Tarecuato y Fray Jacobo Daciano, destinos inseparables. Benjamín González Oregel

(Tomado de GUIA, Semanario Regional Independiente, Zamora, Mich., México.

www.semanarioguia.com.mx.)

Puebleando  Tarecuato y fray Jacobo Daciano, destinos inseparables

BENJAMÍN GONZÁLEZ OREGEL

Benjamín González Oregel

Desde que las vidas de esta comunidad y la del evangelizador danés, fray Jacobo Daciano, pariente de Carlos V,   se cruzaron, los destinos  de ambos ya no habrían de separarse. Aunque a veces las paralelas veredas por las que caminan crucen los ámbitos real y mitológico.

Porque aquí, en este pueblo que cuelga, se pierde y se extiende desde uno de los costados de la sierra, 469 años después de la llegada del fraile, la presencia de este franciscano es palpable. Los descendientes de aquellos nativos  por él bautizados lo recuerdan con respeto y admiración.

Los habitantes han tratado de mantener inmaculada la tradición de sus mayores: la lengua, la dieta alimenticia y buena parte de la forma de vestir –sobre todo entre las mujeres; los hombres, tiempo ha, se han olvidado del calzón de manta y la faja bordada–.  Pero con el paso de los años, los avances tecnológicos y los medios de comunicación, sobre todo la televisión, poco a poco han hendido sus improntas, sobre todo entre los más jóvenes.

Leyendas, historias y aconteceres

De aquel santo varón, que dejó corte, oropel y prerrogativas en Europa –hace unos 4 ó 5 años llegaron hasta aquí los monarcas daneses para conocer el sitio donde murió su ancestro– y prefirió embarcarse y catequizar indígenas, desde tiempos inmemoriales se ha contado, en esta comunidad, que: un día, al regresar al convento, por él levantado –lo mismo que la iglesia parroquial–, antes de tomar el frugal sustento, quiso descansar en el patio de la construcción. Lo vencieron el cansancio y el sueño y se recostó sobre el frío suelo. Pero, el cayado que lo acompañaba en sus continuas travesías  se hundió en el huerto.

Se asegura que, cuando despertó, el bastón había retoñado en un naranjo. Allí lo dejó, no lo recogió, nunca.

Y allí está, dicen los católicos de Tarecuato. Es ese juncal cítrico que, en la parte central del convento, todavía, cada año, se cubre de fragantes y blancos azahares. Es el mismo que, cada calendario, viste el amarillo de las naranjas maduras. Y esto encierra un misterio.

Como lo enclaustra también el destino de los restos de tan santo personaje –¿Preguntarían los actuales monarcas, a Felipe Calderón, acerca del sitio donde descansan los restos de su venerado  familiar?–.  Despojos a los que, en vano, han querido acceder gentes cercanas a la Iglesia, para honrarlos, como exige el sentido común.

Se dice, entre los creyentes, que un sacerdote, que había ganado la confianza de sus fieles, los convenció para que lo llevaran a conocer el sitio donde habían sido llevados los restos de fray Jacobo. Sólo una condición le habrían puesto los naturales: haría el viaje, vendados los ojos, aunque aupado en andas, mismas que sostendrían los devotos.

Terminado el recorrido, el clérigo se sorprendió por la reverencia y profundo respeto con el que los indígenas habían colocado los restos, en aquella cueva que hacía las veces de tumba. Rezó frente a ellos y evocó la figura y labor del fraile. Y regresó como había llegado: cargado por la imposibilidad de ver por donde caminaban.

Ya en casa, sin poder conciliar el sueño, ideaba la forma de persuadir a quienes lo habían llevado, le fuese permitido trasladar lo que quedaba del cuerpo y darle un sitio de honor en la iglesia. Ningún plan le convencía. Empezaba a amanecer cuando un par de hombres del pueblo, llamó a su puerta. Una vez frente a ellos, le dijeron:

–Sabes, padrecito, vinimos temprano  a traerte las cuentas de tu rosario. Se te tiraban mientras caminábamos al sitio donde descansa fray Jacobo. Nosotros las juntamos. Cuéntalas y verás que no falta una sola.

