmente marcada por el agua y la sequía, por lo verde y lo árido, por lo boscoso o por lo desértico. Igual admiro la obra de arte del Creador, en un mogote poblado de casahuates y nopales, que en un barranco peñascoso y seco. Lo mismo la noche oscura, tenebrosa y estrellada, con Luna o sin ella, que el día esplendoroso con su resolana y su Sol quemante. Ni de aquí, ni de allá, podría ser el resumen de toda vida, retomando el título de la chistosa película.

Así, y todo, no puedo menos de recordar mi empecinamiento y tozudez, quiero decir mi terquedad en saber de dónde venía el agua en la Ojodeagua de La Pila. Y no me contentaba con admirar el arroyito del venero ruidoso que llenaba poco a poco las pilas para el baño, o para los menesteres del lavado de ropa, o la atarjea cercana para el ganado.

No escapa a mi pensamiento la idea de que alguna teoría interpretara ese interés por las profundidades, en un soterrado impulso de volver al seno de la madre, o de recorrer a la inversa el camino que ha seguido el mundo hasta llegar a mí. Me inclinaría por esto último, aunque viéndolo bien, podría pensarse también que el mucho hablar de sí mismo delata una inclinación narcisista a explicarse las cosas a partir de uno mismo. Y no faltaría razón, porque pienso y digo, de quién va a saber uno un poco más, en el maremagnun de interpretaciones, si no es de uno mismo.

De todas maneras, no fue el caso de todas estas elucubraciones en aquella edad temprana. Es la ventaja de ser niño. Y es la desventaja de ser adulto. Entonces vives, y sueñas; ahora interpretas. Si vives, sueñas e interpretas, tal vez encuentres el añorado equilibrio.

Puede que sea la lección de los manantiales, porque siempre hay la tendencia a hurgar de dónde viene el agua. Antes, in situ, en las ojodeaguas, ahora, in situ al asomarse un poco a los rumores de que puede haber algo en el fondo de los agujeros negros, tal vez otro Universo, o percibir la barrera “teórica” en torno al Big-Bang del que venimos.

Pero en el caso de la Ojodeagua del Sáuz (Sauce), en El Llano Grande, no es lo mismo. Porque allí el venero era callado y llenaba desde abajo el pozo. Aquí sí también sabes que viene el agua, y a dónde va, pero no de dónde viene. Igual como el viento. Lo bueno que, en ambos casos, llegan y, a veces, cuando menos se espera. Como gotas, o como torrentes. Como caricias, o como huracanes.

Dije sauce, en este caso, sabinos, en La Pila. Arbol, manantial juntos; peñas, cerritos, mogotes. ¡Qué interesante! Y con razón los antepasados fincaron allí cascos de haciendas. Como en La Nopalera, como en El Chorro, como en La Ojodeagua central más abundante, como en La Pila.

Y hay más agua: El Ojito de Agua, en el barrio La Penca. Y Tía Tula, más modesta, pero no menos importante. Y El Pocito, un venero que sobrevívía, año con año, unos meses a las aguas, para que en él pudieran abrebar, beber, huilotas, conguitas y pájaros diversos. Y no se puede olvidar el venero temporal del Cerrito de la Santa Cruz, ni aquél muy efímero también surtido por una pequeña meseta por las inmediaciones de La Nopalera, pero cerca del Santamarillal, en terrenos donde don Emilio Mejía ponía sus chilares.

¿Se podrá desligar de la memoria la Ojodeagua central, de la misma vida de Ziquítaro, el ombligo del mundo, dicho sea de paso?. Creo que no, porque sus aguas abundantes en tiempo lluvioso llenaban la presita que en tiempos rudos era bendición para el ganado y era todo un ritual bajar las vacas a abrebar en la tarde, con todo el bramadero de reses como saludándose unas a otras desde manadas vecinas. Y la atarjea de aguas más transparentes para facilitar la bebedera al caballo, o al burro.

