Tingüindín. Benjamín González Oregel

(Tomado de GUIA, Semanario Regional Independiente, Zamora, Mich., México.

http://www.semanarioguia.com.mx )

Puebleando  Tingüindín, “Lugar de adoración”, o la acción de arrodillarse para adorar.

BENJAMÍN GONZÁLEZ OREGEL

Tingüindín, Mich.-  Cuando Cristóbal de Olid se apersonó en este poblado, en 1533, Tingüindín, era uno más de los puestos de observación con que contaban los purhépecha en esta parte de la geografía michoacana. “Tzinguitzuri”, el antiguo nombre de Tingüindín en lengua purépecha,  significa: “Lugar de adoración”, o el acto de arrodillarse para adorar.

Tingüindín, entre la espada y el Evangelio

La visita de Cristóbal de Olid ocurrió 3 años después que el insaciable y tenebroso Nuño de Guzmán –cuando al pueblo le fue otorgado el título de República de Indios–, había reconocido la belleza y exuberancia de esta región. Al parecer, Cristóbal lo hizo por órdenes de Hernán Cortés. Recorrió todo el imperio Purhépecha, y luego este poblado perdió la categoría que tenía.

Pero no fue mucho el tiempo que transcurrió para que Tingüindín  recobrara su condición de “Pueblo de Indios”. Esto sucedió entre los años de 1540 y 1541, gracias a la intervención de Fray Juan de San Miguel. El mismo franciscano que, en Uruapan, fundó el primer hospital, hoy  conocido con el nombre de Guatápera. Este fraile inició  la construcción del primer templo, en esta comunidad, de adobe y paja, con que contó la grey cristiana recién bautizada. Iglesia que, ampliada  por  su compañero y hermano fray Jacobo Daciano, abrió la puerta para que Tata Vasco, obispo de Michoacán, le otorgase la categoría de parroquia. El nuevo templo fue dedicado y puesto bajo la advocación de la Asunción de María.

Pero no sólo esta comunidad fue puesta bajo la protección de María Asunta. También le fueron encomendadas las de Carijo, Cocumbo (Tocumbo), Zumbimite, Guazambo, Pamatácuaro, Queréndani, San Cristóbal, Shandumban, Tacátzcuaro, Urítiro, Zicuicho y Tzirío, una vez que fray Juan las repobló.

Tingüindín fue tenientazgo general, dependiente de la alcaldía mayor de Peribán y sus sujetos eran Guáscuaro, Tocumbo, La Laguneta, Ayumba, La Magdalena, Tacátzcuaro, Cotija, Atapan, Tzicuicho Y Camata. En estas comunidades habitaban 240 familias de españoles, 500 descendientes de los purhépecha y 60 de mestizos y mulatos. Sumaban, entre todos, unas 4 mil personas. Corrían los años de la década de 1790, aproximadamente.

Ser fiestero, un honor muy dudoso

A esta parroquia le fueron asignadas 4 fiestas: La Asunción, la Purísima Concepción, San Pedro y San Miguel. Cada función corría a cargo de “cuatro fiesteros, quienes costeaban marlotas (vestimentas de los danzantes: moros y cristianos. Además de pagar la música, la quema de toritos y demás pirotecnia), comida para el pueblo y para el cura párroco, para guacas (productos para la despensa del curato), colchas (lienzos para el altar  del templo y servicios sagrados, a más de la ropa para el curato), y paños chocolateros (mantelería para el servicio del curato, en los que se envolvían chocolates y otras golosinas), así como el pago de 60 pesos por cada fiestero, por concepto de derechos parroquiales”.

El traje de gala

En la actualidad, sólo un par de ocasiones al año, el pueblo viste de lujo: unos días en diciembre, aunque no con la misma entrega de los fieles. Sin embargo, la comunidad luce el traje de gala, de luces, durante los primeros 15 días del mes de agosto. El 15 primordialmente, día con que se recuerda la Asunción de María. En esos días, el santuario parroquial recibe una o varias peregrinaciones. Y las romerías se originan en parroquias tan lejanas como el Distrito Federal, Guadalajara, así como en otras que no lo son tanto: Ecuandureo y Santiago Tangamandapio. Los católicos de Tocumbo no faltan, según cuentan los cristianos de este pueblo. Las romerías mayores, las más concurridas y rumbosas, se dan en los días reservados para los aguacateros y quienes  viven en Guadalajara. Las aportaciones de los emigrados son de gran valía, aseguran. Aunque cada uno de los barrios que hay en el pueblo también se hace responsable de las festividades del día que le corresponde: San Miguel, Los Ranchitos, La Asunción, San Pablo, La Purísima, San Pedro,… y ahora La Ermita.

