San Antonio Guaracha, Municipio de Villamar. Benjamín González Oregel

(Tomado de GUIA, Semanario Regional Independiente, Zamora, Mich., México www.semanarioguia.com.mx )

Puebleando  La hacienda de Guaracha, tal vez competía en cuanto a esplendor y resultados, con la casa madre

BENJAMÍN GONZÁLEZ OREGEL

San Antonio Guaracha, Mpio. de Villamar. —   Aunque uno no lo acepte, o quiera, en el corazón no se manda. Y esto viene a cuento porque este pequeño pueblo, desde antes de conocerlo, ha despertado mucho interés en el corresponsal. Puede ser que esto se deba a la cercanía provocada por la certeza de que uno de mis apellidos haya tenido origen en esa comunidad. La verdad es que me gusta visitar, cuando puedo, este poblado.

Aquí la hacienda de Guaracha construyó un casco que, tal vez, competía con  la casa madre. De este quedan los vestigios de lo que debió ser un digno rincón del heredero designado por la familia Moreno. En lo que fue el asiento de la fracción del emporio hacendario, en la actualidad, a más de unos comercios particulares se ubica la Jefatura de Tenencia, la oficina ejidal, un colegio particular y un par de iglesias católicas. Aunque, precisan los habitantes que en una de las porciones del terreno en donde se levantan las edificaciones religiosas, se encontraba la capilla de la hacienda.

El que trabajaba, a La Ortiga

Vecinos, de los más viejos, recuerdan que el dueño que ellos conocieron respondió al nombre de Jesús  Nava —no falta quien diga que era empleado de don Manuel Moreno—, y que el administrador era don Francisco Ochoa. Herederos del primero viven en este tranquilo poblado, cuentan. Aunque se enredan a la hora de identificar  al “mero mero”, quien vivía, entonces, en la Estación Moreno.

No han borrado, empero, de sus mentes que en esta “esquina, por las mañanas”, auxiliado por un cuerno, un vecino llamaba y anunciaba que la hora de llevar los bastimentos a quienes trabajaban en Guaracha, había llegado. Quien no atendía al llamado,  hacía sufrir a su familiar  jornalero, que se desgastaba en los terrenos de Guaracha, porque quien transportaba  la comida no esperaba. Afirman que llenaba costales de arriar. Allí vivían el finado Rafael Díaz y su señora, María. Esto era un riscal, le decían El Zapote.  Pero todos los terrenos pertenecían a la Hacienda, y todo el que no quería trabajar era echado del caserío. Lo dejaban allá, en lo que era conocido como La Ortiga, pegado a Jaripo, allí donde ya no era de los patrones. Esos  terrenos, los de La Ortiga, pertenecían  a  la hacienda de Las Estacas, afirman.

La presa de San Antonio y Sindio

Tierras fértiles regadas por la presa del mismo nombre, las de esta hacienda, de cuyo embalse sale mucha del agua con que se cultivan  predios de una buena parte de lo que ahora es parte de la Ciénega, de hace siglos se benefician con el agua que escurre desde las montañas que circundan a esta población, desde el oriente al poniente,  por la parte norte del poblado. Un lugar preponderante, desde siempre, lo ha ocupado  el manantial conocido como  Sindio. Situado allá, donde termina el macizo montañoso que acuna a la ahora tangamandapense comunidad de El Guayabo. Los escurrimientos procedentes de Tarecuato, sólo son posibles en tiempos de aguas, dicen.

Este manantial, propiedad del ejido, en la actualidad, además de ser la fuente de abastecimiento de agua potable para los habitantes de la comunidad de El Cerrito Colorado, también provee del vital líquido a una parte de este lugar. Aunque, por fallas en la línea conductora, el agua no llega hasta la parte donde se construyó un tinaco. La tubería no soportó la presión —conduce agua y piedras, afirman— y deja escapar su contenido, a la altura de uno de sus codos. Esta carencia la cubre una perforación que se encuentra al sur del caserío, porque el agua de la presa está contaminada.

