Totolán, municipio de Jiquilpan. Benjamín González Oregel

(Tomado de GUIA, Semanario Regional Independiente, Zamora, Mich., México. www.semanrioguia.com.mx )

Puebleando  Totolán, una comunidad que despierta cada lunes

BENJAMÍN GONZÁLEZ OREGEL

Totolán, municipio de Jiquilpan, Mich., septiembre del 2012.– Si pudiésemos hacer un símil, tendríamos que afirmar que la tenencia de San Martín, Totolán —Totolán, para todos los que hemos estado aquí y dizque la conocemos—,  vive aletargada, entre bostezos, 6 días de la semana. Pero  cada lunes, despierta, goza  y vive a plenitud lo que la imagen de nuestra señora,  la Virgen de los Remedios, tiene a bien para los que aquí habitan y nacieron.

Porque la virgen de Los Remedios es milagrosa. Cada lunes se ve un milagro. Cada lunes se desborda toda la feligresía de la región de la Ciénega y ribera de Chapala. No sólo los habitantes de Jiquilpan, Guaracha, Villamar, Sahuayo, San Pedro Caro. De todos estos lugares, dolientes y creyentes caminan, muchos  a pie, hasta el breve y sencillo altar,  para venerar a la virgen María bajo dicha advocación. No son pocos los católicos, de la parte jalisciense del lago mayor del país, que hacen viajes  cada lunes.

El pueblo, en este tiempo, no pasa por su mejor momento. Seguramente las luchas por el poder político y la falta de tacto de las autoridades del municipio, encabezadas por Francisco Álvarez, son las responsables del triste estado en que se encuentran calles, jardines y espacios públicos. La jefatura de tenencia, el edificio, está cerrado. En la parte trasera, donde se encuentra un pequeño parque infantil, da una clara prueba del descuido en que se encuentra esta tierra.

Las calles, anárquicas en sus desiguales y serpenteantes trazos, muestran rostros idénticos: la mayoría luce un deteriorado adoquín. Las construcciones de concreto, se amalgaman con las de adobe, con tejados de 2 aguas, a veces separadas por cercas de piedra.  El abandono de inmuebles es evidente, por el aspecto que ofrecen casas y solares.

Pueblo pobre

Como sucede con la mayoría de las gentes que nacieron en esta región, la sangría migratoria es terrible.  Con un agravante, los hijos que se han ausentado pocas ambiciones tienen y sienten, cuando de invertir en el pueblito se trata. Como no arriesgan aquí, no quieren organizarse y esas actitudes afectan a la comunidad. Sobre todo si a los que regresan les ha ido bien en los Estados Unidos.

Los que permanecen aquí cultivan la tierra, son agricultores, pero lo hacen sin proyecto de superación, de desarrollo. Si uno observa, la idea que transmites es que lo hacen para sobrellevar una vida en la que la única abundancia es, y ha sido, la escasez de oportunidades. Por lo que se ve, se vive con la esperanza de que los que partieron, hacia los Estados Unidos, se acuerden de los que se quedaron y les den la mano. El concepto que nos queda es el de un pueblo, no miserable, pero pobre. Porque no tiene buenas tierras, fértiles, productivas. Porque no hay ofertas de trabajo, ni en el campo ni en la industria.

Pero los lunes se realiza el milagro de cada semana. Y con la llegada de los piadosos pedigüeños –los que acuden a solicitar favores a la Virgen–,  la soledad de las callecitas desaparece. Y es sustituida por las sombras de los toldos de plástico, y el movimiento que provocan  los puestos que levantan  comerciantes ambulantes, de aquí y de otros lugares, con el fin de llevar algo a casa. Destacan, por los sitios en que se instalan, las mujeres de aquí. Las que, cada primer día de la semana ofrecen tacos dorados, tacos de birria, enchiladas, tamales de aguamiel, buñuelos, comalonas, quiote cocido con piloncillo, semillas de calabaza tostadas y saladas, elotes cocidos,…

El comercio en grande, se realiza en Jiquilpan y Sahuayo.

