Villamar, la antigua Guarachita. Benjamín González Oregel

(Tomado de GUIA, Semanario Regional Independiente, Zamora, Mich., México. www.semanarioguia.com.mx )

Puebleando  Villamar, la antigua Guarachita

BENJAMÍN GONZÁLEZ OREGEL

Hoy se puede caminar con guaraches sencillos, o con sandalias, sin prisas y sin temor a tropezar * La vida corre sin prisa

Villamar, Mich.,  agosto del 2012.–  Con el nombre de Villamar se honra  a Don Eligio Villamar Nicodemus, un científico, poeta y capitán que alcanzó el título de héroe de Churubusco durante la intervención norteamericana, allá en el lejano 1847. Inicialmente, este poblado  se conoció con el nombre de Guarachita –a mediados de la centuria pasada había quien así lo nombraba–. Denominación que significa “guarache, calzado o sandalia”.

Esta población michoacana, a partir de las Fiestas Patrias, en septiembre de cada año, entra en ebullición lúdico-religiosa, motivada por las festividades patronales que, en honor de San Miguel Arcángel,  se organizan y celebran. Pero hoy se puede caminar con sandalias, con guaraches sencillos, sin prisas, sin temor a tropezar. Aquí, la vida corre sin prisa.

Un giro increíble

Si el visitante se da una vuelta, en este tiempo, y recorre  las desoladas calles de la localidad, cuesta creer que en menos de un mes el rostro del anárquico caserío pueda dar un giro cercano a los 180 grados. Hasta aquí han de peregrinar habitantes de comunidades  –más de 40, según información oficial dependen en lo civil, aunque no todas acuden como protagonistas–: Nicolás Romero, San Antonio Guaracha, Jaripo, El Platanal, Cerrito Colorado,… Y Guaracha –en algo que podría tomarse como una tardía rendición, luego del largo cacicazgo ejercido por los dueños del latifundio fundado por el zamorano Pedro de Salada, allá por el año de 1643–, con el fin de ensalzar las tradicionales galas. Pero sobre todo por el regreso  de una buena porción de los que, ante la imposibilidad de encontrar un modo de vivir más digno, han tenido que emigrar a Estados Unidos, esencialmente.

Durante esos 14 días,  los vecinos del pueblo, por calles o por barrios –Barrio de los Morales, el Barrio Alto,…–, toman un día bajo su responsabilidad de los eventos programados. Los gastos corren a cargo del vecindario. El año pasado, se recuerda,  prometieron una aportación de 350 pesos por familia. Aunque es lógico –ahora que están de moda los compromisos, ante notario y sin éste–, no todos cumplieron con lo acordado. Además, se acostumbra que los negocios mayores, los más fuertes económicamente, se conviertan  en patrocinadores indirectos al auxiliar con lo necesario para la promoción de los festejos: calendarios, programas impresos y anuncios fijos. Ya que, enmarcados en estas celebraciones, habitantes y visitantes pueden disfrutar de las exhibiciones de teatro, danza y ballet, al aire libre, sin desembolsar un solo cinco, en el teatro del pueblo.

La migración,  desolación

Si en la región noroccidental del Estado la migración comienza a dejar dolientes improntas, en este municipio, en la totalidad, las secuelas  son aterradoras. Tal vez en este campo, Guaracha –hoy Emiliano zapata–, sea la menos afectada. Cuando se transita por las calles de San Antonio Guaracha, Jaripo, o de esta cabecera, todo lo cubre la soledad. Aquí, el comercio brilla porque no existe, sobre todo en el centro de la población. Y nadie, por doloroso que sea decirlo, va a invertir en el páramo.

Con los reembolsos de dinero que envían los que están fuera, el movimiento económico es mayor. Y confían, esperanzados, los comerciantes locales, en que las cosas han de cambiar, sobre todo en este campo. Ramo en el que, además, combaten una guerra casi perdida con los grandes centros comerciales de Sahuayo y Jiquilpan. Y esto, la falta de gente, la palpable  inequidad y la ancestral costumbre de los consumidores de acudir a aquellas poblaciones, ha desanimado a no pocos de los potenciales inversionistas locales.

Y sin embargo, arriesgan

Hay, por fortuna, bizarras excepciones. Y son los que audaces, aventuran y financian aperturas de pequeñas empresas en este lugar, a sabiendas que el fenómeno migratorio tanto les afecta. Aunque no falta quien afirma que  también los beneficia. Con el producto del trabajo de aquí sería imposible construir tu casa, razonan algunos jóvenes atrevidos. Estos nuevos empresarios que han establecido sus negocios sobre la carretera.

Durante los días y celebraciones próximos, la visita y derrama económica son mayores a las que acostumbran tener durante las fiestas decembrinas, en honor de La Guadalupana, aceptan los prestadores de servicios. La cantidad de nativos que residen en los Estados Unidos y que hacen el viaje, es mayor durante las fiestas de San Miguel, aseguran quienes viven aquí. Aunque no dejan de ser conscientes de que, por la crisis que se vive en el país vecino, el número de paisanos que esperan pueda ser menor al que se registró el año pasado.

Antes de que estos problemas se presentaran, acudía entre un 35 ó 40 porciento de los hijos ausentes, durante los últimos días de septiembre, indican. Pero advierten: visitantes de los municipios vecinos de Pajacuarán, Jiquilpan, Sahuayo, Chavinda, Tangamandapio, Venustiano Carranza, Cotija y Tingüindín, son raros. “Solamente el mero día de la fiesta puedes ver gente de esos lugares. Pero los ves en los sitios donde hay música, donde hay grupos de renombre”, señalan.

