JIQUILPAN. Benjamín González Oregel

Puebleando  Jiquilpan, “Lugar de plantas Tintóreas”, la sola visita a la biblioteca, vale el viaje.

BENJAMÍN GONZÁLEZ OREGEL

Jiquilpan de Juárez, Mich.–   Jiquilpan: Xiuquilpan, Xiquilpan, Xiquilpa o Jiquilpan, es una palabra de origen náhuatl, que quiere decir “lugar de plantas tintóreas”.

La sola visita a la Biblioteca Municipal vale, paga, con creces, el viaje. La belleza y magnificencia de los grabados que dejó el jalisciense José Clemente Orozco. Hacerlo en compañía de otro artista, del maestro Aurelio García Lúa, añade un aliciente más. Ver, sin las prisas que imponen los guías turísticos, la Alegoría de la Mexicanidad, que es el nombre del mural, que es una joya del arte mundial, es un placer raras veces disfrutable.

Hoy estoy de suerte, a unos cuantos metros del edificio encuentro a don Alberto Novoa, un gran taurino y ex edil de la ciudad. Para él,  el mural pintado por Orozco encierra “un proyecto de nación tan claro, tan fácil de entender” que atrae en forma simple. “Me gusta estarlo viendo, porque te lo dice sin palabrería”. Explica cómo debe actuar el campesino. “Tiene todo: los recursos naturales”. Y nos invita a que la visitemos.

Lo más preciado

La biblioteca, lo que en este espacio se encuentra y custodia, es el patrimonio más preciado de la ciudad. Esto lo entienden a cabalidad   las bibliotecarias, Leticia Ceja Amezcua y María Belén Chávez tinoco, que esta joven noche atienden a los visitantes. Procuramos tener cuidado para impedir que las personas que acuden no mutilen los libros, que no los rayen, que no maltraten los murales. Son cerca de 13 volúmenes –están por llegar cerca de 5 mil más, dice  –, los que han sido enviados por los gobiernos federales. El Estado se compromete con mobiliario y el municipio se hace cargo de los salarios de 2 empleados; aparte de una aportación para sufragar los servicios de limpieza y aseo de la biblioteca. “Los 3 niveles de gobierno aportan”.

Este edificio, este lugar, situado sobre la calle Lázaro Cárdenas, en pleno centro de la ciudad, rezuma cultura. Las puertas que franquean el paso, obra de Guillermo Ruiz, enmarcan bustos de hombres de letras, latinoamericanos. Aquí se encuentran  en bajorrelieve, autores como Gabriela Mistral. Sobresale por el sitio en donde fue grabada, la figura de Benito Juárez. Tal vez porque esta ciudad lleva en su  nombre oficial, el añadido del Benemérito.

Aunque aquí se afirma que las visitas guiadas “son muy pocas, hoy tuvimos 6”, uno entiende que los estudiantes de los distintos planteles, sobre todo los que asisten a los planteles de las educaciones media y superior, encuentran un excelente apoyo en los textos que aquí se guardan.

La biblioteca fue inaugurada el 18 de marzo de 1941, cuando el general Lázaro Cárdenas ya había dejado la Presidencia. Sin olvidar que fue él quien encargó la realización de los murales. Por otra parte, para nadie es un secreto que el General es el hijo predilecto de la ciudad. Aunque no ha sido el único jiquilpense que ha ocupado el sitio más alto a que todo mexicano puede y sueña con acceder: la Presidencia de la República.

El otro Presidente, indeseado

Con frecuencia, cuando he caminado por las calles de esta,  la Ciudad de las Jacarandas, como coloquialmente se le conoce en la región a esta hermosa Jiquilpan, viene a mi memoria un hecho que me parece nada fútil: Jiquilpan ha sido la cuna, entre las ciudades chicas de México,  de 2 presidentes de la República: Anastacio Bustamante y Oseguera, y Lázaro Cárdenas del Río. Aquel vio la primera de luz el 27 de julio de 1780. Este, nació casi 115 años  más tarde, el 21 de mayo de 1895.

Para muchos de los jiquilpenses actuales, no ha sido fácil asimilar que Trinidad Anastasio de Sales Ruiz Bustamante y Oseguera –que tal era su nombre completo–, hijo de José María Ruiz Bustamante y María Francisca Oseguera, quien estudió en el Seminario de Guadalajara, de donde pasó a la Ciudad de México para hacer sus estudios de medicina, haya nacido y crecido en este hermoso rincón michoacano. Ambicioso, hambriento de poder, pronto abandonó la profesión  –la ejerció únicamente un par de años– , inoculado por el virus de la milicia. Corría el año de 1810, cuando  fue llamado por el ejército realista, al que se había alistado dos años antes –seguramente al terminar sus estudios de medicina–. Combatió a los insurgentes y alcanzó el grado de coronel, del brazo del realista Félix María Calleja.

