Chavinda. Benjamín González Oregel

Puebleando por Chavinda

Lugar de vientos y remolinos, que abre su corazón.

Chavinda, Mich.,  a 1 de agosto del 2012.–    Seguramente para los fundadores de la actual villa de Chavinda, observadores como eran  –igual que  lo fueron quienes habitaron este nuestro México, antes de La Conquista–,  por creer que era la puerta al paraíso, por la que los dioses ascendían, había que guarecerla, protegerla.  Hoy, empero, esa idea, la paradisíaca, parece no tener razón. La población, por más que quiera ocultarlo, muestra un dejo de tristeza.

Me queda esa impresión, sobre todo si accedo por el sur, por la carretera federal número 15, por y desde cualquiera de ambos sentidos: oriente o poniente. Al hacerlo desde el punto por donde sale el sol, la siento como si de una doncella, que hace todo cuanto pueda para esconderse,  se tratara. El hacerlo por el lado donde el sol dice adiós cada tarde, me recuerda a la misma belleza que, cubiertos cabeza y rostro por suave y fino rebozo –una breve ondulación de la falda del cerro, apenas se abandona el camino federal–, sin pronunciar palabra,  con una sola  mirada  invita a casa. Sitio en el que, traspuesta la puerta,  abre su corazón, y se entrega tal cual es, sin oponer resistencia. Si se entra por los demás puntos cardinales y puertas, esa magia pierde parte de su encanto.

“Lugar de vientos y remolinos”, para los antiguos moradores –los tarascos–, durante los últimos 200 años, según cuentan crónicas, estudiosos y moradores, tal vez como ninguno de sus vecinos: Villamar, Pajacuarán, Ixtlán, Zamora y Tangamandapio, ha resistido, sufrido y aprovechado los cambios experimentados en la región, el Estado y el país. Porque si durante la época precolombina el lugar fue utilizado como puerta de entrada, como frontera estratégica, por ser uno de los 4 caminos principales del reino purhépecha;  para la segunda mitad del siglo XIX, cuando el trabajo y dedicación de sus habitantes habían logrado alcanzar la autosuficiencia económica, recibió, abiertos los brazos, la llegada del tren (1899).  Entonces, el modelo económico sufrió un fuerte desajuste.

Porque  si la llegada de los españoles, marcó nueva ruta para la vida del caserío asentado en el fértil valle y lo transformó en pueblo de encomienda (se dice que fueron Hernando de Bascones, Lorenzo Sánchez de Ulloa, Juan García de Cueva, Diego de Castro Guzmán y Fernando Bocanegra, los beneficiarios, no sólo de las mercedes reales, sino de la totalidad del Valle de Chavinda), la llegada del ferrocarril –con lo que pudieron comercializar,  vender  mejor sus productos–  marcó  el inicio de la migración –a los Estados Unidos y a otros lugares del país– de muchos de los que habitaban el poblado.  Un fenómeno que hoy le cobra, con creces, los múltiples beneficios con que ha sido favorecido.

Una cosa no se puede negar: los favores más grandes con que ha sido bendecido este territorio, de un poco más de 150 kilómetros cuadrados, los proporciona  la fertilidad de su valle, luego de la entrega y reciedumbre de sus hombres. Aquí, desde hace siglos, las semillas han dado, además de verdor, vida y aliento.  Gran productor de granos –maíz, sorgo y trigo–, tras la existencia de perforaciones profundas, el verde se ha teñido con el encendido rojo de la fresa y el jitomate –se habla de que se inició el cultivo de otras variedades de frutillas como la zarzamora y el arándano–. Labranzas que requieren de mayor cantidad de mano de obra que las tradicionales. Lo que habrá de caer como agua de mayo, en este tiempo en que escasea la oferta laboral.

Esto, empero, no ha sido gratuito. Todo en la vida tiene un precio. Y los chavindenses, que tenían como otra de sus sempiternas actividades las crianza y engorda de cerdos y vacunos, con el incremento de la siembra de granos  –antes tenían que hacer cajas de agua, entre un temporal y otro–, y los vaivenes de los precios de cárnicos y simientes, vieron cómo sus hatos y piaras, poco a poco se agotaron. Hoy, las estructuras, en buen número, muestran los efectos del obligado olvido, tal vez en espera de mejores tiempos.

