Los Remedios. Benjamín Gónzález Oregel

(Tomado de GUIA, Semanario Regional Independiente, Zamora, Mich., México. www.semanarioguia.com.mx)

Puebleando  Los Remedios, donde se carece de todo, requiere más que Remedios, cirugía mayor.

BENJAMÍN GONZÁLEZ OREGEL

Los Remedios, Mpio. de Jiquilpan. Mich.,  a 24 de septiembre del 2012.–  Por lo que se aprecia, los males que aquejan a esta comunidad, perteneciente al municipio de Jiquilpan, requieren, primero, de terapia intensiva; antes de recomendar y sobre todo aplicar  un pesado y largo tratamiento. Con las amputaciones y los  injertos necesarios. Nada de caseros Remedios. Requiere una cirugía mayor. Aquí se adolece de todo.

Conagua, presidencia y el cobro

Un quinteto de vecinos –2 mujeres y 3 hombres–  se apiña alrededor del chorro de agua que sale de una llave situada cerca de  uno de los vértices de la placita.  Dicen, hombres y mujeres, que hace más de 2 meses que carecen del vital líquido en sus casas. Esta es una de las 2 fuentes de abastecimiento en toda la comunidad, desde entonces. Aseguran que parte del equipo de bombeo que se utiliza para extraer el agua de un pozo profundo no sirve. Y la autoridad no ha tenido a bien  enviarles agua en pipas –¿Responsabilidad de Conagua? ¿Asunto de la incumbencia únicamente  de la presidencia municipal? Se echan la bolita, ellos. El problema no termina–. El líquido que expulsa el grifo dista mucho de ser potable, si en su apariencia nos basamos. Tiene la tonalidad que toma cuando se prepara  agua de tamarino, seguramente porque la tierra en donde nace es charanda. Pero incolora no es.

“Y eso que el encargado del orden no se ha aparecido a cobrar, todavía –asegura una dama mientras espera el turno para llenar las garrafas que trae–.  Nos suele quitar 2 pesos por cada una de las barricas que llenamos. Para poder efectuar el cobro, cierra la llave de paso, que tiene el  tubo que conduce el agua desde el revenidero (ojo de agua) que está allá arriba –y apunta hacia lo alto de la montaña–.  Y eso que esta agua la entubó el General –con un ligero movimiento de cabeza señala el busto del expresidente Lázaro Cárdenas, que se encuentra frente a la iglesia de la virgen del Refugio.

Maíz y frijol. Qué se van a condenar

Cuando se  platica con los que aquí habitan, inmediatamente se percibe que envidian, que desean  la condición en que viven sus vecinos de Totolán. Ellos tienen buenas tierras, con riego, indican. El ejido de nosotros está formado por tierras de temporal, y no hay trabajo. Lo que sembramos, maíz y frijol, es para el autoconsumo. El sorgo, nadie lo cultiva. Nuestras siembras, los predios en que sembramos  son ecuaros, trabajamos con azadones. Nos conformamos con tener esos granos para no comprar las tortillas y el frijol, señalan.

Cuentan –y se engallan–  que cuando el General repartió las tierras, ante la supuesta amenaza de la iglesia de que no se debía quitar al patrón lo que era de su propiedad, porque se corría el riesgo de la condenación eterna, les dijo: “Agarren las tierras, ¡qué se van a condenar!”. Muchos no quisieron tierra, a pesar de que el mismo viejo, Diego Moreno, los invitaba a que lo hicieran, al fin que se las iban a quitar. Porque antes del reparto agrario mucha gente de aquí trabajaba en la Hacienda (Guaracha), comentan.

Contrariamente a lo acostumbrado en el campo michoacano, en esta comunidad pocos son los que se dedican a la crianza de ganado. Son contados quienes poseen vacunos, por la falta de espacio y el costo de los forrajes. Un bulto de concentrado cuesta 200 pesos, dicen.

Con lo de aquí, cuándo

La cara que muestra esta comunidad, lejos está de la lozana belleza. Adoquinadas las principales calles, pocas se salvan de los estragos que han dejado el paso de los años y el tránsito de los vehículos automotores que por ellas circulan. Generalmente sin banquetas, los trazos nos remiten al desorden, a la anarquía.  A esta condición se suma la falta de uniformidad, la ausencia de continuación, en cuanto a las líneas que dividen lo público de lo privado. Las bardas  se mezclan con las cercas de piedra en un alto porcentaje de los espacios propios para la construcción. Esto nos deja ver la existencia de muchos solares baldíos. De éstos, hay porciones que han sido sembradas con maíz. Aunque también son notorios los que, por falta de atención, por parte de los dueños, no ocultan las verdes y abundantes malezas que los cubren. Y más triste, no son pocas las ruinas que anuncian que allí, alguna vez, vivieron gentes. Seres  que, por el destierro que implica la migración –en la mayoría de los casos–  tuvieron que abandonar las humildes viviendas que fueron.