De aquí partieron los primeros evangelizadores del noroeste michoacano. Aquí, coincidencia o no, murió el primer obispo de la diócesis de Zamora, don José Antonio de la Peña y Navarro. El inolvidable, don Agustín Magaña Méndez, en uno de sus escritos, lo contó así:

“Murió ’en la raya’, haciendo su visita pastoral, en Tarecuato, el del insigne fray Jacobo Daciano, el franciscano del siglo de la Conquista, el danés. Ya nos podremos imaginar qué cuidados médicos pudo haber tenido aquel santo varón en aquellos tiempos y con aquellas pésimas comunicaciones (La Diócesis de Zamora, pág. 35)”.

Visita obligada

A Tarecuato hay que ir sin prisas, pero con ánimo dispuesto. La visita al complejo que forman la iglesia y el claustro es obligada. Allí es posible ver la subyugante atracción que ejerce la cruz de cantera que preside la parte baja del amplísimo atrio. Sitio al que se accede por 3 puertas –una clausurada desde hace tiempo–. Llama la atención, además, apenas se sube al templete, cerca del pórtico de la nave de la iglesia, por las pétreas gradas, un rugoso y añoso tronco de lo que fue un gran olivo, seguramente llegado al caserío con el arribo de los misioneros.

Si se ingresa a la iglesia, de una sola nave, con un arco de medio punto y un modesto retablo, cubierta por envigado y por un techo de 2 aguas, se aprecian ciertos detalles que marcan la diferencia entre las construcciones hechas por los franciscanos o por los agustinos. Pero este contraste se palpa con mayores evidencias al observar la torre, que mezcla el románico con el barroco y es protegida por un techo de 4 aguas.

Un poco más allá, cerca de lo que debe ser el curato, se aprecia una pila, labrada en viva roca, que tal vez no vaya a la zaga de los edificios en cuanto a edad. El convento, con sus estrechos cuartos, es una invitación a la meditación y el estudio. El susurro del viento al roce con las puntas de los altos cedros que adornan el atrio, enmarca a la perfección el instante del encuentro del hombre con Dios, o con él mismo.

36 de a pie

Y a unos cuantos metros, en dirección al camino que lleva a Los Reyes, está la plaza del poblado. Sitio que cada domingo se atiborra. Decenios ha, santiagueños y chavindenses subían—me tocó ser testigo–, camino al sur, las sabatinas tardes, con sus bestias cargadas, “a comerciar a Tarecuato”. Esos domingos, bien entrada la segunda mitad del siglo anterior, la plaza de esta tenencia debió ser un hervidero de comerciantes y compradores. Los mestizos de Chavinda y Santiago llevaban –después lo supe–, desde frutales, verduras, granos, huaraches y calzado, gabanes y canastos que tejían los obrajeros y artesanos de Santiago, hasta guamúchiles y guajes. Según se contaba que el trueque era normal, aunque se prefería la venta en efectivo.

Supe entonces que entre los habitantes de Santiago se contaba el caso de un obrajero que, vendidas sus prendas, de vuelta en casa, afirmaba haber sido víctima de los “bandidos”, en la “Puerta del Ahorcado”. El agraviado  no cambiaba de versión y su padre casi le creía. Pero no faltó quien, con el paso de los días, encontró al progenitor y dueño de los gabanes y le dijo: “¡Hombre, qué macizo es tu hijo, a la hora de apostar!”. Cuando el padre se vio con su retoño, sólo atinó a decirle: “¡Oye!, los que te asaltaron, ¿no fueron 36 de a pie y 4 de a caballo?”.

