Jaripo. Benjamín González Orejel

(Tomado de GUIA, Semanario Regional Independiente, Zamora, Mich., México.

www.semanarioguia.com.mx )

Puebleando: Jaripo, lugar de alumbre, remanso de paz

BENJAM ÍN GONZÁLEZ OREGEL

Puebleando

Jaripo, lugar de alumbre, remanso de paz

Benjamín González Oregel

La pacífica soledad que se ve y vive en esta población, invita a la tranquilidad, luego del diario ajetreo. Situado sobre el camino que conduce a Cotija, Jaripo resulta un remanso de paz.

Al hablar  del municipio de Villamar, uno tiene, forzosamente, que hacer un alto en lo que ahora es la tenencia de Emiliano Zapata. En lo que fue el asiento de una de las haciendas más extensas de cuantas ha conocido este país: la hacienda de Guaracha. Por tanto, resulta imposible, cuando la conversación gira en torno de Jaripo, no recordar ese mítico nombre.

La iglesia de Jaripo, en honor de la Inmaculada Concepción

Cuentan los lugareños, los nacidos aquí, que esta porción del territorio michoacano no perteneció a lo que fue la hacienda de San Juan Guaracha. “Aquí se trataba de propiedad privada”, asegura Gilberto Acevedo, propietario del establecimiento comercial más conocido de la también tenencia villamarense; mientras atiende a la clientela que, inminentes las sombras de la noche, acude al establecimiento para proveerse de lo que necesitará para la cena, o para lo que se pueda ofrecer antes de salir al campo, temprana la mañana del siguiente día.

Jaripo, un remanso de paz

El comerciante reconoce que, para esta población, la hacienda fue muy importante porque significó “trabajo”. Y ejemplifica: sería como si en la actualidad “viniera una fábrica. Todos tendrían” acceso a mejoras. “Y no como el Seguro (El Hospital Regional que está en Emiliano Zapata) que da el Gobierno; que no tiene ni medicinas, ni nada. Al final, hay que mandarlos (a enfermos o familiares) a otra parte: a Zamora, porque nada tienen en Guaracha”.

kiosco de la plaza de Jaripo

Cuentan los habitantes que el nombre de  Jaripo quiere decir “lugar de alumbre”, lugar donde abunda la piedra de alumbre. Esa piedra que, al roce con el metal, centellea y que fue, hasta antes de la invención del cerillo, la forma más rápida y cómoda para encender fuego, en el campo y los hogares –recuerdo cómo los ancianos del siglo pasado, hasta bien entrada la segunda parte de la vigésima centuria, para encender el cigarrillo, sacaban la piedrita, el metal y la raíz de la mulilla. Y la verdad, nunca pude, por más que lo intenté, hacer lo que mi abuelito hacía con facilidad.

Los dueños de esta casa, donaron la cantera para la Catedral Inconclusa, hoy Santuario Guadalupano

Los dueños de esta casa, donaron la cantera para la Catedral Inconclusa, hoy Santuario Guadalupano

La población, desde hace años, luce vacía. Y a pesar de esto, es bonita. Con todo y la anarquía con que ha sido y es construida. Aquí,  las edificaciones  de adobe con techos de madera y teja, de dos aguas, se mezclan con las casas de tabique y hormigón, generalmente de los que se han ido a buscar lo que aquí no encuentran.  Con un clima excelente, rodeada de fértiles tierras, cuentan  quienes se dedican al campo, con un dejo conformista, que además de granos, sus habitantes no han intentado otro tipo de cultivos.

Hoy, lo que se extraña es la gente

Gente sencilla y buena, los nativos de aquí, por lo visto, desde hace siglos parecen destinados a vivir de los empleos que otros les han ofrecido. Así ha sido desde los tiempos de bonanza y riqueza de Guaracha –lo que implicaba explotación y abusos, como dicen los estudiosos–, hasta nuestros días. La diferencia, entre aquella época y la actual, estriba en que si trabajaban en Guaracha, podían regresar a casa al final de cada jornada, dada la cercanía con la fuente de empleo. Cosa imposible ahora, pues generalmente han optado por viajar, en busca de trabajo, al extranjero.

Los jaripenses, por lo general, como sucede con los migrantes de cada una de nuestras comunidades, tratan, lejos del terruño, de apoyarse, de sentir el cobijo que brinda el poder  vivir juntos. Y aunque no oficialmente, de facto, han dado vida a nuevas comunidades en los Estados Unidos. Sobresale,  por la cantidad, por su fuerza y por su fama adquirida el grupo que se asienta en la Ciudad del Oro, Stockton, California; en la zona conocida como Sierra Vista. Ni el movimiento encabezado por César Chávez logró dividirlos. Y esto ha rendido frutos, sobre todo económicos, a la recoleta población.

Pero no sólo mano de obra ha ofrecido esta comunidad. Aquí vieron la primera luz prohombres como don J. de Jesús de Bernal Villanueva, ingeniero que vivió en Zamora y que tuvo el valor y la visión al traer beisbolistas que después alcanzarían talla y fama internacionales; el mismo que, como administrador de rentas de Zamora, se atrevió a faltar a un informe de gobierno, que daría el general Dámaso Cárdenas. “No voy, porque, además, por qué le voy a  escuchar las mentiras al cabrón de mi compadre”  –me contaba mi inolvidable y dilecto amigo, don José González Padilla, en medio de risas, al recordar a quien fue uno de sus más queridos y cercanos amigos–.