La Ojodeagua, centro de comunicación entre vecinas para transportar noticias de uno a otro barrio. Agua blanquisca para que en una de sus pilas la muchacha o el ama zambullera su cántaro, o el joven o el señor igualmente, pero en cántaros colgados en par en la burra de palo, travesaño de madera para equilibrar el peso, y el paso. O bien en el burro equipado con arames de Palodulce y cuatro orificios con asiento para los cántaros, cuando el viaje hacia Los Guanumos, Los Nopales Altos, El Llano y otros barrios, era obligado antes de los sesentas cuando llegó la técnica moderna del pozo profundo, el depósito en alto nivel y la tubería domiciliaria.

Y la pintoresca noria de la familia Mejía, con el animalito, un macho, dando vueltas y vueltas en el cúmulo que remataba la noria, para surtir agua a la huerta de naranjales desde la presa cercana. Y desde ese cúmulo, el ingenio del primer amor improvisando lenguajes cifrados de señas convenidas cuyos secretos ingenuos se fueron al cielo, y se quedaron en la tierra. Lenguajes y señas que cruzaban la aroma de azahares de naranjos y flores encarnadas de granados para volar al otro barrio donde eran recogidos para, en juego convenido, regresarlos en retroalimentación bonita y así entretener la mente y el afecto en la transparencia del idilio campirano.

Esto que voy a contar ahora, no tiene parangón con el resto de mi biografía, si acaso cuando me agarraron en la maroma luego que le robé un palomar de lodo a José Duarte. O cuando aproveché al cien por ciento la llegada de divisas cuando papá Chon era bracero y la distraída mamá Benita ni cuenta…Lo cual, todo junto, me da a entender que de haber seguido por ese camino y no me hubiesen mandado al internado, pude haber terminado en político millonario.

(José Duarte, Jose (sin acento y de cariño). Gratos recuerdos para él y para toda su familia, tan buenos vecinos, hay qué decirlo: doña Altagracia, don José, Poncho, Roberto, Toya, Alicia, Salvador, Consta y Fitos, todos pues sin que deba faltarme ninguno).

Tampoco tiene parangón como cuando me agarraron en la maroma tras mi operación del apéndice, con una mentirilla impropia de “piadoso” seminarista; o cuando ví a un ángel, una bellìsima enfermera, tras la operación del oído, el definitivamente sordo. Eso no tiene nada de raro, pues en mi vida me he topado con un montón de ángeles y no sólo, por cierto, con ángeles de cofia. Pero esto que digo aquí, sería materia de otro ciclo si acaso, y no del niño campirano, lo cual es el caso.

Hay cosas que rozan tanto la intimidad, que es mejor queden reservadas al amor propio, si es que en estas cuestiones hay amor, aunque sea propio. Lo digo porque de haberse sabido, ni imaginarse la pena que me hubiese dado con las niñas, ángeles pues, donde me hospedaba y no sólo con ellas. Después de todo, en esto, todos somos pecadores y la diferencia estará si acaso en reconocerlo. Pero por favor, que los demás no lo sepan.

Digo esto porque ese día por la tarde, andaba en la plaza de Penjamillo. El turno para niñas en el colegio, era vespertino y para los niños, en la mañana. Así que buen turno ese para investigar, vagar, correr y qué mejor que hacerlo en la plaza, en el tan bello jardín de la cabecera municipal.

No está usted para saberlo, ni yo para contarlo, mi posible amable lector, lectora: no recuerdo haber abusado de golosinas porque hasta eso, salvo huerta libre, no había manera: no abundaba el dinero para las compras, pero ni siquiera las golosinas chatarra como ahora, disponibles para todos los bolsillos infantiles.

Sospecho que estoy retrasando el desenlace, por algún atavismo que me hace revivir aquel trance del cual, aunque tal vez manchado —porque mi plumaje sí se ha manchado en la vida, no lo niego—; pero a salvo de la crítica y el posible hazmerreír de mis compañeros de juegos, no digamos del desde entonces digno de tomarse en cuenta, el juicio crítico del bello sexo y me refiero a las niñas.