Con 20 ó 30 fanegas

Se sabe que, hacia el siglo XVII,  Tingüindín, la cabecera, contaba con 400 habitantes y que, entre otras cosas, tenía un hospital, dirigido por los franciscanos. Estos tenían que arreglárselas, cada año, con  20 ó 30 fanegas de trigo, “sembradas y cosechadas por los naturales”; además de 40 ó 50 fanegas de maíz. El cura devengaba 248 pesos, anualmente, pagados “por La Corona, con los fondos de la Caja que tenía en la ciudad de México”.

Con afanes comparativos, se ha dicho que en  Guáscuaro, en esa época, un español, Francisco Manzo, laboraba tierras suficientes para cosechar entre 200 fanegas de trigo y otras tantas de maíz. Y que en Tacátzcuaro habitaban 150 cristianos, que también eran atendidos en un hospital. Este centro disponía de entre 20 y 30 fanegas de maíz, además de que explotaba una decena de vacas.

En este pueblo, los agricultores construyeron y se valieron de precarios sistemas de irrigación  para aprovechar los escurrimientos que, desde lo alto de las montañas, regaban los valles que se extienden hacia el sur, occidente y norte del macizo montañoso coronado por el cerro Grande, o de Patambam.  Maíz, frijol, camote, calabaza, chayote y chilacayote eran, y son, los cultivos centenarios entre los hombres del campo de esta población.

La esencia de La Constitución

El general Francisco J. Múgica Velázquez nació en este poblado, el 3 de septiembre de 1884. Hijo de profesor, lo que le resultó una bendición divina, puesto que su  progenitor nunca se olvidó de la preparación del retoño. Este, con el paso del tiempo, llegó a ser alumno externo del seminario de Zamora, luego de haber asistido a las aulas de escuelas que existían en Zináparo, La Piedad, Purépero, Chilchota y Sahuayo; sitios en los que su padre seguramente ejerció su magisterio.

Muy joven, Francisco ocupó uno de los puestos más difíciles  y odiados de la administración pública: fue receptor de rentas en Tancítaro y Chavinda. Sitio, éste, último, en donde fue inoculado por el virus del periodismo. Se cuenta que para esto tuvo que fundar varios periódicos, ya que optó por el ramo combativo.  Y lo hizo contra el propio gobernador don Aristeo Mercado. Eso lo forzó a salir del país. Allá, se incorporó a la Junta Revolucionaria maderista, en Texas. Contribuyó en la toma de Ciudad Juárez. Tras los asesinatos de Madero y Pino Suárez, el tingüindinense se incorporó a las filas Constitucionalistas.

Tocó al general Lucio Blanco llevar a cabo el primer reparto agrario, del país, en la hacienda de Los Borregos, en Tamaulipas, en el año de 1913. El acto provocó el enojo de Carranza. Tal vez pensaba, Blanco, flaquear, cuando apareció Múgica y le levantó el espíritu. Para Francisco, la reforma agraria fue una de sus obsesiones.  Su participación, como diputado constituyente, marcó una etapa de verdadera transformación, en beneficio del pueblo. Se trató de la verdadera Revolución.

La Constitución de 1917, en su contenido socialista: art. 3º. Educación primaria, obligatoria y gratuita, “que diera un concepto racional y exacto del Universo”; art. 27, base de la reforma agraria y 21 años más tarde de la Expropiación Petrolera, con las brillantes exposiciones hechas por don Luis Cabrera y el ing. Pastor Rouaix; y el art. 123, derechos y obligaciones de patrones y asalariados.  Al final, fueron los 3 artículos mencionados la esencia de La Constitución del 17. Definitivamente: Heriberto Jara, Luis G. Monzón y Francisco J. Múgica echaron a perder el proyecto carrancista, que era muy conservador.  Con la llegada de Lázaro Cárdenas del Río –con quien fueron compadres, y al que suplió en la gubernatura del Estado, como también lo fue de Tabasco–,  la Reforma Agraria entró en vigor. El ocupó las secretarías de Economía, primero, y luego la de Comunicaciones y Obras Públicas, al final. Sin duda, Múgica es el hijo preclaro, por excelencia.