De aquí partió, también, el doctor Gabriel Mendoza Manzo, miembro  fundador del Frente Democrático Nacional, del PRD, eterno y fiel acompañante del ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas.  Y aquí, dicen los jaripenses, nació y fue registrado el ex gobernador Carlos Torres Manzo, a quien se tilda de terracalenteño. Hasta aquí, vinieron a sacar su acta de nacimiento, aquí está su acta de nacimiento, dicen con cierta rabia, pero con aplomo, los vecinos. Aunque recuerdan, con cariño, a don Ignacio Mendoza Ayala, por su sapiencia y entrega, como educador. No olvidan a Pepe Acevedo, un hombre que vivió del comercio en Zamora.

Los católicos de este pueblo celebran el Día de la Inmaculada Concepción, el 8 de diciembre de cada año. Pero la fiesta grande se da en honor de la virgen de Guadalupe, durante la última semana de enero.  Fechas en las que  muchos de los que residen en los Estados Unidos –particularmente en California–, echan la casa por donde pueden. “Es la fiesta grande, cuando vienen los del Norte”, precisa el comerciante. Y lo apoya Delia, una vecina que escucha y se apresta a cubrir el importe del recibo telefónico, y que parece muy bien informada en este campo, cuando recalca: “Pero la fiesta más bonita, es la de enero”. Por si faltara, esto lo confirman los cientos de vecinos de las poblaciones cercanas, que hacen el viaje para disfrutar de la ocasión. Que tiene una característica: todo es gratuito.

Pero, precisa Gilberto, en estas festividades se ha perdido mucho de lo que a la religión se refiere. Priva, por mucho, el aspecto lúdico. En este campo, la migración comienza a cobrar una factura poco conocida, ya que se han olvidado tradiciones como las procesiones, los novenarios y muchas de las liturgias, que antes se ponían en marcha y daban lugar a los festejos.

A los primeros habitantes de esta comunidad los catequizaron dominicos que venían de Santiago. Como también fueron santiagueños quienes empedraron buena parte de de la localidad. Y si ya había una fuerte relación con los habitantes de Tangamandapio, ésta se vio fortalecida durante el largo ministerio sacerdotal del presbítero don Rafael Ramírez. Hoy, hablar de este sacerdote, es hablar del pueblo.

Aquí,  si de comidas se trata, la birria de becerro y el “mole mancha manteles”, son y han sido los platillos tradicionales, en “bodas, en días de fiesta y en toda” ocasión especial, dice Manuel Acevedo, hermano y socio de Gilberto. Bueno es mencionar que ellos, los hermanos, cuajan, amasan y venden queso de leche entera, de vaca, digno de cualquier mesa.

El español es la lengua oficial, pero es cosa común, en esta comunidad, escuchar, sobre todo a jóvenes, comunicarse en inglés. Como nada de extraño tiene la conversación que surge eventualmente, acerca de lugares o personajes conocidos, o no, por quien acaba de llegar, una vez identificado el sitio en que radican  o radicaron allende nuestra frontera.

Hay algo de lo que los habitantes de esta tenencia se sienten orgullosos: haber nacido en el pedazo de suelo del que salió la mayor parte de la cantera con que se construyó lo que ellos llaman y conocen como “La Catedral Inconclusa” de Zamora, lo que hoy es el Santuario Guadalupano. Los dueños de esta casa, Francisco Higareda y Jacoba del Río, donaron la cantera para hacer esa catedral. Al principio, los trozos de roca eran trasladados en carretas, tiradas por bueyes –que son más fuertes que las mulas–. Esto sucedió hasta el mil 900, cuando apareció el tren. Entonces, el material se llevaba a la estación Granados, y desde allí era trasladado a Zamora.

Pero también los llena de gusto saber, ver y hasta palpar, la breve correspondencia que mantuvieron hijos del pueblo con el general Lázaro Cárdenas, en los días de la expropiación:

“Comunidad agraria de Jaripo. Mayo 3 de 1938.

Sr. general de División, Lázaro Cárdenas, Presidente constitucional de la República.

México, D. F.

Respetable señor:

La comunidad agraria que nos honramos en representar, felicita a  usted con toda cordialidad por su gallarda actitud frente al conflicto petrolero, y le es grato ofrecer a usted, de manera incondicional, su adición y respaldo para su gobierno, protestándole, por nuestro honor, que siempre estaremos con usted en cualquier situación.

Adjuntos, nos permitimos remitir a usted vales postales por la cantidad de cien pesos. Rogándole se digne aceptarlos, como primera aportación de esta comunidad en el pago de la deuda.

Somos de usted, con todo respeto:

Antonio Abarca, Adulfo Acevedo y J. de Jesús Estrada; presidente, secretario y tesorero del comisariado ejidal”.

“No. 409 Palacio Nacional, vía Zamora a Jaripo.

Antonio Salcedo, Srio de vigilancia, Jaripo, Mich.:

17022 Agradezco, a nombre del país, su mensaje de solidaridad con motivo de solución dictó Gobierno, con relación al problema del petróleo.

Afectuosamente, el Presidente de la República,

General Lázaro Cárdenas”.

Si en nuestro tiempo es poca la actividad que aquí se lleva a cabo, los vecinos aseguran que hubo tiempos mejores. Vivían muchos artesanos. “Había hasta fábricas de zapatos. El calzado lo llevaban a vender a Tarecuato,… También se fabricaba queso. Y lo llevaban hasta México, D. F., a Uruapan,… A muchas partes. Pero también llevaban huevo, ranchero. Se fabricaban dulces, ¡Buenos dulces! Como ese tipo de dulces que se hace en Zamora (Don Pedro). Porque como esos dulces que venden en Zamora no hay así de buenos” –subraya Gilberto, antes de afirmar que aquí había gentes que hacían de todo.

Hoy, además de extrañar todo lo anteriormente anotado, también se extraña, a la gente.

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