Pajacuarán. Benjamín González Oregel

(Tomado de GUIA, Semanario Regional Independiente, Zamora, Mich., México. www.semanarioguia.com.mex )

Puebleando  Pajacuarán, “Lugar de hongos”

BENJAMÍN ONZÁLEZ OREGEL

Ligado a los nombres de Cárdenas y Franco Rodríguez

Si se va desde el sur, el primer contacto que el viajero tiene con Pajacuarán se realiza por Venustiano Carranza. Ya en la población, se entra  por la calle José Mora del Río y Lázaro Cárdenas. Si se viaja desde la vecina Chavinda, por Tecomatán, se entra por la calle David Franco Rodríguez.

Pajacurán –palabra de chichimeco origen, según  narran los que de esto saben, significa “lugar de hongos”.  Hay 2 nombres que, al ser pronunciados,  tocan íntimas fibras de los pajacuarenses: el del licenciado Franco Rodríguez y el del general Lázaro Cárdenas del Río. Este, porque los liberó del yugo de los hacendados –los dueños de Guaracha–,  con la repartición de la tierra. Aquél, porque fue gobernador de Michoacán. Esta comunidad, fundada por los chichimecas y habitada por los mexicas, ofrece una panorámica única. Porque, por el sitio por el que a ella se ingrese,  aparece de improviso, de pronto, como si quisiese sorprender al caminante. Siempre resguardada por una formidable serie de despeñaderos que, no obstante, no impidió a los tarascos su conquista. Una vez dentro de la mancha urbana, las amplias calles  por las que el viajero transita y cruza se tornan angostas, conforme se adentra camino al centro de la población. Allí donde  los largos portales y la amplísima plaza  viven eterno romance, por las cercanías que apenas los dividen.

Mercado dominical

Hasta aquí, cada fin de semana pequeños comerciantes de las poblaciones vecinas y cercanas, acudían a ofrecer, los fines de semana, los productos que requerían los habitantes de esta porción del amplio y negruzco valle. Desde Santiago, había horticultores que arreaban sus recuas para llevar limas, duraznos, guayabas, cañas, canastos para uso doméstico, y canastas para la cosecha del maíz. De  Chavinda, los panaderos llevaban lo que habían  horneado. Otros cargaban con huaraches y algunas piezas de talabartería, y, sobre todo las famosas Reatas de Chavinda –hechas en Tacátzcuaro–  y algunas frutas sobre las bestias de carga que habían de cruzar la breve pero empinada cordillera que divide y protege este rincón michoacano.

Faltaba mucho –casi medio siglo después se concretó–  para que el ofrecimiento que hacía el chavindense José Garibay Romero se hiciese realidad: “Chavinda y Pajacuarán, pueblos hermanos, unidos por una carretera”.

De lugares como Sahuayo y Jiquilpan se hacían presentes con huaraches y competían con los chavindenses, aunque seguramente con artesanías que distaban mucho en cuanto a calidad, dada la tradicional cultura del emprendedor sahuayense,  y rebozos; a más de los infaltables endulzantes y golosinas en todas sus presentaciones y tipos. Tal vez los pescadores locales tuvieron que competir con sus colegas llegados de las vecinas Ibarra y La Luz, a la hora de vender los frutos de sus respectivas pescas.

El trueque era común entre los que acudían a estos mercados semanales, cuando se aproximaba el cierre del flotante mercado. Entonces, seguramente,  se ponía en práctica esta tradicional forma de negociar.  –sin olvidar que había quien se dedicaba a la compraventa de maíz y otros granos, en grandes cantidades,  que en La Ciénega se producían, y producen, con días de anticipación a los que se siembran de este lado de la breve cordillera que separa al Valle de Zamora, de su ídem de La Ciénega. Los pequeños oferentes, ante la pérdida que significaba el regresar con la carga a casa, preferían cambiar sus mercancías con sus contrapartes, para,  de esa forma,  cubrir las necesidades que los apremiaban.

De ambiciones y visiones

Pajacuarán ha sido un resguardo que, desde siempre, ha despertado la codicia en todo aquel, que tiene el privilegio de conocerlo. Tiene, y ha tenido, fama de rico. Por eso, cuando don Antonio de Mendoza era el virrey de la Nueva España, el codicioso Nuño de Guzmán se dio a su conquista, en cuerpo y alma.

Con una extensión que alcanza un poco más de 174 kilómetros cuadrados, este municipio, que tras la catequización que realizara fray Juan de Badías –quien lo llamó San Cristóbal Paxacuarán–  y que fue entregado en encomienda a Juan de Albornoz, por el propio Hernán Cortés, en estos tiempos basa su economía en el campo, gracias a las aguas que conduce el río Duero, a las que extraen de la Laguna y a las de los pozos profundos que han perforado  ejidatarios (según cifras extraoficiales son más de 800 en este lugar) y pequeños propietarios. Esto ha permitido a los productores del campo diversificar los cultivos y mantener los  que por siglos se han practicado: maíz, frijol y sorgo.

Hoy, sobre todo en las partes regadas por las aguas del Duero, en comunidades como La Luz y San Gregorio –que son las más grandes del municipio–, son comunes los plantíos de fresa, trigo, jitomate,  cebolla y cártamo. Con ello, la oferta de empleo se ha visto beneficiada a tal punto que, con frecuencia, los jornaleros son contratados y llevados desde puntos tan lejanos como Zamora, Jacona y Ario de Rayón. No son pocas las hectáreas que, ante el avance que se aprecia en el ramo ganadero –vacuno y caprino–,  se cubren del verde, casi eterno, de la alfalfa.