De campos, plantas y semillas

Con un extenso campo labrantío, los agricultores locales no la pasan bien. Hace unos cuantos días que llueve, indica un joven comerciante. Y si se toma en cuenta que buena porción de esos terrenos son salitrosos, a lo que se sumó una granizada fuerte, hace días, sobre las siembras de maíz y sorgo –que son los cultivos principales en las que invierten ejidatarios y pequeños productores–, y agravó las dificultades que sortean los hombres del campo, hacen más difícil la vida de los campesinos. El futuro próximo del campo villamarense es incierto.

Aquí, afirman, hubo un año muy bueno para los cebolleros. Pocos lo aprovecharon. Después, sólo se habla de pérdidas. Unas, debido al precio que marcan los mercados. Otras, por no poder cobrar lo acordado con acaparadores sinvergüenzas, que, hecha la carga, no volvieron con el dinero que adeudan a los cultivadores.

Hay instalaciones para  procesar y tener un mejor aprovechamiento del bulbo, pero se encuentran cerradas; en  espera de tiempos y circunstancias parecidos a los que originaron y propiciaron su construcción y existencia. Afirman, empero, con orgullo, que la planta y la semilla que se producen en esta zona de la Ciénega han alcanzado cotización y aprecio tales, que los mismos productores han optado por negar la venta a sus competidores de Guanajuato, y otros estados. Se llevaban la planta y, como están más cerca de los grandes mercados, competían con ventaja sobre los cebolleros locales, puesto que, con un producto igual en cuanto a calidad, lograban imponer precio. Hasta “aquí han venido Los Temerarios (grupo musical) a comprar cebollín”, que replantaron en Zacatecas, recuerdan con un dejo de jactancia.

Los Negritos, sin explotar

Cerca del pueblo, se encuentra un sitio que, por desconocidos motivos, no ha sido explotado, a pesar de que su existencia data del año 1900. Se trata del géiser de Los Negritos. Siempre habrá alguien que quiera venir y disfrutar, con familia, de una carne asada, o de nadar y bañarse en la alberca, sentencian los lugareños. Sin embargo, no falta el que recomiende que, en esta época, hay que tener cuidado al acudir a este sitio. El calor que producen el lodo y el azufre, hirvientes, seca fácilmente la corteza exterior y enmascara el peligro que bajo esa aparente capa seca se encuentra. Se recuerda que, el año pasado, una señora cayó a uno de esos huecos y sufrió quemaduras muy serias, de tercer grado, en una de sus piernas.

A pesar de todo

Con todo en contra, en la población se ofrecen servicios que, ante la visión que se tiene, no parecen propios de esta comunidad. Si el hambre arrecia, sobre el lado norte de la carretera federal número 15, un modesto pero limpio restaurant ofrece cortes de carne selectos. Un matrimonio, joven, que se preparó en aulas universitarias del ramo, aprendió el secreto y sazón para preparar tanto la carne como los mariscos. Si se opta por comer en la calle, por las noches, una buena elección serán los tacos al pastor, o la Comida del Comal: Chimichangas, tacos dorados, enchiladas, tostadas, flautas. Todo”.

Aunque con suerte, también se pueden conseguir los tradicionales tamales y el atole. Saborear las carnitas, sólo es posible hacerlo por las mañanas, entre semana. Las costumbres estadounidenses, por fortuna, en la comunidad, aunque se notan, no han permeado a profundidad entre los residentes del pueblo. Ellos, los migrantes, vienen con ganas de llenar la barriga con enchiladas, tostadas,… Aunque luego se retuerzan con los cólicos, comentan divertidos los que aquí radican.

Hijos preclaros

La mayoría es gente amigable. Nada comparable con la raza de Sinaloa, apunta un villamarense. Allá, con que digas que eres de Michoacán, te cierran la puerta, asegura. “Aquí, dice, la gente es servicial, ayuda al que lo necesita. No va a ver una mala cara. ¡Claro, si quiere hacer un mal, es otra cosa” –advierte.

A pesar de toda la lista de adversidades narradas, renglones arriba, esta porción michoacana, que se constituyó municipio el 10 de diciembre de 1831, con el nombre de Guarachita, ha sido cuna pródiga  y generosa, de gente que se ha entregado al bien común, en bien de su municipio, del Estado y del país.  A la hora de enumerar y recordar a sus hijos preclaros, se deben mencionar, además de Eligio Villamar, héroe durante la intervención norteamericana (1825-1852), al abogado y político, Agustín Leñero, a don  Rubén Leñero,  médico y literato, a Filiberto Ruiz, primer líder agrarista de las Guarachas y el occidente de Michoacán, a doña María Cecilia Felicitas del Río Amezcua, madre del general Lázaro Cárdenas del Río y don Alfonso Leñero Ruiz, literato y político.

De gente a gente

Llama la atención que, en las publicaciones oficiales,  no se da cuenta de que el ilustre don Sergio Méndez Arceo vio la primera luz en este desolado caserío, al que en 1935 se le cambió la denominación por la de Villamar. Y menos espacios  dedican a don Alfredo Ruiz del Río, líder de la Asociación Nacional de Autores y Compositores de México.

Lo que los vecinos de la villa  cuentan, orgullosos, es que “aquí está la casa donde nació el general Lázaro Cárdenas del Río. Y la mamá de él, doña Felícitas del Río. Ella nació en la comunidad de La Sávila”, precisan. No saben, empero, si el acta de nacimiento del Expropiador se encuentre asentada en el registro civil del pueblo. Por el contrario, poca importancia le dan al origen del nombre del pueblo y municipio, primeramente llamado Guarachita, con el fin de ensalzar al  licenciado Eligio Villamar, de quien, dicen, no conocen los méritos suficientes para que, en su honor,  hayan rebautizado a poblado y municipio.

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