Por otra parte, en el sitio del ojo de agua, se tiene proyectado la construcción de un complejo turístico. Ya cuentan con una piscina, los ejidatarios, aunque como sucede con buena parte de este tipo de inversiones, las distintas visiones de los socios se convierten en el principal escollo.

Pero ese lago artificial, así de grande es la presa —se sabe que fue construido por los hacendados de Guaracha—,  también provee de algunas variedades de pescados apreciados en esta región: bagre, carpa y mojarra —se sabe que la captura de ranas es buena—. Entre los amantes de ese tipo de carnes, resulta muy atractivo  que la pesca de dichas especies se haga, generalmente, cuando el cliente lo solicita. Con esto se garantiza que el producto adquirido reúne las características que, en la mayoría de los espacios donde se hace la comercialización de pescados, no puede encontrar. Son además, frecuentes las visitas que, con este fin, recibe la gente que se dedica a este tipo de explotaciones. Se cuenta con las instalaciones para cocinarlos en el mismo lugar.

Distinta, columpios retorcidos

Por lo que nos deja ver, esta comunidad, a pesar de haber nacido a la hacienda de San Antonio, ha seguido una ruta distinta a la originalmente trazada por los hacendados. Las calles, una antología de columpios, retorcidos como charamuscas, de acuerdo a la caprichosa orografía sobre la que han sido dibujadas, nos dejan fotografías en las que, con mucho, las construcciones de tabique y cemento hacen mayoría, con relación a las que había cuando los hacendados tuvieron que abandonar estas tierras.  Con buena simetría, las fachadas de las viviendas nos recuerdan detalles de un modernismo en el que se conjugan lo típico de la región —el adobe y las tejas—, con ribetes californianos, importados por los que allá radican.  Cubiertas por concreto hidráulico, las calles muestran un  tráfico vehicular sin mucho movimiento. Si acaso, la nota discordante la proporcionan las banquetas, sobre todo en la parte alta del pueblito. “Pero véngase en los días de diciembre y enero, para que vea cómo se ponen las calles, con los carros de los que vienen de los Estados Unidos”, reta don Guadalupe Gallegos Oregel, entre sorbo y sorbo de refresco.

De pagos y cobros

Porque, al decir de los vecinos, aquí  hasta el año 1940, en que se consumó el reparto agrario, floreció la hacienda que estaba  allí, frente a la plaza.  “Fue una de las más prósperas del país, propiedad de un fulano que respondía al nombre de Manuel Moreno. Visibles porque son muy  altas  y gruesas las paredes de adobe de las bodegas donde  almacenaban la enorme cantidad de maíz que se cosechaba  en aquellos fértiles terrenos, cuando aún no se sabía de los actuales productos químicos agrícolas, que tanto daño causan en las siembras”.

Inevitable resulta recordar que aquí debió existir la Tienda de Raya. Los actuales vecinos, los más viejos, dicen recordar que quien la atendía se llamó Luis García, y que en sus labores era auxiliado por  Arcadio y José Acevedo.

Sentado, sobre el borde de una banqueta, mi entrevistado asegura que el reparto agrario no ha finalizado, pues aún hay quien se embolsa algunos pesitos de aquellos hijos de ejidatarios  que, por no contar con la documentación en orden, esperan regularizar sus derechos ejidales. La “ultima vez me jodieron 480 pesos, con el cuento de que ya iban a venir los papeles. ¡Y cuáles pinches papeles!”.

Peor, parece que le fue a quien atendía la Tienda de Raya, ya que lo habrían ahorcado los enfurecidos  y resentidos jornaleros que, cada sábado, por la tarde, se formaban para recibir, como pago a las rudas tareas a que eran sometidos durante la semana, productos a precios muy altos, y algunas cuantas monedas. De don Manuel Moreno y su esposa doña Laura Almada, propietarios; así como de don Eudoro Méndez, administrador general del latifundio, poco se sabe.