El caso es que a media tarde ya me andaba. No había entonces, que recuerde, baños, sanitarios públicos, si acaso algún paraje solitario por el rumbo del arroyo, a unas cuantas cuadras de la plaza. Pero ni eso se me atravesó por la mente, ante tamaño trance, ante el temor de salir con mi batea de babas, o batea peor y hacerme a media calle.

He de hacer aquí una consideración muy razonable ( a manera de paréntesis), porque desde entonces, mayormente ahora mayor de edad, es decir viejo, tengo en cuenta los sitios estratégicos para todo efecto de emergencia. Con mayor razón que en la zona urbana, una trasgresión voluntaria o involuntaria, puede ocasionar encarcelamiento, así sea momentáneo, por faltas a la moral. Ya ve usted que en esa materia la moral ha sido muy estricta desde siglos, no en otras cuestiones como latrocinios, homicidios, genocidios y masacres.

Nunca me he creído con vocación de matemático, ni mucho menos de topógrafo, aunque en eso terminé ahora, midiendo calles, al volverme caminante, aunque comencé desde niño. Lo digo sinceramente, pero en ese caso comenzó a funcionar mi mente a las mil maravillas, pero sólo la mente, por lo que contaré enseguida. De seguro hice mal cálculo y creí que aguantaba hasta la casa, a unas cuatro, cinco cuadras si ha de tomarse en cuenta medida urbana, aunque en el poblado eran sólo dos largas, infinitas cuadras según lo recuerdo, y lo sentí entonces. Mal cálculo, digo, porque, en todo caso hubiese estado mejor tomar el atajo más corto, hacia el arroyo, conforme a la experiencia de vaquerillo, y así me hubiese ahorrado tantas angustias ¡y reservas!

Y hay cosas que son inevitables, según las leyes de la naturaleza o de la imprevisión humana, aun cuando se sea niño. Porque a medio camino sucedió, ¡Y sucedió!… Y no hay poder humano en esos casos para detener los acontecimientos. Aunque aquí la ventaja, si se han de sacar lecciones, fue mejor llegar a la casa con tambache que de otra manera menos digna.

¡Y qué huerta ni qué huerta, ni mucho menos treparse a los guayabos! Lo razonable fue llegar directo al lugar reservado para la condición humana desde siglos de siglos, hacer lo conducente y sepultar por siempre hasta el cuerpo del delito, para que no quedara rastro de aquel trance inoportuno, ahorrando investigaciones a quien pretendiera hacerlo.

Nunca aprende uno las lecciones, y lo digo por lo que debí aprender muchos años atrás de esa infortunada fecha del incidente al que me referí, allí mismo en Penjamillo. Cómo no recordar sus fiestas con la devoción mariana de Mayo, con sus vistosos y devotos arreglos en el templo, la entrada de la flor el día 30, aromas de pinos, frescura de los lirios, con sus pintorescas mojigangas y el día último la fiesta en grande, la banda de música de la sierra que se tupe ahora sones tan sabrosos como el Juan Colorado, o Arriba Pichátaro, y en aquellos días la Casita de Paja, La Virgen Morena, o Guadalajara.

Pero no hay mayor estropicio para las reglas que soltarle al niño campesino, por lo general deseoso de golosinas, abundancia de dinero. Y si no le dan, lo busca, como entonces, poniendo en juego todas sus artes de pediche, entre la parentela, hábitos que se adquieren y a veces no terminan sino con la vida. El caso es que en una de esas fiestas no hubo sandía, aguacate, plátanos, mangos verdes, perones y dulces que no llegaran a pasar por la panza de Silviano, entonces de unos ocho años, o tal vez uno menos.

Debo reconocer mi gusto por los mesones de entonces, estancias de vieja herencia con su amplio corral, cuartos para el hospedaje de los viajeros pueblerinos, depósitos para la pastura de caballos y burros, el pozo y, por qué no decirlo, más que hoteles de cinco estrellas para el cansado huésped, sobre todo después del ajetreo sin fin durante el jolgorio de una fiesta patronal. Y esto explicaría, soy sincero, la admiración fantasiosa del adulto por los mesones españoles, pero los de la literatura cervantina, allá llamados Ventas, con todo y Maritornes.