Pero no todo ha sido dulzura. Se recuerde el año en que “se reventó el bordo de La Laguna, llegó el agua hasta esa calle –Franco Rodríguez–,  que es la misma que lleva a Tecomatán y San Pedro (Venustiano Carranza)”. El viejo vendedor de paletas dice que a nosotros nos trajeron de la comunidad de Fray Domínguez. “Allá pasamos hambres, a pesar de que mi papá fue ejidatario en ese lugar. Aquí vivimos más felices que allá. Porque, a pesar de que éramos unos chilpayates, en tiempos de cosechas nos llevaban a pepenar máiz. La  mazorquita que le quedaba al peón era para nosotros”.

Además, sobre las banquetas de las calles del centro es frecuente ver que, a las puertas  de las casas, se colocan mesas. Es la forma de indicar que allí, en ese domicilio, se vende comida casera. No solamente en el mercado municipal, situado a unos metros de la plaza.

De fiestas y efemérides

La celebración principal es la del primero de enero en honor de la Divina Providencia. Aunque la fiesta dedicada a San Cristóbal –el 25 de julio–, patrono del pueblo, en nada desmerece a la del primero de cada año. También, se dan con lujo y alegría, las celebraciones guadalupanas, durante el último mes del año. Sin embargo, desde hace unos decenios,  las calles del poblado se retacan de vecinos y visitantes durante los días posteriores al Domingo de Ramos. La Semana Santa provoca multitudes, afirman.

En lo civil, esta comunidad, durante la época colonial, contó con Alcadía Mayor  y Corregimiento Tributario. En 1822, fue curato, y funcionó un  ayuntamiento. Poseyó varias islas en el Lago que forman parte, aún, de los bienes de la comunidad.  El 10 de diciembre de 1831, se le dio la categoría de tenencia, dentro de las pertenencias del  municipio de Ixtlán. A su vez, era integrante del Distrito de Tanhuato. El 27 de noviembre de 1922, se le otorgó el rango de municipio. Actualmente el territorio  y su cabecera llevan el mismo nombre: Pajacuarán.  Y cuentan entre sus vecinos a Chavinda, Briseñas, Vista Hermosa, Ixtlán de los Hervores, Venustiano Carranza y Villamar.

Personajes Ilustres 

Entre los hombres que han dado lustre y brillado, nacidos aquí, se recuerdan los nombres de David Franco Reyes (1868-1915), quien sobresalió como escritor y orador de mérito público. Fue autor de  “La Libertad” y “Las Páginas Literarias”, de cuyas obras se habla en el lugar.

José Mora y del Río, (1854-1928), quien llegó a ser arzobispo de México; realizó sus estudios seminaristas en Zamora y posteriormente se trasladó al Colegio Pío Latino de Roma, Italia, en done se graduó de doctor en derecho y teología.

El lic. David Franco Rodríguez, (1915-1989), ha sido, sin duda, el hijo más  conocido e ilustre de cuantos aquí han visto la primera luz. Político afortunado, se desempeñó como  juez de  Primera Instancia, diputado local, diputado federal, senador de la República. Fue gobernador del Estado, subprocurador de la República y ministro de la Suprema Corte de Justicia de la Nación. “Pero nunca fue cacique, aunque sus familiares sí”, cuenta un vecino que se niega a dar su nombre.

No aparece el nombre de Jaime Alejo Castillo, actualmente en la oficina de prensa de al secretaría de la Reforma Agraria, en el gobierno Federal. Durante un periodo largo formó  parte de la extinta revista noticiosa que encabezaba Guillermo Ochoa, denominada Hoy Mismo, junto a la inolvidable Lourdes Guerrero, en el Canal 2.

Tampoco se hace mención de la trayectoria de otro Jaime, de apellidos Ochoa Vaca, un ex presidente municipal, quien  a pesar de la encomienda que desempeñó durante la mayor  parte de su vida,  la recaudación de impuestos, fue un hombre que supo convertir su encargo en una ventana para hacer amigos. Había  estado al frente de las oficinas del ramo en Ixtlán, Jacona, Ario de Rosales, Zamora, ya como administrador de rentas. Mismo cargo que ocupó en Morelia. “Siempre –decía don Jaime, que estudió en el Seminario Mayor, en Jacona– hay que atender bien al contribuyente. A nadie nos gusta pagar impuestos. Cuando vamos a pagar impuestos, vamos tensos. Si lo tratamos mal, se va a ir mentándonos madres, como la fregada. Si lo tratamos bien, puede decir: bueno, me chingaron, pero cuando menos me trataron bien”.

En la historia reciente del municipio,  ha sido  el único que ha sido presidente municipal en 3 ocasiones; un par vía el sufragio de los vecinos y la otra cuando cubrió un interinato, de esos que se han puesto de moda cuando las cosas no son del agrado de los grupos interesados en el poder.

Por lo que se ve en las calles, este sitio compite, con ventajas,  con Venustiano Carranza en cuanto la primacía comercial en esta parte de La Ciénega. Sus calles, las del centro, sobre todo por las tardes, se ven concurridas. Los establecimientos comerciales ofrecen todo lo necesario e indispensable para las actividades que aquí se llevan a cabo.

El visitante podrá disfrutar, además de los maravillosos acantilados esculpidos en lo más alto de las montañas de la cordillera que protege el sur del municipio,  de las carnitas, de res y de puerco, por las mañanas. Y si le va mejor al  invitado, podrá gozar de la sabrosa birria de res con mole, durante las ocasiones especiales. Y tal vez, si la diosa fortuna lo acompaña y favorece, todo esto puede ser  amenizado por las notas que interprete la  banda del lugar,  San Cristóbal, que goza de buena fama entre los que gustan del jolgorio, en toda la región.

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