Se defendieron de Chávez García, aunque…

En el pueblo también se recuerda a otro general, nativo de aquí, a otro Francisco: don Francisco Zepeda Salas. Tan sólo por la defensa que hizo del poblado, cuando el depredador  Inés Chávez García, la visitó.

Se cuenta que los católicos se aprestaban a festejar a la Virgen de la Asunción, cuando apareció el rumor de la inminente llegada del bandolero. De inmediato, hombres y mujeres  se dispusieron a defenderse. Unos, con las armas que poseían. Las otras, escondidas, junto a sus hijos. El contingente pasó de largo, y los católicos celebraron su fiesta. 4 días habían pasado de las galas cuando,  de nuevo, la alarma cundió: Chávez volvía con más de mil hombres a su mando.

El general Zepeda hizo que su pequeño destacamento y la defensa local se afortinaran en las torres del templo y la casa vecina.  Las mujeres y los niños en seguro resguardo. Por desgracia, mientras la tropa y defensa hostilizaban  a una parte de los bandidos, el resto de los desalmados se refocilaba en el saqueo, atropellos a la dignidad humana, extorsiones y fusilamientos. El palacio municipal fue quemado, con la pérdida de buena parte del archivo municipal. Igual suerte corrieron el Asilo del Sagrado Corazón y las casas de Doña Vicentita Huerta y don Andrés Fabián.  A las llamas no escaparon el edificio anexo al templo, ni la Sacristía ni el Altar Mayor. Se afirma que, ante el repliegue de las líneas defensoras, los sacrílegos arrojaban chile seco a las llamas para forzar a los escondidos a salir y ser pasados por las armas, sin juicio ni nada.

Se dice que varias veces los bandidos gritaron al general Zepeda que su hija estaba en poder de Chávez García. Y que, para salvarla, se entregara. A cada invitación seguía una nueva descarga, ordenada por el general. De no haber intervenido el párroco del lugar, Don Ignacio Custodio, S. J., el templo hubiese volado, dinamitado por las cargas de TNT que la bestia –saciadas, momentáneamente, como habían  sido su codicia y bajezas–  había ordenado colocar en los muros y cimientos de la edificación.

Otros hijos ilustres

Pero no sólo estos 2 generales han dado lustre al pueblo que los vio nacer. Aquí vieron la primera luz el compositor don Miguel Prado, el revolucionario Ponciano Pulido, el arzobispo don Francisco de P. Mendoza y Herrera, el abogado y poeta don Manuel Ochoa, así como el escritor e ingeniero don Ponciano Pulido.

Aquí, también llegó el ferrocarril.

Consumada la Independencia, en Tingüindín se acuñaron monedas de cobre. El pueblo fue elevado a la categoría de municipio por la Ley Territorial de 1831 y fue integrante del departamento de Zamora. En 1862 se le concedió el título de Villa y a partir del 18 de enero de ese año llevó el nombre de “Tingüindín de Argandos”, en honor a uno de los diputados al Congreso Constituyente de 1814. Durante la intervención francesa, fue escenario de uno de los combates entre franceses y las fuerzas del general García Pueblita, el 17 de junio de 1865.

En la época de la dictadura porfirista, sus comunidades indígenas sufrieron despojos de tierras y conflictos agrarios. En contraste con esta situación, en la cabecera municipal se introducían mejoras al utilizar a los presos como mano de obra. En 1892, Tingüindín contó con electricidad y 10 años más tarde, en 1902, llegó el ferrocarril.  Pero al tren no lo dejaron cumplir el siglo. Si lo construyeron los porfiristas, se lo llevaron los priístas. Y visos de que lo regresen no hay.

Agraristas, a la vista

Primitivo Aguíñaga, Nicanor Pardo, el presbítero Ignacio Huerta, Juan Velro y Miguel Valdéz creyeron que La Revolución les permitía hacerse justicia. Y comenzaron a ocupar los potreros de La Estancia, parte del Cerro Prieto, Manzanilla, Cuácaro, el Llano de la Virgen y el Cerro de Las Vacas. Además, los vecinos de Xhaniro decidieron aumentar la extensión de su vecindario. A pesar de las protestas de quienes decían tener documentación que los acreditaba como propietarios. A éstos, nadie les hizo caso y menos les devolvió lo expropiado. En total, fueron 10 mil 546 las hectáreas repartidas entre mil 371 dueños sin tierra, y de 7 mil, a 7 mil 500 que fueron beneficiados con terrenos, hasta en áreas que fueron propiedades de los jesuitas.  Aquí, el ejido propio de Tingüindín integró a 85 ejidatarios, tras repartir 438 hectáreas, situadas a orillas de La Magdalena.