Iturbidista, se adhirió desde luego al Plan de Iguala. A la consumación de la Independencia fue miembro de la Junta Especial Gubernativa. Bajo el imperio recibió cargos y ascensos. En 1828 el Congreso le otorgó la vicepresidencia en el gobierno de Guerrero, un sureño insurgente 2 años menor que él. Pronto traicionó al de Tixtla y, con el apoyo de los alzados del cuartelazo de 1829,  asumió la función de Presidente de México. Esto ocurrió en 1830.  Antes de que el tixtleño fuera enviado a rendir fruto a la madre tierra, el 14 de febrero de 1831. Muerte que se dio en  Cuilápam, Oaxaca. Muchos juraron y otros creyeron que su muerte fue ordenada y pagada por el hijo de don José María Ruiz Bustamante.

La Iglesia y el conservadurismo

Anastasio, desde la Presidencia,  promovió que el Congreso declarara  a Guerrero inhabilitado para gobernar. Cesó a empleados que no le eran incondicionales. Desterró a los más connotados miembros del partido masón  yorkino. Expulsó del país al embajador estadounidense. Mandó apalear a periodistas y creó la policía secreta. La prensa clandestina lo llamó Brutamante, pero él se ganó, con su proceder, las simpatías del alto clero y del partido masón escocés. Con estos grupos, se iniciaba el conservadurismo.

El asesinato de Guerrero, además, estimuló esa reacción. Y después de protestas y alzamientos, firmó los Convenios de Zavaleta con Gómez Pedraza y Santa Anna en los que cedió  a éste el poder en 1833. Acusado del  asesinato de Vicente Guerrero se le incluyó en la Ley del Caso la cual ordenaba el destierro a todos los opositores del régimen reformista de Valentín Gómez Farías. Se dedicó, entonces, a viajar por Europa. De donde  regresó en 1836, luego de  que fue llamado para combatir en la Guerra de Texas.

Entre viajes y guerras, iturbidista

Desechada la Constitución de 1824 y aprobadas las Siete Leyes que creaban la República Centralista, sustento del Partido Conservador, fue llamado nuevamente a gobernar del 19 de abril de 1837 al 20 de marzo de 1839, siendo electo Presidente Constitucional para el período 1838-1841. Período en que fue larga la sucesión de ministros en su gabinete. En ese lapso enfrentó la Guerra de los Pasteles, el ataque del general guatemalteco Miguel Gutiérrez, que invadió Chiapas durante varios meses de 1839, y el alzamiento de José de Urrea en el noreste del país, por lo que pidió licencia durante 5 meses. Reasumió la Presidencia en 1839. Cuando estalló en la capital en 1841 la revolución que se llamó de “Regeneración”, las cámaras nombraron presidente interino de la república a Francisco Javier Echeverría, porque el presidente Anastasio Bustamante había tomado el mando de las tropas para ir a combatir a los insurrectos.

En ese tiempo se establecieron relaciones con España. Se reanudaron con Estados Unidos –que él mismo había interrumpido–. El estado de Yucatán –entonces toda la península–  se separó del país y puso  como condición el regreso al federalismo para reintegrarse. La inconformidad creció  en medio del desbarajuste administrativo y el caos económico, y pronto surgió otro conflicto, que Santa Anna aprovechó para intervenir y reasumir el poder. Bustamante volvió  a sus viajes por Europa, de donde  regresó en 1845, cuando el gobierno de Estados Unidos buscaba pretextos para iniciar la guerra.

En 1846 fue nombrado por los centralistas presidente del Congreso, con una nula participación durante la invasión de los estadounidenses. Cuando éstos se retiraron, llegó a cumplir algunas funciones de poco valor. Entonces, optó por el retiro. Cosa que asumió en  San Miguel de Allende –en esos años pertenecía a Querétaro–. Murió  el 6 de febrero de 1853. De acuerdo con su voluntad, su corazón fue enviado a la ciudad de México y depositado en la Catedral junto a los restos de Agustín de Iturbide.

Una familia, antes

Entre los pobladores de la ciudad, quienes se dedican a la agricultura, siembran maíz, sorgo y alfalfa,  existe costumbre por el arte, por la cultura, en términos generales. “No igual que antes  –señala don Alberto Novoa–, porque antes éramos mucho menos habitantes. Había más calor, porque éramos como una sola familia. Ahorita el número ha crecido mucho y hay nuevas ideas, nuevos “valores”, porque creo que es lo que más hemos perdido. No solamente en Jiquilpan –precisa–. Este fenómeno se da a nivel nacional, a nivel mundial”. Sin embargo, hay que decir que la amabilidad y el calor que ofrecen los nativos de aquí, a los visitantes, no ha desaparecido.

Admite que en la ciudad los artistas, en cualquiera de las ramas de la cultura, encuentran el lugar para mostrar sus obras. “Tenemos una biblioteca, que la conocen, que es el único lugar en el país donde dejó tanta obra pictórica José Clemente Orozco. En ningún otro lado hay tal cantidad de sus  pinturas. Es muy bonita. Y es un tirón que se puede utilizar para lo que es la Casa de la Cultura. También contamos con el espacio del Tecnológico, un sitio que presta los servicios y el sitio para mostrar los valores y actividades que puedan desempeñar los artistas”.