El tren y la economía

Como sucedió en todos los pueblos y comunidades de esta región del Estado, y sobre todo en aquellos lugares a los que por fortuna los comunicó el tren, la migración pasó y cobra facturas. Aquí ha sido cruel, inhumana. Las calles lucen vacías, con poco movimiento los pocos establecimientos comerciales que existen.

Cierto, cuentan los habitantes de esta comunidad, gracias a los dólares que han enviado quienes allá radican  —en los Estados Unidos, particularmente en California, en las cercanías de Oxnard, Bakerfield, San Bernardino, Sacramento y Santa Bárbara—, ha sido posible la edificación de la mayoría de las casas del pueblito. El negocio inmobiliario, como ocurre en todos los centros urbanos donde el fenómeno migratorio es mayor, los terrenos y bienes inmuebles se cotizan a precios exorbitantes. Aquí, cuando menos hay un fraccionamiento que ofrece todos los servicios que requiere una zona habitacional. Aunque muchos de los futuros dueños no lo habiten más que en sus breves estancias, durante las vacaciones.

Por esa razón, no podía faltar el local de la casa de cambio, ni el de la bodega donde adquirir los materiales para la construcción. Aunque el ganón lo ha sido, siempre, Sahuayo. Ciudad que aventaja, con mucho, a su vecina Jiquilpan, en lo comercial, en esta parte del Estado.

Hace no muchos años, buena parte de las tierras que circundan a esta tenencia, abundaban los cultivos de jitomate y cebolla. Hoy, son el maíz el sorgo los granos que se llevan las palmas, si de cantidades hablamos, aunque se habla de un jaconense que intenta introducir el cultivo de la fresa, conocida la feracidad de las  tierras.

Desde hace años, la crianza y engorda de ganado vacuno, principalmente, se ha incrementado entre los vecinos del lugar.

Se llevaron hasta el alambre

Aquí vivió una cuadrilla de ferrocarrileros que se encargaba del buen estado de la vía e instalaciones de aquel  tren que unía Yurécuaro con Los Reyes. Desde este lugar se integraban a sus pares que habitaban en Chavinda. Para el sur, abarcaban con rumbo a Cotija. Se alojaban en una galera que aún existe. De lo demás, nada queda. Vinieron y se llevaron hasta el alambre, dicen los habitantes de esta comunidad.

Hijo preclaro e iglesia

Los apellidos más comunes en este lugar son los de Acevedo, Oregel, Ochoa, Cervantes, Yépez y Vega. Sin duda, el hijo preclaro nacido en este lugar, tras el reparto agrario, es Gerardo Acevedo Ravelo. Expresidente municipal de Villamar y exdiputado local, fue, en su tiempo —se decía ser el predilecto entre los ediles michoacanos del gobernador Tinoco Rubí—, el presidente municipal más joven del país. Gerardo, como buen  priísta que es, durante su gobierno colocó un busto en recuerdo de Luis Donaldo Colosio Murrieta. Este se encuentra a la salida del poblado, rumbo a la vecina comunidad de Las Estacas.

En cuanto a los asuntos religiosos, esta comunidad, católica mayoritariamente, durante mucho tiempo fue catequizada por los sacerdotes de la parroquia de Santiago Apóstol, de Santiago. Luego, correspondió a los párrocos que pastoreaban la grey jaripense  —se tiene un grato recuerdo del presbítero Rafael Ramírez—,  entre los que sobresale la figura de don Francisco Esquivel, quien inició la construcción de la primer iglesia dedicada a San Antonio, dentro de lo que ocupó el casco de la hacienda.

Hoy en día, esta comunidad católica cuenta con un par de hermosas iglesias, juntas, vecinas. Aunque, por lo visto, sólo se oficia en la más nueva. Esta, luce flamante, reluciente, muy llena de luz. Siempre bajo la mirada de San Antonio de Padua, patrono de la parroquia y población, que abraza al Niño Dios, es una invitación al recogimiento y la contemplación.

Tampoco se olvidan, los fieles, de sacerdotes como don José Morales y Jorge Álvarez. Y menos don José Luis Granados Segura, activo apoyador de Gerardo cuando éste daba sus primeros pasos en el terreno político.

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