El aguacate y el pan

Este pueblo y municipio no han sido la excepción cuando se habla de migración. Aquí, como sucede en la vecina Tocumbo, este fenómeno se da a contracorriente de lo que conocemos como tal. Muchos lo han hecho a las grandes ciudades: México y Guadalajara; aunque la sangría mayor se debe a los beneficios que ofrecían  los Estados Unidos. Esto, ha dado pie a que jornaleros traídos desde los pueblos vecinos ocupen los campos laborales que  requieren las plantaciones de aguacate.

Las plantaciones mayores y más productivas se encuentran en las comunidades de Tzirío, Xhaniro, el Cerro de Las Vacas, Las Bugambilias, Los Charcos, Los Llanos, etc. En algunos de estos lugares, además, la papa encuentra uno de sus paninos más propicios para su cultivo y producción. La variedad de aguacate Hass es, con mucho, la que mayores volúmenes alcanza.

Otra buena fuente de empleo y de manutención, desde hace tiempo,  ha sido la elaboración y venta del pan de Tingüindin. Famoso en la región, el Estado y en partes de los vecinos Jalisco y Guanajuato, su elaboración y venta han sido, desde tiempos ancestrales, una de las bases sobre las que se asienta la economía del municipio. Hasta no ha mucho tiempo, esta actividad competía con el cultivo y venta del aguacate. Aquí, por lo general, el aprendizaje, la preparación y elaboración de las hogazas –aquí se conocen con el nombre de cemas–,  se da en casa, se hereda.

Con las piezas cocidas, en estos tiempos, quienes viven de esta actividad,  tienen que salir, en aventuras no exentas de peligros, hasta más allá de las fronteras de la entidad. Hoy, este producto se puede adquirir en la zona metropolitana de Guadalajara. Las ausencias se pueden alargar hasta 15 días. Los sacrificios, para quien decide ganarse la vida mediante la venta del pan, no faltan: lluvias, vientos, frío, inseguridad, falta de lugares donde descansar.

Este alimento tiene, entre sus propiedades, una textura única, llena de sabores y colores, según sea la procedencia –panadería– . Y si de la vista nace el amor, el pan que aquí se elabora resulta una invitación difícil de rechazar.   Suave, sin ser fofo, dura semanas, casi sin perder ni peso ni aroma. Vale la pena decir que los habitantes de Tingüidín, están catalogados entre  los núcleos poblacionales con mejores hábitos alimenticios.

En la parte más occidental del municipio, además de los tradicionales cultivos de maíz, trigo, frijol, sorgo, los hombres del campo también suelen criar vacunos. Los cítricos y algunos frutales no son desconocidos en el territorio municipal. El cultivo del maguey propicia la destilación de aguardientes de una calidad excepcional.

Sus lazos comerciales más fuertes se dan con Zamora, Los Reyes, Peribán de Ramos y Uruapan.

Pero sí se les quiebra

Con los brazos abiertos, los habitantes de este primaveral rincón michoacano, que conserva mucho de las construcciones de principios del siglo XX, de adobe y teja –aunque no faltan ni escasean las de concreto–,  esperan, amablemente, a quienes gusten visitarlo. Y dan pistas sobre los sitios interesantes que pueden conocer si los visitan: la Parroquia-Santuario dedicado a la Asunción de María–, la Unidad Deportiva, La Chemba, sitio donde brota el agua y cuenta con un balneario naciente. Y el pinar, lo poco que queda, dicen.

En el municipio dominaba  el bosque tropical, con parota, cirián, guaje, ceiba, guayan, cascalote y el bosque mixto con pino, encino, aile, fresno y cedro. Su fauna se conforma por liebre, zorrillo, tlacuache, cacomixtle, comadreja, tejón, tusa, armadillo, coyote, conejo, ardilla, venado, pato y guajolote silvestre.

“El dinero puede más”, aceptan con un dejo de resignación, al recordar la tala y destrucción de lo que queda de aquellos interminables bosques, en los que abundaban las especies como el pino y el encino. Hoy, afirman, “queman  los bosques y la madera para plantar aguacates”.

Y esto sí les quiebra el ánimo.

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