Las casitas,  esas mejorcitas que ve –me dicen–,  fueron levantadas gracias al dinero que envían quienes van a los Estados Unidos. Con  lo de aquí, ¿cuándo?   Cuando logramos encontrar trabajo, en el campo, nos pagan ciento 30 pesos. Desde hace tiempo, muchas mujeres del poblado tienen que emplearse  para hacer el trabajo doméstico en casas de Sahuayo y Jiquilpan. Dejan sus casas, por la mañana. Les pagan 80 pesos diarios. Los mismos que ganan quienes atienden los mostradores de farmacias, tiendas y comercios en Jiquilpan y Sahuayo.  Y aunque perciben  poco, la necesidad, la pobreza, los obliga a ir a trabajar por ese dinero.

Que no tienen dinero, y todos salen millonarios

Por eso decimos que la gente de Totolán vive mejor que nosotros. Los problemas se acrecientan con lo elevado de los costos de las mercancías. Afirman que un lote de 10 por 20 metros, en esta comunidad, no se compra con menos de 100 mil pesos. Pero el crecimiento de la mancha urbana se hace hacia la parte alta, sobre las faldas de la montaña que la protege por el lado sur. Hacia el norte, es imposible, puesto que la carretera federal lo divide, como infranqueable muralla, de su eterno vecino: Totolán.

Y los que aquí viven y se han criado desean quedarse de este lado de asfaltado camino.  Hacia el poniente, el pueblo no ha crecido porque los dueños no se han puesto de acuerdo, supuestamente, debido a que es una herencia. Una cosa más:   no toda la manchita que se aferra, que se aprieta a los pliegues de la montaña para no resbalar cuenta con la infraestructura primaria: agua potable y drenaje. De los arroyos para el oriente, nadie disfruta de  estos servicios. A las necesidades físicas y sanitarias, cada uno les da la solución de la forma que puede.

Porque, cuentan, “todos los presidentes le han tenido miedo al arroyo, a la hora de colocar el drenaje. A un presidente, al que salió (Francisco Mora Ciprés),  le organizaban reuniones. Allá le daban hasta de tragar, dizque porque él sí les iba a resolver el problema. Al final, la gente andaba bien brava, porque no les hizo nada, en la parte llamada Los Ranchos Viejos”. Lo que ahora se llama colonia El Refugio, seguramente en honor a la patrona del lugar. Todos los presidentes dicen que no tienen dinero. Pero, ¿cómo no van a tener dinero? ¡Todos salen millonarios, los cabrones. Y dicen que no tienen dinero! –remarcan.

Y es que Ranchos Viejos ocupa la parte oriental de la comunidad, de sur a norte, desde los pies de la cordillera hasta el cruce con la carretera federal número 15, en donde se encuentra la frontera con Totolán. A través de ese cauce natural las aguas escurren y atraviesan hasta el amplio valle que fue parte primordial de las tierras que plantaba de caña la familia Moreno, antes del reparto agrario. La longitud del tramo que recorren, cauce y aguas, seguramente no alcanza un kilómetro y medio. Pero los habitantes dicen que los presidentes de Jiquilpan tienen miedo a la hora de poner manos a la obra. Sólo vienen en tiempos de elecciones.

Tan difícil, que las mujeres venden tortillas en Jiquilpan

Ahora, el gobierno municipal puede generar empleo, en su municipio –consideran–, con el arreglo de las calles. Y ejemplifican: “¡Órale! Ahí les va el adoquín, hay que ocupar gente del pueblo. Así es como se genera el empleo en el pueblo”. Pero nada, cuando han arreglado las calles han traído a su gente.

Relatan que la situación es tan difícil que, desde hace tiempo, mujeres de este pueblito acuden, todos los días, a vender las tortillas que ellas mismas procesan, a la cabecera municipal, a Jiquilpan. Son tortillas hechas a mano. Es otra forma de llevar algún dinero a casa. Sobre todo después de que las empresas Liconsa y El Jorullo despidieron a muchos de sus empleados.