Por eso el reparador, así se dice, descanso de la turba familiar donde pudiera tenderse, acomodarse, y no había poder que pudiera despertarlos de su bien ganado y merecido sueño, después de disfrutar de cuanta diversión era posible, en aquellos tiempos de austeridad forzada.

Dije que no hay poder, pero debo retractarme, porque hice entonces, a media noche o comienzo de madrugada, un despertadero con el poder de mis gritos. Y no era para menos: se me había abultado la panza y la alarma entre el vecindario familiar era razonada: Silviano estaba sofocado.

¡Denle yerba del haito!, decía una, recomendando una de las recetas preferidas, recuerdo, de la tía Conchita; pónganle un lavado, decía creo que la tía Chuche. No, cósanle el estafiate, parecía decir otra, en referencia, claro, en eso del estafiate, a la yerbita medicinal usual en estos menesteres. Y creo que la consulta, en debate abierto de la concurrencia, terminó en lavativa, se haya cocido (con “c”), o no cosido (con “s”), el estafiate, lo que en honor a la verdad, de plano, no recuerdo.

Cierto, entonces, en la edad de la inocencia, no había tanto amor propio. Pero luego, en la edad de la conciencia, como en la aventura tan bochornante de la plaza, antes referida, ya afloraba el sentimiento tan difuso como indefinible, del respeto humano. Igual que en el mundo de ahora, pero, de seguro, hoy en grande.

Insinué algo parecido a corretiza desde la plaza, con aquello de la urgencia que terminó en borrar todo rastro, en la casa del hospedaje, en el lugar reservado. Aunque viéndolo bien, más fue autocorretiza, porque no había factor ajeno que la hiciera, sino las leyes de esta naturaleza que llevamos a cuestas, y a mucha honra.

Pero es momento de referirme también a otras dos corretizas, una tal vez ilusoria y otra más real, pero ambas motivadas por el miedo.

Las correrías infantiles no eludían, desde luego, los peñascales, fueran en barrancas o en arroyos secos, por lo que aquella vez, arribita de El Chorro — barrio, paraje y manantial, que los tres significados abarca–, muy cerca de la casita de mi tía Rafaila Cerda y de la casa de mi tio Pancho Mora, fui víctima de la corretiza primera de las dos a que hice referencia.

No sé qué diantres andaba haciendo por allí, en el arroyo entonces seco, pero que en tiempo de aguas forma un poco adelante una cascada, en la Barranquilla de donde nace, de un costado, el manantial de El Chorro. Allí se llenaban cántaros utilizando una penca de maguey, aunque después se construyó un depósito, a la moderna, frente a la casa de mi tío Pancho y en la falda Oriente del cerrito de La Santa Cruz, ahora fincado por ese y por otro lado.

En aquel tiempo yo no estaba tan influenciado por pasajes bíblicos, como los relativos al Paraíso Terrenal, donde las víboras hasta hablaban. Menos iba a creer entonces que hasta corrían dando saltos sepenteantes (esto literalmente, porque también son serpientes). Y fue el caso, que en un momento dado vi al animalito, le digo así de cariño no tanto porque sea de mi particular devoción, sino porque a pesar de todo es criatura del Señor.

No sé si ese miedo vino antes o vino después de que un travieso muchacho, no digo nombres porque esta es una página amigable, me puso de corbata una víbora muerta. Así le fue con mi mamá Benita, pero el susto nadie me lo quitó.

Por eso tal vez imaginé que la víbora del peñascal no sólo iba serpenteando en vertical, sino me iba correteando. Lo confieso, eso de que caminaba está por verse, a lo mejor aquella que dije ni tampoco hablaba.