Patrimonio de la humanidad

La Feria del Atole, merced a la promoción que le han dado los gobiernos del Estado y municipales, hoy vive sus mejores glorias. Sobre todo para los jóvenes, esto resulta novedoso. La demostración, sin embargo, se ha llevado a cabo desde tiempos lejanos. Pero si los sábados que anteceden a la Semana Santa convocan a miles de visitantes de la región, el Estado, el país y el extranjero, no son, ni con mucho, las festividades más rumbosas del pueblo. Las fiestas en honor de San Francisco de Asís atraen y gustan tanto, o más, a vecinos y habitantes de esta zona. Hay  que acudir durante la fiesta de Corpus, para medio conocer el espíritu de la gente de esta tenencia.

Una cosa y costumbre llama la atención: toda mujer, al contraer nupcias, tiene que saber preparar y hacer atole y tortilla, si no quiere correr el riesgo de ser devuelta a sus padres, hasta que aprenda a elaborarlos. Ambas cosas son parte esencial de la alimentación de los habitantes de aquí –si la memoria me es fiel, hay más de 50 variedades de atole–. Como seguramente deberá aprender a amasar y cocer el excelente pan que aquí ofrecen las mujeres, en sus casas o en la plaza. La fermentación de la harina la logran, seguramente, con el método que trajo y enseñó su insigne pastor: la natural. Seguramente hay damas que utilizan el aguamiel, en vez de agua, con este objetivo. No han de faltar las que lo hagan con jugo de limón, o con masa madre.

El día que la UNESCO declaró la comida mexicana como patrimonio cultural inmaterial de la humanidad –si mal no recuerdo fue el 16 de noviembre del 2010–,  comprendí que, al fin, se reconocía la entrega, sigilo, esmero y cuidado con que las mujeres p´rhépecha han conservado costumbres y enseñanzas de sus predecesoras. Porque buena parte de la muestra gastronómica por la que se concedió tal honor, se basó en la comida de nuestros ancestros, de cuyos orígenes son el maíz, el chile, la calabaza. Y muchos de los alimentos de ellos obtenidos, aquí se preparan con exquisito sazón.

La veneración de los difuntos, única

Luego de un breve descanso, los días 1 y 2 de noviembre, festividades de Todos los Santos y de los Difuntos, se convierten en las fechas de gozo y expiación. Desde los últimos días de octubre, los familiares de los difuntos del reciente año  levantan altares, en casa, para pedir por las  almas de los que han partido. Hay quien reza durante 9 días.  El último día del mes de octubre, los jóvenes llegan a esos hogares  con  panales, que han recogido en el campo. Los cambian por cerveza, tamales, o lo que gusten. Por la mañana del primero de noviembre, con algunas copitas entre pecho y espalda, las anárquicas y polvorientas calles son recorridas por quienes velaron, entre danzas, música y los gritos de alguno al que han atacado las abejas o avispas.

En esta comunidad, la veneración a los difuntos es tal que conmueve a todo el que tiene la experiencia y oportunidad de asistir a un sepelio. Aquí, durante el velorio, se cuenta con el auxilio y apoyo de un grupo de plañideras que, con  lastimeros llantos y continuas plegarias, pone un toque distinto y profundo al velorio. Enchina la piel y eriza el pelo, el momento de la sepultura.

Esto a pesar de que, a esa hora, cada uno de los que han caminado hasta el camposanto –alejado del pueblo–,  abandonan a los familiares del difunto, porque ellos, principalmente las mujeres, visitan a sus muertos. Janitzio y sus tradicionales costumbres, magnificados por los medios y el celuloide, nada tienen que hacer al lado de lo que aquí se vive sin cámaras ni reflectores. Se siente, de veras, la partida de los seres queridos.

Otra forma de manifestar el dolor que causa la muerte de algún familiar se da al acudir, por 3 días consecutivamente, al panteón, a “entregarlo a la tierra”. Acuden  todos los familiares a rezar a la tumba. Pasados los cuales, comienza el novenario, en casa.