Hace un par de horas que el día cruzó su propio ecuador. La fotografía que nos muestra esta comunidad, no es la de una joven en sus años de esplendor. ¡Qué va! Lo que en otros sitios da tristeza, aquí angustia. Los pocos establecimientos comerciales que se observan en el centro de la población, dan pena por desolados.  En esta zona, no hay carnicería. Tampoco se ve una tienda de abarrotes, con un surtido mediano. Una breve ferretería ofrece algunos de los productos que la industria de construcción  –inexistente en buena parte del pueblo–, sobre todo en el campo de la plomería, pudiese requerir. En un cuarto redondo, se venden paletas, “que traen de Guaracha”. Y uno piensa: con qué agua las podrían preparar. Lo demás, es soledad.

Menos milagrosa

La Virgen del Refugio es menos milagrosa que la de Los Remedios, cuentan los católicos.  ¡Ojalá fuese como aquella!, comentan. Pero comienzan a dejarse ver cristianos de otros lugares, que vienen a conocer la  iglesia del lugar. Y eso los llena de orgullo. La construcción es grande y bonita, sin tomar en cuenta que las torres son de ladrillo en sus partes  más altas y que el pórtico está cubierto con piedra laja.  Dentro del inmueble, se aprecia que el conjunto está formado por 3 naves, soportadas por arcos de medio punto. Modesto el retablo, de concreto, ofrece la visión de la patrona del lugar en medio, custodiada por un crucifijo, en lo más alto, y flanqueada por 2 figuras que representan a Cristo. A uno de los costados, sobre lo que podría ser uno de los brazos de la cruz, se puede ver el bautismo de Jesús, óleo pintado por G. Garibay, terminado en marzo de 1996. Bien iluminada, la iglesia, pintada impecablemente, invita a la meditación y la tranquilidad. Del otro lado, hay una vitrina con una virgen que nos recuerda a la virgen de Los Remedios, la patrona de Totolán.

La festividad más importante para los fieles de aquí, se da el 4 de Julio. Ese día se pone punto final al novenario que comienza el mero día de San Juan, el 24 de Junio.  Para esa fecha, muchos de los que viven fuera, en los Estados Unidos, que han pedido sus vacaciones, hacen el viaje a su patria chica. Muchos traen a la familia, porque coinciden los ciclos escolares, en ambos países. Las fiestas populares son las más esperadas por vecinos y visitantes. Se recuerda, además, a San Francisco, el 4 de octubre. Procesión de por medio. El 12 de diciembre no pasa por alto y también se honra a la Morenita del Tepeyac, con peregrinación y cohetes.

Los hermanos Guerra

En Los Remedios, como en la mayoría de las comunidades chicas, no hay problemas por  la inseguridad, afirman los vecinos –en tanto, hasta nosotros llegan las notas de una canción que ha sido dedicada a Julio Segura, en el día de su cumpleaños: “Fee li  ci daa des, fee li ci daa des en es te día. Fee li ci daa des, fee li ci daa des, que ten gasdi cha to da laa vi da”–.  Aquí, cuando alguien se casa, todos acuden, sentencian los remedienses. Si hay invitaciones, nadie acude a la fiesta. Pero si a nadie se convida, todo mundo asiste. Y hasta que se acaba n  comida y bebida.

Entre los personajes más respetados y queridos, se habla de la familia del señor cura Luis Guerra. Del médico J. Jesús Guerra Vargas, posiblemente hermano del primero; no olvidan los actuales habitantes que fue él quien realizó la obra de la placita del lugar. La escuela del rancho lleva por nombre, Escuela Hermanos Guerra. Por cierto, esta construcción, y la clínica del Centro de Salud, son los edificios públicos mejor conservados del caserío.

Aunque sea vigilia

En este poblado se cuenta con un buen servicio de transporte público. Combis y minibuses cubren la ruta Sahuayo-Jiquilpan-Totolán-Los Remedios.  Aunque, por lo visto, en viajes con pocos pasajeros.

Para nosotros es vigilia, todo el año, confiesan  los entrevistados. No podemos comer carne, porque no tenemos para comprarla. “Pero el día que haya, aunque sea vigilia, tenemos que comerla. Que sea vigilia no nos interesa. El día que se pueda, aprovechamos, porque es la única manera de comerla”, sentencia uno de ellos.

El platillo de lujo, en este Los Remedios, se forma con birria, la sopa y los nopales. “No saben hacer otra cosa”, nos dicen los que vienen, reconoce Teresa, la joven que atiende una tienda de abarrotes situada sobre la carretera federal. Son raros los eventos en los que se ofrecen carnitas.

Evidentemente que no todos los habitantes de la comunidad sufren por las carencias en los servicios y por la falta de dinero. Sobre el asfaltado camino federal  se encuentra un hotel  así como restaurantes. A pocos metros de distancia, hay obradores en los que ofertan chicharrones y carnitas, todos los días. Pero es sólo fachada. Apenas se deja atrás esa línea, todo es tristeza y soledad.

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