Seguramente que estas sacudidas y sinsabores las vieron, vivieron y resintieron gentes nacidas aquí,  que dieron lustre a su tierra: don J. Jesús Álvarez Ruiz, próspero abarrotero y eterno directivo de la Segunda División de futbol profesional;  don José Garibay Romero, tesorero general del gobierno del Estado, cuando gobernó don David Franco Rodríguez; los Maciel, boyantes cañeros en Veracruz. Todo esto cuando aún quemaban los rescoldos de esa terrible lucha que siguió a la repartición de la tierra. ¡Y vaya si aquí se luchó por ella!

Los campesinos del municipio, como aconteció en buena parte de la República, se dieron con todo, y con lo que pudieron, por hacerse de un pedazo de lo que fueron las haciendas de La Soledad, San Juan Palmira y muy probablemente de las de La Verduzqueña y Dávalos –ésta con asiento en El Llano–. No debió irles mejor a los que habitaban La Cuestita, La Esperanza, Magallanes y El Tepehuaje. De hechos así, son mudos testigos los cerros: Alto (para muchos llamado también de Chavinda), Ojo de Agua, Trinidad, Calera y Cerro Gordo. Y puede que también lo haya atestiguado el río Encinillas, única corriente que cruza el territorio.

Como seguramente también disfrutaron al ver crecer a sus más preclaros hijos: el Siervo de Dios, Fray Humilde, el ahora beato José Ochoa, fundador de la congregación de las Hermanas de la Sagrada Familia, así como al doctor en filosofía y presbítero don Luis Méndez Codina, cuya voz y sapiencia deben resonar, aún, en el Seminario Mayor.

Visitar el municipio –declarado como tal, por primera vez, el 20 de noviembre de 1861. Título que le fue retirado 13 años después, sólo para volvérselo a otorgar el 25 de julio de 1879–, como lo hacía con cierta frecuencia el poeta y escritor don Bulmaro Flores Sánchez, quien radicó y murió en La Barca, Jalisco, es hoy, como siempre, una agradable experiencia. No sólo durante las fiestas decembrinas, o los 12 de febrero, fecha en la que la iglesia parroquial, construida por la entrega del Padre Nacho Orozco, cumple años. Ni tampoco es requisito hacerlo el 15 de mayo, Día de San Isidro, con todo y su procesión y desfile de moderna maquinaria.

Lo podemos hacer cualquier día del año.  Será gratificante convencernos de que, detrás de la brusca hosquedad de los vecinos, se encierran corazones generosos y nobles. Si la fortuna nos es propicia, tal vez podamos saborear el dominguero Cocido. O si estamos de mejor suerte, quizá podamos disfrutar con la riqueza que provocan las costillas de puerco en mole. ¡Platillo de fiesta!, dicen no pocas mujeres del lugar.

Y si el tiempo nos alcanza y el estómago lo admite, podemos llevar a anfitriones –como corresponde–, a nuestros familiares, amigos, a la novia, para endulzarnos la boca con los dulces de Chole Ponce, o el guayabate y la cajeta con obleas de las Madres del Convento.

Constataríamos que la amplitud de sus principales calles, contrasta con la estrechez de los breves callejones en los que, se afirma, se encuentran los primeros indicios de comunidad de la actual mancha urbana, en el bonito y alegre barrio de Cóporo.  Si subimos a alguna colina, nos alegraría la vista el luminoso verdor de su valle. Y todo esto es posible aquí, en esta población, a la que, en 1940, se le concedió el rango de Villa.

Pero es momento de marchar, todo lo que nace muere, y lo que inicia debe terminar. Como aquel tren que llegó un día, pitó, transportó y envalentonó a los habitantes del poblado. Al mismo que, próximo a cumplir un siglo, se llevaron. Y del que pocos rastros quedan. Pero del que sabemos que no habrá de regresar. Cosa que no se espera hagan los hombres que un día partieron. ¿A esa incertidumbre  se deberá esa cara de tristeza que muestra la joven Chavinda? ¿A la soledad en que vive?

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