Pero en todo caso, son animalitos a los que, junto con el zorrillo, aun cuando en este caso por razones no tanto visuales sino más bien olfativas, mejor no me les acerco. De haber practicado cuando joven y aún como adulto, carreras de obstáculos, por lo menos termino en algún estadio olímpico y cosechando medallas, porque la carrera que emprendí en el peñascal, dizque correteado por la víbora, no envidiaría a nadie ni en velocidad ni en destreza. Y eso de que el miedo no anda en burros, está por verse, aunque ni por asomo me comparo con el manso animalito, al que admiro por sus dos grandes antenas.

La otra corretiza pendiente de platicar, fue más realista y más a lo humano, no faltaba más. Sé que a veces son más de confiar los animales que los hombres y no es cosa de devanarse los sesos para entenderlo: los animalitos están diseñados con un propósito propio al que son fieles, y los humanos también diseñados con un propósito, pero en el que participan y por eso pretenden ser libres, y al buscar cumplir su propósito se cruzan con los propósitos ajenos.

Pero eso no implica, por supuesto, coincidir con el Kempis en aquello de que en la medida en que convivivió con los hombres, se sintió menos hombre. Por el contrario, en la medida en que conviví con los hombres (sobre todo mujeres), me sentí más hombre. Y habría qué ver qué se escoge, si ser devorado por un fuego atómico, o por el contrario acogerse a la caricia liberadora de un cuerpo humano.

Pero esas no son consideraciones de niño y allí radica la inocencia. ¡Cómo no voy a acordarme de Toño Gómez!, si junto con otros vaquerillos cuidábamos el ganado paterno, fueran dos o cinco reses, no es el caso de cantidad, sino de calidad. Por eso andábamos de potrero en potrero y en una de esas Toño me enseñó a hacer hondas, echando mano de ixtle sacado de costales o hilos y de popotes cosechados en la barranca de El Consejo, de la plantita que llamábamos soromuta, si no se me cuatrapea el nombre con otra llamada tacari, propia para rellenar colchones rústicos.

Por eso conocía yo más o menos el manejo de las hondas, la apantallada que daba uno a los demás haciéndola chasquear con la pajuela, al lanzar la piedra y, no se diga, los efectos si daba uno en el blanco. Ni por asomo hubiera imaginado yo el poder destructivo de las bombas inteligentes de ahora, pero en cuanto a las hondas, sabía que no sólo eran juguetes de vaquerillo.

Por eso y por no sé qué diferencia, alguna expresión tal vez con involuntaria carga de sentido, como a veces lo hace uno ya entrado en el viejo oficio del periodismo (y aún ya viejo el oficiante), un compañero que aun cuando recordara el nombre no lo diría porque esta es una página amigable, entabló pleito conmigo.

Creo que no medí fuerzas, porque era más grandulón que yo, así que, en un momento dado, opté por el retiro estratégico, no sé si con honda o no en la mano y acogiéndome un poco sin darme cuenta, a la sabia sentencia de más vale que digan aquí corrió que aquí quedó, la emprendí corriendo loma abajo, rumbo al poblado y a la casa paterna.

Lo que es cargarle la mano a uno, en este caso la honda, porque en la corretiza, ésta sí provocada, me llovían las pedradas que, por fortuna ninguna dio en el blanco, porque de haberlo dado, ni lo estuviera contando. No logré averiguar si el contrincante, sacando ventaja de estatura, edad y tecnología, haya disparado sólo balas (digo piedras) disuasivas, o haya tirado a dar. No tuve tiempo de averiguarlo, porque en la corretiza cuesta abajo, hasta olvidé las vacas.

Creo fue desde entonces que comprendí: mi fuerte no son las armas y, salvo agresiones verbales que no faltan en el curso de una vida a tropezones, he preferido las batallas que usan como herramienta la razón , aunque aún así no son tampoco polémicas (batallas) sino razonables, discursivas, porque en estos terrenos, como en amores o afinidades, los zapatos entran mejor sin calzador. Y siempre, siempre, es mejor con-vencer que vencer a secas. La imposición tiende a aplastar: la persuasión tiende a levantar. Y hay su diferencia entre quien conquista y quien libera.