Otras festividades

Pero también durante las fiestas antes anotadas, de Corpus y San Francisco, además de los tradicionales bailes populares, amenizados por grandes bandas, se organizan festivales taurinos, en un ruedo de talanqueras que, año con año, se levanta ex profeso. Los festejos, en este tiempo, tienden más a los típicos jaripeos. Antes, se corrían y lidiaban toros y bueyes serranos, con alguna pizca de casta, y seguramente  resabiados, con los que los lidiadores se veían en aprietos. Alguna vez,  partieron plaza toreros de cierto cartel, contaban los aficionados. Pero eso debió ocurrir antes de la mitad de la centuria pasada.

Economía y artesanía

En estos tiempos, buena parte de la economía del pueblo se afianza en los cientos de comerciantes ambulantes que se aventuran  con sus tiendas, cabinas y puestos, por los nada tranquilos  ni apacibles caminos, pueblos y ciudades de este convulsionado país. Se ganan la vida con la venta de fayuca, pero cada que pueden  se dan sus vacaciones y regresan entre feria y feria, a este Tarecuato querido. No faltan los agricultores que siembran papa, o los que viven de la producción de aguacate, así como los  extractores de resina, sustancia que sacan del poco bosque que aún queda en la comunidad.

Por ello, hombres y mujeres tienen que acudir a trabajar en la recolección de zarzamora a Los Reyes y Peribán, principalmente. Una jornada les significa 130 pesos, de los que les son descontados 20, por el transporte.

La artesanía, empero, da brillo a la comunidad. Hay muchos artesanos, sobre todo entre las mujeres. Con casi 32 años como partícipe de los concursos de artesanías, tan sólo como ejemplo,  la señora María Elena Manzo Victoriano cuenta haber “sacado más de 100 premios. Acabo de llegar de Paracho, donde saqué el segundo lugar, con una muñeca”, en la Feria de la Guitarra.

Afirma que escuelas como la oaxaqueña y la veracruzana, nada tienen que hacer frente a lo  que ellas confeccionan. “En ningún otro país del mundo, para acabar pronto, ni en Paracho, ni en la Meseta P´rhépecha, se hace un bordado tan bonito como el que se hace aquí. Concurso en Uruapan, en Pátzcuaro. Lo he hecho en México, en las Manos Mágicas”.

He obtenido muchos primeros lugares, asegura la mujer, entre sorbo y sorbo de humeante y aromático atole de grano, mientras una incipiente llovizna enfría más las últimas horas de la tarde. Recuerda que, “hace como 4 años, en Uruapan, le dieron 8 mil pesos por un primer lugar. Fue un especial. Fue el único”. Esta ha sido la cifra más alta con que han recompensado su empeño y tenacidad.

Para ella, los gobiernos del Estado las  han apoyado con buena promoción. Pero, advierte: “Yo trabajo la manta, yo no trabajo el  cuadrillé. Lo mío es diferente  trabajo. Es el más antiguo. Es el que diseñó fray Jacobo Daciano.  Se trabajan el rosa y el negro. Yo lo hago con más colores, para comercializarlo. Pero los tradicionales son el rosa y el negro –recuerdo la prenda, bordada en azul, que le regalaron a Luisa María Calderón, durante su campaña, y ahora creo conocer a la autora”.

Hacer el viaje desde Santiago, vía las comunidades de Jerusalén, El Cerezo y Los Ucuares, es una buena elección. La carretera, casi recién pavimentada, a pesar de ser angosta, está en muy buenas condiciones y, sobre todo, es poco transitada. Las panorámicas que se avistan desde los puntos más altos, son bonitas, en cualquier época del año. Pero también se puede hacer vía la ruta Zamora-Los Reyes, por Jacona o Tingüindín.

Tarecuato tiene mucho que ofrecer a los visitantes. Vale la pena el viaje

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