El relleno del emparedado

Podríamos imaginar que a esta comunidad  le tocó ser  parte de un emparedado, el relleno de en medio, atrapada por lo que fue la grandeza de la hacienda de Guaracha, desde tiempos sin memoria; y por lo que han  significado los gobiernos de Jiquilpan. Los rastros de esto allí siguen, erguidos, como símbolo, como un perenne recuerdo de lo que fue la gran hacienda: los vestigios del ingenio de San Ignacio, cuyo propietario lo era también de los terrenos que se extienden de la carretera hacia el norte, que debieron verdear en eternos cañaverales.

San Martín Totolán siempre ha sido un pueblo pequeño, nunca tuvo ni ha contado con grandes comunidades de las cuales se haya podido echar mano para el cultivo de los campos que se extienden hacia el norte. Se trata de un poblado pequeño al que durante el reparto agrario le dejaron una orillita de la porción que lo corona y que perteneció al latifundio de Guaracha. A pesar de que aquí debió asentarse un buen número de los afros traídos durante los tiempos de la esclavitud. Aunque hay versiones que hablan de que, antes de la evangelización, este lugar era habitado por los tarascos. Y desde entonces, siempre ha estado bajo la influencia y poder de Jiquilpan. En los campos eclesiástico y civil.

Hijos ilustres

En esta breve comunidad hay 2 familias, de apellidos Guerra, a las que el Señor les ha concedido la gracia de tener 2 sacerdotes, cada una de ellas. Son parientes entre sí; y los 4 clérigos han pertenecido a la diócesis de Zamora. Pablo y Agustín Guerra, son hermanos. El primero está en Zamora; el segundo, desempeña su ministerio en Sahuayo. Enrique y Alfonso Guerra, son el otro par. Enrique, luego de celebrar sus bodas de oro sacerdotales, sin cargo de jure, y tras un largo periodo como pastor de la parroquia de Santiago Apóstol, en Santiago Tangamandapio, allí radica. Alfonso, que también pastoreó a la feligresía santiagueña, fue llamado por el Creador y sus restos descansan en la iglesia a la que servía.

Para quienes aquí residen, hay un apellido al que mucho respetan: Olmos. Hay un par de bustos, tal vez tallados en bronce, que flanquean un asta bandera, al centro de un original parquecito. Vistos de sur a norte, a la derecha se observan nombre y causa por las que la gente lo colocó: Pablo Olmos Venegas. A la izquierda, no podía ser de otra manera, el reconocimiento al general Lázaro Cárdenas. Los vecinos cuentan que ambos lucharon en bien de los vecinos del pueblito. Que compartieron anhelos y sufrimientos, todo por beneficiar a quienes habitaban en San Martín Totolán.

El Limonero y su corrido

En ese sentido, a los herederos de quienes lucharon y defendieron  lo “poquito que quedaba del ejido de Totolán, para que no fuera a parar a Guaracha o a Jiquilpan, porque los querían dejar sin nada”, los recuerdan con respeto y cariño sinceros. Un alto porcentaje del terreno es ejidal; aunque también existen pequeñas propiedades.

En esta breve comunidad se conserva y practica una danza, muy importante culturalmente, conocida como la danza de Los Negros. Esta tradición es la consecuencia de lo que fue Totolán, en tiempos de la conquista. Era gente ruda, que no se dejaba evangelizar. ¡Madres, que se dejaba evangelizar!, dice don Enrique Guerra Salcedo, conocedor de la historia de su tierra.

Los misioneros, afirma, trajeron a la Virgen de los Remedios, “y la dejaron en el cerro. Y fueron los negros los que, en sus andanzas, cuando iban  a la leña, la encontraron  y la trajeron a Totolán”.