Llego aquí a mi descubrimiento central, el Cosmos. Y aunque pudiera parecer presumido, por aquello del “descubrimiento del Cosmos”, debo precisar que mi primer conocimiento profundo del mismo no me vino por horas y años en alguna universidad de prestigio ni en algún observatorio astronómico, sino me llegó gratis.

Y es natural que un niño campesino, en su despertar a eso de los seis o siete años a lo que lo rodee, se encuentre con que hay grillos que cantan. O estrellitas que relumbran. Otra cosa será cuando percibe que las estrellitas cantan y que los grillos relumbran. Y para el caso, en su primer saber campirano en torno al Cosmos, es lo mismo: la estrella que canta, el grillo que brilla. Y ambos, al unísono, son en sí mismos el Cosmos que se expresa.

Y claro, el gran poeta laureado, el mexicano, dirá lo mismo de su experiencia adulta y hasta le compondrá al suceso un pequeñito poema. Y así es que se nos dirá lo mismo, seamos niños o adultos.

¿Tendrá eso relación con el gusto, el placer de contemplar el cielo estrellado, el Camino de Santo Santiago (la Vía Láctea) tendido de espaldas sobre un manojo de rastrojo luego de haber consumado al rústica cena, que culmina en “postre” con un toqueri tostado en las brazas de la hoguera, de la lumbre, una noche de noviembre durante la vela del “montón” (de maíz) tras su cosecha en la milpa de El Guayabo?.

¡Quién sabe!: pero no es desestimable haya nacido allí el gusto por lo grande, lo grandioso y el toque por el misterio que rodea la existencia, que hace, en los años de juventud, capturar aquella frase de un salmo en un libro que no sé por qué decía en italiano “cieli narrano la gloria di Dio”, luego leída en su versión latina también: “caeli enarrant gloria Dei”, o sea “los cielos proclaman la gloria de Dios”.

Y de allí, llegar en la madurez a la verdadera megalomanía, sentirse grandioso porque eres y formas parte, de ese formidable proyecto creativo que nació con el Big-Bang y culminará ¿cómo?. Con un nuevo nombre, con un nuevo ser para todo.

Pero esto me lleva a otro gran descubrimiento, mi limitación y mi incursión en la gran herencia recibida, la cultura en su expresión del pensamiento cristiano.

Podría, si estuviera en mi mano, proporcionar a mi paciente lector, lectora, no sólo diez y mención honorífica, sino diplomado, o algún otro grado en el saber, luego de aguantarme hasta estos renglones, en los cuales parece que desbarro y sobrepaso límites con temas o vivencias fronterizas.

Y tiene razón, desbarro porque he llegado a una zona límite, en la que comenzaron mis penas y empezó al mismo tiempo para mí, la verdadera riqueza heredada: el don de la palabra y tal vez, con modestia lo digo, el Don de la Palabra.

Y fue en el Colegio de Penjamillo, donde pasaron por mis manos y mi vista, aquellos textos de la Historia Sagrada (FTD) o de la liturgia, mismos que, en honor a la verdad, junto con otros como los relativos a historia, capturaron mi interés.

Llego, luego de tanto rodeo, a mi remembranza de la Madre Francisca, la bondadosa religiosa y maestra. Debió su sensibilidad maternal verme un poco desnutrido, no sé, o algo amarillento de mi faz, lo que me hace temer haya correspondido a la realidad, a juzgar por algunas exclamaciones del público (digo de compañeros de aula), a la hora de la hora.

Y esa hora de la hora, era a media mañana, cuando la madrecita, con una imperativa pero amorosa seña o mirada, me mandaba a la cocina. Allí estaba siempre Marina, la cocinera, que preparaba desde luego al interfecto su tacita de caldo de frijol sancochado.