Sería muy bueno, sin perder valores

Con la entrada en funciones de la unidad que el Politécnico Nacional tiene aquí, uno imagina que hay  una especie de rivalidad, con el Tecnológico, por aquello de competir a la hora de presentar a los expositores. “Sería muy bueno que se diera ese tipo de competencia”, admite. Sin embargo, advierte: “el CIDIIR es más bien un centro de investigaciones, Y, en el Tecnológico, se preocupan más bien por la formación de los muchachos. Pero creo quede requerírsele, el CIDIIR también abriría sus puertas para un evento de esos, cultural.

“Pero, es necesario que se le ponga énfasis y atención a los muchachos, para que aprendan que no hay que perder los valores. Hay que estarles macheteando ya que, de pronto, se encandilan con la televisión, que es lo peor que puede haber; que nos tiene idiotizados. Sin son telenovelas, puros cuernos, puras matanzas. Todo lo malo, habiendo cosas tan buenas.

“Antes, en Zamora, en todos los pueblos, éramos una familia. Salíamos a todos lados: tú, cómo estás, qué se te ofrece. Nos ayudábamos.  Ahora, nos vemos aislados, y de acuerdo a la mo-der-ni-dad estamos materializados, más atrasados”.

Sería muy aburrido

Para el maestro –en la docencia y  el pincel–, Aurelio García Lúa, poblaciones como Sahuayo y Zamora mostraban menos interés en el fomento cultural, dedicados como estaban  en la atención de los negocios. Con satisfacción dice ver que, ahora, acicateados por la tradición jiquilpense, caminan por este sendero, y acompañan a la tierra del Expropiador Petrolero, por el sendero de la cultura.  Bueno es recordar que en las actividades comerciales que aquí se llevan a cabo, las 3 ciudades toman parte primordial, aunque ceden mucho espacio a Guadalajara.

En la ciudad, además, desde hace algunos decenios se procesa la leche. La industria que gira alrededor del lácteo producto, que aquí se produce, ha alcanzado elevados niveles de producción. Abadiano, comunidad situada en los altos llanos del municipio, saca la cara con mucha dignidad.

Y ya entrados en este campo, en el de los alimentos, bueno es recordar y saber que aquí se puede disfrutar con los uchepos, los churros, las corundas, la sopa tarasca –exquisita la que sirve Pina Suárez–, los chicharrones, las carnitas. Famosa es, entre los vecinos de la ciudad, la birria de Los Cano. Casa que se especializa en atender y servir durante las grandes ceremonias. Por las mañanas, aquí se acostumbra paladear los taquitos de cabeza, el menudo, la birria. Por las noches, es fácil encontrar tamales y atoles, en distintos rumbos de la ciudad; y en casas particulares.

De incapacidades

Expresidente municipal, don Alberto muestra un dejo de tristeza  ante la incapacidad que, a veces, enseñan los políticos, porque sus capacidades,  “no hay donde aplicarlas”. Y es el pueblo el que sufre las consecuencias, por los servicios que dan. Afirma que, hay instituciones, en las ramas de la salud, “hay veces que dan citas para después de que ha muerto el paciente”.

Pero hacer una comparación entre Feliciano Béjar, escultor, artista plástico y el recientemente fallecido don Luis Sahagún, no es posible. Con el arte de ambos, “ganamos todos”, afirma el tarasco y viejo conocido.  Para el pintor tangamandapense, ambos aportaron “algo positivo. Uno, en su calidad de pintor. El otro, como pintor, como grabador y como escultor  (Feliciano Béjar). Creo que aquí no se pueden establecer diferencias”. Jiquilpan, que se constituyó en municipio el 10 de diciembre de 1831; y que fue elevada a rango de Ciudad el 16 de abril de 1891, con el nombre de Jiquilpan de Juárez, con una tradición taurina de muchos años, con una plaza de toros que ya la quisieran ciudades más grandes que ella, adolece, desde hace tiempo, de una buena directriz para no estoquear a La Fiesta. Los timos de que ha sido víctima la gente que acude los 18 de marzo, o los 20 de noviembre, de cada calendario, han formado cadena.

Llama la atención, además, que los que han administrado este municipio, en donde vinieron al mundo celebridades como Diego José Abad (1727-1779), poeta épico latino y sacerdote; Dámaso Cárdenas del Río, gobernador del Estado; Ramón Martínez Ocaranza, periodista, poeta y profesor; Carlos Gálvez Betancourt, gobernador del Estado y director del Seguro Social; Gabino Ortiz, periodista y político, así como los 2 Presidentes, en no pocas veces hayan sido incapaces de proveer de los servicios elementales a sus gobernados.

Son muchos los nombres de políticos que se han encumbrado, aunque también suman muchos los sitios en que carece de los servicios, en la ciudad y el municipio.

Pero visitar la ciudad, y si se puede acudir la Biblioteca, valen el viaje.

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