Algo que recuerdan los vecinos de la tenencia –con gusto y sincero orgullo–, gente del campo, son las hazañas de un caballo de carreras llamado El Limonero, propiedad de otro miembro de la familia Guerra –el apellido más común aquí–, de Manuel, que fue hermano de don Enrique y don  Alfonso. La fama que alcanzó el jamelgo fue tal que, contrariamente a lo que piensa la gente de Tijuana,  de los oriundos de Sinaloa, que afirma que los sinaloenses se dejan matar para que les compongan un corrido, a este caballo lo inmortalizaron con su corrido. Y murió de muerte natural.

Los Negros y la Virgen

La festividad principal es la que se celebra el último día de mayo, en honor de la imagen patrona de la parroquia. Es una fiesta regional. A esta festividad acuden fieles que habitan alrededor de la laguna de Chapala. Pero no es así como así. Ese día tan sólo es la culminación de una tradición cristiana que,  hace decenios, siglos, se acostumbra llevar a cabo; y que forma un peculiar  novenario. Son 9 los lunes en los que acuden los fieles ante la milagrosa imagen.

La preparación comienza el último lunes de marzo, para concluir el último de mayo. En esos lunes, “viene más gente”, afirma una joven que atiende la tiendita que tiene la parroquia, a uno de sus costados. En esos días, mucha gente camina, a pie, desde los pueblos vecinos. Dicen que, antes, era más bonito, porque lo hacían sobre un camino de piedra, no como ahora que hay una banqueta de concreto desde la cabecera del municipio, y que corre paralelamente a la carretera. Los lunes, generalmente, el párroco oficia 4 misas. Durante los lunes del novenario, son 6 las eucaristías que se celebran sobre el altar de la breve iglesia.

Las Enramadas

Gente sencilla, huraña ante el desconocido, en cuanto siente confianza abre su corazón. Hoy se dicen agradecidos porque, al fin, alguien va  a publicar algo de su pueblo. Sin embargo,  confiesan sentirse llenos con la devoción a la virgen de Los Remedios. Aseguran ser muy unidos. Y como muestra hablan de la hermosa y ancestral  tradición  de las Enramadas.

Durante diciembre, cuentan, en solares grandes se da vida a una especie de grandes nacimientos, previo acuerdo hecho ante el grupo encargado de estos actos, sin que nada tenga que ver la parroquia. Aunque, advierten, la parroquia se une, como ellos lo están con ésta; porque el fin buscado es la celebración del nacimiento de Jesús. En la actualidad, de acuerdo a las solicitudes que existen, habrá  Enramadas durante varios años. Por lo pronto, los solicitantes que esperan se preparan para organizar una buena puesta en escena.

La primera Enramada, llamada Chichigua,  es para esperar y celebrar el nacimiento del Niño Dios. Ese día, el 24 de diciembre, parte medular está a cargo de Los Negros, quienes han regresado tras un largo destierro de casi un año. Durante la noche y el día, han de danzar. Además, deben llevar la imagen del recién nacido, al templo.

Acompañados por el Niño, desde otra Enramada, conocida por el nombre de Guaylaca, los fieles recorrerán las calles del poblado, entre las danzas de Los Negros y la alegría provocada por la llegada de Cristo. A estas celebraciones acuden gentes de todos lados, cuentan los totolanenses. En cada Enramada se reza el rosario, al Niño Jesús. Además de la danza de Los Negros, también suelen danzar los niños.

3 y fuera

En total,  cada año se organizan 3 Enramadas, son de compromiso, en las que se mezclan los rezos, la sana convivencia y la generosidad del pueblo, cobijados por el espíritu propio del ambiente navideño.  Las Enramadas, afirman, son ocasiones en las que los habitantes de Totolán expresan cuán desprendidos y generosos son, pues nadie se va si antes no se ha llevado un vaso de agua, de atole, un tamal.

Esta explosión de cristiana alegría concluye con una convivencia popular, en la que se comparten: el atole, los tamales, el picadillo, los frijoles blancos y el agua fresca. Todo, antes de que la comunidad despida, encamine a Los Negros, los eche del pueblo. Mismos que habrán de volver  el próximo diciembre.

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