Debió la madrecita saber de alguna cualidad nutritiva del caldo, porque tenía qué ser de frijol y sancochado. Pero no se crea que el tentempié matutino se reducía siempre al frijol, porque de vez en cuando la dieta de las monjitas–maestras incluía pollo, por lo cual el no muy grato caldo rutinario, se convertía en el más agradable de gallina.

Si algún especialista pretendiera darme lecciones sobre cómo nacen los complejos, bien podría decirle, en réplica, que muy a tiempo lo supe. Porque todo era que la madrecita hiciera la seña consabida y el estudiante de tercero encaminara sus pasos hacia la cocina, para que alguna que otra voz celosa comenzara a maullar como si dijera: “hái” va el gato. O el epíteto del limón amarillento.

No debo terminar mi ciclo del caldo, sin mencionar lo realmente importante: fue allí, con la madre Francisca, cuando recibí mi primer curso, mi primer tratado de teología sistemática, si se me permite usar para el caso, términos académicos sin que por asomo pretenda atribuirme en ello competencia.

La madre amorosa puso, pues, en mis manos, la Instrucción Religiosa, librito famoso entonces bajo el subtítulo de “El Cristianismo. Sus dogmas, Oraciones, Mandamientos y Sacramentos”, 375 páginas según una reimpresión que adquirí muchos años después en una librería de viejo en la ciudad de México.

Pedagógico, o no, para un niño de once años, el caso es que me soplé el librito de pe a pa: la tradición de mi Iglesia en unas cuantas páginas. Fue de cierta manera, el librito, el principio en un proceso de “intelectualización” de la fe. Por eso me habrían de hacer después un Concilio, a fin de revisar todo eso y llegar al “aggiornamento”, a la puesta al día en la cual aún estamos. Luego seguiría por mi cuenta en la literatura repectiva. Por eso digo, y a pesar de que el desandar lo andado ideológico trae sus pesares, bendita la madre Francisca que me abrió el paso hacia lo recibido comunitario, la tradición de mi Iglesia.

Esa tradición, mi contemplación del firmamento, el convivir con bichos, peñascos y matorros y las vivencias de niño campesino, aunque no sólo, fueron la gran escuela de mi vida. Y de alguna manera todo ello se refleja, también, en esos breves trabajos que he llamado Fantasías. Y si tuve el honor de que me siguiera hasta aquí, lector (a) amigo (a), espero tener también el honor de que las visite. Habré quedado convencido de que, a pesar del caminar mediante tropezones, algo pudo quedar, entre el caer y levantarse. De ser así, por mí, se lo regalo)))

+++++++++++++++++

NOTA BENE:

No sé si lo anterior sea primera, o última parte. El caso es que, ni por asomo, está debidamente agotado el ciclo de la infancia. Prometo, de ser el caso, un agregado con matices subjetivos de la misma.

He de hacer notar, sin embargo, que en el terreno laboral, práctico, ya adentrado en la vida urbana, mi caminar comenzó allá por el 53, en México. Mi interesado lector (a) habrá de saber que mi primera incursión en ese mundo interesante, antes de ser contratado por el Banco, fue allegarme al taller automotriz de mi primo Chente.

Él, benevolente, a fin de que me ganara unos pesos, me pidió cambiar la llanta en el carro de uno su clientes, tan decentito que hasta vestía traje. Hice todo el propósito de cambiar la llanta. El bondadoso cliente captó el trance, me ayudó a cambiar la llanta y me “pagó” el servicio: dos o tres pesos…¿Crisis de un adolescente, de 19 años recién desempacado del exilio campirano?. No, crisis de civilización: el joven inexperto, de mentalidad campirana; el ex internado de mentalidad monacal, incapaz de adaptarse a las primeras de cambio a la práctica urbana de la vida moderna. Y ahora al revés, la mentalidad tecnológica superacelerada, destructiva, cibernética y virtual, incapaz de recuperar su origen: la convivencia con yerbas, bichos y el trato directo, transparente que da el contacto con la vida y el alma campirana…

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  1. Reblogged this on Desde mi ronco pecho.

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